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Olga
no dio noticias en su diario de las razones que la llevaron a
recluirse. Pero en sus anotaciones desordenadas, en su caligrafía
de trazos abúlicos y letras derrengadas en los renglones,
se reflejaba la tragedia que más tarde se extendería sobre
el vecindario sobrevolando las conversaciones de sobremesa, pergeñando
un misterio inusitado en este barrio impersonal de los de una
casita al lado de otra, todas iguales, con su jardincito, su perro
de pedigrí y sus calles desiertas en el extrarradio urbano.
Uno
trata a veces de enlabiarse inútilmente con quimeras que distraen
la certidumbre. El desconsuelo inventa mil formas de entretener la
melancolía, y hay quien, como yo, evita una y otra vez lo que
intuye y hasta es posible que haya sabido desde el
principio. Pero pese a todo este juego de distracción, ahora no
puedo evitar las lágrimas cuando hojeo el diario que he heredado
de Olga por su expreso deseo escrito. El notario, al parecer amigo
suyo, me lo entregó con aire de reprobación, y es posible que
esto haya contribuido, como si fuera necesario, a fomentar
mi sentimiento de culpa. "Esto es para usted", me
dijo. Un "parausted" despectivo, que significaba más bien
contra usted, arropada su voz con una mirada inconfundible de
desprecio. Quizás por eso, cada vez que acaricio el diario de
Olga no puedo evitar los ojos del notario que, como he
comprendido, son mis propios ojos disfrazados de los ojos del
notario, en un "contrausted" que es contra mí, contra la
negligencia que, según mis ojos del notario, produjo la muerte de
Olga.
Casi
siempre se cumple el mismo proceso: primero los hechos están
incrustados en el universo probabilístico, en el magma de la
entropía. Luego un suceso, que el azar extrae del caos, se
introduce de improviso en nuestras vidas sin pedir permiso, y
pocas veces podemos modificarlo: tal es nuestra insignificancia.
Por eso yo no sabría decir muy bien si Olga se introdujo en mi
vida o yo en la suya. Más bien creo que ni siquiera pudimos
elegir desde aquel primer día en que la vi llegar al barrio,
abotargada por el calor y secándose el sudor con un pañuelo
blanco. Hacía grandes esfuerzos para desplazar su oronda
humanidad hasta la casa, concediéndose pequeños descansos en los
peldaños de la exigua escalera de la entrada. Tampoco supe
entonces si fueron la indolencia o la inexperiencia, la lujuria o
el amor o todo ello a la vez lo que motivó mi comportamiento. El
caso es que desde entonces siempre tuve la impresión de que mis
actos con ella y hacia ella eran realizados por otro, un otro autónomo
que yo nunca he llegado a conocer.
Empecé,
a petición suya y por decisión mía, siendo su recadero en época
de vacaciones. No me venían nada mal las generosas asignaciones
de Olga, que gastaba con mis amigos al atardecer. Le hacía todo
tipo de gestiones: compras, operaciones en el banco, en correos, e
incluso le cuidaba el jardín. Ella jamás salía de casa, de la
casa en la que vivo ahora, heredada por su expreso deseo y en cuyo
salón paso largas horas asomado al balcón y contemplando con
desconsuelo como se licua el asfalto en las calles que surcan el
descampado hostil. Recuerdo que ella se acodaba por las tardes en
este mismo balcón y permanecía horas con la vista fija en la
nada. Yo la veía desde la casa de mis padres, que aún viven
enfrente, y pensaba que debía de haber sido una mujer guapa, y aún
me lo parecía en ocasiones, cubierta con túnicas alegres que
disimulaban su obesidad. Otras veces dejaba ver unas piernas
fuertes, sedosas, cruzadas cuando se sentaba en la mecedora, que
me despertaban cierto desasosiego. Pero luego la veía levantarse
y conducir con lentitud la mole de su cuerpo y desaparecía de mí
cualquier residuo de deseo.
