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Los
fantasmas danzan, se contonean, revolotean por encima de las hojas en
blanco depositadas sobre el escritorio. Se meten entre los libros de las
estanterías, cambian de sitio los bolígrafos, el cenicero, la
grapadora, las notas tomadas al vuelo. Esparcen el polvo acumulado entre
las teclas del ordenador, sobre la mesa. A veces incluso se aventuran a
entrar en los circuitos de silicio de la memoria para provocar cuelgues
en el momento más inoportuno, cuando el escritor está a punto de
guardar algún párrafo especialmente conseguido (cosa infrecuente, pero
no imposible). Cuando se cree solo, enfrascado en volcar quimeras a una
pequeña pantalla fosforescente, ellos le observan por encima del
hombro, al tiempo que ejecutan todo tipo de piruetas en el aire (rancio,
apestando a tabaco), poniendo extrañas muecas, rozándole las orejas,
riéndose de él, de sus ínfulas de gloria y de reconocimiento publico.
De la seriedad de su rostro, de su empeño por encontrar palabras
sublimes. De trascender, tanto su obra, como su memoria y su nombre a
mayor gloria.
Empeñados
están los duendecillos, en burlarse de todo lo que hace y escribe la
entrañable figura, encorvada sobre/frente un mar de dudas. ¡El
escribidor!
FANTASMAS
LOS
PERSONAJES OLVIDADOS:
(A
todos aquellos que alguna vez les ha temblado el pulso ante una hoja en
blanco)
Carta
a Pierre:
Hoy
me desperté sin ganas de hacer nada, el día es gris, tan átono como
yo mismo, mejor que sea así, porque no soporto la luz que entra
directamente del patio. Sus reflejos sobre el suelo de baldosa esmaltada
(a buena hora se me ocurrió elegir ese tipo de suelo) me deslumbran al
tiempo que distraen mi atención cuando escribo. Me aconsejarás que
cierre la ventana y asunto concluido. Tienes razón, pero ante ese
razonamiento te diría que prefiero ver el exterior. Incluso en plena
noche, me gusta saber que puedo mirar a la luna. Sospecho que es una
especie de manía, similar a la claustrofobia.
¿Sabes
Pierre? Cada día me cuesta más convencerme de por qué debo levantarme
cada mañana, cargar las pilas y hacer ver que trabajo como cualquier
obrero en la fábrica, o administrativo en su despacho. Sólo que hago
ver que trabajo en mi propia casa. Sólo lo hago ver, pues la verdad es
que la mayor parte del tiempo me lo paso jugando al ping pong, donde mi
imaginario adversario es una pared. Sí, la soledad del escritor es
pavorosa. Más, cuando uno es consciente de que no vale una puta mierda.
A veces busco razones que me ayuden a seguir abriendo los ojos cuando
oigo a Mery preparase para acudir a su trabajo. También recurro a la
imperiosa necesidad que me supone disponer de un lugar en el que vivir
con cierta dignidad. Agua corriente, electricidad, comida con la que
seguir alimentando el cuerpo. Cigarrillos, bien eso es un vicio, lo sé.
Pero cada vez se me hace más y más difícil zambullirme en la espesa
cotidianidad.
En
mis ratos libres (que lo son todos, tú ya lo sabes, yo no te lo voy a
negar) escribo. Bien, es un decir; la verdad es que sólo me defiendo en
eso de la escritura. Lo que mejor se me da es firmar talones y llenar
cuestionarios, porque escribir, lo que se dice escribir... poco. Seré
sincero contigo: no sirvo para contar historias, bien que lo intento,
debes creerme, pero no hay manera; las palabras bailan en mi cabeza. Una
vez en el papel (si consigo escribir algo) forman conceptos muy difusos,
lo que hace que extienda demasiado las frases, buscando acomodarlas con
cierta dignidad. Lo que a su vez las convierte en insufribles
ditirambos. Todo lo cual trae como consecuencia su defunción. Así me
he cargado ideas muy prometedoras. Incluso, en las prosas más cortitas,
naufrago. Otras veces, de entrada la historia a contar me parece ridícula,
sin sentido, absurda, carente de sentido, pero, sigo adelante esperando
(en vano) reconducirla con mis supuestas dotes narrativas. Cuando me doy
cuenta ya estoy con la mierda a la altura de la nariz. En otras, después
de un prometedor arranque, pierdo el hilo principal, ése que debería
ser el motor que tire de la historia. Al final, me encuentro sosteniendo
un relato que se cae por su propio peso, como un castillo de naipes...
