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Corrían
los años dorados del 66—el mejor de los tiempos para todo mechón
universitario—en el emblemático Pedagógico de la Universidad de Chile,
las termas de Macùl, maravilloso y único espacio para vegetar,
reflexionar, pasar la vida viviendo, amando, llenándose de ideas,
principios, poesía y la propia existencia alada juvenil, vital, donde la
esperanza y el futuro anidan y establecen sus verdades.
Que
tiempos, hermano, el Chile democrático, real, provinciano, en el cono sur
de la fragilidad de sus propios límites, ásperos, salados, desérticos
en el Norte, y gélidos y accidentados, en el Sur, y a ambos lados, la
inmensidad de la piedra cordillerana y del Océano Pacifico, testigo
ruidoso y silente de no pocos sueños y aventuras.
Vivo
en esos años este minuto glorioso del escándalo y la gloria juvenil, el
altar de lo nuevo, siempre renovado, de la palabra que cala inédita en la
mochila y asciende por la
angustia de una vida que comienza a ser y no ser, en la contradicción, en
la búsqueda, en la duda, en la pregunta nacida de la garganta del gorrión
a punto de abandonar el nido.
La
rebeldía en el aula, en el pasillo, en el auditórium de todos los
debates, en la convivencia cotidiana del verbo, tejido e hilo de su
comunicación, donde siempre hay un comienzo, un punto de partida,
encuentro y desencuentro, la fuga y la búsqueda constante.
Los
instantes felices en las termas de Màcul, frente a Los Cisnes, muy próximos
a Las Lanzas, en ese recodo que la vida pareciera hacer por una vez y de
manera singular, única, irrepetible, para el molde y la memoria. Las
famosas fiestas de la Escuela de Periodismo con Los
Paparassis y el Pollo Fuentes, hasta altas horas de la madrugada, llenos de jazz,
blues, boleros, rock, y la conversación puntual de la vida en medio del
dancing…qué may.
Allí
recibí el obsequio de manos de la periodista María Angélica de Luigi,
la primera edición, ejemplar
número 14, de Residencia en la
Tierra de Neruda, editada por Nascimento en 1933, de sólo 100
ejemplares, texto que aún conservo, en homenaje a este acto poético y a
la obra magistral y singular del
Vate de Isla Negra.
Fueron
momentos, años excepcionales, tiempos de iniciación, del encanto y
desencanto, días como violines, densos como los viejos mostos de los
valles centrales, transparentes, primaverales, cargados de luminosidad,
amarillos de otoño con sus viejas hojas en las cunetas, frío invierno
del desamor, y que hoy, asumen todas las distancias inclusive las del
futuro.
Cuna
del debate, de la polémica, del dialogo frenético, de la razón sin razón
y con ella, nuestro Berkely, pequeño
paraíso, donde la incertidumbre era verbo, y no este tobogán accionado
por un par de locos.
En
ese ambiente, conocí a Carlos Cerda, joven, dinámico, carismático
dirigente y presidente del Pedagógico, estudiante de filosofía y
comprometido con la universidad, el país y la política.
Hombre
de partido en ese entonces, disciplinado, gestor del bienestar
estudiantil, lleno de ideas y futuro. Intercambiamos puntos de vista en
diversas, conversaciones amigables, y en ese tiempo no me sospechaba el
Escritor que estaba detrás de Carlos Cerda.
Bajo
su presidencia, obtuve una segunda mención en un concurso de cuento y más
adelante un primer premio en Poesía entre 200 postulantes, —con Rolando
Cárdenas entre los jurados—, una verdadera partida de caballo de
carrera, para mantenerme inédito hasta estos días, en el juego kafkiano
de la vida y el azar y las circunstancias, dueñas de su propia arena
movediza.
Se
fue el tiempo de la universidad, años preñadores de verdades, inicios,
lecturas fundamentales, oficio, con los profesores Armando Cassigoli,
Mario Planet, Antonio Skàrmeta, Ariel Dorfman, Roque Esteban Scarpa, y la
amistad generosa de Nicanor Parra, entre tanto otros, como Gonzalo Millan,
Poli Dèlano, las visitas de Jorge Teillier y Enrique Lihn, para mencionar
a los que aun brillan con luz propia.
La
conversación ácida con el poeta José Pepe Cuevas y el cuentista Carlos
Olivares, que en paz descanse, y a quienes rindo sentido homenaje en estas
páginas cargadas de recuerdos y nostalgias, amarillas y violetas, con el
color gris del smog y el aliento de nuevas primaveras.