Sin
embargo hubo una tarde en que las piernas cruzadas de Olga me
produjeron una inquietud inesperada. Era la hora de la siesta, y
la soledad, apenas turbada por el canto de las chicharras y
el olor de la retama, se incrustó en mi pecho y, no sé muy bien
por qué, giré el picaporte de la puerta, salí a la calle y me
situé frente a la casa de Olga y llamé al timbre. Me abrió y la
vi envuelta en una túnica decorada con motivos caribeños,
exóticos pájaros y ramajes frondosos, y sus piernas sedosas y
fuertes aparecían por una abertura lateral. Su perplejidad y la mía
se fundieron en una mirada, una sola mirada extraña, inusual,
como ensayada por ambos y nunca llevada a buen fin, y nos
abrazamos sin pronunciar palabra, cómplices confusos, y la sentí
bajo mi cuerpo, exuberancia mamatoria, afrodita de la opulencia,
fundida en una bacanal de olores y calores, en la tarde seca y húmeda
a la vez, viscosa en el exceso lúbrico que funde los sentidos, y
oí como lejanos sus picados de soprano y me oí también a mí
mismo como un extraño de voz ronca y ahogada, ajena entre el
rezongar de insectos y el crujido de los matojos quejándose bajo
el sol impío de las cinco.
Un
año después había habido muchas tardes. Mis padres me
enviaban a París para todo el año y me vi una vez más ante
Olga, esta vez despidiéndome, ella bajo la misma túnica caribeña,
llenándola más de lo que permitía. Hizo grandes esfuerzos para
levantarse del sofá. Mientras la contemplaba, caí en la cuenta
de que llevaba puesto el enorme contingente de comida que yo le
había ido trayendo durante el último año. Ingentes cantidades
que ella había ido deglutiendo, metabolizando y añadiendo a su
portentosa humanidad hasta no poder apenas moverse, fatigandose
por el más mínimo movimiento. En el zaguán quise darle un beso
de despedida, pero cuando ella intentó acercárseme le fue
imposible: su humanidad no cabía ya por la ridícula puerta que
había diseñado "el cabrón del arquitecto". Avancé
hasta ella dentro de la casa, la besé con ternura y
agradecimiento y vi cómo se deslizaban dos lágrimas sobre
sus enormes y bondadosas mejillas.
Desde
París, mi bullicioso exilio (curiosamente, uno puede sentirse
exiliado de un barrio impersonal, de los de una casa al lado de
otra, todas iguales, con sus barbacoas, sus perros de pedigrí y
sus calles apenas transitadas por algún que otro titular de
hipoteca), recordaba todos los días los ojos azules de Olga,
aprisionada por sus dimensiones en la tenaz geometría de la
puerta diseñada por el dichoso arquitecto. Por más que lo
intento, no puedo perdonarme que, en la precipitación de mi ida,
no le buscara al menos un sustituto o sustituta que le
solucionara las odiosas tareas de intendencia. La juventud es, a
veces, torpe, muy torpe. O es posible que esté culpando a La
Juventud de la torpeza de mi juventud. Lo cierto es que no caí
en la cuenta de que el tamaño de Olga no le permitiría salir por
la puerta que había diseñado el dichoso arquitecto, ni tampoco
preví que si no podía, por el volumen de su humanidad,
salir por la puerta, tampoco podría buscar a alguien que me
sustituyera, en un mes en el que los del perro de pedigrí tenían
que veranear en un sitio de pedigrí y dejar el barrio
desierto, más desierto de lo que ya estaba normalmente cuando
ellos creían que no lo estaba.
Tuvieron
que ser unos días horribles. Olga aprisionada por las
dimensiones de la puerta del arquitecto, ante la calle abandonada
por los del pedigrí, sin nadie ante quien recurrir para saciar su
inocente voracidad culinaria.
"Me
siento débil, no puedo recurrir a nadie. Estoy muy mal, aunque no
pierdo la esperanza. Confío en que alguien aparezca por la
calle. Maldigo mil veces la idea de no tener teléfono. Las
circunstancias hacen que consideremos banal lo más
importante". Así era Olga, poco dada a las frases
elaboradas. En la forma de escribir su diario era igual que en la
vida: escueta, sin concesiones a la vanidad, como todas las
personas que se exilian voluntariamente por haber agotado todo
aquello que nos impulsa a ser gregarios, a buscar en los otros el
complemento necesario para la felicidad.
En
el vestíbulo del aeropuerto, al volver de París, la muerte de
Olga se me incrustó en la sangre entre el zumbido de los aviones.
