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Rafael Arnedo Gómez

Olganza

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Nº 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

 

Olga no dio noticias en su diario de las razones que la llevaron a recluirse. Pero en sus anotaciones desordenadas, en su caligrafía de trazos  abúlicos y letras derrengadas en los renglones, se  reflejaba la tragedia que más tarde se extendería sobre el vecindario sobrevolando las conversaciones de sobremesa, pergeñando un misterio inusitado en este barrio impersonal de los de una casita al lado de otra, todas iguales, con su jardincito, su perro de pedigrí y sus calles desiertas en el extrarradio urbano.

 

Uno trata a veces de enlabiarse inútilmente con quimeras que distraen la certidumbre. El desconsuelo inventa mil formas de entretener la melancolía, y hay quien, como yo, evita una y otra vez lo que intuye y hasta es posible que  haya sabido desde el principio. Pero pese a todo este juego de distracción, ahora no puedo evitar las lágrimas cuando hojeo el diario que he heredado de Olga por su expreso deseo escrito. El notario, al parecer amigo suyo, me lo entregó con aire de reprobación, y es posible que esto haya contribuido, como  si fuera necesario, a fomentar mi sentimiento de culpa. "Esto  es para usted", me dijo. Un "parausted" despectivo, que significaba más bien contra usted, arropada su voz con una mirada inconfundible de desprecio. Quizás por eso, cada vez que acaricio el diario de Olga no puedo evitar los ojos del notario que, como he  comprendido, son mis propios ojos disfrazados de los ojos del notario, en un "contrausted" que es contra mí, contra la negligencia que, según mis ojos del notario, produjo la muerte de Olga.

 

Casi siempre se cumple el mismo proceso: primero los hechos están incrustados en el universo probabilístico, en el magma de la entropía. Luego un suceso, que el azar extrae del caos, se introduce de improviso en nuestras vidas sin pedir permiso, y pocas veces podemos modificarlo: tal es nuestra insignificancia. Por eso yo no sabría decir muy bien si Olga se introdujo en mi vida o yo en la suya. Más bien creo que ni siquiera pudimos elegir desde aquel primer día en que la vi llegar al barrio, abotargada por el calor y secándose el sudor con un pañuelo blanco. Hacía grandes esfuerzos para desplazar su oronda humanidad hasta la casa, concediéndose pequeños descansos en los peldaños de la exigua escalera de la entrada. Tampoco supe entonces si fueron la indolencia o la inexperiencia, la lujuria o el amor o todo ello a la vez lo que motivó mi comportamiento. El caso es que desde entonces siempre tuve la impresión de que mis actos con ella y hacia ella eran realizados por otro, un otro autónomo que yo nunca he llegado a conocer.

 

Empecé, a petición suya y por decisión mía, siendo su recadero en época de vacaciones. No me venían nada mal las generosas asignaciones de Olga, que gastaba con mis amigos al atardecer. Le hacía todo tipo de gestiones: compras, operaciones en el banco, en correos, e incluso le cuidaba el jardín. Ella jamás salía de casa, de la casa en la que vivo ahora, heredada por su expreso deseo y en cuyo salón paso largas horas asomado al balcón y contemplando con desconsuelo como se licua el asfalto en las calles que surcan el descampado hostil. Recuerdo que ella se acodaba por las tardes en este mismo balcón y permanecía horas con la vista fija en la nada. Yo la veía desde la casa de mis padres, que aún viven enfrente, y pensaba que debía de haber sido una mujer guapa, y aún me lo parecía en ocasiones, cubierta con túnicas alegres que disimulaban su obesidad. Otras veces dejaba ver unas piernas fuertes, sedosas, cruzadas cuando se sentaba en la mecedora, que me despertaban cierto desasosiego. Pero luego la veía levantarse y conducir con lentitud la mole de su cuerpo y desaparecía de mí cualquier residuo de deseo.

