
PENSAR Vergílio Ferreira
Ediciones: El Acantilado
ISBN: 84-96136-70-1
336 páginas - 19 €
1.- La primera vez que vi la escultura El Pensador, de Rodin, fue en Budapest. Era un bronce pequeño, quizá de unos 50 centímetros de altura, aunque nada puedo garantizar pues de eso hace ahora 34 años. Algo más tarde visité París y vi de nuevo El Pensador, esta vez sin necesidad de pedestal porque el tamaño de la escultura era el de una persona. Pensé ¿cuál será el auténtico? En aquel momento creí que los húngaros habían falsificado al escultor francés o algo peor, hasta que me enteré de que Rodin hizo varias copias de su obra incluso en diferentes tamaños. ¿Qué me llevó, en principio, a sospechar una impostura?: la creencia en la irrepetibilidad de la obra de arte, la fe en que sólo puede haber un Los Girasoles o una Catedral de Burgos y lo demás serán copias. Sé que la ignorancia es mala, pero es enfermedad que se cura aprendiendo. Pensamos con ideas, incluso diré que con ideas preconcebidas, preestablecidas. Parte de esas ideas ya están en el lenguaje en el que cada uno piensa, porque pensamos palabras. Hoy vemos una vaca y pensamos “vaca”. Muchos de nosotros conocemos la palabra eral por los crucigramas, pero seríamos incapaces de identificar una res de tan sólo un año. Son palabras que quedan para los especialistas y cuya ausencia condiciona también nuestros pensares. Eso dice Ferreira.
2.- De los 677 fragmentos (numerados como yo hago en esta reseña, parafraseándolo) que este escritor nos regala en su libro, muchos, quizá demasiados, se dedican a trastabillar, a aturullar esas ideas previas que hoy utilizamos para pensar sin pensarlas. Por ejemplo, a todos se nos llena la boca, en política, de la palabra izquierda, pero ¿qué entendemos por izquierda?, ni siquiera quienes la utilizan como arma arrojadiza contra quienes no comulgan exactamente, literalmente, con lo que ellos exigen sea, no pensado sino repetido por los demás, ni siquiera esos tienen claro qué significa izquierda. Ese arrancar la peana para que debajo no nos quede sino el vacío creativo, ese empujar las columnas del templo pero sin dar alternativa, porque la alternativa sólo estará en cada uno de nosotros, en el individuo y no en el grupo, ¡eso no lo puede hacer el filósofo!, ¡sería pecado de lesa sociedad que un filósofo hiciera tal cosa!, ¡eso sólo lo puede hacer el poeta!
3.- Vergílio Ferreira era portugués, nos dejó en 1996. La comparación con Pessoa y su Libro del Desasosiego es evidente, aunque claras diferencias los separan. En tanto para Pessoa son Lisboa y sus gentes, incluso los paisajes no urbanos vistos por su heterónimo Bernardo Soares, que es el auténtico autor del libro, quienes inspiran, quienes disparan el pensamiento y van creando, moldeando los conceptos que al lector le hacen reflexionar en compañía del autor, una compañía más lírica que filosófica, en el caso de Ferreira los pensares surgen quién sabe de dónde, quizá de una noticia en televisión o diario, de una conversación que él no nos permite escuchar ni siquiera cita, o simplemente de una abundante reflexión sobre este fin del siglo pasado, sobre las ideologías y utopías que han imperado en él, sobre arte, sobre cómo y qué pensamos, sobre nuestra civilización occidental, tan racional, tan engreída, tan buena (porque lo es), tan a punto de entrar en declive si no lo está ya, tan digna de ser llorada cuando desaparezca.
No es quizá a Pessoa a quien más recuerde sino a Ernst Jünger, al de La Tijera o El Autor y la Escritura. Como el alemán, el disparadero de su reflexión es cualquiera y sus planteamientos contienen más preguntas que respuestas (incluso dice, en su fragmento 60, precisamente que estamos en una era más de preguntas que de respuestas). También como él, sus fragmentos son eso, fragmentarios, casi desordenados, inspiradores para la reflexión del lector. No forman una razón ni pura ni práctica, sino un terreno resbaladizo como lo es el amor, tan lleno de luces y sombras.
4.- ¡La que montó Montaigne (y dispénseseme la paronomasia, pero queda bonita) con sus Ensayos! Ya no hacía falta pensar ordenada, escolásticamente, bastaba con pensar, simplemente. Los Ensayos son disparadero, son explosión de fuego artificial cuyas chispas, de una belleza arrebatadora, se reparten formando una esfera de luz alrededor del estampido inicial. Desde ellos ya no es preciso atinar sino simplemente apuntar y tirar. Es cierto que no dan certezas, pero ponen en ebullición al cerebro, y éste es órgano personal e intransferible excepto en los bobalicones que se encandilan con cualquier idea ajena. Ferreira está en esa línea iniciada por Montaigne. No es mala compañía ni mal papá.
5.- La pregunta filosófica por excelencia es ¿por qué estamos aquí? ¿Fuimos un capricho de Dios?, ¿un azar seguido de un sinfín de necesidades?, ¿algo que irremediablemente debía ocurrir? Ferreira no se pregunta por qué sino para qué. Tampoco él lo sabe, pero hace bien en preguntárselo.
Otra pregunta, si bien no filosófica, es: ¿amamos, sentimos pasión por lo cotidiano o por lo sorpresivo? De esta tenemos una aproximación bastante veraz a la respuesta: nos apasiona lo sorpresivo. Eso es lo que nos ofrece Ferreira: sorpresa. La afición del portugués era el empujón, la palmada por sorpresa en la espalda que tiene por virtud despertar a su víctima: el lector.
6.- Pensar es libro de cabecera. Eso es casi como decir que se tiene un o una amante, una de esas relaciones libérrimas en las cuales la pareja se ve sólo cuando apetece a ambos, sin compromiso, sólo por juego y donde enamorarse también es juego porque no implica posesión ni sufrimiento cuando no se consigue la atención exhaustiva de la persona amada sino sólo una moderada ironía. Se lee a párrafos, sin fidelidad, tomando el libro aquí o allá porque éste carece de secuencia. Se lee hasta que cae el sueño y el libro no se ofenderá por ello como se ofendería el o la amante exclusivista.
7.- En una ciudad se derriba un barrio entero. Era un barrio pobre, sucio, cutre y feo; derribarlo soluciona problemas de higiene, aunque también enriquece a algunos. De inmediato surgen voces: quienes critican el enriquecimiento ajeno, quienes alaban la decisión del ayuntamiento porque el barrio era una vergüenza, quienes censuran su demolición porque resta personalidad a la villa, porque la historia individual y de grupo está ligada a aquellas casas pobres, cutres, feas y sucias, a aquellas calles que fueron las de la infancia. La utopía es creer que se puede poner de acuerdo a toda esa gente. La utopía aún más profunda es creer que pueden eliminarse las críticas. Y la Utopía que toca fondo es imbuir al personal que las decisiones gubernamentales las toma el Mito: Dios o la Historia.
Ese es el tono de Pensar, de Vergílio Ferreira. Un tono seductor y una reflexión ejemplar, en absoluto dogmática. Leerlo no es un empujón al individuo, leerlo es una granada bajo el dogma.