Mi madre sabía que me afectaría y, pese a su clarísima
animadversión hacia ella, rayana a veces en la grosería, se
mostró especialmente cariñosa conmigo al darme la noticia. Pero
después ilustró maliciosamente el suceso con algunos detalles
que contribuyeron a alimentar la sordidez interna que me produce
esta ausencia. Esos detalles, algunos de ellos expresados con
cierta ordinariez, superfluos y basados en los comentarios del
barrio, adquirieron un perfil más definido al leer algunos
pasajes del diario heredado de Olga.
"Mauricio,
dime, ¿hay una degradación mayor que la de tenerse que
comer las carpetas en donde una guarda los papeles más odiosos?
Ayer me comí, hervida con ajo, perejil y comino, la
sentencia de mi separación matrimonial. Por raro que pueda
parecerte, me la he comido con gusto. Creeme, he sentido un placer
inexplicable. Me pregunto cómo no se le ocurriría a mi
psiquiatra recetarme algo así". "Hoy hace un día excelente.
El sol y la lluvia de los últimos días han hecho crecer junto al
asfalto numerosas clases de hierbas y flores silvestres. Huele
bien el aire y, aunque me encuentro muy débil, estoy tranquila.
Siento como una especie de paz interior, no sé si provocada por
el ayuno. He pasado unos días horribles gritando como una posesa
desde el balcón, pero no me oye nadie. Bebo toda el agua que
puedo y pienso y pienso todo el día en ti. Te recuerdo siempre
como aquella tarde calurosa y seca en la que ensayamos el primer
abrazo. Me hace ilusión escribir este diario porque sé que lo
leerás. Te parecerá ridículo, pero en mi testamento figura que
será para ti, quiero que sea tuyo y de nadie más".
Del
diario de Olga habían sido arrancadas varias hojas con gran
meticulosidad. Me lo hizo ver mi amigo Tobías, gran observador.
Yo jamás hubiera advertido los minúsculos trozos de papel
incrustados en el hilo de la encuadernación. En un principio no
di mayor importancia al asunto ni tampoco al hecho de que (como
Tobías me hizo ver también) el diario estuviera paginado a mano
y hubiera un salto de quince páginas (desde la catorce a la
veintinueve), lo cual, en principio, no me sugería otra cosa que
el arrepentimiento de Olga después de haber escrito algo no
deseado. Me preguntaba qué dirían aquellas páginas arrancadas,
qué sufrimiento humano no albergarían para hacerlo inconfesable.
Me preguntaba, sí, todo esto, sin saber que el destino no tardaría
demasiado en contestarme.
Mi
amigo Tobías sostiene
que, en la mayoría de los casos, la duda no existe sino que la
creamos nosotros mismos para no caer en el abismo de ciertas
certezas. Y es posible que sea así, que yo, pese a algunas
intuiciones, estuviera cultivando una duda que me convenía porque
me hacía aparecer en otra posición ante mis
ojos del notario. He dudado, por interés, de que la inanición
fuera la verdadera causa de la muerte de Olga y ello me ha
proporcionado un cierto consuelo, pero también ha avivado una
sospecha, la dichosa sospecha enquistada en algún punto medular
que, por su naturaleza, no puedo compartir. Tobías, medico y amigo,
sostiene también la teoría de que no es posible que Olga muriera
de inanición, por la sencilla razón de que la falta de alimento
debería haberle hecho adelgazar lo suficiente como para poder
transportar su, puede que todavía oronda, humanidad a través de la
pequeña puerta diseñada por el arquitecto y solucionar su problema
alimenticio. La única salvedad podría ser que la falta de
nutrientes hubiera creado alguna disfunción orgánica o
desencadenado otra ya existente.
Las
teorías de Tobías me tranquilizan, son como regalos balsámicos
con los que me obsequia a través de su bien timbrada voz. Sin
embargo comparto sólo en parte la teoría
sobre la duda de mi siempre ocurrente amigo. él deberá
convenir conmigo en que hay dudas que, pese a impedirnos caer en el
abismo de ciertas certezas, ocasionan que nos demos de bruces contra
precipicios de certidumbre mucho peores. Deberá admitirlo porque
esto es justamente lo que me ocurrió a mí de forma casual,
impremeditada y, por supuesto, nunca deseada, en una de las visitas
que hacía regularmente a mis padres. Sí, justo allí y no antes
surgió el comienzo de lo que más tarde me dejaría petrificado en
medio del salón de mi casa, intentando cultivar sin conseguirlo una
duda imposible.