 

Sin embargo hubo una tarde en que las piernas cruzadas de Olga me  produjeron una inquietud inesperada. Era la hora de la siesta, y la  soledad, apenas turbada por el canto de las chicharras y el olor de la retama, se incrustó en mi pecho y, no sé muy bien por qué, giré el picaporte de la puerta, salí a la calle y me situé frente a la casa de Olga y llamé al timbre. Me abrió y la vi  envuelta en una túnica decorada con motivos caribeños, exóticos pájaros y ramajes frondosos, y sus piernas sedosas y fuertes aparecían por una abertura lateral. Su perplejidad y la mía se fundieron en una mirada, una sola mirada extraña, inusual, como ensayada por ambos y nunca llevada a buen fin, y nos abrazamos sin pronunciar palabra, cómplices confusos, y la sentí bajo mi cuerpo, exuberancia mamatoria, afrodita de la opulencia, fundida en una bacanal de olores y calores, en la tarde seca y húmeda a la vez, viscosa en el exceso lúbrico que funde los sentidos, y oí como lejanos sus picados de soprano y me oí también a mí mismo como un extraño de voz ronca y ahogada, ajena entre el rezongar de insectos y el crujido de los matojos quejándose bajo el sol impío de las cinco.

 

Un año  después había habido muchas tardes. Mis padres me enviaban a París para todo el año y me vi una vez más ante Olga, esta vez despidiéndome, ella bajo la misma túnica caribeña, llenándola más de lo que permitía. Hizo grandes esfuerzos para levantarse del sofá. Mientras la contemplaba, caí en la cuenta de que llevaba puesto el enorme contingente de comida que yo le había ido trayendo durante el último año. Ingentes cantidades que ella había ido deglutiendo, metabolizando y añadiendo a su portentosa humanidad hasta no poder apenas moverse, fatigandose por el más mínimo movimiento. En el zaguán quise darle un beso de despedida, pero  cuando ella intentó acercárseme le fue imposible: su humanidad no cabía ya por la ridícula puerta que había diseñado "el cabrón del arquitecto". Avancé  hasta ella dentro de la casa, la besé con ternura y agradecimiento y  vi cómo se deslizaban dos lágrimas sobre sus enormes y bondadosas mejillas.

 

Desde  París, mi bullicioso exilio (curiosamente, uno puede sentirse exiliado de un barrio impersonal, de los de una casa al lado de otra, todas iguales, con sus barbacoas, sus perros de pedigrí y  sus calles apenas transitadas por algún que otro titular  de hipoteca), recordaba todos los días los ojos azules de Olga, aprisionada por sus dimensiones en la tenaz geometría de la puerta diseñada por el dichoso arquitecto. Por más que lo intento, no puedo perdonarme que, en la precipitación de mi ida, no le buscara al menos un sustituto o  sustituta que le solucionara las odiosas tareas de intendencia. La juventud es, a veces, torpe, muy torpe. O es posible que esté culpando a La Juventud de la torpeza de mi juventud. Lo cierto es que no caí en la cuenta de que el tamaño de Olga no le permitiría salir por la puerta que había diseñado el dichoso arquitecto, ni tampoco preví que si no podía, por el volumen de su  humanidad, salir por la puerta, tampoco podría buscar a alguien que me  sustituyera, en un mes en el que los del perro de pedigrí tenían que veranear en  un sitio de pedigrí y dejar el barrio desierto, más desierto de lo que ya estaba normalmente cuando ellos creían que no lo estaba.

 

Tuvieron  que  ser unos días horribles. Olga aprisionada por las dimensiones de la puerta del arquitecto, ante la calle abandonada por los del pedigrí, sin nadie ante quien recurrir para saciar su inocente voracidad culinaria.

 

"Me siento débil, no puedo recurrir a nadie. Estoy muy mal, aunque no  pierdo la esperanza. Confío en que alguien aparezca por  la calle. Maldigo mil veces la idea de no tener teléfono. Las circunstancias hacen que consideremos banal lo más importante". Así era Olga, poco dada a las frases elaboradas. En la forma de escribir su diario era igual que en la vida: escueta, sin concesiones a la vanidad, como todas las personas que se exilian voluntariamente por haber agotado todo aquello que nos impulsa a ser gregarios, a buscar en los otros el complemento necesario para la felicidad.

