La
discusión hizo que los hombres levantaran el tono de la voz y tensaran
las gargantas. Por los pasillos de la casa podían escucharse los restos
incomprensibles de esa gritería. Don Diego Guzmán se había puesto de
pie y mientras hablaba movía los brazos y las manos como si buscara
algo encima de su escritorio. Era un gesto histriónico que ejecutó
casi sin pensar. A decir verdad, no tenía la menor intención de
encontrar nada. Solía pararse para intimidar a sus interlocutores con
su enorme físico, como si el inmenso volumen corporal ocultara los
leves signos de deterioro que presentaba el cuerpo. Parecía entonces
una roca, un buey vestido de traje. Sin embargo Antonio, hijastro de don
Diego, sabía de esa treta y no se dejó intimidar. También él se puso
de pie. Estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para que el viejo
no se saliera con la suya. Por un leve momento sintió compasión de la
piel grisácea del viejo, que se le antojaba como un pergamino lleno de
hongos. De inmediato se dio cuenta que su compasión no era más que
orgullo y desprecio. El único que permanecía sentado, en un rincón,
quieto y silencioso como si fuese una parte más del mobiliario, era
Peralta, secretario, matón, alcahuete y lame botas de Don Diego.
- No tengo tiempo de seguir con esto. Se está haciendo tarde y
no me gusta hacerme esperar. Lo discutiremos otro día –dijo Don Guzmán,
acostumbrado a poner el final a las disputas.
- Lo vamos a resolver ahora, porque esto es más importante que
cualquier reunión de tus mugrosos negocios.
- Te conviene tener cuidado, nos sea que un día descubras que la
mugre te dio desde la comida hasta las putas –advirtió don Diego,
casi con satisfacción por haber tenido la oportunidad de decirlo.
- Necesito resolver esto –insistió Antonio. Sin duda el viejo
sabía bien dónde golpear porque la furia del joven se había disipado
o, acaso, empequeñecido. Ahora había algo más cercano a la
desesperación. Comprendió que de allí se llevaría la furia, un
enjambre de palabrotas tal vez, pero de ninguna manera la respuesta que
había ido a buscar.
- Lo discutiremos el domingo; iremos a pescar. Vos y yo, solos. Y
vamos a resolver esto de una vez por todas. Ahora andáte, que tengo
cosas que hacer.
Cuando Antonio me contó lo que había pasado esa mañana en el
escritorio del viejo, no me fue difícil imaginar que luego del portazo
con el que abandonó la habitación Don Guzmán habría mirado a Peralta
para decirle:
- Y vos, ya sabés qué hacer.
Lo habría mirado sin mirarlo, con el mismo gesto con el que los
viernes de tarde se sentaba delante de la grabadora para escupir sus
memorias. Seguramente Peralta habría puesto esa mirada bobina que tenía
siempre, esa cara de hombre que sabe que es inútil esforzarse por
aparentar que existe y gustoso habría respondido "Si usted lo
ordena... así será", sabiendo que las órdenes no se piensan así
como no es la mano la que piensa cómo mover los cubiertos sobre el
plato.
Antonio confiaba demasiado en su suerte. Intenté convencerlo de
que no debía ir ese domingo. Su padrastro era capaz de cualquier cosa.
Le pedí que lo pensara o que al menos fuera acompañado de alguien. No
quiso. Antonio era de los que cumplían
con su palabra, aunque eso no constituyera una ventaja para él. Si dijo
que iría sólo, así sería.
Estaba envuelto en esa disputa por cumplir con un
compromiso. Beatriz Romero le había pedido ayuda. Don Guzmán había
hecho una serie de negocios fraudulentos para quedarse con unas tierras
en el valle de La Dorada. Beatriz y su padre, uno de los tantos
estafados, habían quedado
en la ruina y no tenían dónde ir. Haciendo caso al cariño que se tenían
por haber sido novios cuando adolescentes, Antonio decidió interceder
por ella. En el fondo, era una nueva excusa para mostrar el odio que
sentía por su padrastro. Además, al hacer una buena acción, sentía
que su resentimiento se tornaba más legítimo.
Insistí en que no fuera sólo, en que debía cuidarse del viejo.
