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Daniel Chamorro

 

Tres Brujas

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Nș 7

 

Invierno 2001

 
 
 

 

 

 

 

¿Pudieron conseguir su alma?

Su alma ya es nuestra, Leteo.

Bien.

 

 

 

No hay entre nosotros muchos que hayan logrado lo que yo he hecho, Esteban. ¿Recordás esa noche? ¡Qué noche gloriosa! Esa noche, yo, el director de Metalh S.A., me gané el cielo. ¿Y tú qué hacías en tanto? Me mirabas con envidia. Así es. Esteban Cuozzi me miraba con envidia.

 

Y hoy venís con una cámara oculta, fingiendo tu protesta sindical... a suplicarme, a rogarme. ¿Pero recordás esa noche? ¡Qué fausto y qué gloria!

 

Fijate que mi ambición no es material. Esa noche, cuando fuimos a repartir las computadoras entre los niños fui feliz. Sí, qué feliz fui. Sus caritas sonrientes agradecían, no las computadoras, ellos no entienden de eso ni saben para qué sirven. Sonreían porque yo, el director de Metalh S.A. me había acordado de ellos. Ellos, pobres, tuvieron aunque sea esa noche sueños de esperanza. Y quizás esos sueños se prolongaran por una semana o más. Y todo gracias a mis computadoras. Yo hice su felicidad esa noche. Gasté mi dinero para su felicidad. Gasté mucho dinero para que sonrieran por una noche, aun sabiendo que pasado el tiempo me iban a tratar, bueno, ya ves cómo me estás tratando, cómo me insultan todos...

 

Y vos, Esteban, quisiste esa noche ser merecedor de una de esas sonrisas. Y nada. Nada te correspondía. Por eso me odiaste. Y cuando descubrimos al fin la forma de darle un futuro a esos chicos también me odiaste porque ya yo sabía que la gloria sería sólo mía. No te importaba que luego fuera tuya.

Y esa noche, después de la cena, cuando se fue el director del Correccional de Menores, ¿te acordás de lo que hablamos? Yo me sentía poderoso y quería extender mi poder. Quería que muchos más chicos sonrieran. Quería que todo el mundo sonriera gracias a mí. Que la sonrisa de la gente sólo de mí dependiera. Y vos me contaste tu plan de crear el Instituto de Reincersión de Chico de la Calle. Se me debe haber iluminado la cara cuando te escuché. Supe en ese momento lo que iba a suceder. Yo iba a hacer que se desarrollara el Instituto pero sólo para afinar mis contactos con el gobierno y acercarme al lugar donde se toman las decisiones. Para que todos sonrieran, claro.

Gracias al Instituto me libré de ciertas cargas impositivas, pero lo más importante fue que hice amigos. No sabés lo bien que se siente uno al tener tantos y tan buenos amigos.

Comencé la venta progresiva de acciones en Metalh S.A. Ellos, mis amigos, fueron comprando de a poco. Fui creciendo con mi empresa, fui tomando más y más cancha, incursioné en otros rubros, creé más empresas. En apenas unos años yo ya había multiplicado varios miles de veces mi riqueza. Y supe entonces que era hora de comprar el poder.

Le hice ver a mis amigos que era hora de demostrar su cariño hacia mí. Planificamos entonces unas leyes que beneficiaron a mi grupo de empresas y complicaron al resto.

Unas tramoyas financieras, el simulacro de una crisis institucional y unos cuantos discursos, y, por supuesto, la ayuda de diarios y noticieros, sobre todo de los míos, me hicieron el único dueño del mercado empresarial. Recuerdo que una noche sonreí frente al espejo y sabía que yo era el único que podía hacerlo porque el resto, todo el mundo, dependía de mis decisiones.

En efecto, yo podía decidir cuándo miles de obreros se quejaban en la calle, cuándo una fábrica se cerraba si no daba suficientes ganancias, incluso cuándo un par, quizás más, de entrometidos debían desaparecer para no complicar el equilibrio que yo había logrado en mi país. Y apenas habían pasado unos años yo ya era dueño de todas las sonrisas.

