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Para
entender el papel que las mujeres desempeñan en la producción
narrativa de Césare Pavese, hay que partir de la biografía del autor,
remontándonos incluso a determinados momentos de su infancia.
Las
circunstancias vitales
Pavese
vivió su infancia marcado por el fallecimiento de su padre, víctima de
un tumor cerebral, cuando el autor contaba sólo con seis años de edad.
Es posible que la pérdida prematura de la figura paterna despertase en
el niño ciertos sentimientos de culpa, que serán ya una constante en
la vida del adulto. Sin embargo, lo que realmente marcó a Pavese fue la
presencia de su madre, una mujer de carácter autoritario y dominante.
Pavese crece, pues, bajo la influencia de dos figuras femeninas: María,
su hermana, y su madre. Esta mujer fue protagonista de una escena
largamente recordada por Pavese, según recoge Davide Lajolo en el libro
"El vicio absurdo": estando el padre del autor en su lecho de
muerte, suplicó a su esposa que le permitiera ver por última vez a una
vecina que, supuestamente, había sido su amante. La madre de Pavese se
negó, y es posible que esta escena, de la que el autor nunca pudo
librarse, sirviera para subrayar la postura firme de la madre, la
firmeza de su carácter, y enfrentara por vez primera a Pavese con la
dureza que él atribuiría siempre a las mujeres.
Pavese
vivió su infancia bajo la influencia de la madre, hacia la que
desarrolló un complejo sentimiento de amor - odio. Al parecer, Pavese
la quiso mucho, pero también fue siempre consciente de la dominación
que esa mujer ejercía sobre su entorno:
"Si
naces otra vez -escribe en su diario- tendrás que andar despacio
incluso al aficionarte a tu madre. Sólo llevas las de perder" (O.
d. V., 22-1-38).
Para
Pavese, la madre era la frontera entre sí mismo y el mundo, una figura
que lo apartaba de la realidad. La ausencia de una figura masculina como
referente, la presencia constante de la madre y su hermana María (hacia
la que sentía un afecto sincero) marcan la futura relación de Césare
Pavese con el otro sexo. El autor proyectará en algunos de sus
personajes su situación familiar: Paolo, el protagonista de
"Arcadia', vive también con su hermana y su madre, y siente como
esa sobreprotección y esa influencia que ejercen sobre él va a marcar
sus relaciones con los miembros del otro sexo.
Durante
su adolescencia, Pavese experimenta varias pasiones amorosas que siempre
acaban por frustrarse. La anécdota más patética es aquella que
retrata a un Pavese esperando durante horas, bajo el frío y la lluvia,
a una bailarina de teatro que ignorando al joven enamorado huye de él
saliendo por la puerta de atrás. De este encuentro frustrado sacó
Pavese una bronquitis crónica, un motivo más de desconfianza hacia el
sexo femenino y, seguramente, el germen del relato "El aventurero
fracasado" que, como él, esperó a una bailarina hasta que
"la vio alejarse con unos hombres, por la ciudad, en el lujo de un
automóvil". Con este relato, Pavese está insinuando un motivo del
abandono al que lo someten las mujeres: encuentran en otros lo que él
no puede darles.

Será
unos años más tarde, a mediados de los treinta, cuando Pavese viva lo
que se convertirá en su gran amor frustrado: "la mujer de la voz
ronca","Ella", "Tina", "la señorita"...Pavese
nunca se refirió a ella por su nombre completo. Sabemos que era
estudiante de matemáticas y miembro activo del Partido Comunista, compañera
del también comunista Altiero Spinelli. Pavese se enamora profundamente
de esta mujer, hasta tal punto que acepta recibir en su casa las cartas
que Spinelli le remitía desde la cárcel. Estas cartas, que la policía
encuentra durante un registro en la casa de Pavese, llevan al autor a
prisión, y de allí al exilio en el pueblecito calabrés de Brancaleone.
No
podemos por menos que preguntarnos por qué razón Pavese aceptó servir
de intermediario entre Tina y su amante, pero es muy posible que el
escritor creyese sinceramente que el único vínculo de unión entre la
"señorita" y Spinelli fuese ya la actividad política. Lo que
está claro es que durante la primera fase de su condena, Pavese creía
estar viviendo un idilio con Tina. Por medio de la correspondencia, le
envía frecuentes muestras de afecto, y no pierde ocasión de recordar
que está exiliado por causa de ella, lo cual lleva a pensar que el
gesto de Pavese al brindarse a recibir las cartas no es del todo
desinteresado. El 12-7-35 y desde la cárcel de Coeli escribe a su
hermana María:
"Dile
a la señorita que la recuerdo siempre; más aún, en la situación en
que me encuentro tengo que recordarla a la fuerza".
Alejado
de su tierra, de su gente y de la mujer que ama, Pavese experimenta una
aguda depresión. El 28-2-36 escribe en su diario unas líneas pensando
en "ella":
"¿Qué
sufro de ella? el día que alzaba el brazo en la calle asfaltada, el día
que no salían a abrir y luego apareció con el pelo suelto, el día que
hablaba en voz baja con él en la calzada, las mil veces que me ha
metido prisa (...) Mi historia con ella no está hecha de grandes
escenas, sino de sutilísimos momentos interiores... Es atroz este
sufrimiento.(O. de V.)
A
la vista de estas líneas, podemos advertir que Pavese sigue sintiendo,
al menos íntimamente, ciertas dudas acerca de la relación que le une a
Tina. En el diario aparece la sombra de la sospecha, del engaño y también
de la incomprensión de ella. A Tina dirige una de sus cartas, ya desde
Brancaleone:
"Mi
pena no es la escrita, eres tú; y lo sabía muy bien quien así nos
alejó. No escribo ternuras. El por qué, ya lo sabemos".
Al
parecer, las últimas noticias que Pavese recibe de Tina en Brancaleone
datan de finales del año 35. A partir de entonces, Pavese atormenta a
sus familiares y a sus amigos exigiendo de ellos noticias de la señorita.
