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                   Francesc Pedragosa

 

Espíritus Burlones

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Nș 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

Los fantasmas danzan, se contonean, revolotean por encima de las hojas en blanco depositadas sobre el escritorio. Se meten entre los libros de las estanterías, cambian de sitio los bolígrafos, el cenicero, la grapadora, las notas tomadas al vuelo. Esparcen el polvo acumulado entre las teclas del ordenador, sobre la mesa. A veces incluso se aventuran a entrar en los circuitos de silicio de la memoria para provocar cuelgues en el momento más inoportuno, cuando el escritor está a punto de guardar algún párrafo especialmente conseguido (cosa infrecuente, pero no imposible). Cuando se cree solo, enfrascado en volcar quimeras a una pequeña pantalla fosforescente, ellos le observan por encima del hombro, al tiempo que ejecutan todo tipo de piruetas en el aire (rancio, apestando a tabaco), poniendo extrañas muecas, rozándole las orejas, riéndose de él, de sus ínfulas de gloria y de reconocimiento publico. De la seriedad de su rostro, de su empeño por encontrar palabras sublimes. De trascender, tanto su obra, como su memoria y su nombre a mayor gloria.

Empeñados están los duendecillos, en burlarse de todo lo que hace y escribe la entrañable figura, encorvada sobre/frente un mar de dudas. ¡El escribidor!

 

FANTASMAS

LOS PERSONAJES OLVIDADOS:

(A todos aquellos que alguna vez les ha temblado el pulso ante una hoja en blanco)

 

Carta a Pierre:

Hoy me desperté sin ganas de hacer nada, el día es gris, tan átono como yo mismo, mejor que sea así, porque no soporto la luz que entra directamente del patio. Sus reflejos sobre el suelo de baldosa esmaltada (a buena hora se me ocurrió elegir ese tipo de suelo) me deslumbran al tiempo que distraen mi atención cuando escribo. Me aconsejarás que cierre la ventana y asunto concluido. Tienes razón, pero ante ese razonamiento te diría que prefiero ver el exterior. Incluso en plena noche, me gusta saber que puedo mirar a la luna. Sospecho que es una especie de manía, similar a la claustrofobia.

¿Sabes Pierre? Cada día me cuesta más convencerme de por qué debo levantarme cada mañana, cargar las pilas y hacer ver que trabajo como cualquier obrero en la fábrica, o administrativo en su despacho. Sólo que hago ver que trabajo en mi propia casa. Sólo lo hago ver, pues la verdad es que la mayor parte del tiempo me lo paso jugando al ping pong, donde mi imaginario adversario es una pared. Sí, la soledad del escritor es pavorosa. Más, cuando uno es consciente de que no vale una puta mierda. A veces busco razones que me ayuden a seguir abriendo los ojos cuando oigo a Mery preparase para acudir a su trabajo. También recurro a la imperiosa necesidad que me supone disponer de un lugar en el que vivir con cierta dignidad. Agua corriente, electricidad, comida con la que seguir alimentando el cuerpo. Cigarrillos, bien eso es un vicio, lo sé. Pero cada vez se me hace más y más difícil zambullirme en la espesa cotidianidad.

 

En mis ratos libres (que lo son todos, tú ya lo sabes, yo no te lo voy a negar) escribo. Bien, es un decir; la verdad es que sólo me defiendo en eso de la escritura. Lo que mejor se me da es firmar talones y llenar cuestionarios, porque escribir, lo que se dice escribir... poco. Seré sincero contigo: no sirvo para contar historias, bien que lo intento, debes creerme, pero no hay manera; las palabras bailan en mi cabeza. Una vez en el papel (si consigo escribir algo) forman conceptos muy difusos, lo que hace que extienda demasiado las frases, buscando acomodarlas con cierta dignidad. Lo que a su vez las convierte en insufribles ditirambos. Todo lo cual trae como consecuencia su defunción. Así me he cargado ideas muy prometedoras. Incluso, en las prosas más cortitas, naufrago. Otras veces, de entrada la historia a contar me parece ridícula, sin sentido, absurda, carente de sentido, pero, sigo adelante esperando (en vano) reconducirla con mis supuestas dotes narrativas. Cuando me doy cuenta ya estoy con la mierda a la altura de la nariz. En otras, después de un prometedor arranque, pierdo el hilo principal, ése que debería ser el motor que tire de la historia. Al final, me encuentro sosteniendo un relato que se cae por su propio peso, como un castillo de naipes...

