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El príncipe delimita
la línea azul de mi horizonte y cruza
cargando sobre su hombro, al paso,
su adarga de amor y siete musas.
Se convierte en soplo, huye del lazo
del cazador furtivo y emboscado
su verbo por escudo y armadura
y el sello del Amor sobre su brazo.
Como yelmo le cubro en la batalla
y beso uno a uno sus pesares
espada zigzagueante que anticipa
alondra de luz en sus cantares.
Y vive así entre mis brazos que no
miden sino sólo el silencio de la tarde
cercándome en defensa de las fieras
y
descendiendo a mi pecho para amarme.
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