Leyendo estas cartas, es fácil adivinar la amargura que por esos días
golpeaba a Pavese, la incertidumbre y el dolor que le causaba esa
ausencia de noticias. Recojo tres cartas como muestra, todas ellas
enviadas a su hermana María:
"...ni
siquiera pensáis en aliviarme esta tortura de cada instante con una
esquela de mano de..."(3-3-36)
"Hace
mucho tiempo que no tengo ni un saludo de...y no sé si estará ofendida
conmigo. Yo sigo esperando. (5-3-36)
"¿Cuándo
os hartareis de fingir que no os enteráis que pido noticias, noticias,
noticias y una postal firmada por...? Y aún tenéis el tupé de
escribirme si necesito algo. Hace un mes que no pido otra cosa"
(12-3-36)
Quizá
espoleado por la necesidad de ver a su amante, Pavese redacta una petición
de gracia que le es concedida el quince de marzo de 1936. El autor
regresa a Turín, donde sus amigos le informan que "ella" se
ha casado con otro. Pavese se desploma en plena calle. Ya es consciente
de que durante su exilio de Brancaleone se ha estado engañando, que ha
esperado de la mujer amada demasiadas cosas. El regreso le ha obligado a
mirar de frente a la realidad. Y, angustiado, escribe: "Ir al
confinamiento no es nada; regresar de allá es atroz" (O. de V.,
25-12-37). A partir de ese momento comenzará a desarrollar una serie de
complejos sentimientos hacia las mujeres, que serán a veces de
culpabilidad y otras, simplemente, de odio, y que el autor recoge en sus
diarios. Cuando es informado de su situación, Cesare Pavese busca un
por qué al abandono de Tina. Encuentra dos respuestas: por un lado, su
propia condición de fracasado que extrema en un sentimiento de
culpabilidad; por otro lado, la bajeza de la condición femenina, que el
autor acabará sublimando en una serie de escritos profundamente misóginos.

La
culpa: "...no debemos culpar de nuestra desventura a nadie más que
a nosotros" (O. de V., 28-1-37) Con esta declaración, parece estar
clara la postura de Pavese al respecto: cada uno es responsable de su
propia vida. Y Pavese siente su pasado como un condicionante de su vida
sentimental; "Cuanto le sucede al hombre está condicionado por su
pasado... Evidentemente, he hecho cosas tremendas para encontrarme en
esta situación" (O. de V., 10-4-36). Pavese centra su complejo de
culpabilidad en varios puntos: en primer lugar, el problema sexual de la
eyaculación precoz: "...el hombre que eyacula demasiado rápidamente
es mejor que no hubiese nacido" (O. de V.). También en las
flaquezas de su carácter: "Ante todo, ligereza moral... Siempre he
seguido mis impulsos sentimentales, hedonísticos" (O. de V.
10-4-36). Efectivamente, Pavese seguirá esos impulsos sentimentales a
la hora de obrar. De hecho, su implicación en actividades antifascistas
no tiene nada que ver con una conciencia política, sino con el estímulo
de una relación sentimental. Pavese se deja llevar por el corazón, ama
y se entrega hasta las últimas consecuencias, y el no obtener nada a
cambio de esa entrega no hace sino aumentar su insatisfacción. El autor
considera la posibilidad de no ser capaz de proporcionar felicidad a una
mujer: "Un hombre no se lamenta del amor que le haya traicionado,
sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza" (O. de
V., 13-11-37). En estos momentos, Pavese se culpa a sí mismo del
abandono del que fue objeto por parte de Tina:
"¿Y
no se da rienda suelta a otra tortura duradera recordando que la persona
que ha herido no es necia, ociosa y voluble? ¿Recordando que es de
ordinario seria, comprensiva, tensa, y que sólo en mi caso ha bromeado?
( O. de V. 24-4-36)
El
autor parece no querer culpar ni criticar el abandono de Tina: la culpa
es suya y sólo suya, por no saber entenderla, por no saber darle lo que
ella necesita. Y su lamento se hace más amargo al escribir: "Es
increíble que la mujer adorada llegue a decir que sus días están vacíos
y son tormentosos, pero no quiere saber nada de nosotros" (O. de V.
17-11-37).
La
misoginia
En
su artículo "Pavese: la misoginia como máscara", Rossend
Arques escribe: "La misoginia de Pavese no implica indiferencia,
sino un odio que no es, a decir verdad, más que un amor apasionado,
irritado y avergonzado de no poder expresarse, un amor que se venga
puerilmente de su propia torpeza". En efecto, creo que se puede
afirmar que la misoginia de Pavese no es tal, toda vez que el amor de
las mujeres siguió siendo una necesidad y la base de su existencia,
como explicaré más adelante. "No se huye del propio carácter
-escribe- : misógino eras y misógino sigues siendo". (26-1-38)
La
recurrencia a la misoginia es para Pavese un mero ardid que le sirve,
una vez más, de autojustificación: estoy sólo, nadie me quiere y no
quiero a nadie, pero es porque soy misógino. El odio lacerante que
Pavese vierte contra las mujeres tiene más de pataleta de niño
despechado que de problema psicológico. Si en anteriores citas de
"El oficio de vivir" se autoinculpa de sus problemas amatorios
con Tina, reconociendo que no ha sabido tratarla, en estas otras citas
hace justamente lo contrario: es ella la malvada, ella la retorcida,
ella la que ha frustrado el amor de Pavese. El autor llega a formular la
posibilidad de que su amada sea una libertina: "No me extrañaría
descubrir que hay un tercer hombre que vive con ella"(O. de V.,
2-1-38).
Pavese
recoge también todas sus ideas sobre la tendencia a la traición que
tienen las mujeres: "Quien revela a una mujer el ser potencial de
ella, será su primer cornudo. Es matemático. Ni más ni menos, matemático"
(O. de V., 26-4-36). "Si una mujer no traiciona, es porque no le
conviene"(O. de V., 13-10-38).
De
ahí parten también sus ideas más extremas, aquellas que vinculan
indefectiblemente a la mujer con la prostituta:
"Todos
encontramos una puta en el transcurso de nuestra vida. Y son poquísimos
los que encuentran una mujer que les ame y sea honesta. De cada cien
noventa y nueve son putas" (O. de V. 5-2-38)
"El
amor puro y desinteresado de una mujer no se vende a menos de mil liras
al mes" (O. de V. 20-2-38);
"Quien
denuncie la inmoralidad del amor mercenario debería dejar estar a toda
mujer, porque... también la mujer que nos ha amado se deja hacer y hace
sólo por cortesía o por interés, más o menos resignada, como una
meretriz" (O. de V., 8-12-38).