Traté de hacerle entender que una cosa era cumplir su palabra con
Beatriz y otra cosa cumplirla con Don Guzmán. Me dijo, con ese tono
cortante que tenía cuando era vencido por el capricho, que las personas
podían ser diferentes pero su palabra siempre valía lo mismo. Sentí
que sus palabras habían sido tan tontas como habernos tomado a golpes
de puño. Dudé entre sentirme reconfortado de que quedara aún gente
con principios o apenarme de ver que tal muestra de principismo podría
resultarle fatal. El rencor lo ligaba tan profundamente a Don Guzmán,
pero parecía no querer darse cuenta que la vida se le iba en ese
insalubre ejercicio de
desprecios cotidianos.
Me pidió que me quedara tranquilo, que ya había pensado bien
las cosas. Le diría que tenía copias de ciertos documentos y que los
haría públicos si no le devolvía la propiedad al padre de Beatriz.
Había estado investigando y sabía que esos documentos debían existir.
Por supuesto no los tenía, pero el viejo no sabía eso y debería
confiar en lo que le decía. Por momentos su ingenuidad era igual a la
de un animal que está a punto de ser sacrificado.
El domingo a la noche la noticia se sabía en todo el pueblo. No
me asombré cuando me dijeron que Antonio Regüello había muerto. Todos
repetían más o menos lo mismo:
don Guzmán y su hijastro habían salido a pescar y de pronto
el pobrecito de Antonio, que Dios lo tenga en la gloria, cayó al
agua con tan mala suerte, porque mire que ese chico siempre tuvo mala
suerte, ¡qué familia con desgracia esa!, primero la hermana de Antonio
cuando era una nenita, ¡angelito!, después el bueno de don Regüello y
ahora el mismo Antonio. Si
parece que el Señor se lleva primero a los buenos. Debe ser para que no
sufran tanto. Pero mire que le ha dado sufrimiento a doña Sofía, ¡pobre
esa madre! Perder dos hijos y un esposo para terminar casada con ese
sinvergüenza. Claro
que en esto don Guzmán no tiene nada que ver. ¿Qué iba a ser para
salvarlo si él no sabe nadar? Siempre que va de pesca tiene que andar
ridículo como un payaso con el chaleco naranja ese que se pone. Dicen
que el señorito Antonio flotaba como un muñeco de trapo.
Debe ser terrible morir ahogado, sentir toda esa agua que a uno
le entra y no poder hacer nada. Pero peor debe ser morir quemado, como
Carbajal, ¿se acuerda?, uno que tenía una tienda cerca de la plaza.
Por eso yo digo, si me tienen que llevar, que sea de golpe, así ni me
doy cuenta.
Por ser el único carpintero del pueblo, me encargué de hacerle
el ataúd a Antonio. Lo velaron en la casa, pero nadie lo pudo ver. Su
madre cerró con llave la habitación donde estaba el cuerpo,
debidamente vestido y peinado como si fuera a ir a una fiesta.
- No debemos molestar a los muertos, ellos tienen sus cosas de
las qué ocuparse. Tampoco voy a llorar, no quiero distraerlo. –me
dijo Doña Sofía, que estaba inconsolable pero permanecía como si
fuera de metal o de marfil. Ella creía que alguien recién muerto,
aunque ya no está en su cuerpo, anda por ahí cerca, recién acostumbrándose
a su nueva situación y los ángeles vienen a explicarle y a que
recuerde lo que fue su vida porque debe asumir las consecuencias de todo
lo que hizo y debe aprender lo que no pudo mientras estuvo vivo. Y para
hacer eso, hasta un muerto necesita que lo dejen
estar tranquilo.
Yo estaba convencido que Don Guzmán tenía algo que ver con la
muerte de Antonio. Pero no hubiera podido probarlo, ni me interesaba
hacerlo. Además, nadie lo creía. Todos repetían la cantinela de que
estaban ellos dos solos en el bote. Seguramente los hombres de don Guzmán
tendrían una coartada irreprochable. Ni siquiera doña Sofía se atrevía
a desconfiar de su esposo.
Sabía, sí, que se decían cosas horribles de Don Diego. Lo sabía de
haber escuchado conversaciones en las calles del pueblo o entre los
criados de su finca. Ella consideraba que eran calumnias, que nadie podía
tolerar que fuera un hombre poderoso. Su padre le había escupido en la
cara el día que él se presentó a pedir su mano. Por ese entonces era
simplemente un campesino con unas escasas cabezas de ganado como para
querer acceder a casarse con ella, que venía de una familia de fortuna.
Aunque viuda y con un hijo, su padre determinaba su futuro como si aún
fuera una adolescente, pues consideraba que las mujeres pertenecen a los
hombres y si no tienen esposo le deben sumisión al padre o a un hermano
o mejor que se metan a monjas.
