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Gonzalo Hernández Sanjorge

Cuatro poemas de Robert Desnos (Francia 1900-1945)

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Nș 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

La voz de Robert Desnos

Tan semejante a la flor y a la corriente de aire

al curso del agua a las sombras pasajeras

a la sonrisa vislumbrada aquella famosa noche a medianoche

tan semejante a toda la felicidad y a la tristeza

es la medianoche pasada alzando su torso desnudo por encima de las torres y de los  álamos

llamo a mí a los perdidos en los campos

los viejos cadáveres los viejos robles talados

los jirones de tela pudriéndose sobre la tierra y la ropa secándose a los alrededores de las granjas

llamo a mí a los tornados y a los huracanes

las tempestades los tifones los ciclones

los maremotos

los temblores de tierra

llamo a mí al humo de los volcanes y al de los cigarrillos

a los círculos de humo de los puros de lujo

llamo a mí a los amores y los enamorados

llamo a mí  a los vivientes y a los muertos

llamo a mí a los sepultureros llamo a los asesinos

llamo a los verdugos llamo a los pilotos  los albañiles  los arquitectos

a los asesinos

llamo a la carne

llamo a la que amo

llamo a la que amo

llamo a la que amo

la medianoche triunfante despliega sus alas de satén y se posa sobre mi lecho

las torres y los álamos se pliegan a mi deseo

aquellos se derrumban aquellos se desploman

los perdidos en el campo se reencuentran al encontrarme

los viejos cadáveres resucitan por mi voz

los jóvenes robles talados se cubren de verdor

los viejos jirones de tela pudriéndose en  la tierra y sobre la tierra crujen por mi voz como el estandarte de la revuelta

la ropa secándose en los alrededores de la granja viste adorables mujeres que no adoro

que vienen a mí

obedecen a mi voz y me adoran

los tornados giran en mi boca

los huracanes enrojecen si pueden mis labios

las tempestades rugen a mis pies

los tifones si es posible me despeinan

recibo los besos de embriaguez de los ciclones

los maremotos vienen a morir a mis pies

los temblores de tierra no me estremecen pero hacen que todo se desplome a una orden mía

el humo de los volcanes me viste con sus vapores

y el de los cigarrillos me perfuma

y los círculos de humo de los puros me coronan

los amores y el amor tan largo tiempo perseguidos se refugian en mí

los enamorados escuchan mi voz

los vivientes y los muertos se someten y me saludan

los primeros con frialdad los segundos con familiaridad

los sepultureros abandonan las tumbas apenas cavadas y declaran que sólo yo puedo mandar los nocturnos trabajos

los asesinos me saludan

los verdugos invocan la revolución

invocan mi voz

invocan mi nombre

los pilotos se guían por mis ojos

los albañiles sienten vértigo al escucharme

los arquitectos parten hacia el desierto

los asesinos me bendicen

la carne palpita a mi llamado

la que amo no me escucha

la que amo no me entiende

la que amo no me responde

 

De la rosa de mármol a la rosa de hierro

La rosa de mármol inmensa y blanca estaba sola en la plaza desierta donde las sombras se prolongaban hasta el infinito. Y la rosa de mármol sola bajo el sol y la estrellas era reina de la soledad. Y sin perfume la rosa de mármol sobre su tallo rígido en la cima del pedestal de granito chorreaba entre todas las olas del cielo. La luna se detenía pensativa en su corazón glacial y los deseos de los jardines los deseos de mármol a sus pétalos venían a probar sus senos fríos.

La rosa de vidrio resonaba en todos los ruidos del litoral. No era un sollozo de ola quebrada que la hizo vibrar. Alrededor de su tallo frágil y de su corazón transparente los arco iris giraban con los astros. La lluvia resbalaba en bolas delicadas sobre sus hojas a las que a veces el viento hacía gemir con espanto de los arroyos y de las luciérnagas.

La rosa de carbón era un fénix negro que la pólvora transformaba en rosa de fuego. Pero sin cesar nacida en los corredores tenebrosos de la mina donde los mineros la recogían con respeto para transportarla durante hacia el día en su sangre de antracita la rosa de carbón velaba a las puertas del desierto.

La rosa de papel secante sangraba a veces durante el crepúsculo cuando el atardecer a sus pies venía a arrodillarse. La rosa de secante guardiana de todos los secretos y mala consejera sangraba una sangre más espesa que la espuma de mar y que no era suya.

La rosa de nubes aparecía sobre las ciudades malditas a la hora de las erupciones de los volcanes a la hora de los incendios la hora de los tumultos y por encima de París cuando la Comuna allí mezcló las venas irisadas del petróleo y el olor de la pólvora. Ella fue bella el 21 de enero bella el mes de octubre entre el viento frío de las estepas bella en 1905 a la hora de los milagros a la hora del amor.

