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Está
en la pared frente a la cabecera de la cama de matrimonio. Una enorme
reproducción, con un marco fino y cristal anti reflejos. El Beso. Gustav
Klimt.
Él
siempre quiso tenerlo a la vista al tumbarse. Le encantan los colores, las
actitudes de los cuerpos, lo que él llama la sumisión de la mujer,
arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante.
Ella
no pudo nunca encontrar en la postura de la mujer pasión alguna, ni en la
expresión de su cara, ni en la manera en que tiene colocados los pies,
como en tensión. Y el brazo izquierdo, casi protegiéndose, como
intentando no recibir lo que él le da...
Nunca
hablan del cuadro. Él da por hecho que a ella le gusta. Ella nunca
comenta sus pensamientos cuando la mirada se le posa en la pintura.
El
cuarto es cálido, cómodo, acogedor. La cama inmensa. Una luz suave envía
su haz a la pintura y a veces, es la única encendida en el dormitorio.
Le
oye llegar entre sueños. El ruido de la puerta, la llave al cerrar desde
adentro. Medio dormida, reconoce la rutina de él, vaciando los bolsillos
en la bandeja del correo, recogiendo las cartas, abriendo sobres.
Se
acurruca entre las mantas disfrutando del descanso con el deseo de que él
no se dé cuenta de que le ha oído. Hace ya mucho tiempo que el amor
entre ellos se alejó por alguna rendija lejana y ahora es algo que ocurre
quizás en otras vidas... Vuelve a caer en su propio sopor, sintiéndose
un poco más infeliz que otras noches, en la nostalgia y la pena de la
falta de un auténtico compañero. De días, de noches.
La
ve dormida, quieta, enredada entre las sábanas, los rizos negros
extendidos como una manta más sobre las almohadas. Enciende la luz que da
al cuadro para alumbrar sólo un poco la habitación. El Beso. La pasión,
el deseo. El día de trabajo, las copas y los amigos, las charlas sobre
mujeres, la mujer en la cama, su mujer en la cama.
Se
va quitando la ropa mirando el cuadro y desnudo, sin apartar la vista, se
tumba relajando todo su peso, su enorme estatura. No puede evitar comparar
su tamaño con el de ella, acurrucada y dormida abrazada a la almohada. La
ve pequeña cuando ella reacomoda su postura al percibir el movimiento de
él al dejarse caer. La encuentra casi diminuta al notarla enroscarse un
poco más en su propio espacio.
La
mujer del cuadro tiene el brazo doblado igual que ella, a su lado. La
mujer del cuadro tiene los ojos cerrados y los pies descalzos, igual que
ella, a su lado. Es delgada como ella. Él, fornido y fuerte. El hombre
del cuadro es como él, el hombre de la cama.
Ella,
entre sueños nota la mano de él sobre su cintura. Hace un levísimo
movimiento de rechazo y se queda de nuevo quieta. "Despierta, dice él,
quiero..." "No, murmura ella, es tarde... Déjame..."
Él
levanta la voz para insistir y coloca su mano firme sobre el hombro de
ella, girándola con decisión. Ella entreabre los ojos confundida y le ve
con la mirada fija en el cuadro... El Beso. La pasión, el deseo.
"No,"
dice ella. "No quiero, no quiero." Y se tensa bajo la fuerza de él,
mientras él da la espalda al cuadro porque su atención está ahora sólo
en la mujer de la cama, que se le niega, que le rechaza...
"Eres
mi mujer," dice, "y no puedes negarte, no puedes negarme... Es mi
derecho de marido, eres mi mujer, eres mía, mía..."
Ella,
en su intento por escurrirse de él, se encuentra de pronto presionada
boca abajo contra la cama. Una mano firme mantiene su cabeza extrañamente
doblada hacia un lado, apretando el cuello, mientras la otra rompe
la ropa y araña su piel. Trata de hablar, de pedir, de negar, pero no
puede. La boca apretada contra la almohada, "intentar respirar, debo
intentar respirar," piensa, mientras va notando separarse en puro dolor
sus nalgas, mientras siente cómo se le clavan esos furiosos dedos, cómo
él repite enloquecido entre dientes y olor a alcohol, "eres mía, mía,
es mi derecho, mía..." Si intenta moverse, el dolor es mucho más
profundo. La presión sobre el cuello más fuerte. Se sabe sangrando, nota
hincarse en ella dedos, sexo, odio, alcohol, la carne que rompe la carne.
"Respirar, debo intentar respirar." Él se agita sobre ella con toda
la fuerza de su peso entre desbocados sonidos, como animal en celo. Ella
rinde el cuerpo y en un brevísimo instante cree poder hacer volar también
su mente. "No es a mí, no soy yo, no está ocurriendo."
La
habitación está levemente iluminada por la luz del cuadro. En algún
momento ella ha conseguido respirar entre la mano de él y la
almohada.
Huele
a alcohol, a sangre, a dolor y a angustia. Huele al sudor de él y a su
furia. Huele al miedo de ella... El cuerpo roto, un inmenso dolor en
presente y esa insoportable sensación de cuando ha entrado en ella
clavando su furia, su derecho, su odio, abriendo a base de fuerza y sangre
un camino que se le negaba.
Agotado,
se separa de ella y vuelve a tumbarse en la cama, boca arriba. Sus ojos
encuentran de nuevo el cuadro. El beso. La pasión, el deseo. Se limpia la
sangre de los dedos con las sábanas y deja un dibujo como de espinos
entre amapolas.
Ella
sigue boca abajo, rígida, quieta. Una lágrima se escurre despacio hacia
la almohada. Cuando deja de oír el rumor del cuerpo del hombre, se
incorpora despacio. Al girarse en dolor y vergüenza, humillación y miedo
para salir del infierno, ve cómo la luz ilumina el cuadro. El hombre
duerme. El cuadro brilla. Frente a él, tal como le gusta, están los
colores, las actitudes de los cuerpos, la sumisión de la mujer,
arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante.
Frente
a él, dormido, El beso. La pasión, el deseo.
...Y
pasa junto al cuadro sin pensar esta vez, en la extraña postura de la
mujer.
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