Le pregunté al espejo esa noche ¿Acaso puede alguien sonreír con más fuerzas que yo? Y sonreí más fuerte, porque sabía que nadie podía hacerlo mejor que yo a menos que tuviera más poder en sus manos.

Vos, Esteban, ya desconfiabas de mí. Nunca quisiste participar de mis empresas y yo nunca lo he olvidado. Nunca fuiste un verdadero amigo. Por eso no lamento esto que ha sucedido. Siempre fuiste un maldito desagradecido, igual que todos esos... miserables. Parecen complacerse viviendo entre la mugre de las villas y no entender los beneficios de un buen sistema de valores que rescate las grandes virtudes: la amistad, la familia, el trabajo.

Yo les he dado trabajo durante años. Y ahora que lo pierden me señalan como culpable pero vos sabés que son ellos, ellos los incapaces, los que no quieren trabajar por su cuenta, que me necesitan como a su padre. Ni siquiera se han preocupado por estudiar lo suficiente. Por eso quise rodearme de gente de confianza, y como no la había la creé. 

Mis institutos se dedicaron a la enseñanza y yo formé grupos de profesionales que respondían a mi sistema de valores. Ya ves como ellos sí consiguen trabajo. El resto son desplazados. Gente que no tiene interés por la vida. Me pregunté entonces si había ya alguna forma de perder todo lo que había conseguido. Y me dije que era imposible mientras yo tuviera en mi mano sus necesidades, mientras yo fuera un padre para ellos, porque ellos necesitan látigo, pan y televisión.

 

Lo último que hice fue disfrutar. Gasté entonces, gasté dinero, mucho dinero. Porque la ambición a veces vuelve estúpida a la gente. Pero a mí no. A mí no. Despertó todos mis sentidos y quise disfrutarlos. Mi conciencia no quiso abandonarme y me dio fuerzas desde el primer momento para tener el poder sobre sus sonrisas. Ahora mi conciencia está enferma, pero ya no importa, no la necesito, yo solo me basto para disfrutar de nuestra obra. Me he dedicado a todos los placeres desde entonces, los lícitos y los ocultos, los sanos, los enfermos, los baratos, los caros. Ahora, cuando te lleven, iré a esa habitación donde me espera una muchacha que sueña con las migajas del poder. Claro que no tendrá nada, nada que sea más que una ilusión. Y yo, a cambio, podré hacer de su cuerpo lo que quiera. Y para ella es ya bastante ganar una ilusión en este mundo que se ha convertido en una porquería. Me pregunto si podré seguir siendo el que soy por siempre. Si podré ser el creador de sueños, ilusiones y sonrisas por siempre. Y sé que podré hacerlo mientras tenga vida.

 

Llévense este cuerpo. Pobre Esteban. Venir a molestarme esta noche. Justo cuando me espera la morocha. Encuentren también al hijo y encárguense, él también lleva esa mala entraña. Y ahora déjenme sólo. Me esperan. Nada puede salir mal mientras tenga en mi mano el poder, sus necesidades y mi vida.

 

Preciosa, me gusta cuando me espera desnuda, parada frente al espejo, mirándose sus formas. Morocha, te regalaré una ilusión esta noche, una esperanza que no vas a cambiar por una realidad. No mientras yo tenga poder, tus necesidades y mi vida. Vamos, date vuelta que quiero verte también la cara. Ya estoy desnudo yo también. Sin nada encima, aparentemente tan desvalido como vos. Voy a abrazarte, vamos, date vuelta, ¿qué escondés en las manos? Quiero ver esa cara, vamos, quiero verte sonreír. ¿Lloras? ¿ Qué tienes en las manos? ¿Es un revólver? Ah, ya veo. Dejé el poder con mis mocasines. Y parece que lo que necesitas esta noche es mi muerte. Y hasta parece que te daré una sonrisa antes de morir, mientras me quede vida. Vamos. Dispará. Jamás debí creerme a mí mismo. No llorés. Y prometeme que mientras disparás vas a sonreír.

 

- ¿Es mía ya tu alma?

- Sí, Leteo. Vamos.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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