La rosa de madera presidía los patíbulos. Florecía en lo más alto de la guillotina y después dormía en el musgo a la sombra de los hongos.

La rosa de hierro había sido batida durante siglos por los forjadores de relámpagos. Cada una de sus hojas era como un cielo desconocido. Al menor golpe ella producía el ruido del trueno. Pero qué dulce era a las amantes desesperadas la rosa de hierro.

 La rosa de mármol la rosa de vidrio la rosa de carbón la rosa de papel secante la rosa de nubes la rosa de madera la rosa de hierro volverán a florecer siempre hoy están deshojadas sobre tu alfombra.

¿Quién eres tú? tú que aplastas bajo tus pies desnudos los restos fugitivos de la rosa de mármol de la rosa de vidrio de la rosa de carbón de la rosa de papel secante de la rosa de nubes de la rosa de madera de la rosa de hierro.

 

Como una mano en el instante de la muerte

Como una mano en el instante de la muerte y del naufragio se alza como los rayos del sol poniente, así de todas partes brotan tus miradas.

Ahora ya no es tiempo, tal vez ahora ya no es tiempo de verme,

Pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán que nada es perpetuo sobre la tierra,

Salvo el amor,

Y quiero persuadirme.

Los  barcos de salvamento pintados de rojizos colores,

Las tormentas que huyen,

Un vals antiguo que arrastran el tiempo y el viento durante los largos     espacios del cielo.

Paisajes.

Yo, no quiero otra cosa que el abrazo de la que aspiro,

Y muera el canto del gallo.

Como una mano en el instante de la muerte se crispa, mi corazón se  encoge.    

Jamás lloré desde que te conozco.

Amo demasiado mi amor para llorar.

Tú llorarás sobre mi tumba,

O yo sobre la tuya.

No será demasiado tarde.

Mentiré. Diré que fuiste mi amante

De todos modos es verdaderamente tan inútil,

Tú y yo, moriremos pronto.

 

Los espacios del sueño

En la noche están naturalmente las siete maravillas del mundo y la grandeza y lo trágico y el encanto.

Los bosques se tropiezan confusamente con las criaturas legendarias escondidas en los matorrales.

Estás tú.

En la noche están los pasos del paseante y los del asesino y los del guardia urbano y la luz del farol y la linterna del trapero.

Estás tú.

En la noche pasan los trenes y los barcos y el espejismo de los países donde es de día. Los últimos alientos del crepúsculo y los primeros estremecimientos del alba.

Estás tú.

Un aire de piano, el estallido de una voz.

Un portazo. Un reloj.

Y no solamente los seres y las cosas y los ruidos materiales.

Sino también yo que me persigo o sin cesar me adelanto.

Estás tú la inmolada, tú la que espero.

A veces extrañas figuras nacen el momento del sueño y desaparecen.

Cuando cierro los ojos, las floraciones fosforescentes aparecen y se marchitan y renacen como fuego de artificios carnosos.

Países desconocidos que recorro en compañía de criaturas.

Estás tú sin duda, oh bella y discreta espía.

Y el alma palpable de la extensión.

Y los perfumes del cielo y de las estrellas y el canto del gallo de hace 2000 años y el grito del pavo real en los parques en llamas y besos.

Manos que se aprietan siniestramente en una luz  descolorida y ejes que chirrían sobre los caminos de espanto.

Estás tú sin duda a quien no conozco, a quien conozco al contrario.

Pero que, presente en mis sueños, te obstinas en dejarte adivinar en ellos sin aparecer.

Tú que permaneces inasible en la realidad y en el sueño.

Tú que me perteneces por mi voluntad de poseerte en ilusión pero que no acercas tu rostro sino cuando mis ojos se cierran tanto al sueño como a la realidad.

Tú que en despecho de una retórica fácil donde la ola muere en la playa, donde la corneja vuela entre las fábricas en ruinas, donde la madera se pudre crujiendo bajo un sol de plomo.

Tú que estás en la base de mis sueños y que  sacudes mi alma llena de metamorfosis y que me dejas tu guante cuando beso tu mano.

En la noche están las estrellas y el movimiento tenebroso del mar, de los ríos, de los bosques, de las ciudades, de las hierbas, de los pulmones de millones y millones de seres.

En la noche están las maravillas del mundo.

En la noche no están los ángeles guardianes, pero está el sueño.

En la noche estás tú.

En el día también.

 

 

Traducido del francés por Gonzalo Hernández Sanjorge


 

 
 

 

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