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Apunte
para un ensayo
Cae
la ceniza. Veo entre mis dedos un cigarrillo humeante que, como casi
siempre, llega tarde a mi cenicero de pie, metálico, barnizado de oro
color nicotina. Constato que es un simple hecho subjetivo y habitual,
uno más, entre las muchas visiones que rescato, casi sin percatarme, de
entre los espejos que me rodean.
(Hago
un inciso prosaico, y subrayo que lo objetivo no existe. Es sólo mi
opinión, por eso no pienso discutirla. Además tampoco me apetece minar
los cimientos sobre los que se edifican tantas maravillas, lo sé. No
existe nada que no haya sido, en el mismo y preciso instante de su
irrupción, convertido en concepto, aprehendido, interpretado, y así,
al fin, transformado en objeto del conocimiento. No existe nada sin
nombre... ¿Existe el narrador? En la narración, sí, desde luego. ¿Dónde
si no? El sujeto genera la acción y se prolonga, se mimetiza en ella,
en lo que cuenta, insinúa, sugiere, afirma o niega. Hablo de una
usurpación completa, nada de medias tintas. El sujeto es exactamente lo
que hace, ni más ni menos. Tampoco es anterior ni posterior al hecho,
qué va.)
Cae
la ceniza. Podría recogerla si me molestase en agacharme y mirar al
suelo. Pero no lo hago. ¿Está ahí la ceniza? ¿Estará sobre el mármol
blanco dibujando alguna estrella imposible? Lo dudo. Seguro que se
volatizó entre las aristas de la gravedad, o se quedó quieta,
suspendida, a un palmo escaso del suelo, como esperando que yo acuda en
su ayuda, y la empuje a caer del todo o quizás la elimine de un soplo
vigoroso. No pienso hacer nada de eso. Esa ceniza no existe. Vi su caída,
eso es cierto, pero eso fue antes y además ya está escrito... ¿Por qué
habría de perdurar fuera del instante en que constaté su existencia?
¿Alguien cree que existen las cosas en la memoria? Craso error. No
existen. Son sólo reflejos del lenguaje que utilizamos para no caer
definitivamente en la demencia. Pero eso tampoco sería nada del otro
mundo. Faltaría más, qué ocurrencia.
Sí
Hay
instantes hermosos que se eternizan como en una suerte de euforia
silenciosa, con su respiración singular, su honda sonrisa, su tiempo íntimo,
su porosidad absoluta, sus puertas abiertas al exterior: qué brisa, cuánto
intercambio, qué humana maravilla...
Son
instantes desgajados de algún fruto que quisieron prohibirnos, sin éxito.
Son instantes voluptuosos, con piel de serpiente primeriza, olor a
tierra húmeda y aliento de dioses. Instantes de un paraíso complejo, y
a la vez sencillo, muy sencillo, tan laboriosamente construido a
remolque del ánimo y la voluntad desmedida, del amor con rostro
visible, del sexo palpable y la introspección más rotunda, como también
herencia legítima del inacabable viaje quimérico de quienes supieron
empezar de nuevo sus vidas sepultando, de una vez y para siempre, las
ruinas del pasado. De quienes supieron morir para así renacer a una
nueva vida y a un viejo anhelo, el de siempre.
Viajo
en los brazos de un pensamiento múltiple que me trae imágenes ávidas
de ser traducidas. Y concierto los rigores del encuentro con especial
hincapié en los contenidos, sin menoscabo de las formas. Sé de las
corazas y de las espadas que las atraviesan. Sé de los conceptos y del
murmullo que los envuelve. Sé de la acción que persigo y de las
palabras que me guían. Ignoro donde desembocarán con exactitud los ríos,
pero hablo desde un mar que me rodea igual que me penetra, y me inspira
tanta confianza ahora, como resquemor antes, cuando todavía creía
jugar con las algas que me atenazaban, y yo no lo sabía. Son cosas que
pasan.
Hay
instantes hermosos que cubren de fantásticas serpentinas el espectro de
la existencia. Que diluyen las fronteras, y nos hacen mejores sin
cambiarnos un ápice. Sólo devolviéndonos lo que siempre fue nuestro.
Pero es superfluo intentar explicar lo que cada uno debe vivir por sí
mismo, desde fuera del tiempo y del lenguaje. O no lo es, que por algo
escribo, eso creo. Sí.
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