Diego Guzmán la visitó furtivamente una noche.
Primero fueron unas piedritas golpeando contra el vidrio de la ventana
de su alcoba, después un silbido como de búho. Era la contraseña.
Ella abrió la ventana y aspiró tanto el aroma de la noche como el del
hombre que la amaba. Ella tenía deseos de ese cuerpo aceitunado y manos
endurecidas por el oficio de la tierra. El tan sólo consintió en
besarla.
- Hoy no. Si me dieras una noche hermosa me darías
también un recuerdo desgarrador.
Le pidió que lo esperara, le aseguró que volvería.
Con un enjambre de palabras agitadas y confusas le explicó sus planes.
Eran jóvenes y les sobraba osadía para cumplir sus sueños. Cinco años
después regresó como un hombre rico. Habló de unos afortunados
negocios con inmuebles. Según el padre de ella eran asuntos turbios. Lo
dijo nomás que por despecho, como ensayando una última e inservible
resistencia. Nunca se probó nada y ninguna cosa de lo que dijeran podía
hacer que ella sintiera la menor sospecha.
Se amaban, siempre se amaron. Don Guzmán hubiera
querido que Antonio lo
quisiera, pero no pudo ser.
Antonio lo odió desde que pensó que ese hombre había regresado para
robarle su madre. Intentaron tener un hijo. El parto fue difícil y Doña
Sofía no pudo volver a quedar embarazada. La niña murió a los cinco años.
Desde entonces se amaron mucho más. Con ella era tierno y protector,
pero se volvió despótico y cruel con los demás. Se rodeó de matones
y otros seres siniestros. Estaba dispuesto a hacerle pagar al mundo por
todo el dolor y la frustración que sentía: el fracaso de una hija
muerta, de una mujer estéril, de un niño que nunca le permitió ser su
padre. Sus negocios se ampliaron. A la compra y venta de ganado
sumó fincas, periódicos, tiendas de ropa, supermercados y hasta
algún que otro prostíbulo. Se dedicó a comprar políticos, policías,
jueces, asesinos a sueldo y lo que hiciera falta para aplastar a los demás.
A los que hoy apoyaba mañana los mandaba matar. Nunca asesinó a nadie
por su propia mano. Prefería que los demás se envilecieran haciéndolo.
Por supuesto, Sofía nunca quiso ver esa parte de su marido.
Prefería pensar que eran calumnias hijas del prejuicio, como las
que debió escuchar una y otra vez de la boca de su padre. Tampoco ahora
podía creer que su esposo estuviera involucrado en la muerte de su
hijo.
Dos meses después del fallecimiento de Antonio el padre de
Beatriz se suicidó ahorcándose con un cinturón. Ella se fue a
Alemania, donde vivía una prima suya. Había perdido cuanto tenía y
estaba en la miseria. Cuando se despidió de mí lloraba y se retorcía
de dolor. Me mostró una hebilla con forma de cabeza de toro. Era de su
padre, cuando lo descolgaron del alto nogal la hebilla se le había
incrustado en el cuello. Sentí deseos de robársela, en secreto, para
evitar que se convirtiera en un altar morboso. Me detuvo el pensamiento
de que tal vez el hecho de considerarla perdida aumentaría su angustia
y su culpa.
No muchas
más cosas cambiaron por allí, a no ser porque Don Guzmán aprendió a
nadar y Doña Sofía ya casi no salía de su casa. Para algunos lo de
Don Guzmán representaba la tortuosa expresión de un hombre que lejos
de dejarse aterrorizar por el destino, busca sobreponerse siempre; otros
pensábamos que era una forma más de su macabro sentido del humor.
En cuanto a Doña Sofía, se había convertido en un fantasma. En
el pueblo se tejían mil historias sobre ella. El hecho de que nadie
hubiera sabido de su muerte pero tampoco se supiera nada de su vida
favorecía la existencia de todas esas habladurías. Algunos decían que
la madre de Antonio se había dedicado con fervor al espiritismo, para
poder continuar viendo a su hijo; otros sugerían que hacía ayuno y
hasta se flagelaba a causa del dolor que le produjo la pérdida de su único
hijo; otros decían que se había ido a Europa; otros que dormía
durante el día porque de noche se pasaba en el cementerio, hablando
frente a la tumba del infortunado Antonio.