Pavese
llega a cosificar al elemento femenino con una frase escrita en su
diario: "Lo único que cuenta en el amor es tener a la mujer en la
cama y en casa" (O. de V. 28-11-37). La idea contenida en esta
frase ya la había reflejado antes en el relato `El mal mecánico'
(1928), que cuenta cómo un joven, después de un amor de adolescencia
que se frustra, se une a una mujer por la que no siente nada:
"Gozó
de ella frenéticamente... y quiso probar con ella lascivias más
refinadas (...) y siempre por las noches su esposa lo aguardaba
libidinosa como una puta".
El
cuento, igual que la frase, ofrece una visión cosificadora de la mujer,
una idea del sexo femenino pronunciada en términos de utilidad.
Declarada
ya la condición de prostitutas que comparten todas las mujeres. Pavese
habla también de la idea de la mujer como oponente al hombre: "Lo
que distingue al hombre del niño es el saber dominar a una mujer. Lo
que distingue a una mujer de una niña es el saber explotar a un
hombre" (O. de V., 20-8-40). Esta frase es una propuesta de
antagonismo basado en términos puramente sexuales, antagonismo que
llega a su grado máximo en la frase "Las mujeres son un pueblo
enemigo como el pueblo alemán"(8-10-47).

Evidentemente,
estas citas del diario de Pavese revelarían una profunda misoginia,
sino fuera porque están recogidas al lado de otras que nada tienen de
misóginas: más bien revelan la existencia de un amor profundo y
atormentado alrededor del cual gira toda la existencia de Pavese:
"Te
quiero, cariño, y te odio, para mí eres como el aire que respiro, si
me faltas te maldigo lo mismo que un ahogado; me duele físicamente
estar lejos de ti; para mí no eres una mujer, sino la existencia
misma..."(O de V.26-3-38)
Y
mucho tiempo después, cuando ya han pasado casi ocho años del abandono
al que fue sometido, el autor no puede evitar recordar a la mujer que ha
amado: "el golpe bajo que te ha dado Tina lo llevas siempre en la
sangre. Has hecho de todo para encajarlo, hasta lo has olvidado, pero de
nada te sirve huir. ¿Sabes que estás solo? ¿Sabes que no eres
nada?" (O. de V. 2-9-45)
Estas
líneas revelan en Pavese no a un misógino, sino a un hombre hundido y
profundamente solo, que no deja de preguntarse por las causas reales de
su situación, y que es incapaz de ponerse en paz consigo mismo y con
sus recuerdos. En realidad, Pavese vive atormentado por un deseo
frustrado de amor y de compañía. Es un solitario que, pese a no querer
reconocerlo, no ha buscado nunca esa soledad. Pavese desea casarse,
desea tener hijos. Espera, siempre en vano, que la amistad de ciertas
mujeres que frecuenta se transforme en una relación amorosa. Esa
necesidad de amor, de compañía, está contenida sobre todo en la
correspondencia del autor, que en noviembre de 1940 escribe a Fernanda
Pivano:
"Pavese
obtiene o puede obtener todos los amores de las mujeres, menos el único
que, como todos los "ratés", desde el fondo de su corazón
anhela realmente: el amor de una esposa".
El
mismo Pavese que recogía en su diario diatribas feroces contra el bello
sexo, es capaz también de escribir frases tiernas a Fernanda Pivano, a
la que llega a pedir en matrimonio:
"...¿sabe
que hace dos años que no consigo realizar nada importante? Porque desde
que la conozco ya no puedo aburrirme, me atormenta y estimula pensar en
usted, y por lo tanto no escribo novelas"(15-4-43).
En
una carta dirigida a una mujer anónima ("A una amiga X"),
Pavese insiste en su idea de contraer matrimonio:
"Sigo
esperando casarme contigo" (25-11-45).
Su
última tentativa de matrimonio la hizo Cesare Pavese a otro gran amor,
la americana Constance Dowling; también fue rechazado por ella. Pero
eso no impidió al autor de "El camarada" enviarle páginas
llenas de poesía, libres de rencor aún cuando ya había obtenido una
negativa a sus proposiciones. De hecho, cuando Pavese escribió estas líneas
ya Connie Dowling le había hecho saber su intención de casarse con
otro hombre.
"No
me siento con ánimos para escribir poesías. Las poesías vinieron
contigo y se van contigo (...) ¿Creerás...que esta noche lloré como
un niño al pensar en mi suerte y también en la tuya...Yo te perdono
toda esta pena que me corroe el corazón... Esta pena eres tú, el
verdadero horror y la maravilla de ti. Cara de primavera, adiós. Te
deseo buena suerte en todos tus días, y un matrimonio feliz."
(17-4-50)
Poco
antes de su suicidio, Pavese envió esta carta a una muchacha
desconocida a la que se refiere llamándola "Pierina", aunque
al parecer no era ese su verdadero nombre. En estas letras recoge Pavese
la confesión de su soledad, pero lo hace de un modo reposado y sereno,
libre de toda amargura, al margen de la ironía y la crudeza que
reflejaban sus diario:
¿Puedo
decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que
cuando amé nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de
reconocimiento que una mujer dirige a un hombre?
A
la vista de unas y otras líneas, no cabe por menos que preguntarnos cuál
es el verdadero Pavese: el que considera a las mujeres como colectivo de
rameras, o el que escribe estas cartas llenas de sentimiento, que
demandan cariño y compañía y reconocen un fracaso continuo en un
terreno que el autor consideraba fundamental para su equilibrio: el del
amor. Porque Pavese fue buscando relaciones amorosas estables en todas
las mujeres que se cruzaron en su camino, hasta el punto que se puede
decir que el autor vivió su vida buscando el Amor en mayúsculas, el
Amor en abstracto. Todas las cosas que hizo Pavese las hizo para una
mujer. Desde su pseudocompromiso con la causa antifascista hasta la
mayoría de sus trabajos literarios ("Querida -escribe a Constance
Dowling- estoy trabajando para ti", 17-3-50), los elaboró Pavese
pensando en una mujer. Fracasado en el amor, Pavese consideró que
definitivamente había fracasado en su propia búsqueda vital.