Los días pasan sin que logre disfrutar lo más mínimo con lo que hago. Mi vida parece cada vez más vacua. Y no es por falta de relaciones sociales, que de ésas tengo a manos vacías, no. Mi problema es más psicológico que otra cosa ¿No existen tipos que escriben horrorosamente y encima venden sus trabajos como rosquillas? Pues a eso me remito, como si fuera la excusa perfecta. Tengo la autoestima por los suelos, no soy capaz de encontrar en el reto de escribir, un poso que me compense mínimamente. Para colmo, empiezo a sospechar que alguien revuelve mi escritorio cuando no estoy. No sé si son paranoias de viejo senil o hay algo de verdad en todo el asunto. Creo que me vigilan, no sé con que fin, pero juraría que es para plagiar alguna cosa que me salió bien escrita y ni siquiera me e enterado. No te burles, que te veo. Lo digo muy en serio. Algunas veces tengo la premonición de que alguien me observa... Pero no puedo probarlo. Es una extraña sensación ésa de sentirse vigilado en tu propia casa. En tu próxima  misiva dime que te parece el asunto, por más que pienses que desbarro.

 

Mery está trabajando desde hace al menos una hora. Ella siempre supo lo que quería. Si no fuera por Mery, quizá ya estaría pidiendo limosna en cualquier esquina ¿Te imaginas?. Admiro a estas personas que tienen claro su sitio en la vida. Pero, para mí es muy difícil conseguir ubicarme. De siempre fue así. Y, eso que lo intento con todas las fuerzas. ¿Te creerás Pierre que intenté escribir mi tercer libro? Lo intenté. Quería hablar sobre la falta de comunicación en las grandes ciudades, pero, a la tercera página ya no sabía por donde iba. Ante mi asombro, me encontré tratando sobre dos lesbianas en Les Champs Elisées. Frustrante y descorazonador, no poder desarrollar una historia aceptable. No ser capaz de construir unos personajes creíbles y manejarlos con mano firme, ni en un simple borrador siquiera.

 

Odio las prisas de este mundo, cada vez más especializado y, a la vez, me gusta mucho conocer nuevos lugares. ¡Ay Pierre que contradicciones! Si las cosas fueran un poco más sencillas. Sí, me dirás que unas gaitas. Si fuera así, en el fondo me desilusionaría, pues se perdería el aliciente de seguir toda tu vida buscando quimeras en las paginas de un bloc, en la mirada de una extraña, en el sonido de la alborada al abrirse ante tus ojos. Esta mañana me levanté dudando sobre que iba a hacer. Después de asearme un poco, me acerqué al escritorio donde me aguarda el maldito libro aquél. No fui capaz de seguir la línea emprendida y suprimí de un plumazo a las dos lesbianas, que fueron a mejor vida. En su lugar, me centré en el personaje de una feminista divorciada. Por unos momentos me creí  capaz de manejar su fuerte personalidad. Le di a la pluma un buen rato, pensaba que esta vez si había "pillado carne", no sólo hueso. Ensimismado en lo que hacía, no me di cuenta de nada (ya sabes, cuando un escritor "huele" una posible presa, no la suelta hasta caer derrengado. O hasta que se le escapa por entre la selva de hojas cuadriculadas) hasta que, en una pausa, me vino la extraña sensación de no estar solo. Me di la vuelta y miré; nadie detrás, nadie a los lados. No había nadie. Sólo yo en la habitación. Me levanté y fui hasta el mueble bar (el santuario de todo escritor maldito que se precie, tu ya lo sabes). Allí arramblé con una medida de whisky, y pasé del hielo, encendí un cigarro por el simple hecho de hacerlo. Cuando volví al escritorio, noté que algo estaba cambiado, no pude concretar el qué, pero algo no cuadraba de tal como lo dejé. Alguien estuvo hurgando en mi escrito, Pierre, estoy seguro. ¿Pero quién? Temo, querido amigo, que si lo comento a Mery, le de por pensar que se me empiezan a aflojar los tornillos.

