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Rolando Gabrielli

Un paréntesis con Carlos Cerda, a la salida del Pedagógico

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Nº 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

Corrían los años dorados del 66—el mejor de los tiempos para todo mechón universitario—en el emblemático Pedagógico de la Universidad de Chile, las termas de Macùl, maravilloso y único espacio para vegetar, reflexionar, pasar la vida viviendo, amando, llenándose de ideas, principios, poesía y la propia existencia alada juvenil, vital, donde la esperanza y el futuro anidan y establecen sus verdades.

 

Que tiempos, hermano, el Chile democrático, real, provinciano, en el cono sur de la fragilidad de sus propios límites, ásperos, salados, desérticos en el Norte, y gélidos y accidentados, en el Sur, y a ambos lados, la inmensidad de la piedra cordillerana y del Océano Pacifico, testigo ruidoso y silente de no pocos sueños y aventuras.

 

Vivo en esos años este minuto glorioso del escándalo y la gloria juvenil, el altar de lo nuevo, siempre renovado, de la palabra que cala inédita en la mochila y  asciende por la angustia de una vida que comienza a ser y no ser, en la contradicción, en la búsqueda, en la duda, en la pregunta nacida de la garganta del gorrión a punto de abandonar el nido.

 

La rebeldía en el aula, en el pasillo, en el auditórium de todos los debates, en la convivencia cotidiana del verbo, tejido e hilo de su comunicación, donde siempre hay un comienzo, un punto de partida, encuentro y desencuentro, la fuga y la búsqueda constante.

 

Los instantes felices en las termas de Màcul, frente a Los Cisnes, muy próximos a Las Lanzas, en ese recodo que la vida pareciera hacer por una vez y de manera singular, única, irrepetible, para el molde y la memoria. Las famosas fiestas de la Escuela de Periodismo con Los  Paparassis y el Pollo Fuentes, hasta altas horas de la madrugada, llenos de jazz, blues, boleros, rock, y la conversación puntual de la vida en medio del dancing…qué may.

 

Allí recibí el obsequio de manos de la periodista María Angélica de Luigi, la  primera edición, ejemplar número 14, de Residencia en la Tierra de Neruda, editada por Nascimento en 1933, de sólo 100 ejemplares, texto que aún conservo, en homenaje a este acto poético y a la obra magistral y singular  del Vate de Isla Negra.

 

Fueron momentos, años excepcionales, tiempos de iniciación, del encanto y desencanto, días como violines, densos como los viejos mostos de los valles centrales, transparentes, primaverales, cargados de luminosidad, amarillos de otoño con sus viejas hojas en las cunetas, frío invierno del desamor, y que hoy, asumen todas las distancias inclusive las del futuro.

 

Cuna del debate, de la polémica, del dialogo frenético, de la razón sin razón y con ella, nuestro Berkely,  pequeño paraíso, donde la incertidumbre era verbo, y no este tobogán accionado por un par de locos.

 

En ese ambiente, conocí a Carlos Cerda, joven, dinámico, carismático dirigente y presidente del Pedagógico, estudiante de filosofía y comprometido con la universidad, el país y la política.

 

Hombre de partido en ese entonces, disciplinado, gestor del bienestar estudiantil, lleno de ideas y futuro. Intercambiamos puntos de vista en diversas, conversaciones amigables, y en ese tiempo no me sospechaba el Escritor que estaba detrás de Carlos Cerda.

 

Bajo su presidencia, obtuve una segunda mención en un concurso de cuento y más adelante un primer premio en Poesía entre 200 postulantes, —con Rolando Cárdenas entre los jurados—, una verdadera partida de caballo de carrera, para mantenerme inédito hasta estos días, en el juego kafkiano de la vida y el azar y las circunstancias, dueñas de su propia arena movediza.

 

Se fue el tiempo de la universidad, años preñadores de verdades, inicios, lecturas fundamentales, oficio, con los profesores Armando Cassigoli, Mario Planet, Antonio Skàrmeta, Ariel Dorfman, Roque Esteban Scarpa, y la amistad generosa de Nicanor Parra, entre tanto otros, como Gonzalo Millan, Poli Dèlano, las visitas de Jorge Teillier y Enrique Lihn, para mencionar a los que aun brillan con luz propia.

 

La conversación ácida con el poeta José Pepe Cuevas y el cuentista Carlos Olivares, que en paz descanse, y a quienes rindo sentido homenaje en estas páginas cargadas de recuerdos y nostalgias, amarillas y violetas, con el color gris del smog y el aliento de nuevas primaveras.