Mi
madre había salido y mi padre se entretenía hojeando un periódico,
bebiendo pequeños sorbos de un vaso de güisqui y fumándose con
placer un habano: matando el tiempo o, como él suele decir, ganándoselo
a la muerte. Subí a entretenerme al desván, haciendo hora hasta la
llegada de mi madre. Me divertía, y aún me divierte, enredar con
los objetos junto a los que ha transcurrido mi niñez. Juguetes de
los que he disfrutado con verdadero gozo y que me transportan al
mundo maravilloso e inexplorado de la infancia; viejas sillas en las
que me ha acunado mi madre, muebles que he registrado y sigo
registrando a hurtadillas, esperando encontrar no sé qué tesoros
prohibidos, todos testigos del itinerario emocional que uno va
construyendo con objetos, amores y desamores; trozos de vida que
forman el mosaico caótico de la identidad.
En
uno de los cajones de la mesa de alas había una especie de cofre
pequeño que destacaba de todo lo demás por no presentar los signos
de vejez. Como cuando era niño, lo abrí con curiosidad con una
llavecita que encontré en el otro cajón de la mesa. Dentro había
un sobre. Mi curiosidad nunca ha llegado a la indiscreción, y
estuve a punto de cerrar el cofre. Pero no sé qué extraña fuerza
me empujó esta vez a ver el contenido: unas hojas escritas en las
que reconocí inmediatamente la peculiar caligrafía de trazos
abúlicos y letras derrengadas en los renglones de Olga. Se veía
claramente que las hojas habían sido arrancadas de algún sitio, y
la numeración de las páginas, desde la catorce a la veintinueve,
delataba que eran sin duda las que faltaban en el diario. ¿Qué hacían
esas hojas allí? ¿Quién las había arrancado?. Empecé a leer con
codicia: "Hace días que intento sin conseguirlo abrir la puerta
de entrada, debe de haberse oxidado la cerradura con la humedad. Por
más que lo intento, no puedo. Tengo pocas fuerzas. A veces me
asaltan pensamientos extraños y temo que sean provocados por la
debilidad. Me obsesiono con que alguien ha atrancado la cerradura de
la puerta desde afuera. Pero luego pienso que es absurdo, ¿quién
iba a molestarse en hacer algo así? Y, sobre todo, ¿para qué?."
Olga
hacía alusión en todas las hojas a una cinta magnetofónica
escondida en su casa, en la que se revelaba "la verdad", una
verdad que me parecía en ese momento inalcanzable. "Mauricio, por
favor, busca la grabación. La cinta está en mi casa. Ojalá la
encuentres y se sepa la verdad". En todas las hojas arrancadas
eludía el horror que supone ver como se va apagando lentamente la
vida, contaba con ternura pequeños sucesos cotidianos, salpicados
con alguna frase críptica, como queriendo darme pistas de la cinta
grabada de la que indefectiblemente hablaba al final. Pero no
lograba entender ninguna de las frases que yo consideraba destinadas
a conducirme hasta un supuesto escondrijo.
Alcé
la vista y me quedé helado al ver a mi madre apoyada en el quicio
de la puerta, con la mirada más dura que nunca hubiera imaginado.
-
Ya has descubierto lo que escribía esa pederasta, ¿verdad?, dijo
con una voz excesivamente grave y destemplada que yo desconocía.
-
¿Qué hace esto aquí?,
dije mostrándole las hojas.
-
¿Y tú? ¿Qué haces
registrando los cajones?
-
Has sido tú la que ha arrancado las hojas del diario, ¿verdad? ¿Por
qué?
-
He hecho lo que haría cualquier madre, dijo secamente mientras
bajaba la escalera.
Pese
a sus esfuerzos para restar importancia al suceso y al asombroso, y
desconocido para mí, despliegue de sus grandes dotes de actriz para
dulcificar la situación, era evidente que algo me estaba ocultando.