Años
de lecturas disímiles, truncas, a borbotones, suspendidas, viciosas,
repetitivas, no vinculantes de Sartre, Marx, Neruda, Hemingway, Brecht,
Camus, Heidegger, Cardenal, Trakl, Donne, T. S. Eliot, Villon, Borges,
Rilke, Saint John Perse, García Lorca, Artaud, Baudelaire, Verlaine,
Rimbaud, Lezama Lima, Onetti, Cortázar, Bécquer, Quevedo, García Márquez,
Saint Exepury, Rulfo, Parra, Teillier, Lihn, Carlos De Rokha, Rosamel del
Valle, Armando Uribe Arce y otros tantos.
Después
del 73, otro tiempo, otra historia, me enteré hace un tiempo que Carlos
Cerda se embarcó a Alemania
Oriental, la del muro, con una letra L en el pasaporte, que no simbolizaba
precisamente la libertad, de acuerdo con la originalidad de nuestros
servicios de inteligencia militar.
La
originalidad chilena, ha quedado demostrada en el bien y en el mal,
palabras tan de moda en estos tiempos de sombrío paladar de fría
hamburguesa y de un dios que no para de castigarnos por orden
humana.
"Son
comunistas, y ni siquiera ellos lo saben", acuñó en ese entonces
para el diccionario Guiness Récord, el Capitán General de Chile, gloria
de la Academia Chilena de la
Lengua, en un arrebato de suprema originalidad y reflexión filosófica
propia de un existencialista del medioevo.
Fue
en Santiago, de Chile, en el centro urbano, que en los ochenta y tanto, 5
o seis, me encontré con el cineasta y amigo, Raúl Ruiz, quien
estrenaba pasaporte nuevo sin L, si, en El
Rápido, al calor de empanadas de queso y carne y de una copa de vino,
que repasamos el abecedario del exilio y entonamos himnos sobre la vida y
sus circunstancias. Curiosamente me mostró su copa, ya vacía, que tenía
una trizadura— y no era la marca del zorro precisamente—, sino una L.
Reímos, brindamos, aún se respiraba denso por esos días en el Gran
Santiago, sus alrededores y más allá aún.
Carlos
Cerda ya formaba parte de la diáspora y vivía en Berlín con su flamante
L y, me imagino, un montón de sueños rotos, oxidados, y otros por
construir, que finalmente cristalizaron en cuentos y novelas de una
extraordinaria calidad.
Me
vine a enterar de la existencia del Escritor Carlos Cerda, con regocijo,
gracia a la visita a Panamá
de la Cámara Chilena del
Libro (PROLIBRO), representada por la maravillosa Yarka Bodis Suckel,
quien me dio a conocer los últimos libros y justamente compré uno de
Carlos: Morir en Berlín.
Un
texto de época, narrativa clásica y de clase, muy celebrada por
reputados escritores latinoamericanos, como Carlos Fuentes, Alfredo
Bryce Echenique y Luis Sepúlveda, entre otros. Tan bueno como el mejor
Graham Greene, pero con un elemento personal, de compromiso, incluso
dolor, que va más allá de la excelente factura literaria, dijo Carlos
Fuentes.
Ya
había escrito obras de teatro, como La noche del soldado, cuentos y
novelas y una obra en co-autoría con Jorge Donoso, a quien admiraba.
Recién
en 1998 vine a leer a Carlos Cerda, por la divina casualidad de una Feria
Internacional, si no, nos enteramos más que por las reseñas, porque
a Panamá sólo llegan los libros de Isabel Allende, Marcela
Serrano, Antonio Skàrmeta y ahora uno de Jodoroswky, con la
excepcionalidad del Canto General
y los Veinte Poemas de Amor y una Canción desesperada del clásico
poeta Pablo Neruda. Jorge Edwards, de vez en cuando, el muy flamante
Cervantes nuestro.
Escritor
comprometido, de amplio espectro social, realista profundo de lo cotidiano
vivencial, más allá del cuadro sinóptico de la existencia, filósofo
puntual de la prosa, enamorado de la vida, Carlos Cerda, nos legó una
rica y única narrativa, y el pensamiento de un escritor de su tiempo.
Inscribió en su temática, el lado oscuro de Chile, el que le tocó
vivir, como al millón de gorriones en el exilio, y que él supo registrar
en la hondura de la transparencia y en
la eficacia de la palabra. Está la memoria como back ground, de
insuperable puntualidad en el dolor, y lo nuevo que atropella en el diario
vivir. Espejo retrovisor, uno del otro, como la rosa que no se apaga en
las espinas.
Un
libro que conoceremos pronto, Escrito
con L, quedó en el horno para su publicación.
Carlos
Cerda dejó una sustancial obra y estaba escribiendo una serie intitulada
tentativamente, Seis personajes en busca de
lector, cuando la vida le
arrancó la última gota de vida, nos
enteramos por El Mostrador.
CL
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