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Carmen Hernáiz  

 

El Beso

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Nº 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

 

Está en la pared frente a la cabecera de la cama de matrimonio. Una enorme reproducción, con un marco fino y cristal anti reflejos. El Beso. Gustav Klimt.

 

Él siempre quiso tenerlo a la vista al tumbarse. Le encantan los colores, las actitudes de los cuerpos, lo que él llama la sumisión de la mujer, arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante.

 

Ella no pudo nunca encontrar en la postura de la mujer pasión alguna, ni en la expresión de su cara, ni en la manera en que tiene colocados los pies, como en tensión. Y el brazo izquierdo, casi protegiéndose, como intentando no recibir lo que él le da...

 

Nunca hablan del cuadro. Él da por hecho que a ella le gusta. Ella nunca comenta sus pensamientos cuando la mirada se le posa en la pintura.

 

El cuarto es cálido, cómodo, acogedor. La cama inmensa. Una luz suave envía su haz a la pintura y a veces, es la única encendida en el dormitorio.

 

Le oye llegar entre sueños. El ruido de la puerta, la llave al cerrar desde adentro. Medio dormida, reconoce la rutina de él, vaciando los bolsillos en la bandeja del correo, recogiendo las cartas, abriendo sobres.

 

Se acurruca entre las mantas disfrutando del descanso con el deseo de que él no se dé cuenta de que le ha oído. Hace ya mucho tiempo que el amor entre ellos se alejó por alguna rendija lejana y ahora es algo que ocurre quizás en otras vidas... Vuelve a caer en su propio sopor, sintiéndose un poco más infeliz que otras noches, en la nostalgia y la pena de la falta de un auténtico compañero. De días, de noches.

 

La ve dormida, quieta, enredada entre las sábanas, los rizos negros extendidos como una manta más sobre las almohadas. Enciende la luz que da al cuadro para alumbrar sólo un poco la habitación. El Beso. La pasión, el deseo. El día de trabajo, las copas y los amigos, las charlas sobre mujeres, la mujer en la cama, su mujer en la cama. 

 

Se va quitando la ropa mirando el cuadro y desnudo, sin apartar la vista, se tumba relajando todo su peso, su enorme estatura. No puede evitar comparar su tamaño con el de ella, acurrucada y dormida abrazada a la almohada. La ve pequeña cuando ella reacomoda su postura al percibir el movimiento de él al dejarse caer. La encuentra casi diminuta al notarla enroscarse un poco más en su propio espacio.

 

La mujer del cuadro tiene el brazo doblado igual que ella, a su lado. La mujer del cuadro tiene los ojos cerrados y los pies descalzos, igual que ella, a su lado. Es delgada como ella. Él, fornido y fuerte. El hombre del cuadro es como él, el hombre de la cama.

 

Ella, entre sueños nota la mano de él sobre su cintura. Hace un levísimo movimiento de rechazo y se queda de nuevo quieta. "Despierta, dice él, quiero..." "No, murmura ella, es tarde... Déjame..."

Él levanta la voz para insistir y coloca su mano firme sobre el hombro de ella, girándola con decisión. Ella entreabre los ojos confundida y le ve con la mirada fija en el cuadro... El Beso. La pasión, el deseo.

 

"No," dice ella. "No quiero, no quiero." Y se tensa bajo la fuerza de él, mientras él da la espalda al cuadro porque su atención está ahora sólo en la mujer de la cama, que se le niega, que le rechaza...

 

"Eres mi mujer," dice, "y no puedes negarte, no puedes negarme... Es mi derecho de marido, eres mi mujer, eres mía, mía..."

 

Ella, en su intento por escurrirse de él, se encuentra de pronto presionada boca abajo contra la cama. Una mano firme mantiene su cabeza extrañamente doblada hacia un lado, apretando el cuello, mientras la otra  rompe la ropa y araña su piel. Trata de hablar, de pedir, de negar, pero no puede. La boca apretada contra la almohada, "intentar respirar, debo intentar respirar," piensa, mientras va notando separarse en puro dolor sus nalgas, mientras siente cómo se le clavan esos furiosos dedos, cómo él repite enloquecido entre dientes y olor a alcohol, "eres mía, mía, es mi derecho, mía..." Si intenta moverse, el dolor es mucho más profundo. La presión sobre el cuello más fuerte. Se sabe sangrando, nota hincarse en ella dedos, sexo, odio, alcohol, la carne que rompe la carne. "Respirar, debo intentar respirar." Él se agita sobre ella con toda la fuerza de su peso entre desbocados sonidos, como animal en celo. Ella rinde el cuerpo y en un brevísimo instante cree poder hacer volar también su mente. "No es a mí, no soy yo, no está ocurriendo."

 

La habitación está levemente iluminada por la luz del cuadro. En algún momento ella ha conseguido respirar entre la mano de él y la almohada. 

 

Huele a alcohol, a sangre, a dolor y a angustia. Huele al sudor de él y a su furia. Huele al miedo de ella... El cuerpo roto, un inmenso dolor en presente y esa insoportable sensación de cuando ha entrado en ella clavando su furia, su derecho, su odio, abriendo a base de fuerza y sangre un camino que se le negaba.

 

Agotado, se separa de ella y vuelve a tumbarse en la cama, boca arriba. Sus ojos encuentran de nuevo el cuadro. El beso. La pasión, el deseo. Se limpia la sangre de los dedos con las sábanas y deja un dibujo como de espinos entre amapolas.

 

Ella sigue boca abajo, rígida, quieta. Una lágrima se escurre despacio hacia la almohada. Cuando deja de oír el rumor del cuerpo del hombre, se incorpora despacio. Al girarse en dolor y vergüenza, humillación y miedo para salir del infierno, ve cómo la luz ilumina el cuadro. El hombre duerme. El cuadro brilla. Frente a él, tal como le gusta, están los colores, las actitudes de los cuerpos, la sumisión de la mujer, arrodillada con placer ante los requerimientos de su amante.

 

Frente a él, dormido, El beso. La pasión, el deseo.

 

...Y pasa junto al cuadro sin pensar esta vez, en la extraña postura de la mujer.

 

 

 


 

 

 

 
 

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