 

En el vestíbulo del aeropuerto, al volver de París, la muerte de Olga se me incrustó en la sangre entre el zumbido de los aviones. Mi madre sabía que me afectaría y, pese a su clarísima animadversión hacia ella, rayana a veces en la grosería, se mostró especialmente cariñosa conmigo al darme la noticia. Pero después ilustró maliciosamente el suceso con algunos detalles que contribuyeron a alimentar la sordidez interna que me produce esta ausencia. Esos detalles, algunos de ellos expresados con cierta ordinariez, superfluos y basados en los comentarios del barrio, adquirieron un perfil más definido al leer algunos pasajes del diario heredado de Olga.

 

"Mauricio, dime, ¿hay una  degradación mayor que la de tenerse que comer las carpetas en donde una guarda los papeles más odiosos? Ayer  me comí, hervida con ajo, perejil y comino, la sentencia de mi separación matrimonial. Por raro que pueda parecerte, me la he comido con gusto. Creeme, he sentido un placer inexplicable. Me pregunto cómo no se le ocurriría a mi psiquiatra recetarme algo así". "Hoy hace un día excelente. El sol y la lluvia de los últimos días han hecho crecer junto al asfalto numerosas clases de hierbas y flores silvestres. Huele bien el aire y, aunque me encuentro muy débil, estoy tranquila. Siento como una especie de paz interior, no sé si provocada por el ayuno. He pasado unos días horribles gritando como una posesa desde el balcón, pero no me oye nadie. Bebo toda el agua que puedo y pienso y pienso todo el día en ti. Te recuerdo siempre como aquella tarde calurosa y seca en la que ensayamos el primer abrazo. Me hace ilusión escribir este diario porque sé que lo leerás. Te parecerá ridículo, pero en mi testamento figura que será para ti, quiero que sea tuyo y de nadie más".

 

Del diario de Olga habían sido arrancadas varias hojas con gran meticulosidad. Me lo hizo ver mi amigo Tobías, gran observador. Yo jamás hubiera advertido los minúsculos trozos de  papel incrustados en el hilo de la encuadernación. En un principio no di mayor importancia al asunto ni tampoco al hecho de que (como Tobías me hizo ver también) el diario estuviera paginado a mano y hubiera un salto de quince páginas (desde la catorce a la veintinueve), lo cual, en principio, no me sugería otra cosa que el arrepentimiento de Olga después de haber escrito algo no deseado. Me preguntaba qué dirían aquellas páginas arrancadas, qué sufrimiento humano no albergarían para hacerlo inconfesable. Me preguntaba, sí, todo esto, sin saber que el destino no tardaría demasiado en contestarme.

 

Mi amigo Tobías sostiene que, en la mayoría de los casos, la duda no existe sino que la creamos nosotros mismos para no caer en el abismo de ciertas certezas. Y es posible que sea así, que yo, pese a algunas intuiciones, estuviera cultivando una duda que me convenía porque me hacía aparecer en otra posición ante mis ojos del notario. He dudado, por interés, de que la inanición fuera la verdadera causa de la muerte de Olga y ello me ha proporcionado un cierto consuelo, pero también ha avivado una sospecha, la dichosa sospecha enquistada en algún punto medular que, por su naturaleza, no puedo compartir. Tobías, medico y amigo, sostiene también la teoría de que no es posible que Olga muriera de inanición, por la sencilla razón de que la falta de alimento debería haberle hecho adelgazar lo suficiente como para poder transportar su, puede que todavía oronda, humanidad a través de la pequeña puerta diseñada por el arquitecto y solucionar su problema alimenticio. La única salvedad podría ser que la falta de nutrientes hubiera creado alguna disfunción orgánica o desencadenado otra ya existente.

 

Las teorías de Tobías me tranquilizan, son como regalos balsámicos con los que me obsequia a través de su bien timbrada voz. Sin embargo comparto sólo en parte la teoría sobre la duda de mi siempre ocurrente  amigo. él deberá convenir conmigo en que hay dudas que, pese a impedirnos caer en el abismo de ciertas certezas, ocasionan que nos demos de bruces contra precipicios de certidumbre mucho peores. Deberá admitirlo porque esto es justamente lo que me ocurrió a mí de forma casual, impremeditada y, por supuesto, nunca deseada, en una de las visitas que hacía regularmente a mis padres. Sí, justo allí y no antes surgió el comienzo de lo que más tarde me dejaría petrificado en medio del salón de mi casa, intentando cultivar sin conseguirlo una duda imposible.