Olga
había actuado de forma inteligente. No decía en las hojas sustraídas
dónde estaba la cinta, pero lo sugería de forma críptica. Por
eso, quien quisiera encontrarla se vería obligado a conservar lo
escrito, lo cual abría la posibilidad de que llegara hasta mí.
Verdaderamente ingeniosa. De no haber actuado así, yo jamás
hubiera tenido acceso a las hojas sustraídas. Si mi madre las
conservaba era, evidentemente, porque esperaba, a través de ellas,
encontrar la cinta. ¿Y por qué ese interés?.
Vinieron
días y días de confusión, noches enteras releyendo sin encontrar
ninguna revelación que me ayudara a reconstruir el rompecabezas.
Vivía como un sonámbulo, prácticamente en duermevela, y en el
trabajo me habían hecho serias advertencias respecto a mi falta de
concentración. Hasta que un sábado por la mañana se presentó en
casa Martina, la señora de la limpieza que había despedido hacía
un par de semanas. Sin ningún tipo de preámbulos, me espetó:
"Usted es muy dueño de despedirme cuando le dé la gana, pero no
admito que se me trate como a una ladrona. Vengo a decirle que yo no
me he llevado nada de esta casa. Que quede claro. El dinero se lo ha
llevado su madre, que se pasaba todas las mañanas incordiándome y
husmeando en sus cosas. Y se lo ha llevado para que usted me despida
y así poder husmear a gusto. ¿Se entera? Si me quiere creer, me
cree y si no, me da igual, pero esa es la verdad".
La
dignidad y la capacidad de convicción de Martina me habían
devuelto a la realidad. Ahora recordaba que a las anteriores
empleadas las había despedido por la misma razón y siempre por
consejo de mi madre, que me había sugerido hacer algo que yo no
acostumbraba: contar el dinero depositado en el cajón de mi mesa al
irme al trabajo y otra vez al volver, con objeto de comprobar si
parte de él había sido sustraído. Además me había ocultado que
acudía todas las mañanas a mi casa (la casa que Olga me dejó tan
generosamente), aprovechando mi ausencia. Todo era muy raro. Así
que me disculpé con Martina y con las anteriores empleadas, que
confirmaron la presencia diaria de mi madre. Cambié la cerradura y
busqué sin éxito durante semanas en cada rincón. Releía como un
poseso las frases veladas con las que Olga sembraba las hojas, sin
entender absolutamente nada. Algunas aludían a aspectos
relacionados con la comida, su más querida e inocente afición. En
medio de sus relatos y sin que guardaran relación con el sentido de
las frases adyacentes, escribía fragmentos como "Detrás del humo
de la cacerola está lo que se busca" o "La grasa de las comidas
flota en el aire y se posa en la envoltura de lo que se busca",
siempre queriendo dirigirme a la dichosa cinta, que ya empezaba a
desquiciarme.
Mi
torpeza estuvo mortificándome durante días. No entendía nada. Por
otra parte, la actitud de mi madre, el odio que mostraba hacia Olga
después de muerta, me producía una extraña desazón que no sabía
explicar. Andaba sin rumbo, actuaba mecánicamente, obsesionado con
las intencionadas alusiones de Olga e intentando desentrañar un
misterio que parecía impenetrable. Pero una de esas ironías del
destino devanaría la madeja unos días después. Cuando menos lo
esperaba, se corrió el velo.
Había
llamado al fontanero para que hiciera una reparación en la cocina y
tuvo que desprender varios mosaicos de la pared. Bajo uno de ellos
apareció el objeto tan buscado. Después de reponerse de la
sorpresa del hallazgo, el fontanero se dirigió a mí mostrándome
uno de los mosaicos. "Nunca había visto un azulejo pegado con
harina", dijo sin quitarse el cigarro de la boca.
Pero
curiosamente, a pesar de todo el ahínco que yo había puesto en la
búsqueda, algo en mi interior hacía que me entristeciera con el
hallazgo. Intuía que me esperaba una revelación indeseable.
