
Alfaguara-Colección Literaturas.
ISBN:8420466182
Páginas: 568.
Precio:22.75 €
Hacer la reseña de un libro de cuyo autor no se ha leído nada más tiene un punto de ingenuidad. Lo esperable de un buen reseñador no es eso sino prepararse y comparar esta obra con otras anteriores o posteriores. A cambio, hacerlo así, es decir mal, tiene la enorme ventaja de la inocencia, de dejarse deslumbrar por un autor de quien lo único que se sabe es la parafernalia mediática gracias al premio Nóbel del pasado año y a algún artículo de crítica o reseña que se haya leído sobre él. Y lo de dejarse deslumbrar no es broma. A mí me ha pasado, y además, confieso no haber leído otra cosa del turco.
Orhan Pamuk es un autor oriental. Es curioso pero es mucho más oriental que Salman Rushdie o Kenzaburo Oé. O cuanto menos, esa es mi opinión. Oriental en el sentido de reconocer el enorme mérito de occidente, de recordar, al menos, las tradiciones de oriente, y de tener la conciencia de que, en una forma u otra, las diferencias son lo suficientemente importantes como para que dar el salto y situarse sólo de un lado no sea del todo posible.
Me llamo rojo tiene tres frentes de ataque. Por una parte es una novela de intriga. Por otra es una novela de amor. El tercer frente y de mayor peso es la reflexión sobre esos opuestos oriente-occidente y sobre las tradiciones de la pintura islámica contrapuesta a la religión, porque no debemos olvidar que en el Sagrado Corán está tajantemente prohibida la iconografía, prohibición a pesar de la cual, los ilustradores de libros tuvieron gran ascendente y producción artística en Persia, Afganistán y Paquistán y, desde luego, en Turquía. Pero eran solamente ilustradores de libros. Ni cuadros para las paredes, ni dibujos figurativos para alfombras, telas o cortinajes, ni (teóricamente) frescos en los interiores de palacios, madrazas ni, por supuesto, mezquitas. Sólo motivos geométricos, decoraciones.
Digo lo de teóricamente porque a poco que visitemos la Alambra de Granada, veremos frescos en el techo de la Sala de los Abencerrajes, frescos que representan caballeros comiendo y bebiendo en grata conversación. Y es que a todas las religiones del mundo les ha ido mejor cuando no se han tomado demasiado en serio a sí mismas, cuando no se han fanatizado ni literalizado. De eso también habla el libro de Pamuk: en la Estambul del siglo XVII, un predicador fanático, Nusret el Erzurumí, discursea a sus seguidores que pintar, aun en libros, es pecado, que el café es nefasto porque entontece y hace daño al estómago (¡ay, los que hoy se ponen histéricos contra el vino, cuando lo único que habría que impedir es el abuso, como casi todo!) y que la danza de los derviches al compás de instrumentos musicales en los monasterios es una aberración digna de la gehenna adelantada a la que el fanático siempre condena al hereje: Dios no le basta al fanático para castigarlo cuando muera, tiene que ser él quien, enmendándole la plana al Creador, castigue a cuantos la ortodoxia (la suya) entiende como herejes.
El aspecto de suspense de la obra es achacable, como mandan los cánones de la novela negra, a dos asesinatos por culpa de esas pinturas que ilustran los libros. Pero lo curioso de Pamuk es que esa intriga está mal llevada. No da suficientes datos para que el lector sospeche de uno o de otro asesino, lo que no le resta ni un ápice de apasionamiento ni interés a la lectura. Ocurre, simplemente, que Pamuk no desea hacer una novela occidental al uso sino que pretende otra cosa.
El asunto amoroso no responde tampoco a los preceptos occidentales. Hay amores, sí, pero nos parecen amores antiguos y no sólo porque la época corresponde a esas costumbres sino porque el amor no es personal e intransferible. Aunque la pasión es hacia una persona determinada, no es debida a que conocidas muchas mujeres u hombres, se opta por éste o por aquella, sino porque se acepta lo que deciden quienes tienen poder en esos menesteres, sean padre, casamentera o destino. Tampoco eso le resta un ápice de pasión al amor de ambos protagonistas, aunque Seküre, la viuda de quien vive enamorado Negro, y a quien finalmente consigue en matrimonio, se pasa las nueve décimas partes del libro dudando si aceptará a Negro o a Hassan, su cuñado. Quizá porque, siendo buen hombre, ¿qué más da uno que otro si cualquier amor acabará en felicidad, como Pamuk nos recuerda? Reconozcamos que es un sentido amoroso muy diferente del nuestro, donde el yo y el deseo tienen una trascendencia inmensa.
Y ese, el del yo, es el tema central de la novela. La religión, como es debido, deja el yo a un lado. El religioso tiene claro que entre el antropocentrismo y el teocentrismo escoge este último, y por ende los deseos personales deben ser apartados si contradicen a los deseos de Dios, suponiendo que hayamos entendido bien lo que Dios quiere. Pero hay alguien que sí entiende a la perfección lo que Dios quiere: el responsable religioso, y es por eso que todo se reduce a obedecer con fe carboneril a dicho responsable dado que escuchar directamente al Creador es difícil y leer su Libro se presta demasiado a interpretaciones personales. El Corán dice bien claro que se prohíben las representaciones iconográficas para evitar la idolatría. De ahí el sentimiento de culpa, de pecado que invade a los ilustradores. Por otra parte, las tradiciones de los ilustradores islámicos implican ignorar el sentido de la perspectiva para evitar aberraciones como pintar un perro más grande que el Sultán por la estúpida razón de estar más cerca. Esa, la planitud y la situación del horizonte por encima del marco de la pintura, es decir como si el espectador estuviese muy alto, es la forma de ver el mundo por parte de Dios y esa debe ser la correcta a adoptar por los ilustradores.