Todos tenían algo para agregar, detalles más o menos macabros y
morbosos que atribuirle. Yo, la verdad, que no sabía demasiado. Sabía
sí, que esas historias no eran ciertas. De tanto en tanto pasaba a
visitarla, pues ella me conocía desde niño y sentí que estar cerca
suyo era lo menos que podía hacer en nombre de la amistad que tuve con
Antonio. Imaginé que si el caso hubiese sido el contrario, a mí me
hubiera gustado que Antonio pasara a visitar a mi madre. Vi cómo sus
ojos parecieron hundirse en su rostro y su mirada cobró una callada
amargura. Al comienzo, casi no probaba bocado y fue adelgazando
peligrosamente. La pérdida de Antonio era un golpe casi imposible de
soportar.
- Es como si un perro me estuviera comiendo las entrañas.
Un perro con el hocico caliente. Y no muerde, sino que desgarra –me
confesó una vez.
Sin embargo poco a poco se fue recuperando y su rostro
demacrado volvió a tomar color y hasta de vez en cuando se la veía
sonreír con esa dulzura que siempre tuvo. Por supuesto eso no fue
suficiente para hacerla salir de la casa
- Lo que le daba sentido a las cosas ya está muerto. Ahí afuera
no hay nada que me interese.
Me parecía tan profundo su sentimiento de madre que, aunque no
estuviera de acuerdo, me causaba pudor decir cualquier cosa en
contrario. Tampoco me hubiera atrevido a apoyarla en sus afirmaciones
porque sentía que un sentimiento de tanto desapego estaba cercano al
suicidio. Así que simplemente la escuchaba. Parecía que cada vez más
y más se encerraba en su mundo y no necesitaba que conversaran con
ella, le bastaba con que la escucharan. A veces casi ni la escuchaba,
simplemente me limitaba a asentir con algún monosílabo o hacer alguna
exclamación, según lo requiriera la circunstancia para que creyera que
le estaba prestando atención.
Antes de irme del pueblo –porque unos amigos me habían
conseguido un muy buen empleo en mi especialidad en la capital- pasé a
visitarla. Lejos de lo que pensaba la gran mayoría, cada día Doña Sofía
parecía rejuvenecer y tener mejor ánimo. Su mirada no perdía la
tristeza, pero era una tristeza luminosa, como los primeros amaneceres
de la primavera.
- Antonio te envía un abrazo enorme... –dijo cuando le di un
beso de despedida- Parece que va a llover.
La alegría con la que agregó esa última frase me
pareció parte del deterioro que sufría a causa de su encierro
voluntario. "Son los golpes del sufrimiento", pensé. "Vaya a
saber uno hasta donde llega el hambre de los perros", agregué para
mis adentros.
Mucho tiempo después me enteré que Antonio iba a
visitarla los días de lluvia. Me lo contó el mismo Antonio, con quien
me encontré una tarde en que bajo la llovizna salí a dar una caminata
por los alrededores del pueblo. Yo había regresado para enterrar al último
de mis tíos. Eso ocurrió una mañana. Por la tarde, antes de regresar
a la capital, me dediqué a alimentar vagamente a la nostalgia. Así fue
que se apareció entre mis pasos.
- No seas tan desconfiado, soy yo: Antonio.
- Pero vos estás muerto –le dije, temiendo que
alguien escuchara estas palabras que sólo podían sonar ridículas o
desvariadas.
- Vení, vení que te cuento –dijo con una
naturalidad que sólo un muerto puede tener ante estas situaciones.
Fuimos hasta un alto donde había unas enormes piedras y en las cuales
de adolescentes nos sentábamos por las tardes a fumar y mirar el
extenso y blanquecino caserío.
Haber muerto en el agua lo hacía depender de la lluvia
para andar en el mundo de los vivos. A veces incluso, aparecía si había
una llovizna lo bastante fuerte. La primera vez que se le apareció a su
madre tuvo la delicadeza de que no fuera durante una tormenta, para que
no se asustara demasiado pues Doña Sofía era muy impresionable. Sin
embargo tanto era el deseo de ver a su hijo, que se adaptó bastante
bien a sus encuentros. De alguna manera, aunque descabelladamente, ella
siempre lo había esperado.
Mantenía con su madre largas conversaciones, en las
cuales ella lo regañaba
como a un niño. A veces él simplemente hacía silencio y miraba como
las manos de su madre iban y venían mientras tejía y recordaba en voz
alta las cosas que Antonio hacía de pequeño. Sin embargo no había
traspasado los límites de la muerte solamente para hablar con su madre.
No era la soledad, sino la venganza la que le había motivado a volver.
