Volver al índice  

Juan Planas Bennásar                                                       (Felix, en las news de literatura)

Dos fragmentos en prosa

Página anterior  Página siguiente

 

Nș 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

Apunte para un ensayo

 

 

 

Cae la ceniza. Veo entre mis dedos un cigarrillo humeante que, como casi siempre, llega tarde a mi cenicero de pie, metálico, barnizado de oro color nicotina. Constato que es un simple hecho subjetivo y habitual, uno más, entre las muchas visiones que rescato, casi sin percatarme, de entre los espejos que me rodean.

 

(Hago un inciso prosaico, y subrayo que lo objetivo no existe. Es sólo mi opinión, por eso no pienso discutirla. Además tampoco me apetece minar los cimientos sobre los que se edifican tantas maravillas, lo sé. No existe nada que no haya sido, en el mismo y preciso instante de su irrupción, convertido en concepto, aprehendido, interpretado, y así, al fin, transformado en objeto del conocimiento. No existe nada sin nombre... ¿Existe el narrador? En la narración, sí, desde luego. ¿Dónde si no? El sujeto genera la acción y se prolonga, se mimetiza en ella, en lo que cuenta, insinúa, sugiere, afirma o niega. Hablo de una usurpación completa, nada de medias tintas. El sujeto es exactamente lo que hace, ni más ni menos. Tampoco es anterior ni posterior al hecho, qué va.)

 

Cae la ceniza. Podría recogerla si me molestase en agacharme y mirar al suelo. Pero no lo hago. ¿Está ahí la ceniza? ¿Estará sobre el mármol blanco dibujando alguna estrella imposible? Lo dudo. Seguro que se volatizó entre las aristas de la gravedad, o se quedó quieta, suspendida, a un palmo escaso del suelo, como esperando que yo acuda en su ayuda, y la empuje a caer del todo o quizás la elimine de un soplo vigoroso. No pienso hacer nada de eso. Esa ceniza no existe. Vi su caída, eso es cierto, pero eso fue antes y además ya está escrito... ¿Por qué habría de perdurar fuera del instante en que constaté su existencia? ¿Alguien cree que existen las cosas en la memoria? Craso error. No existen. Son sólo reflejos del lenguaje que utilizamos para no caer definitivamente en la demencia. Pero eso tampoco sería nada del otro mundo. Faltaría más, qué ocurrencia.

 

 

 

 

 

Hay instantes hermosos que se eternizan como en una suerte de euforia silenciosa, con su respiración singular, su honda sonrisa, su tiempo íntimo, su porosidad absoluta, sus puertas abiertas al exterior: qué brisa, cuánto intercambio, qué humana maravilla...

 

Son instantes desgajados de algún fruto que quisieron prohibirnos, sin éxito. Son instantes voluptuosos, con piel de serpiente primeriza, olor a tierra húmeda y aliento de dioses. Instantes de un paraíso complejo, y a la vez sencillo, muy sencillo, tan laboriosamente construido a remolque del ánimo y la voluntad desmedida, del amor con rostro visible, del sexo palpable y la introspección más rotunda, como también herencia legítima del inacabable viaje quimérico de quienes supieron empezar de nuevo sus vidas sepultando, de una vez y para siempre, las ruinas del pasado. De quienes supieron morir para así renacer a una nueva vida y a un viejo anhelo, el de siempre.

 

Viajo en los brazos de un pensamiento múltiple que me trae imágenes ávidas de ser traducidas. Y concierto los rigores del encuentro con especial hincapié en los contenidos, sin menoscabo de las formas. Sé de las corazas y de las espadas que las atraviesan. Sé de los conceptos y del murmullo que los envuelve. Sé de la acción que persigo y de las palabras que me guían. Ignoro donde desembocarán con exactitud los ríos, pero hablo desde un mar que me rodea igual que me penetra, y me inspira tanta confianza ahora, como resquemor antes, cuando todavía creía jugar con las algas que me atenazaban, y yo no lo sabía. Son cosas que pasan.

 

Hay instantes hermosos que cubren de fantásticas serpentinas el espectro de la existencia. Que diluyen las fronteras, y nos hacen mejores sin cambiarnos un ápice. Sólo devolviéndonos lo que siempre fue nuestro. Pero es superfluo intentar explicar lo que cada uno debe vivir por sí mismo, desde fuera del tiempo y del lenguaje. O no lo es, que por algo escribo, eso creo. Sí.

 

 

 


 

 

 

 
 

Contacte con el autor

      Volver al índice Página anterior  Página siguiente