Los
días pasan sin que logre disfrutar lo más mínimo con lo que hago. Mi
vida parece cada vez más vacua. Y no es por falta de relaciones
sociales, que de ésas tengo a manos vacías, no. Mi problema es más
psicológico que otra cosa ¿No existen tipos que escriben
horrorosamente y encima venden sus trabajos como rosquillas? Pues a eso
me remito, como si fuera la excusa perfecta. Tengo la autoestima por los
suelos, no soy capaz de encontrar en el reto de escribir, un poso que me
compense mínimamente. Para colmo, empiezo a sospechar que alguien
revuelve mi escritorio cuando no estoy. No sé si son paranoias de viejo
senil o hay algo de verdad en todo el asunto. Creo que me vigilan, no sé
con que fin, pero juraría que es para plagiar alguna cosa que me salió
bien escrita y ni siquiera me e enterado. No te burles, que te veo. Lo
digo muy en serio. Algunas veces tengo la premonición de que alguien me
observa... Pero no puedo probarlo. Es una extraña sensación ésa de
sentirse vigilado en tu propia casa. En tu próxima misiva dime
que te parece el asunto, por más que pienses que desbarro.
Mery
está trabajando desde hace al menos una hora. Ella siempre supo lo que
quería. Si no fuera por Mery, quizá ya estaría pidiendo limosna en
cualquier esquina ¿Te imaginas?. Admiro a estas personas que tienen
claro su sitio en la vida. Pero, para mí es muy difícil conseguir
ubicarme. De siempre fue así. Y, eso que lo intento con todas las
fuerzas. ¿Te creerás Pierre que intenté escribir mi tercer libro? Lo
intenté. Quería hablar sobre la falta de comunicación en las grandes
ciudades, pero, a la tercera página ya no sabía por donde iba. Ante mi
asombro, me encontré tratando sobre dos lesbianas en Les Champs Elisées.
Frustrante y descorazonador, no poder desarrollar una historia
aceptable. No ser capaz de construir unos personajes creíbles y
manejarlos con mano firme, ni en un simple borrador siquiera.
Odio
las prisas de este mundo, cada vez más especializado y, a la vez, me
gusta mucho conocer nuevos lugares. ¡Ay Pierre que contradicciones! Si
las cosas fueran un poco más sencillas. Sí, me dirás que unas gaitas.
Si fuera así, en el fondo me desilusionaría, pues se perdería el
aliciente de seguir toda tu vida buscando quimeras en las paginas de un
bloc, en la mirada de una extraña, en el sonido de la alborada al
abrirse ante tus ojos. Esta mañana me levanté dudando sobre que iba a
hacer. Después de asearme un poco, me acerqué al escritorio donde me
aguarda el maldito libro aquél. No fui capaz de seguir la línea
emprendida y suprimí de un plumazo a las dos lesbianas, que fueron a
mejor vida. En su lugar, me centré en el personaje de una feminista
divorciada. Por unos momentos me creí capaz de manejar su fuerte
personalidad. Le di a la pluma un buen rato, pensaba que esta vez si había
"pillado carne", no sólo hueso. Ensimismado en lo que hacía, no
me di cuenta de nada (ya sabes, cuando un escritor "huele" una
posible presa, no la suelta hasta caer derrengado. O hasta que se le
escapa por entre la selva de hojas cuadriculadas) hasta que, en una
pausa, me vino la extraña sensación de no estar solo. Me di la vuelta
y miré; nadie detrás, nadie a los lados. No había nadie. Sólo yo en
la habitación. Me levanté y fui hasta el mueble bar (el santuario de
todo escritor maldito que se precie, tu ya lo sabes). Allí arramblé
con una medida de whisky, y pasé del hielo, encendí un cigarro por el
simple hecho de hacerlo. Cuando volví al escritorio, noté que algo
estaba cambiado, no pude concretar el qué, pero algo no cuadraba de tal
como lo dejé. Alguien estuvo hurgando en mi escrito, Pierre, estoy
seguro. ¿Pero quién? Temo, querido amigo, que si lo comento a Mery, le
de por pensar que se me empiezan a aflojar los tornillos.