 

Años de lecturas disímiles, truncas, a borbotones, suspendidas, viciosas, repetitivas, no vinculantes de Sartre, Marx, Neruda, Hemingway, Brecht, Camus, Heidegger, Cardenal, Trakl, Donne, T. S. Eliot, Villon, Borges, Rilke, Saint John Perse, García Lorca, Artaud, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Lezama Lima, Onetti, Cortázar, Bécquer, Quevedo, García Márquez, Saint Exepury, Rulfo, Parra, Teillier, Lihn, Carlos De Rokha, Rosamel del Valle, Armando Uribe Arce y otros tantos.

 

Después del 73, otro tiempo, otra historia, me enteré hace un tiempo que Carlos Cerda  se embarcó a Alemania Oriental, la del muro, con una letra L en el pasaporte, que no simbolizaba precisamente la libertad, de acuerdo con la originalidad de nuestros servicios de inteligencia militar.

 

La originalidad chilena, ha quedado demostrada en el bien y en el mal, palabras tan de moda en estos tiempos de sombrío paladar de fría hamburguesa y de un dios que no para de castigarnos por orden  humana.

 

"Son comunistas, y ni siquiera ellos lo saben", acuñó en ese entonces para el diccionario Guiness Récord, el Capitán General de Chile, gloria de la  Academia Chilena de la Lengua, en un arrebato de suprema originalidad y reflexión filosófica propia de un existencialista del medioevo.

 

Fue en Santiago, de Chile, en el centro urbano, que en los ochenta y tanto, 5 o seis, me encontré con el cineasta y amigo, Raúl Ruiz, quien  estrenaba pasaporte nuevo sin L, si, en El Rápido, al calor de empanadas de queso y carne y de una copa de vino, que repasamos el abecedario del exilio y entonamos himnos sobre la vida y sus circunstancias. Curiosamente me mostró su copa, ya vacía, que tenía una trizadura— y no era la marca del zorro precisamente—, sino una L. Reímos, brindamos, aún se respiraba denso por esos días en el Gran Santiago, sus alrededores y más allá aún.

 

Carlos Cerda ya formaba parte de la diáspora y vivía en Berlín con su flamante L y, me imagino, un montón de sueños rotos, oxidados, y otros por construir, que finalmente cristalizaron en cuentos y novelas de una extraordinaria calidad.

 

Me vine a enterar de la existencia del Escritor Carlos Cerda, con regocijo, gracia a la visita  a Panamá de  la Cámara Chilena del Libro (PROLIBRO), representada por la maravillosa Yarka Bodis Suckel, quien me dio a conocer los últimos libros y justamente compré uno de Carlos: Morir en Berlín.

 

Un texto de época, narrativa clásica y de clase, muy celebrada por  reputados escritores latinoamericanos, como Carlos Fuentes, Alfredo Bryce Echenique y Luis Sepúlveda, entre otros. Tan bueno como el mejor Graham Greene, pero con un elemento personal, de compromiso, incluso dolor, que va más allá de la excelente factura literaria, dijo Carlos Fuentes.

 

Ya había escrito obras de teatro, como La noche del soldado, cuentos y novelas y una obra en co-autoría con Jorge Donoso, a quien admiraba.

Recién en 1998 vine a leer a Carlos Cerda, por la divina casualidad de una Feria Internacional, si no, nos enteramos más que por las reseñas, porque  a Panamá sólo llegan los libros de Isabel Allende, Marcela Serrano, Antonio Skàrmeta y ahora uno de Jodoroswky, con la excepcionalidad del Canto General y los Veinte Poemas de Amor y una Canción desesperada del clásico poeta Pablo Neruda. Jorge Edwards, de vez en cuando, el muy flamante Cervantes nuestro.

 

Escritor comprometido, de amplio espectro social, realista profundo de lo cotidiano vivencial, más allá del cuadro sinóptico de la existencia, filósofo puntual de la prosa, enamorado de la vida, Carlos Cerda, nos legó una rica y única narrativa, y el pensamiento de un escritor de su tiempo. Inscribió en su temática, el lado oscuro de Chile, el que le tocó vivir, como al millón de gorriones en el exilio, y que él supo registrar en la hondura de la transparencia y  en la eficacia de la palabra. Está la memoria como back ground, de insuperable puntualidad en el dolor, y lo nuevo que atropella en el diario vivir. Espejo retrovisor, uno del otro, como la rosa que no se apaga en las espinas.

 

Un libro que conoceremos pronto, Escrito con L, quedó en el horno para su publicación.

 

Carlos Cerda dejó una sustancial obra y estaba escribiendo una serie intitulada tentativamente,  Seis personajes en busca de lector, cuando la vida le arrancó la última gota de vida, nos enteramos  por El Mostrador. CL

 

 

 


 

 

 
 

 

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