 

Tal vez fueron los efectos del alcohol, pero me entró tal euforia, que espero sea duradera. Ahora, antes de escribirte, le doy otra vez a la pluma en busca de unos personajes más definidos. Por momentos, creo que podré conseguirlo. No estoy seguro del todo, esa inseguridad me está matando como escritor y como persona, en fin. Conforme avanza la narración, suprimo a la feminista y la transformo en una chica joven, con personalidad. Tengo la sensación que podré sacarle más partido de esta manera. Será el personaje principal sobre el que caerá el peso de todo el libro. Vaya compromiso tiene la protagonista. Sinceramente, siento que esta vez sí es la definitiva. Ahora ya sólo me falta encontrar el hilo argumental que me ayude a llenar un mínimo de, digamos: trescientas páginas. Una pretensión demasiado optimista para un tipo que sólo ha sido capaz de llenar dos libritos de veinte páginas cada uno. Y si fueran de cierta calidad, pues dices, bueno no está mal. Pero, la escueta verdad Pierre, tuve que pagarme yo mismo la edición y ¿Crees que se vendió alguno? Ca!

 

Al final, tuve que pasar por la tienda donde las exponían, y les compré veinte ejemplares de cada uno. Resumiendo: eran dos obras muy malas. Ya había empezado mal. Recuerdo que durante la "gestación" tuve que suprimir el personaje de un asesino a sueldo, el de una prostituta y el de una ama de casa (más preocupada por las manchas de atún que por sacar adelante a su hijo, memo y drogata, para más señas). Al final tuve que comprar mis propios libros, después de pagar la edición. Como ves, fue un negocio redondo. La cuestión es que pude editar, lo demás no tiene la menor importancia. 

Ya puedo decir que soy un escritor publicado. Esta ilusión no me la quita nadie. Bah!

Mira Pierre, todo consiste en fuerza de voluntad: cuando más mediocre eres, más te empeñas en llegar a ser alguien, y a fe mía que lo he de conseguir. Aunque no con este tercer libro, con este no. Me acabo de cargar a la chica joven, RIP; me superaba su desparpajo. La he cambiado por una decoradora de interiores. Creo que esta vez sí voy a sacarle partido al personaje. ¡Dios me oiga! 

 

Después de un rato dándole al ping pong (la pared es un contrincante muy difícil de saber interpretar) pues sus rebordes e imperfecciones son una  trampa en la cual, demasiadas veces la pelota golpea, modificando su trayectoria. Casi sería mejor enfrentarse con un enemigo humano, pero la pared tiene una gran ventaja y es, mi querido amigo, que no habla. Vuelvo a sentarme y casi de carrerilla, escribo un buen rato. Esto promete. Sí, esta vez siento que los personajes son creíbles, por fin. Poco después de asesinar a un secundario en una callejuela de París, vuelve la sensación que alguien me observa por encima del hombro; me giro todo lo rápido que puedo, pero estoy solo, como otras veces. Sin embargo... Vuelvo a lo mío, pero ya no es lo mismo. Las frases se alargan más de la cuenta. A veces, no sé como resolver alguna situación que no parece excesivamente comprometida y empiezo a crisparme otra vez. Cuando oigo el ruido de la puerta de entrada (será Mery que llega del trabajo) respiro aliviado. Una sensación de culpabilidad me embarga, pero pasa enseguida. Dejo lo que hacía, total ya perdí el hilo narrativo, al menos por hoy. Mañana quizá sea un día más propicio. Por fin, apago la luz y salgo del cuarto. Quizá tenga suerte y encuentre una momentánea recompensa, en la sonrisa de Mery. 