 

Mi madre había salido y mi padre se entretenía hojeando un periódico, bebiendo pequeños sorbos de un vaso de güisqui y fumándose con placer un habano: matando el tiempo o, como él suele decir, ganándoselo a la muerte. Subí a entretenerme al desván, haciendo hora hasta la llegada de mi madre. Me divertía, y aún me divierte, enredar con los objetos junto a los que ha transcurrido mi niñez. Juguetes de los que he disfrutado con verdadero gozo y que me transportan al mundo maravilloso e inexplorado de la infancia; viejas sillas en las que me ha acunado mi madre, muebles que he registrado y sigo registrando a hurtadillas, esperando encontrar no sé qué tesoros prohibidos, todos testigos del itinerario emocional que uno va construyendo con objetos, amores y desamores; trozos de vida que forman el mosaico caótico de la identidad.

 

En uno de los cajones de la mesa de alas había una especie de cofre pequeño que destacaba de todo lo demás por no presentar los signos de vejez. Como cuando era niño, lo abrí con curiosidad con una llavecita que encontré en el otro cajón de la mesa. Dentro había un sobre. Mi curiosidad nunca ha llegado a la indiscreción, y estuve a punto de cerrar el cofre. Pero no sé qué extraña fuerza me empujó esta vez a ver el contenido: unas hojas escritas en las que reconocí inmediatamente la peculiar caligrafía  de trazos abúlicos y letras derrengadas en los renglones de Olga. Se veía claramente que las hojas habían sido arrancadas de algún sitio, y la numeración de las páginas, desde la catorce a la veintinueve, delataba que eran sin duda las que faltaban en el diario. ¿Qué hacían esas hojas allí? ¿Quién las había arrancado?. Empecé a leer con codicia: "Hace días que intento sin conseguirlo abrir la puerta de entrada, debe de haberse oxidado la cerradura con la humedad. Por más que lo intento, no puedo. Tengo pocas fuerzas. A veces me asaltan pensamientos extraños y temo que sean provocados por la debilidad. Me obsesiono con que alguien ha atrancado la cerradura de la puerta desde afuera. Pero luego pienso que es absurdo, ¿quién iba a molestarse en hacer algo así? Y, sobre todo, ¿para qué?."

 

Olga hacía alusión en todas las hojas a una cinta magnetofónica escondida en su casa, en la que se revelaba "la verdad", una verdad que me parecía en ese momento inalcanzable. "Mauricio, por favor, busca la grabación. La cinta está en mi casa. Ojalá la encuentres y se sepa la verdad". En todas las hojas arrancadas eludía el horror que supone ver como se va apagando lentamente la vida, contaba con ternura pequeños sucesos cotidianos, salpicados con alguna frase críptica, como queriendo darme pistas de la cinta grabada de la que indefectiblemente hablaba al final. Pero no lograba entender ninguna de las frases que yo consideraba destinadas a conducirme hasta un supuesto escondrijo.

 

Alcé la vista y me quedé helado al ver a mi madre apoyada en el quicio de la puerta, con la mirada más dura que nunca hubiera imaginado.

 

- Ya has descubierto lo que escribía esa pederasta, ¿verdad?, dijo con una voz excesivamente grave y destemplada que yo desconocía.

 

- ¿Qué hace esto aquí?, dije mostrándole las hojas.

 

- ¿Y tú? ¿Qué haces registrando los cajones?

 

- Has sido tú la que ha arrancado las hojas del diario, ¿verdad? ¿Por qué?

 

- He hecho lo que haría cualquier madre, dijo secamente mientras bajaba la escalera.

 

Pese a sus esfuerzos para restar importancia al suceso y al asombroso, y desconocido para mí, despliegue de sus grandes dotes de actriz para dulcificar la situación, era evidente que algo me estaba ocultando.