Tal
vez fueron los efectos del alcohol, pero me entró tal euforia, que
espero sea duradera. Ahora, antes de escribirte, le doy otra vez a la
pluma en busca de unos personajes más definidos. Por momentos, creo que
podré conseguirlo. No estoy seguro del todo, esa inseguridad me está
matando como escritor y como persona, en fin. Conforme avanza la narración,
suprimo a la feminista y la transformo en una chica joven, con
personalidad. Tengo la sensación que podré sacarle más partido de
esta manera. Será el personaje principal sobre el que caerá el peso de
todo el libro. Vaya compromiso tiene la protagonista. Sinceramente,
siento que esta vez sí es la definitiva. Ahora ya sólo me falta
encontrar el hilo argumental que me ayude a llenar un mínimo de,
digamos: trescientas páginas. Una pretensión demasiado optimista para
un tipo que sólo ha sido capaz de llenar dos libritos de veinte páginas
cada uno. Y si fueran de cierta calidad, pues dices, bueno no está mal.
Pero, la escueta verdad Pierre, tuve que pagarme yo mismo la edición y
¿Crees que se vendió alguno? Ca!
Al
final, tuve que pasar por la tienda donde las exponían, y les compré
veinte ejemplares de cada uno. Resumiendo: eran dos obras muy malas. Ya
había empezado mal. Recuerdo que durante la "gestación" tuve
que suprimir el personaje de un asesino a sueldo, el de una prostituta y
el de una ama de casa (más preocupada por las manchas de atún que por
sacar adelante a su hijo, memo y drogata, para más señas). Al final
tuve que comprar mis propios libros, después de pagar la edición. Como
ves, fue un negocio redondo. La cuestión es que pude editar, lo demás
no tiene la menor importancia.
Ya
puedo decir que soy un escritor publicado. Esta ilusión no me la quita
nadie. Bah!
Mira
Pierre, todo consiste en fuerza de voluntad: cuando más mediocre eres,
más te empeñas en llegar a ser alguien, y a fe mía que lo he de
conseguir. Aunque no con este tercer libro, con este no. Me acabo de
cargar a la chica joven, RIP; me superaba su desparpajo. La he cambiado
por una decoradora de interiores. Creo que esta vez sí voy a sacarle
partido al personaje. ¡Dios me oiga!
Después
de un rato dándole al ping pong (la pared es un contrincante muy difícil
de saber interpretar) pues sus rebordes e imperfecciones son una
trampa en la cual, demasiadas veces la pelota golpea, modificando su
trayectoria. Casi sería mejor enfrentarse con un enemigo humano, pero
la pared tiene una gran ventaja y es, mi querido amigo, que no habla.
Vuelvo a sentarme y casi de carrerilla, escribo un buen rato. Esto
promete. Sí, esta vez siento que los personajes son creíbles, por fin.
Poco después de asesinar a un secundario en una callejuela de París,
vuelve la sensación que alguien me observa por encima del hombro; me
giro todo lo rápido que puedo, pero estoy solo, como otras veces. Sin
embargo... Vuelvo a lo mío, pero ya no es lo mismo. Las frases se
alargan más de la cuenta. A veces, no sé como resolver alguna situación
que no parece excesivamente comprometida y empiezo a crisparme otra vez.
