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Rubén García García (Poza Rica. México)

 

Prosa Detripa.  La Inundación

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Nș 7

 

Invierno 2001

 
 
 

   

 

 

 

 

Llueve, llueve mucho.

 

¡Por todos los santos! Esta inquietud no me deja dormir. ¡Cómo le permití a ese borracho que se quedara en la cocina! Es cierto, me dio lástima, me puso su carita de triste y me dijo "nomás esta noche" y que le voy a hacer, uno no tiene corazón y con esta agua ni modo de que lo eche...

 

Sólo tuve tres hijos. Los varones agarraron camino y no se les olvidó ni su pasado. La mujer según sé, anda por ahí rodando. Del marido mejor ni hablar...

 

Esta casa es mía; pero me costó dos veces. La primera vez que la compré fueron cinco años de lavar y planchar. Cuando recién me instalé, llegaron las autoridades y que sí no pagaba los prediales, multas, recargos; me echarían. Sentí que me moría, me ataqué de lágrimas, sofocos y después de rabia.

 

Camino a la casa del presidente municipal, mis manos sentían el frío de aquella hojita de metal. Esperé a que llegara. Lo vi después de las diez de la noche y en la puerta de su casa lo enfrenté. Le hablé con el coraje en la boca y le dije: -Uds. tendrán el gusto de quitarme la casa, pero las cosas no se van a quedar así, todavía tengo las nalgas buenas para ver a quien se las doy... ¿Me vio en el filo de los gestos el deseo de pelear? No lo sé. Pero sólo pagué el predial y me perdonó las multas. Pero fue otra chinga de lavadas y planchadas que fertilizaron las reumas.

 

Me empieza a dar sueño, pero el borrachito me lo quita. Si tan sólo hubiera tenido otro hijo, a lo mejor estaría aquí conmigo; pero la verdad ya no quise abrir las piernas, así que no tuve más remedio que ahogar las calenturas.

¡Qué quiere!,¡Qué madres quiere! -Nada doña Mari. No se asuste. Sólo le aviso que el agua ya se metió. -¡Me quiere ver la cara! Si aquí no hay agua. Aquí no, porque está más alto, pero en la cocina ya entró y no para de llover.

 

Mi casa es de tres plantas: en la parte baja tengo la cocina, una sala amplia donde doy de comer y un pequeño cuarto en desnivel que es el que ocupo, en la intermedia hay un recibidor y arriba la recámara que rento y es donde duermen las maestras. Frente a la casa se inicia la falda del cerro.

¡Santa madre de Dios! ¡Muchachas, muchachas despiértense que se nos mete el agua!

 

Entre todos empezamos a sacar los víveres y en cadena los acomodamos en la planta alta. Lo que no se pudo subir lo metimos en bolsas de plástico.

 

El agua hacía remolinos y poco faltaba para que nos llegara a la cintura, por lo que subimos a la segunda planta.

 

- Ahora vengo- dijo el hombre y se lanzó a bucear.

 

- Este cabrón se va ahogar.

 

Regresó con una estufa de petróleo que se arrinconaba en la cocina, el garrafón de combustible y una caja de cerillos que los traía en la boca. En una segunda zambullida, se trajo algunas veladoras y una botella medio llena de caña, la destapó le dio dos tragos y volvió a bajar, sacó un mecate y les pidió que le ayudaran, se sumergió y poco a poco apareció un garrafón de agua potable

 

Era más de la media noche, cuando vi que la cocina quedó totalmente inundada y lentamente el agua subía por las escaleras como un felino al acecho. Los focos se apagaron y sólo quedo el tenue resplandor de una veladora.

 

El río dista unos dos kilómetros. ¿Y la gente? ¿Cómo estará la gente que vive en la parte baja? -me persigno y rezo por ellos- vio al borracho que con los ojos entrecerrados dormitaba recargado en la pared, en esa oscuridad sólo era una persona que se abrazaba a sí mismo.

 

Quiero dormir y no puedo. Esta agua que se quita, pero que regresa con más fuerza, sólo me hace rezar y besar a la virgencita de Guadalupe. Abrí la ventana y me llegó el chiflido del viento y el pendular de las palmeras. ¡Cuantas cosas en la oscuridad! y yo sin saber que hacer, sólo rezando.

 

El agua reptaba por otro escalón y luego otro, hasta que llegó a la segunda planta y ahí se quedó agazapada, mientras la mañana se abría angustiosamente. Escuché los gritos del vecino y abrí  la ventana.

 

- ¡Doña Mari, doña Mari!

 

- ¡Mi mama! ¡Mi mama!

 

Entendí las señas, el agua se había trepado.

 

En una batea venía la anciana. Y detrás de ella su hijo a nado. Fue la primera de muchos que llegarían después. El teporocho zambulléndose en la cocina rastreó todos los víveres que aún quedaban en las bolsas. Sacó a flote las reatas con que se tendió un puente para que señoras y niños pudieran llegar.

 

Éramos como quince personas. Nadie podía contener la tristeza, ni evitar que las lágrimas rodaran. Les veía el rostro y en todos ellos surcaba la preocupación por los familiares que vivían en otras partes del poblado... .

 

Los víveres escaseaban. Frente a la casa, camino a la cima del cerro, se veían los pollos de Alfonso que buscaban cobijo por los zacatales. A lo lejos diviso a un hombre que corre tras ellos, capturó a dos y les torcía con habilidad el pescuezo. Vio como nadaba a la casa y casi por llegar lo reconoció. Era él, el borrachito.

 

Fueron tres días en que el agua se mantuvo. El hombre ayudó a todos. Iba a sus casas, buceaba, buscaba papeles, alimentos y siempre callado, respetuoso. Esa noche le ofrecí la botella de ron y me dijo, mejor guárdela y se fue a un rincón a dormitar.

 

En la mañana lo busqué para darle un caldo de pollo, pero un griterío me distrajo. El ruido de los helicópteros y unas lanchas que llegaban para que la gente fuese a los resguardos.

 

Yo no me quise ir, pues esta casa la compré dos veces. Lo busqué y ayudaba a subir a los ancianos... Me vio y me dijo: gracias doña Mari y para cuando se subía a la lancha le pregunté ¿ no quiere un caldito de pollo?

 

A veces me asomo por el cerro, pensando que anda correteando a las gallinas sueltas... pero no, es todavía el viento que tiene asustadas a las plumíferas.

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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