"No
nos matamos por el amor de una mujer- escribe, poco antes de suicidarse-
nos matamos porque un amor, cualquier amor, nos revela en nuestra
desnudez, miseria, indefensión, nada" (O. de V. 25-3-50)
De
alguna manera, Pavese proyectó en la literatura sus experiencias
vitales. En la obra pavesiana, la mujer cobra un protagonismo especial.
En su obra "Pavese" dice María Luz Uribe, "Ella es, en
gran parte de la narrativa de Pavese, el origen inconsciente del drama y
su primera víctima. En sus personajes femeninos no están sólo las
mujeres que él conoció, sino lo que él vivió a través de ellas, su
amor, sus desilusiones, la traición, el fracaso, un resto de
esperanza".
A
la vista de la obra narrativa de Cesare Pavese, parece posible afirmar
que, a grandes rasgos, existen para el autor dos tipos bien
diferenciados de mujeres, a partir de los cuales va creando y recreando
cada uno de los personajes femeninos que aparecen en su producción en
prosa. En primer lugar, aparece la mujer débil, la mujer sumisa y cariñosa,
que se deja arrastrar por el entorno que la envuelve. En segundo, la
mujer de carácter firme, la mujer lejana y casi indiferente, que es dueña
de sí misma y de su existencia. Este tipo de personaje femenino parece
haber sido creado en función de la figura de "la mujer de la voz
ronca", el gran amor de Pavese, de cuya influencia el autor
italiano jamás fue capaz de librarse, y a la que describió como una
mujer "voluntaria, dura, masculina". No podemos perder de
vista este adjetivo, "voluntaria", que conlleva una capacidad
para la toma de decisiones, un deseo de conducir la vida, en definitiva,
una notoria autonomía vital de la que veremos que carecen los
personajes femeninos pertenecientes al primer grupo.
En
"El bello verano", Pavese presenta a estos dos tipos de
mujeres puestos uno frente a otro. En primer lugar, encontramos a Ginia,
la adolescente que pugna por hacerse adulta, por introducirse en un
mundo de madurez en el que no es capaz de desenvolverse. Ginia aparece
retratada como la joven frágil, vulnerable, que detesta Pavese. En el
relato "Un domingo", escribe el autor: "En la sucia
pantalla se iluminaba un rostro pálido, delicado, uno de esos grandes
rostros de jovencita inocente de aire infantil, que nunca falta en las
novelas y que me crispa insoportablemente los nervios"
En
la ciudad de Turín, donde Ginia trabaja, conocerá a Amelia, una modelo
de pintores anónimos. Amelia es el contrapunto a Ginia: madura,
independiente, perfectamente consciente de lo desdichado y lo mezquino
de su vida. Amelia resume en una frase su particular filosofía de vida,
su carácter indómito: "Quien oveja se hace, el lobo se la
come", advierte a la joven Ginia, sin que ésta sea consciente de
lo mucho que hay de profético en estas palabras. De Amelia sabemos un
detalle que pudiera ser definitivo: tiene "la voz ronca". ¿Es
ese, para el autor, un modo de acercarla a Tina, la estudiante de Matemáticas?
Ginia,
la adolescente, ve en Amelia todo lo que ella quisiera ser. A medida que
la novela avanza, vamos observando la necesidad que tiene Ginia de
parecerse a su amiga, hasta el punto de acelerar el proceso de iniciación
sexual con un joven pintor que Amelia le presenta. La influencia de
Amelia, la capacidad de dominación de ésta, dará la vuelta a los
presupuesto morales de Ginia, que llegará incluso a pedir a Guido que
la pinte desnuda, cuando esa experiencia supone para ella un trauma:
"Yo no podría resistirlo", dice Ginia, al escuchar las
explicaciones de Guido sobre el trabajo de Amelia en el estudio. Sin
embargo, se produce la transformación; Ginia ha acudido al estudio de
Guido y ha visto a Amelia posar desnuda. La escena siguiente revela toda
la fragilidad de Ginia, todas las dudas que la invaden, pero también su
incapacidad de decidir por sí sola y de actuar empujada por los demás;
Entonces,
con ansía, dijo:
Píntame
a mí
Guido
levantó los ojos:
¿Quieres
posar? ¿Desnudarte?
Miró
hacia Amelia y respondió simplemente:
Sí.
¿Has
oído. Ginia quiere posar desnuda -dijo en voz alta Guido.
La
otra lanzó una carcajada (...)
Desnúdate
junto al fuego -dijo- yo voy a vestirme.
Ginia
miró de nuevo los tejados cubiertos de nieve y balbuceó:
¿Tengo
que hacerlo?
¡Adelante!
-animó Guido
(...)
En
aquel instante lo comprendió todo y el temor no le permitió volverse
(...)
Mientras
los demás reían, intentando consolarla, ella, desesperada,
con los pies descalzos, corrió detrás de la cortina y se vistió,
Nadie intentó seguirla. Rompió la goma de las bragas en su intento
de ir más de prisa. Luego permaneció de pie en
la oscuridad llena de repulsión (...)
Déjala
-oyó decir a Guido-, es una estúpida.
Entonces
empezó a llorar en silencio, agarrada a la cortina...
Ginia
construirá su vida en función de lo que le dictan los demás, y
siempre bajo la influencia de Amelia, quien además la iniciará en el
terreno de las relaciones lésbicas. El final de la novela, típicamente
pavesiano por cuanto parece ir "más allá" del remate de la
historia, es definitivo:
Vamos a dónde
tú quieras -murmuró Ginia- Llévame tú.
Con
esta frase final, Ginia revela totalmente su carácter de mujer
dispuesta a verse vencida y sobrepasada por las circunstancias y por las
influencias de otra persona, llegando incluso a variar sus preferencias
sexuales. El tema del lesbianismo aparece en otras obras de Pavese, y es
especialmente interesante en la novela "Entre mujeres solas', por
cuanto la relación establecida entre Momina y Rosa puede considerarse
paralelística con la que se crea entre Amel ia y Ginia. De nuvo,
encontramos a la mujer independiente, fría, egoísta, a la mujer que
existe por sí misma y al margen de todo lo que no sea su propio yo:
"Si una mujer tiene un hijo, ya no es ella", dice, revelando
en esta frase toda su concepción egoísta de la vida. Momima empuja a
Rosetta, una joven de carácter débil, a iniciar con ella una relación
lésbica que ni siquiera llega a consumarse, pero que dejará profunda
huella en la joven. Para Rosetta, el contacto con Momina ha tenido una
importancia trascendental: "Ha sido mi primer amor", dice de
ella, y el rechazo posterior de su amiga la llevará a un intento de
suicidio. Momima no da tanta importancia a lo que ha ocurrido entre
ellas dos: "¿Te convences- dice a Rosetta- que de una cosa que podía
ser hermosa y tener un sentido has hecho un caso personal, un drama histérico?"