Recuerdo que al quedarme solo tomé la cinta y empecé a andar
compulsivamente de un extremo a otro del salón. Notaba una
inexplicable fuerza magnética de repulsión entre la cinta y el
equipo de música. No me sentía capaz de poner en marcha un
mecanismo sin retorno. Si oía la grabación y en ella descubría lo
que estaba temiendo, ya no podría ignorarlo jamás, ya no podría
nunca, como sostenía Tobías, cultivar libremente la duda para no
precipitarme en el abismo de una horrible certeza.
Dejé
momentáneamente la cinta encima de la mesa y me serví un güisqui.
Puse a sonar a Beethoven enlatado y elevé el volumen. El primer
movimiento, en allegro ma non
tropo, lejos de tranquilizarme, aumentaba mi inquietud hasta el
paroxismo. Probé el silencio, encendí un cigarro y elegí al azar
un libro de la estantería: "Obstinación", de Hermann Hesse.
Estaba practicando, automáticamente y sin ser demasiado consciente
de ello, un viejo rito que celebramos la mayoría de los mortales:
el del avestruz. Abrí el libro al azar y empecé a leer. Como todo
buen avestruz, cumplí a la perfección las dos fases. Primero
relacioné lo leído con el asunto que me ocupaba y después lo
utilicé como justificación para tomar la decisión que menos
perturbaba mi estabilidad emocional. Lo leído al autor era de una
utilidad increíble: "La
realidad es aquello con lo que en ningún caso debemos estar
contentos, lo que nunca debemos adornar ni respetar, porque es el
azar, el derecho de la vida. Y a esa miserable, siempre
decepcionante y vacía realidad, sólo podemos cambiarla negándola,
demostrando que somos más fuertes que ella".
Convertido
ya irremediablemente en avestruz y con la testa hundida en el hoyo,
comprendí en ese momento lo que debía hacer. Tiré la cinta al
suelo y la pisoteé con fuerza una y otra vez hasta destruir la
envoltura de protección. Luego quemé con el mechero el contenido.
Pero algo en ese momento me obligó a creer en las casualidades.
Otra vez surgía un suceso que el azar extraía del caos e introducía
en mi vida sin dejarme ni la más mínima posibilidad de decidir
sobre él: sonó el timbre. Era otra vez mi madre. Entró con un
andar excesivamente solemne y pausado y se sentó en el sofá. El
estuche de la cinta permanecía aún en la mesita del salón. A modo
de portada, podía leerse en letras grandes y azules el nombre de
Olga. Al descubrirlo, mi madre cambió de color y, por más que
intentó desplegar nuevamente sus recientemente descubiertas dotes
de actriz, su rostro era el de quien se derrumba. De pronto dio como
un salto y se puso de pie, muy erguida y de espaldas a mí. Se tomó
un tiempo para recomponer su figura mientras caminaba hacia la
ventana con un cierto temblor. Hasta que, súbitamente, se volvió y
clavó sus ojos en los míos. Era una mirada de reptil, paralizante,
otra vez desconocida para mí por completo. "Supongo que no serás
capaz de delatar a tu propia madre", dijo. Y se fue sin más. Yo
me quedé petrificado en medio del salón, intentando cultivar una
duda imposible, horrorizado al descubrir una repulsión honda, la más
honda de todas, la que se siente en postura fetal.
Olga
se dirige en su diario siempre a mí. Como cuando vivía, nunca se
quejó de su vida anterior. Sencillamente la había sepultado. Había
muerto sin resentimiento, como todas las almas capaces de
metabolizar ese proceso a veces tan absurdo que llamamos vida.
Incluso en sus últimos momentos de inanición, al borde ya de
la muerte, siempre me escribió palabras amables, pausadas, sin
estridencias, siempre tuvo un cuidado exquisito para no caer en la
queja.
Me
he estado engañando mucho tiempo pensando que su recuerdo punzante
se debe al cariño de estos cuidados o a mi sentimiento de
culpabilidad por haberla abandonado a su suerte, sin buscarle un
sustituto o sustituta para su intendencia en este barrio de casas
iguales, una junto a otra, con perro de pedigrí y barbacoa,
en calles desiertas con el asfalto fundido por el sol y la soledad.
Pero hoy, insomne como casi todas las noches del último año, me he
levantado y he paseado por mi casa y me he asomado a la calle vacía,
al descampado apenas salpicado por árboles semisecos, y toda la
brisa olía igual que los poros de la piel sedosa y voraz de Olga.
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