Es evidente que esa tradición se da de patadas con los hallazgos de la pintura europea de la época: profundización en el estudio y la aplicación de la perspectiva, personalización de las caras, es decir pintura de retratos con caras identificables y no homologadas y todas iguales, total libertad en los pigmentos, estudio de la iluminación y de la composición, etc. Esa es la trama auténtica de la novela. El Sultán encarga un libro sobre su reinado que pueda, no sólo competir con la pintura “franca”, como llama Pamuk a occidente, sino impresionar a los gobernantes venecianos para que teman al imperio otomano y se avengan a negociar con él. Eso quiere decir pintar al estilo de los “francos” y apartar, aunque con moderación, las tradiciones persas y chinas, lo que se enfrenta mortal y frontalmente con la ortodoxia islámica y con la ortodoxia pictórica de los ilustradores.
Otro asunto se plantea en la novela: el estilo del ilustrador. Tener un estilo significa destacar entre otros. Pero el ilustrador, igual que el religioso, no debe destacar sino reproducir incansablemente los mismos modelos y, como mucho, perfeccionarlos, lo que consistirá siempre en la imitación cada vez mejor de los viejos cánones de los ilustradores de Shiraz y Herat. Por tanto, se convierte en confrontación entre el yo y lo socialmente (religiosamente) aceptable.
Por eso la novela tiene fallos en cuanto a intriga, porque no aspira a eso sino a reflejar la lucha, que siempre se dará, entre ortodoxia y novedad. Aspira también a demostrar cómo Turquía es un país de frontera, un país demasiado oriental para ser occidental y demasiado occidental para ser oriental. Y eso no tiene arreglo así como así. Aspira a demostrar las viejas rencillas, envidias, desprecios entre artistas. No quiere ser una reflexión sobre un tiempo pasado. Eso sería occidental (somos maravillosamente progresistas: estamos tan convencidos del poder del progreso que creemos a pies juntillas que todos aquellos defectos se han “superado”). La reflexión de Pamuk es sobre el tiempo actual y su problemática, para lo que utiliza una ucronía.
No se puede evitar, hablando de Pamuk, aludir a la censura, tanto religiosa como política en su país. En este libro las “críticas” son religiosas (lo entrecomillo porque no lo son en puridad, sino a ciertas tendencias fanáticas) y es de ver cómo repite, en los capítulos donde el narrador asume el punto de vista del cuentacuentos (porque esa es otra virtud del libro, la profusión de puntos de vista, diferentes en cada capítulo, todos ellos narrados en primera persona) aquello de ¡por Dios, que no se me malinterprete! En ocasiones, la censura produce maravillas. Decir algo dando circunloquios por no zaherir a quien puede reprimirte da alas a la imaginación del escritor y a las del lector. ¡Qué tiempos aquellos en los que no podíamos decir cualquier cosa porque ahí estaban los Ministros de Información y Turismo para darte en la testuz antes o luego!, ¡qué tiempos aquellos en los que la ironía desconcertaba al censor porque éste carece siempre de sentido del humor! Hoy la ironía puede volver aquí por la puerta trasera porque lo políticamente correcto ejerce una censura jesuítica que convierte de nuevo en divertido el acto de escribir.
Se ha dicho que la influencia de Pamuk es el realismo mágico de Cien años de soledad. Dudo yo de tal afirmación. La influencia viene de las colecciones orientales de cuentos: el Calila e Dimna (al que nombra), las Mil y una noches y la multitud de historias que en occidente desconocemos en su mayoría. ¿Es realismo mágico poner a hablar a un muerto? La religión islámica reconoce un tiempo, después de la muerte y antes de que el ángel Azrael recoja el alma del difunto, durante el cual alma y cuerpo continúan juntos y el alma ve cómo el cuerpo pierde sus virtudes físicas. Eso no es realismo mágico sino religión. Que la influencia es la de las viejas historias y cuentos de la tradición islámica y oriental lo demuestran las repetidas alusiones a la historia de Hüsrev y Sirin en la que él se enamora de ella al ver un dibujo de su cara colgado en la rama de un árbol, las citas de las historias de Mecnum o Rüslem. ¿Por qué alguien se puede enamorar de una persona por su retrato?: porque hay una semejanza con la cara de la amada. Si sólo hay representaciones estándar de las caras (todas iguales como en las ilustraciones islámicas de los libros) nadie puede enamorarse de una persona porque nada nos llevará a identificarla.
Hay otra influencia innegable: El nombre de la rosa, de Umberto Eco, aunque Eco, occidentalmente, compaginaba con maestría la intriga, que es lo que vende, con las discusiones de origen teológico. Es por eso que afirmo de Pamuk que es un escritor oriental, no contaminado en exceso por ese afán occidental de entretener, como es afán occidental pintar antropocéntricamente.
Resumiendo, un libro recomendable y no porque haga pasar un buen rato, que también, no porque con su intriga anime a continuar leyendo, a no querer dejarlo, que también, sino porque nos hace reflexionar sobre algo que tenemos hoy demasiado cerca y, por desgracia, en el sentido negativo: la cercanía entre oriente y occidente.