El problema va más allá de la simple relación lésbica, desde el
momento en que sobrepasa el terreno meramente sexual. Igual que Amelia
para Ginia, Momina se ha convertido para Rosetta en la imagen de lo que
ella quiere ser: "...me considera... algo así como su
espejo", dice Momina. Pero Rosetta no puede convertirse en una
mujer como su amiga: su propia debilidad se lo impide. Y la novela
culmina con el suicidio de Rosetta, cuyas circunstancias coinciden
sospechosamente con las que rodearon el suicidio del autor: en un hotel
alejado de la ciudad, por medio de una ración de somníferos,
abandonada por todos y descubierto su cuerpo casi por casualidad.

En
"Entre mujeres solas", Pavese hace un relato descarnado y casi
cruel de la actitud de las mujeres hacia sí mismas y hacia su propio
entorno. El autor recoge todos los retorcimientos del sexo femenino, la
crueldad que según él es inherente a la mujer, la lucha encarnizada
que mantiene consigo misma y con las otras mujeres. En "Entre
mujeres solas", los personajes femeninos viven odiándose y atacándose,
nunca sirviéndose de apoyo. Estas mujeres parecen ignorar valores como
la fidelidad y la camaradería. Pavese las presenta profundamente
deshumanizadas. Por ejemplo, y cuando la amigas de Rosetta tienen
noticia del primer intento de suicidio de esta, una de ellas comenta:
`Esa estúpida debía haber palmado, era lo mejor". Pavese hace una
amarga crítica de la forma de ser femenina, y retrata la curiosidad
insana que parece ser privativa de las mujeres: "La señora gorda
se sentó y me miró abanicándose. La segunda... me había hurgado ya
toda con los ojos (...) Los ojos gruesos y vivaces me horadaban como dos
agujas". Pavese retrata también la maledicencia propia de las
mujeres:
"Antes
de que me marchase, Lina charloteó, como suele ocurrir, de alguna compañera
de escuela, y encontró la manera de hablar mal de ella... Estaba segura
de que dentro de poco, a mis espaldas, Lina habría hablado de mí con
su madre como hablaba de sus compañeras..."
En la
novela no parece existir una conciencia común entre las mujeres, nada
que las vincule las unas a las otras; las mujeres parecen estar en el
mundo para enfrentarse entre sí y también para mentir, para engañar.
El tema de la mujer que se oculta a sí misma, que no sabe sentir, sino
fingir, ya había sido abordado por Pavese en el relato
"Arcadia"(1929), donde el autor define a una mujer diciendo
que "hablaba como una actriz, con frases de guión". Y en
"el Oficio de Vivir", Pavese recoge sus impresiones acerca del
asunto, y descubre la mentira como inherente a la condición femenina:
"Las mujeres mienten, mienten, mienten siempre y a toda costa. Y no
hay que asombrarse: tienen la mentira en los mismos genitales" (O
d. V., 15 - 1 - 38)
En "Entre mujeres solas", Pavese coloca como narradora a una
mujer, Clelia, que pertenece al tipo de féminas que parece atrer al
autor. En contraste con las otras protagonistas, Clelia se ha hecho a sí
misma, ascendiendo en la escala social desde un humilde barrio turinés,
hasta llegar a ocupar el puesto de encargada de una prestigiosa casa de
modas. Clelia regresa a Turín después de triunfar en Roma, y su
regreso a los lugares de la infancia supone el reencuentro con un pasado
con el que ha roto todos los lazos. El personaje de Clelia es muy
interesante: es una mujer que no se deja llevar por sentimentalismos, y
que relata los acontecimientos que suceden a su alrededor desde una óptica
de impasible neutralidad, que viene dada no tanto por un carácter
indolente como por su propio egoísmo. Clelia entra en contacto con el
mundo de las jóvenes ociosas de la alta sociedad turinesa, y es testigo
imparcial de las relaciones que se establecen entre ellas, de la
degradación de sus vidas y de su sistema moral. Desde su posición
privilegiada de mujer que se ha hecho a sí misma, Clelia no puede
ocultar el profundo desprecio que despiertan en ella esas burguesitas
desocupadas y vacías que viven una vida falsa y libre de
preocupaciones.Y es un hombre quien la hará caer en la cuenta de su
actitud tan poco generosa:
"Usted odia el placer de los otros, Clelia, esa es la cosa. Y hace mal. Se odia a sí misma".
Clelia
reniega de todo aquello que no viene dado por el trabajo, el esfuerzo y
el sacrificio personal. Ha centrado su vida en el trabajo, y al haber
logrado triunfar crece en ella una forma de autosuficiencia que degenera
en egoísmo. Clelia vive por y para sí, y este egoísmo se refleja
incluso en las relaciones sexuales que establece con dos de los
personajes masculinos de la historia. Clelia busca sólo su propia
satisfacción, no una relación amorosa, que le haría perder parte de
su propio yo en favor de la voluntad de otro. De hecho, juega en varias
ocasiones con los hombres que la pretenden, y luego los rechaza. Pavese
debió sufrir una experiencia semejante, pues escribe en su diario:
"...la verdadera fiesta de una mujer no es irse a la cama... sino
acariciar a un fulano y hacerse acariciar, y encapricharle y
negarse..."
Sin
embargo, Clelia es el único personaje de la obra perfectamente
consciente de las miserias y la mezquindades del sexo femenino, y en un
momento dado parece convertirse en la voz destinada a defender a los
hombres, a los que las mujeres de la obra culpan de sus insatisfacciones
personales. Ante las acusaciones de Momina, dirá Clelia: "Los
hombres no son niños". Y Rosetta: "Pero ensucian como niños".
Y Clelia contesta, definitivamente: "¿Y las mujeres no
ensucian?"
Pavese se
sirve de esta novela para subrayar cuánto hay de impiedad en la
conducta de las mujeres, qué poca compasión demuestran hacia el dolor
ajeno. Ante el intento de suicidio de Rosetta, todos los que la rodean
apuntan hacia un hombre como el culpable último de la decepción que la
lleva a quitarse la vida, cuando en realidad es una mujer quien la
empuja a ello.