 

Olga  había actuado de forma inteligente. No decía en las hojas sustraídas dónde estaba la cinta, pero lo sugería de forma críptica. Por eso, quien quisiera encontrarla se vería obligado a conservar lo escrito, lo cual abría la posibilidad de que llegara hasta mí. Verdaderamente ingeniosa. De no haber actuado así, yo jamás hubiera tenido acceso a las hojas sustraídas. Si mi madre las conservaba era, evidentemente, porque esperaba, a través de ellas, encontrar la cinta. ¿Y por qué ese interés?.

 

Vinieron días y días de confusión, noches enteras releyendo sin encontrar ninguna revelación que me ayudara a reconstruir el rompecabezas. Vivía como un sonámbulo, prácticamente en duermevela, y en el trabajo me habían hecho serias advertencias respecto a mi falta de concentración. Hasta que un sábado por la mañana se presentó en casa Martina, la señora de la limpieza que había despedido hacía un par de semanas. Sin ningún tipo de preámbulos, me espetó: "Usted es muy dueño de despedirme cuando le dé la gana, pero no admito que se me trate como a una ladrona. Vengo a decirle que yo no me he llevado nada de esta casa. Que quede claro. El dinero se lo ha llevado su madre, que se pasaba todas las mañanas incordiándome y husmeando en sus cosas. Y se lo ha llevado para que usted me despida y así poder husmear a gusto. ¿Se entera? Si me quiere creer, me cree y si no, me da igual, pero esa es la verdad".

 

La dignidad y la capacidad de convicción de Martina me habían devuelto a la realidad. Ahora recordaba que a las anteriores empleadas las había despedido por la misma razón y siempre por consejo de mi madre, que me había sugerido hacer algo que yo no acostumbraba: contar el dinero depositado en el cajón de mi mesa al irme al trabajo y otra vez al volver, con objeto de comprobar si parte de él había sido sustraído. Además me había ocultado que acudía todas las mañanas a mi casa (la casa que Olga me dejó tan generosamente), aprovechando mi ausencia. Todo era muy raro. Así que me disculpé con Martina y con las anteriores empleadas, que confirmaron la presencia diaria de mi madre. Cambié la cerradura y busqué sin éxito durante semanas en cada rincón. Releía como un poseso las frases veladas con las que Olga sembraba las hojas, sin entender absolutamente nada. Algunas aludían a aspectos relacionados con la comida, su más querida e inocente afición. En medio de sus relatos y sin que guardaran relación con el sentido de las frases adyacentes, escribía fragmentos como "Detrás del humo de la cacerola está lo que se busca" o "La grasa de las comidas flota en el aire y se posa en la envoltura de lo que se busca", siempre queriendo dirigirme a la dichosa cinta, que ya empezaba a desquiciarme.

 

Mi torpeza estuvo mortificándome durante días. No entendía nada. Por otra parte, la actitud de mi madre, el odio que mostraba hacia Olga después de muerta, me producía una extraña desazón que no sabía explicar. Andaba sin rumbo, actuaba mecánicamente, obsesionado con las intencionadas alusiones de Olga e intentando desentrañar un misterio que parecía impenetrable. Pero una de esas ironías del destino devanaría la madeja unos días después. Cuando menos lo esperaba, se corrió el velo.

 

Había llamado al fontanero para que hiciera una reparación en la cocina y tuvo que desprender varios mosaicos de la pared. Bajo uno de ellos apareció el objeto tan buscado. Después de reponerse de la sorpresa del hallazgo, el fontanero se dirigió a mí mostrándome uno de los mosaicos. "Nunca había visto un azulejo pegado con harina", dijo sin quitarse el cigarro de la boca.

 

Pero curiosamente, a pesar de todo el ahínco que yo había puesto en la búsqueda, algo en mi interior hacía que me entristeciera con el hallazgo. Intuía que me esperaba una revelación indeseable. Recuerdo que al quedarme solo tomé la cinta y empecé a andar compulsivamente de un extremo a otro del salón. Notaba una inexplicable fuerza magnética de repulsión entre la cinta y el equipo de música. No me sentía capaz de poner en marcha un mecanismo sin retorno. Si oía la grabación y en ella descubría lo que estaba temiendo, ya no podría ignorarlo jamás, ya no podría nunca, como sostenía Tobías, cultivar libremente la duda para no precipitarme en el abismo de una horrible certeza. 