Cuando oigo el ruido de la puerta de
entrada (será Mery que llega del trabajo) respiro aliviado. Una sensación
de culpabilidad me embarga, pero pasa enseguida. Dejo lo que hacía,
total ya perdí el hilo narrativo, al menos por hoy. Mañana quizá sea
un día más propicio. Por fin, apago la luz y salgo del cuarto. Quizá
tenga suerte y encuentre una momentánea recompensa, en la sonrisa de
Mery.
-Cariño...¿Eres
tú?
No
es ella, de hecho no es nadie. Por alguna extraña razón la puerta se
ha abierto y cerrado sola. Aquí pasan cosas inexplicables Pierre. Quizá
sería mejor acometer un relato de terror. Algo así como: Los cuchillos
asesinos o La mopa estranguladora. Aprovecho ese impasse para escribirte
cuatro líneas. Hace tanto tiempo que no sé de ti.
¡Hasta
otra Pierre!
Tu
amigo... Robert Salpetriere.
PD:
Sabes Pierre, así de pronto me ha venido a la cabeza. La sensación que
algo no me cuadraba en el escritorio, era real. Acabo de darme cuenta
que el pisapapeles lo tenía situado a mi derecha, cuando al volver,
estaba a mi izquierda.
Esa
es la prueba que no me estoy volviendo loco. Voy a poner trampas
alrededor de la mesa de trabajo. Ratoneras y cosas así...
Epílogo:
Cuando
el escritor abandona la habitación y es envuelta por las sombras, nada
se mueve. Mas, cuando durante la noche la casa queda en silencio, unas
sombras salen de entre las hojas tiradas en la papelera y cobran vida
por un tiempo...
Los
fantasmas danzan, se contonean, revolotean por encima de las hojas en
blanco depositadas sobre el escritorio. Se meten entre los libros de las
estanterías, cambian de sitio los bolígrafos, el cenicero, la
grapadora, las notas tomadas al vuelo. Esparcen el polvo acumulado entre
las teclas del ordenador, sobre la mesa. A veces incluso se aventuran a
entrar en los circuitos de silicio de la memoria para provocar cuelgues
en el momento más inoportuno, cuando el escritor está a punto de
guardar algún párrafo especialmente conseguido (cosa infrecuente, pero
no imposible). Cuando se cree solo, enfrascado en volcar quimeras a una
pequeña pantalla fosforescente, ellos le observan por encima del
hombro, al tiempo que ejecutan todo tipo de piruetas en el aire (rancio,
apestando a tabaco) poniendo extrañas muecas, rozándole las orejas, riéndose
de él, de sus ínfulas de gloria y de reconocimiento publico. De la
seriedad de su rostro, de su empeño por encontrar palabras sublimes. De
trascender, tanto su obra, como su memoria y su nombre a mayor gloria.
Empeñados
están los duendecillos, en burlarse de todo lo que hace y escribe la
entrañable figura, encorvada sobre/frente un
mar de dudas. ¡El escribidor!
Son
los personajes que el escritor desechó de su obra, los que suprimió
durante la gestación de sus libros. Allí está el asesino a sueldo,
que nunca tuvo oportunidad de cargarse a nadie, la prostituta que ni
siquiera tuvo intercambio carnal con ninguno de sus clientes, el ama de
casa, que nunca logró sacar una mancha de atún de los vestidos. Con
ellos, van las dos lesbianas de Les Champs Elisées, la feminista
divorciada, y la chica joven. Todos bailando encima de los folios que el
escritor ha dejado sobre la mesa. La decoradora de interiores los
contempla desde su lugar en el libro y, aterrada, los ve introducirse
entre sus páginas. Por un rato, ellos serán los personajes principales
de un libro que nunca se escribirá. El escritor cree que sólo existen
en su imaginación, pero no sabe que, una vez creados, viven en el mundo
de los personajes imaginarios, ya nada podrá eliminarlos. A su debido
tiempo harán pagar al desagradecido escritorzuelo su atrevimiento por
haberlos suprimido, a su debido tiempo. En ello están...
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