Clelia es
también el nombre de la protagonista de "La Playa". Este
personaje revela una autonomía sorprendente. Pavese quiere hacernos
creer que a Clelia le da igual todo, y por eso señala gestos de la
protagonista que parecen indicarlo: "Clelia se encogió de
hombros"; "Clelia no le hacía caso y se encogió de nuevo de
hombros"...
La pretendida autosuficiencia de Clelia se revela en su gusto por nadar
sola:
"Me
había explicado que ella todo lo hacía en público, pero que con el
mar se veía a solas..."La compañía del mar me basta. No quiero a
nadie. En la vida no tengo nada mío. Déjeme al menos el mar".
Pero, a pesar de ese
deseo de autonomía, esa indiferencia fingida, Clelia tiene un lazo que
la condiciona y que la vincula inexorablemente al mudo de los otros: su
propia infancia y el deseo de transmitirla a los demás. Clelia trata de
compartir su infancia con quienes la rodean. y, si recordamos la frase
de Pavese en `El Oficio de Vivir' ("Signo cierto de amor es desear
conocer, revivir la infancia de otros") entendemos que los relatos
de Clelia son una llamada de atención sobre sí misma, sobre su
necesidad de amor. Clelia busca que la quieran, pero disfraza esa
necesidad con una falsa indiferencia mundana. Ante el poco interés de
su marido, Clelia tendrá que compartir sus experiencias infantiles con
el amigo de este. En "la Playa", Pavese trata el tema de los
silencios entre las parejas, que llegan a ser terribles y a provocar
profundos abismos entre dos personas.
Como ya hiciera otras veces, Pavese coloca en esta novela a un personaje
que guarda ciertos paralelismos consigo mismo: se trata de Berti, el
joven estudiante, que tiene algo del Pavese misógino de algunas páginas
de "El oficio...". Sobre él, escribe:
"...a
él las mujeres le daban asco y sentía rabia de que todos viviesen sólo
para eso. Las mujeres eran estúpidas y dengosas; el engreimiento de los
hombres las hacía necesarias; bastaba con ponerse de acuerdo y no
buscarlas más para quitarles toda la soberbia."
Al
contestar a Berti, el protagonista de la novela se convierte en el
"otro" Pavese, el que reconoce la necesidad del amor y de las
mujeres: "Berti, Berti -le dice- encima eres hipócrita".
Así,
podemos decir que en "La Playa", Pavese desdobla en dos
personajes la ambigüedad de sus sentimientos por las mujeres. Al final,
como siempre, el sentimiento amoroso se yergue por encima de todos los
demás, y el propio Berti, el cínico, se enamorará platónicamente de
Clelia, la mujer imposible, la que no puede tener, la mujer inalcanzable
que pertenece a otro: la mujer que gusta a Pavese.
En la novela "La Casa en la colina" encontramos una serie de
elementos que tienen gran importancia en la narrativa de Pavese. En
primer lugar, la presencia de la colina, que supone un regreso a la
infancia y que de algún modo se vincula también a la simbología
materna. El regreso a la colina supone un regreso al ámbito de la niñez,
donde el hombre puede ser libre y recuperar un tiempo que se ha perdido.
Rossend Arqués propone que en la narrativa pavesiana el símbolo de la
colina se corresponde con el de la gran ballena blanca perseguida por el
capitán Ahab. Igual que el personaje de Melville perseguía a la
ballena, Pavese perseguirá todo lo que ese símbolo significa. En su
correspondencia con Fernanda Pivano, el autor vincula la colina a la
figura materna: "la gran colina-mamá sería el cuerpo de la
diosa" (27-6-1942) y "miro con cautela las grandes
colinas...como una gran mama" (25-6-1942 ). La colina será una
constante en la obra del autor.
"...preferí
detenerme en una revuelta de la subida despejada de plantas, desde donde
se dominaba el valle y las pendientes. Así me gustaba la gran
colina".
Hay una
referencia clara a la presencia indeleble de la figura de la madre, que
se alza por encima de todos los recuerdos, dominándolo todo.
En
"La casa en la colina", Pavese relata el regreso de Corrado,
convertido ya en un adulto, a las montañas que lo vieron nacer. Allí
deberá enfrentarse con los recuerdos de su niñez, y en especial con la
presencia de una antigua novia, Cate. Este personaje simboliza a la
mujer al final de su evolución, en el punto central de su metamorfosis.
Corrado dejó en la colina a una mujer-niña, a una Cate que no tiene
nada salvo a su novio, al que quiere con ese tipo de pasión que molesta
a Pavese:
"En
mí combatían la satisfacción de tener una chica y la vergüenza de su
tipo pobretón e inexperto... Le compré una vez una barra de labios que
la llenó de gozo (...) pero el gozo de aquella barra me puso los
nervios de punta, me aclaró que para mí ella no era sino sexo...Y una
pena saberla tan descontenta e ignorante"
Corrado
tendrá relaciones sexuales con Cate, pero la abandonará al fin, pues
no soporta la entrega sin reservas de ella. Y es entonces cuando se
enamora de la mujer que no puede tener: "...me tuvo en un puño y,
sin darme confianzas, pretendió de mí un abandono servil. Cada día
cambiaba de capricho y me menospreciaba por mi aguante...quise casarme.
Se lo pedía por todas partes... Ella se ponía misteriosa y sonreía.
Duró tres años y estuve a punto de matarme. Matarla a ella no valía
la pena". Aparece el respeto por la mujer imposible y el desprecio
por la mujer sumisa que se da al hombre que ama.
En
"La casa en la colina", se hace corresponder cada uno de estos
tipos a una escala social. Ana María es heredera de cualquiera de los
personajes de "Entre mujeres solas". Cate es la obrera, la
Ginia de "El bello verano". Estos dos personajes tienen cierta
relación con otros dos retratados por Pavese en su cuento corto
"La ciudad", donde se encuentran, frente a frente, María, la
burguesa, que juega con el protagonista y le ofrece veladas familiares y
Giulia, la mujer liberada que comparte su cama.