 

Dejé momentáneamente la cinta encima de la mesa y me serví un güisqui. Puse a sonar a Beethoven enlatado y elevé el volumen. El primer movimiento, en allegro ma non tropo, lejos de tranquilizarme, aumentaba mi inquietud hasta el paroxismo. Probé el silencio, encendí un cigarro y elegí al azar un libro de la estantería: "Obstinación", de Hermann Hesse. Estaba practicando, automáticamente y sin ser demasiado consciente de ello, un viejo rito que celebramos la mayoría de los mortales: el del avestruz. Abrí el libro al azar y empecé a leer. Como todo buen avestruz, cumplí a la perfección las dos fases. Primero relacioné lo leído con el asunto que me ocupaba y después lo utilicé como justificación para tomar la decisión que menos perturbaba mi estabilidad emocional. Lo leído al autor era de una utilidad increíble: "La realidad es aquello con lo que en ningún caso debemos estar contentos, lo que nunca debemos adornar ni respetar, porque es el azar, el derecho de la vida. Y a esa miserable, siempre decepcionante y vacía realidad, sólo podemos cambiarla negándola, demostrando que somos más fuertes que ella"

 

Convertido ya irremediablemente en avestruz y con la testa hundida en el hoyo, comprendí en ese momento lo que debía hacer. Tiré la cinta al suelo y la pisoteé con fuerza una y otra vez hasta destruir la envoltura de protección. Luego quemé con el mechero el contenido. Pero algo en ese momento me obligó a creer en las casualidades. Otra vez surgía un suceso que el azar extraía del caos e introducía en mi vida sin dejarme ni la más mínima posibilidad de decidir sobre él: sonó el timbre. Era otra vez mi madre. Entró con un andar excesivamente solemne y pausado y se sentó en el sofá. El estuche de la cinta permanecía aún en la mesita del salón. A modo de portada, podía leerse en letras grandes y azules el nombre de Olga. Al descubrirlo, mi madre cambió de color y, por más que intentó desplegar nuevamente sus recientemente descubiertas dotes de actriz, su rostro era el de quien se derrumba. De pronto dio como un salto y se puso de pie, muy erguida y de espaldas a mí. Se tomó un tiempo para recomponer su figura mientras caminaba hacia la ventana con un cierto temblor. Hasta que, súbitamente, se volvió y clavó sus ojos en los míos. Era una mirada de reptil, paralizante, otra vez desconocida para mí por completo. "Supongo que no serás capaz de delatar a tu propia madre", dijo. Y se fue sin más. Yo me quedé petrificado en medio del salón, intentando cultivar una duda imposible, horrorizado al descubrir una repulsión honda, la más honda de todas, la que se siente en postura fetal.

 

Olga se dirige en su diario siempre a mí. Como cuando vivía, nunca se quejó de su vida anterior. Sencillamente la había sepultado. Había muerto sin resentimiento, como todas las almas capaces de metabolizar ese proceso a veces tan absurdo que llamamos vida. Incluso en sus últimos momentos de  inanición, al borde ya de la muerte, siempre me escribió palabras amables, pausadas, sin estridencias, siempre tuvo un cuidado exquisito para no caer en la queja.

 

Me he estado engañando mucho tiempo pensando que su recuerdo punzante se debe al cariño de estos cuidados o a mi sentimiento de culpabilidad por haberla abandonado a su suerte, sin buscarle un sustituto o sustituta para su intendencia en este barrio de casas  iguales, una  junto a otra, con perro de pedigrí y barbacoa, en calles desiertas con el asfalto fundido por el sol y la soledad. Pero hoy, insomne como casi todas las noches del último año, me he levantado y he paseado por mi casa y me he asomado a la calle vacía, al descampado apenas salpicado por árboles semisecos, y toda la brisa olía igual que los poros de la piel sedosa y voraz de Olga.

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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