Me contó la manera exacta en que Don Guzmán lo había
mandado matar. Aunque la fuerza de Peralta bastó para aparecer por
debajo del bote, jalarlo y ahogarlo, Guzmán empujaba su cuerpo hacia
abajo con uno de los remos. Contra Peralta no tenía ningún rencor.
Hubiera sido como detestar al perro que es entrenado para matar. La
culpa, por supuesto es del dueño del perro. Y el dueño de Peralta era
Don Diego. Además, no le iba a perdonar nunca que arruinara a Beatriz,
que terminó prostituyéndose en Alemania.
- Una puta de lujo, sí señor... –dijo mirando a lo
lejos, como si tratara de concentrarse en su odio hacia el viejo- De
lujo ...pero puta al fin.
Un muerto, por lo general, puede arrojar una piedra
pero no puede tallarla. Los muertos que logran aparecerse mantienen
comunicaciones muy rudimentarias. Antonio, sin embargo, no sólo había
encontrado la forma de hacerse visible de manera permanente en el mundo
de los vivos sino que incluso había logrado actuar sobre los objetos
del mundo. Estas facultades las obtuvo a costa de un gran dolor, que es
como se consiguen las cosas cuando uno está muerto, me dijo. El hecho
de que Guzmán tuviera una tardía inclinación hacia la natación fue
algo que favoreció sus planes.
Durante las lluvias, en los ratos que no pasaba con su
madre, andaba por los bosques de los alrededores, cortando los troncos más jóvenes y finos.
Cuidaba que fueran lo suficientemente resistentes para sus
intenciones. Los cortaba,
les sacaba todas las ramas y les
hacía una filosa punta en uno de los extremos. Era un trabajo lento,
intermitente y arduo. Sin embargo estaba tan confiado en su deseo de
venganza que nunca le importó el tiempo. Fue durante una sequía que se
alarmó. Temió que Guzmán se muriera antes que él pudiera matarlo.
Cuando consideró que su trabajo había sido
suficiente, colocó todas esas largas estacas bajo al agua, justo en la
parte donde don Guzmán solía saltar al agua fría. Se las ingenió
para enterrarlas en el fondo, con la punta hacia arriba. Una tarde don
Guzmán saltó desde las rocas y no volvió a la superficie. En vez de
su cuerpo escupiendo agua apareció una mancha roja. Cuando bajaron, lo
encontraron con tres de esas estacas clavadas en el cuerpo. Una de ellas
le había deshecho el rostro. Antonio lamentaba que no fuera un día de
lluvia para poder haber estado cerca y haberlo visto.
Era claro para todos que la muerte de don Diego había
sido planeada y ejecutada con una saña sorprendente. Sin embargo no había
ninguna pista sobre el posible asesino. Peralta, por su parte, se
apresuró a hacer una lista de posibles candidatos a responsables del
homicidio. Por primera vez, dio muestras de poder llevar una vida
independiente, como cualquier otro hombre. Y para sorpresa de todos se
quedó con los negocios del viejo y mandó matar a no menos de diez
personas, entre los que estaban algunos competidores como los hermanos
Curbelo –dueños de una cadena de diarios -,
Diego Caraballo, Enrique Prébora y hasta un prestamista al que
le debían demasiado dinero, como era Pablo Massetto.
- No eran tampoco buena gente –dijo Antonio al citar
los nombres, como si pretendiera decir que sólo fue un instrumento de
la justicia, como si pretendiera garantizar que todo eso ocurrió porque
lo determinó el destino, imparcial e incontenible, y no el antojo de un muerto.
Los días de lluvia, Antonio seguía visitando a su
madre a quien le ocultaba que él había causado la muerte de don Guzmán,
tanto como le ocultaba que el viejo había antes causado la suya. Doña
Sofía, según me dijo, continuaba viviendo encerrada en la hacienda.
Peralta también continuaba allí, de pura costumbre.
Recuerdo que nunca dudé de lo que ese día me contó
Antonio. Pensé entonces que no podía existir ninguna razón para que
un muerto mintiese. De hecho nunca se me había ocurrido que pudiera
haber algo más honesto que un muerto. Esa había sido la imagen que me
había formado en mi infancia a partir de los cuentos de mi abuela, que
también convivió con más de un fallecido de su familia. Pero ahora,
no lo sé. He encontrado varios indicios de que las cosas no ocurrieron
como me contara Antonio. Ahora, ya no estoy muy seguro de nada. Desde
que estoy muerto, desde que perdí la vida en un accidente de tránsito,
de lo único que sí estoy seguro es que nunca hay que confiar en lo que
dicen los muertos.