Pero en "La casa en la colina" se produce, como ya he dicho,
una profunda evolución en el personaje de Cate, a quien la maternidad
hará madurar y crecer. Al reencontrarla, hecha mujer, piensa de ella
Corrado "Cate era seria y era dueña de sí. Cate entendía cómo y
mejor que yo". Cate ha tenido un hijo, y eso ha cambiado su vida;
"Siempre he trabajado, dice- ...los primeros tiempos fue malo. Pero
tenía a Dino, no podía pensar en bobadas". Es esa nueva Cate,
adulta y mujer, quien caerá en la cuenta de la situación de Corrado:
es un cobarde que ha pasado la vida huyendo de sí mismo, eludiendo
responsabilidades, evitando mirar de frente a las cosas:
"Eres
como un niño -le dice- un niño soberbio. De esos niños a quienes les
ocurre una desgracia, les falta algo, pero no quieren que se diga, que
se sepa que sufren. Por eso das pena...tienes miedo, Corrado(...) Para
no hacer las cosas, te las pones imposibles"
Es
precisamente la debilidad de Corrado la que sirve para acentuar, por
medio del contrapunto, la fortaleza de Cate. Corrado sospecha que Dino,
el hijo de Cate, sea en realidad hijo suyo. Eso coloca al protagonista
en una posición complicada: por un lado, tener un hijo significaría
colmar sus deseos de paternidad (que son también una constante en la
vida de Pavese). Por otra, ser padre equivaldría a asumir una serie de
responsabilidades a las que Corrado no quiere enfrentarse todavía.
Existe en la obra otro personaje femenino que merece ser tenido en
cuenta: se trata de Elvira, la hija de la mujer que hospeda a Corrado en
las colinas. Elvira, que está enamorada de Corrado, pertenece al tipo
de mujeres que no gustan a Pavese: una mujer de carácter débil,
complaciente, blanda. Corrado tampoco la soporta: "Elvira y su
madre -dice- me trataban maternales, un poco torvas, sumisas".
Es
interesante señalar que el argumento de "La casa en la
colina" está esbozado en el cuento "La familia".También
en este relato corto firmado por Pavese aparece una mujer que asedia a
Corrado, cuyo nombre es Ernestina. Y señalo esto porque hay una
circunstancia que se da, de un modo al parecer inconsciente por parte
del autor, en la narrativa de Pavese: la vinculación de la inicial del
nombre con el prototipo de mujer a quien pertenece. Aclararé esto casi
al final del trabajo, porque aunque se trata sólo de una característica
puramente anecdótica, creo que es ciertamente interesante.
En "La cárcel" aparece de nuevo la figura de la mujer
inalcanzable puesta frente a la mujer maternal que se entrega sin
preguntas y sin reparos. Stéfano, que llega a un pequeño pueblo a
cumplir una pena de exilio, centra su atención en dos mujeres; Concia,
una joven que ni siquiera repara en él, y Elena, una criada que
convertirá en su amante. A Stéfano le molestan los mimos de los que es
objeto por parte de Elena: "...le enfadaba la sonrisa sensual y
beatífica que invadía por unos instantes aquellos labios y aquellos párpados".
Y piensa;
"Luego
había venido Elena y se había marchado calladamente. En esta humildad,
pensó Stéfano, estaba toda la fuerza de ella, en este humillado
aguante que apela a la ternura y a la piedad del más fuerte. Mejor el
rostro alzado, sin rubor ni dulzura, de Concia; mejor la impudicia de
sus ojos"
Realmente,
son muchos los personajes del autor que experimentan un rechazo visceral
hacia todo lo que pueda ser concebido como un atisbo de ternura. En
"Final de agosto" escribe Pavese: "Hay algo en mís
recuerdos de muchacho que no tolera la ternura carnal de una
mujer". Quizá con el rechazo de las caricias, Pavese esté reafirmándose
en su relación de amor - odio a la figura materna.
El eje
temático de "La Cárcel" se corresponde con el de un relato
corto escrito por Pavese en 1936. Me estoy refiriendo a "Tierra de
Exilio", que tiene importantes componentes autobiográficos. El
protagonista de "Tierra..." es un hombre que ha sido condenado
al exilio por motivos políticos indirectos, lo mismo que le ocurrió a
Pavese: el autor fue condenado por unas cartas que no eran suyas; el
protagonista del relato, por propinar un puñetazo a un fascista. A
pesar de su corta extensión, Pavese recoge en él sus peores
sentimientos hacia el sexo femenino. En primer lugar, aparece la mujer
relacionada con la traición. Otino, un personaje de la historia, está
convencido de que su mujer le engaña: "Si manda recuerdos (la
mujer) significa que pone los cuernos". Y añade, a modo de
consejo: Si tiene una chavala, déjela preñada. Es la única manera de
conservarla". La mujer de Otino morirá apuñalada a manos del que
fuera su amante durante más de dos años. Aparece así la figura de la
mujer como causante de la desintegración moral del hombre, tema
frecuente en los "textos misóginos" de Pavese: "Una
mujer que no sea una estúpida, antes o después encuentra a un hombre
sano y lo reduce a escombros" (O. de V., 3-7-37). Esta idea
aparecerá en el cuento `La chaqueta de cuero", escrito por Pavese
en 1941. Esta historia relata la degradación de Ceresa, un hombre
presentado como ejemplo de salubridad y buen carácter, que, como el
personaje de "Tierra..", asesinará a Nora, su mujer. Tanto
Nora como la mujer de Otino son presentadas como elementos provocadores,
sin el menor sentido de la moralidad, y para quienes el valor de la
fidelidad no existe. Precisamente el concepto de traición es tratado
por Pavese en la novela "El camarada" (que tiene su
antecedente en el relato "Fidelidad"). En ambas historias, una
mujer traicionará a su novio con el amigo de este, una vez que su compañero
ha quedado paralítico. Lina, la protagonista de la historia, no
contempla como tal el concepto de lealtad, y salta sobre él en busca de
un bienestar que cree merecer y que no va a poder encontrar al lado del
novio tullido.