 

-Cariño...¿Eres tú? 

 

No es ella, de hecho no es nadie. Por alguna extraña razón la puerta se ha abierto y cerrado sola. Aquí pasan cosas inexplicables Pierre. Quizá sería mejor acometer un relato de terror. Algo así como: Los cuchillos asesinos o La mopa estranguladora. Aprovecho ese impasse para escribirte cuatro líneas. Hace tanto tiempo que no sé de ti.

 

¡Hasta otra Pierre!

Tu amigo... Robert Salpetriere.

 

 

PD: Sabes Pierre, así de pronto me ha venido a la cabeza. La sensación que algo no me cuadraba en el escritorio, era real. Acabo de darme cuenta que el pisapapeles lo tenía situado a mi derecha, cuando al volver, estaba a mi izquierda. 

Esa es la prueba  que no me estoy volviendo loco. Voy a poner trampas alrededor de la mesa de trabajo. Ratoneras y cosas así...

 

 

 

Epílogo:

 

Cuando el escritor abandona la habitación y es envuelta por las sombras, nada se mueve. Mas, cuando durante la noche la casa queda en silencio, unas sombras salen de entre las hojas tiradas en la papelera y cobran vida por un tiempo... 

Los fantasmas danzan, se contonean, revolotean por encima de las hojas en blanco depositadas sobre el escritorio. Se meten entre los libros de las estanterías, cambian de sitio los bolígrafos, el cenicero, la grapadora, las notas tomadas al vuelo. Esparcen el polvo acumulado entre las teclas del ordenador, sobre la mesa. A veces incluso se aventuran a entrar en los circuitos de silicio de la memoria para provocar cuelgues en el momento más inoportuno, cuando el escritor está a punto de guardar algún párrafo especialmente conseguido (cosa infrecuente, pero no imposible). Cuando se cree solo, enfrascado en volcar quimeras a una pequeña pantalla fosforescente, ellos le observan por encima del hombro, al tiempo que ejecutan todo tipo de piruetas en el aire (rancio, apestando a tabaco) poniendo extrañas muecas, rozándole las orejas, riéndose de él, de sus ínfulas de gloria y de reconocimiento publico. De la seriedad de su rostro, de su empeño por encontrar palabras sublimes. De trascender, tanto su obra, como su memoria y su nombre a mayor gloria.

Empeñados están los duendecillos, en burlarse de todo lo que hace y escribe la entrañable figura, encorvada sobre/frente un mar de dudas. ¡El escribidor!

 

Son los personajes que el escritor desechó de su obra, los que suprimió durante la gestación de sus libros. Allí está el asesino a sueldo, que nunca tuvo oportunidad de cargarse a nadie, la prostituta que ni siquiera tuvo intercambio carnal con ninguno de sus clientes, el ama de casa, que nunca logró sacar una mancha de atún de los vestidos. Con ellos, van las dos lesbianas de Les Champs Elisées, la feminista divorciada, y la chica joven. Todos bailando encima de los folios que el escritor ha dejado sobre la mesa. La decoradora de interiores los contempla desde su lugar en el libro y, aterrada, los ve introducirse entre sus páginas. Por un rato, ellos serán los personajes principales de un libro que nunca se escribirá. El escritor cree que sólo existen en su imaginación, pero no sabe que, una vez creados, viven en el mundo de los personajes imaginarios, ya nada podrá eliminarlos. A su debido tiempo harán pagar al desagradecido escritorzuelo su atrevimiento por haberlos suprimido, a su debido tiempo. En ello están...

 

 


 

 

 

 
 

 

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