En "Tierra de Exilio" aparece, como en tantos otros relatos del
autor, la figura de la prostituta. Hay que partir de la base de que
Pavese sintió siempre cierta simpatía por las prostitutas, que no
salen demasiado mal paradas en su obra en relación con las demás
mujeres: "Las putas trabajan a sueldo. Pero ¿qué mujer se entrega
sin haberlo calculado?" (O. de V., 17-1-38). Igual que para los
protagonistas de "Tierra de Exilio", para Pavese las
prostitutas fueron un último recurso para encontrar compañía
femenina. En el relato "Por las calles, de noche", ofrece
Pavese una visión a la vez llena de lirismo y crudeza de las vida de
las prostitutas callejeras, esas mujeres apartadas de toda posibilidad
de amor. Es posible que la simpatía que despiertan en Pavese vaya
ligada a la ausencia de modestia que les es característica, a esa
incapacidad para el engaño o la mentira. Seguramente, Pavese vea en las
prostitutas las únicas mujeres sin capacidad para el engaño, toda vez
que no tienen ningún motivo para desear engañar. Varios personajes de
Pavese dicen aquello de "todas las mujeres son unas putas".
Pero en la narrativa pavesiana las putas no salen mal paradas, hasta el
punto en que parecen estar un escalón por encima de todas esas mujeres
que se dicen decentes, y que al fin y al cabo también se venden a sí
mismas. El protagonista del relato "Vida nocturna" dice de las
prostitutas: "son las mujeres más serias que hay en el mundo"
Hablé
antes de que Pavese parecía elegir los nombres de sus personajes
femeninos obedeciendo a una especie de norma inconsciente. Así, el
nombre de las mujeres con carácter suele empezar por C: Cate, Clelia,
Clelia, Concia... las mujeres débiles, maternales y tiernas tienen un
nombre que empieza por E: Elena, Elvira, Ernestina...
Como ya
dije, este descubrimiento sorprendió al propio autor. Sin embargo, yo
quisiera señalar que existe otro grupo de mujeres, que se engloba
dentro de esos personajes femeninos definidos en función de su
debilidad: aquellas mujeres cuyo papel en la historia de su vida está
marcado por circunstancias que les son ajenas, pero de las que su carácter
débil no les permite escapar. Es el caso de Ginia, la adolescente de
"El bello verano"; de Giulia, la desenvuelta protagonista de
"la ciudad", que podemos suponer que será inmediatamente
expulsada de la cama de su amante; y por fin, Giselle, la protagonista
de una de las más apasionantes novelas firmadas por Pavese: "Paesi
Tuoi".

Es
precisamente en esta novela (cuyo título en español no termina de
poner de acuerdo a los traductores) donde se aprecia más claramente la
influencia de William Faulkner en la narrativa pavesiana. En "Paesi
tuoi" se advierte la idea de la tierra como una realidad vinculada
plenamente al hombre que la cultiva, y aparece también el concepto de
posesión de esa tierra. Al igual que las novelas de Faulkner, "Paesi
tuoi" retrata las relaciones primitivas que se establecen entre los
habitantes del mundo rural, las pasiones sórdidas contenidas por un
hilo que parece siempre a punto de quebrarse, la constante del calor que
alborota la sangre y los sentidos... En concreto, "Paesi Tuoi"
tiene una serie de puntos en común con "The Hamlet", la
primera novela de la Saga de los Snopes firmada por William Faulkner.
Por ejemplo, la llegada de un desconocido en quien el cabeza de familia
va a depositar toda su confianza (Flem Snopes recibe la llave del almacén;
el viejo Vinverra da al recién llegado la posibilidad de manejar la
trilladora) o la importancia que cobra una máquina en la vida de una
familia. Pero la influencia de Faulkner se advierte, sobre todo, en la
concepción del personaje de Gisella, en su sexualidad a la vez
reprimida y desbordante (que hace recordar a la de Temple Drake en
"Sanctuary" o a la de la propia Eula en "The Hamlet").
Igual que ocurre en las novelas de Faulkner, esa capacidad de provocación,
ese erotismo insinuado y siempre patente, será el detonante de los
acontecimientos. Y, en el caso de "Paesi Tuoi", de la tragedia
final que sacude a la familia.
En "Paesi
tuoi" están presentes dos motivos fundamentales: en primer lugar,
la figura de la mujer como meta inalcanzable y el fracaso del amor,
personalizados en la relación amorosa que se establece entre Gisella y
el recién llegado; y la oscuridad del lazo sexual, encarnados en la
relación entre Gisella y su hermano Talino.
De Talino
hay que decir que es uno de esos personajes con algunos índices de
retraso mental o de demencia que gustaba de emplear Faulkner en sus
novelas. El comportamiento de Talino obedece siempre a reglas dictadas
por el instinto, y lo que siente por Gisella se manifiesta en una doble
vertiente: por un lado, el proteccionismo fraternal ante el asedio de
los pretendientes.
Esta actitud es idéntica a la adoptada por el
hermano mayor de Eula Varner en "The Hamlet"; por otro lado,
está la presencia latente del incesto, que se puede ligar al
primitivismo presente en la vida rural del sur de Italia.
Gisella
es un personaje que Pavese retrata en función de ciertas coordenadas
que indican vitalidad, florecimiento, un despertar al mundo y a la
condición femenina, de ahí la vinculación de la muchacha a la fruta,
que es una constante en toda la novela, y también al agua, que es símbolo
de vida. Hay en Gisella algo provocador, una capacidad que parece innata
para el juego y el coqueteo. Sin embargo, Gisella parece ser arrastrada
por una fuerza trágica a la que no puede oponerse y que será la que
precipite su final dramático en "Paesi Tuoi", la protagonista
femenina es una víctima de sí misma, del deseo que despierta en los
otros, de la brutalidad que se ceba en ella y a la que no es capaz de
sustraerse porque parece entenderla como algo connatural.
Pero la muerte de Gisella a manos de su hermano no paralizará la
historia de la familia ni el curso de los acontecimientos; como estaba
previsto, se proseguirá con las faenas del campo. Dentro del
primitivismo de la estructura de las relaciones humanas, la muerte,
aunque sea violenta, no es sino una parte más del ciclo ineludible de
la vida. Ha muerto una mujer, pero eso no parece ser demasiado
importante, toda vez que en el campo las mujeres no son demasiado útiles.
además, Gisella tiene varias hermanas: de cara a la gente, a la
familia, la individualidad de una se pierde en favor de las otras, en
favor de la colectividad femenina. El verdadero drama de la familia será
la más que segura detención de Talino por el asesinato de Gisella.
ESPÉCULO Revista Electrónica.
Universidad Complutense (Madrid-España)
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