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¿Pudieron
conseguir su alma?
Su
alma ya es nuestra, Leteo.
Bien.
No
hay entre nosotros muchos que hayan logrado lo que yo he hecho, Esteban.
¿Recordás esa noche? ¡Qué noche gloriosa! Esa noche, yo, el director
de Metalh S.A., me gané el cielo. ¿Y tú qué hacías en tanto? Me
mirabas con envidia. Así es. Esteban Cuozzi me miraba con envidia.
Y
hoy venís con una cámara oculta, fingiendo tu protesta sindical... a
suplicarme, a rogarme. ¿Pero recordás esa noche? ¡Qué fausto y qué
gloria!
Fijate
que mi ambición no es material. Esa noche, cuando fuimos a repartir las
computadoras entre los niños fui feliz. Sí, qué feliz fui. Sus
caritas sonrientes agradecían, no las computadoras, ellos no entienden
de eso ni saben para qué sirven. Sonreían porque yo, el director de
Metalh S.A. me había acordado de ellos. Ellos, pobres, tuvieron aunque
sea esa noche sueños de esperanza. Y quizás esos sueños se
prolongaran por una semana o más. Y todo gracias a mis computadoras. Yo
hice su felicidad esa noche. Gasté mi dinero para su felicidad. Gasté
mucho dinero para que sonrieran por una noche, aun sabiendo que pasado
el tiempo me iban a tratar, bueno, ya ves cómo me estás tratando, cómo
me insultan todos...
Y
vos, Esteban, quisiste esa noche ser merecedor de una de esas sonrisas.
Y nada. Nada te correspondía. Por eso me odiaste. Y cuando descubrimos
al fin la forma de darle un futuro a esos chicos también me odiaste
porque ya yo sabía que la gloria sería sólo mía. No te importaba que
luego fuera tuya.
Y
esa noche, después de la cena, cuando se fue el director del
Correccional de Menores, ¿te acordás de lo que hablamos? Yo me sentía
poderoso y quería extender mi poder. Quería que muchos más chicos
sonrieran. Quería que todo el mundo sonriera gracias a mí. Que la
sonrisa de la gente sólo de mí dependiera. Y vos me contaste tu plan
de crear el Instituto de Reincersión de Chico de la Calle. Se me debe
haber iluminado la cara cuando te escuché. Supe en ese momento lo que
iba a suceder. Yo iba a hacer que se desarrollara el Instituto pero sólo
para afinar mis contactos con el gobierno y acercarme al lugar donde se
toman las decisiones. Para que todos sonrieran, claro.
Gracias
al Instituto me libré de ciertas cargas impositivas, pero lo
más importante fue que hice amigos.
No sabés lo bien que se siente uno al tener tantos y tan buenos amigos.
Comencé
la venta progresiva de acciones en Metalh S.A. Ellos, mis amigos, fueron
comprando de a poco. Fui creciendo con mi empresa, fui tomando más y más
cancha, incursioné en otros rubros, creé más empresas. En apenas unos
años yo ya había multiplicado varios miles de veces mi riqueza. Y supe
entonces que era hora de comprar el poder.
Le
hice ver a mis amigos que era hora de demostrar su cariño hacia mí.
Planificamos entonces unas leyes que beneficiaron a mi grupo de empresas
y complicaron al resto.
Unas
tramoyas financieras, el simulacro de una crisis institucional y unos
cuantos discursos, y, por supuesto, la ayuda de diarios y noticieros,
sobre todo de los míos, me hicieron el único dueño del mercado
empresarial. Recuerdo que una noche sonreí frente al espejo y sabía
que yo era el único que podía hacerlo porque el resto, todo el mundo,
dependía de mis decisiones.
En
efecto, yo podía decidir cuándo miles de obreros se quejaban en la
calle, cuándo una fábrica se cerraba si no daba suficientes ganancias,
incluso cuándo un par, quizás más, de entrometidos debían
desaparecer para no complicar el equilibrio que yo había logrado en mi
país. Y apenas habían pasado unos años yo ya era dueño de todas las
sonrisas.
Le
pregunté al espejo esa noche ¿Acaso puede alguien sonreír con más
fuerzas que yo? Y sonreí más fuerte, porque sabía que nadie podía
hacerlo mejor que yo a menos que tuviera más poder en sus manos.
Vos,
Esteban, ya desconfiabas de mí. Nunca quisiste participar de mis
empresas y yo nunca lo he olvidado. Nunca fuiste un verdadero amigo. Por
eso no lamento esto que ha sucedido. Siempre fuiste un maldito
desagradecido, igual que todos esos... miserables. Parecen complacerse
viviendo entre la mugre de las villas y no entender los beneficios de un
buen sistema de valores que rescate las grandes virtudes: la amistad, la
familia, el trabajo.
Yo
les he dado trabajo durante años. Y ahora que lo pierden me señalan
como culpable pero vos sabés que son ellos, ellos los incapaces, los
que no quieren trabajar por su cuenta, que me necesitan como a su padre.
Ni siquiera se han preocupado por estudiar lo suficiente. Por eso quise
rodearme de gente de confianza, y como no la había la creé.
Mis
institutos se dedicaron a la enseñanza y yo formé grupos de
profesionales que respondían a mi sistema de valores. Ya ves como ellos
sí consiguen trabajo. El resto son desplazados. Gente que no tiene
interés por la vida. Me pregunté entonces si había ya alguna forma de
perder todo lo que había conseguido. Y me dije que era imposible
mientras yo tuviera en mi mano sus necesidades, mientras yo fuera un
padre para ellos, porque ellos necesitan látigo, pan y televisión.
Lo
último que hice fue disfrutar. Gasté entonces, gasté dinero, mucho
dinero. Porque la ambición a veces vuelve estúpida a la gente. Pero a
mí no. A mí no. Despertó todos mis sentidos y quise disfrutarlos. Mi
conciencia no quiso abandonarme y me dio fuerzas desde el primer momento
para tener el poder sobre sus sonrisas. Ahora mi conciencia está
enferma, pero ya no importa, no la necesito, yo solo me basto para
disfrutar de nuestra obra. Me he dedicado a todos los placeres desde
entonces, los lícitos y los ocultos, los sanos, los enfermos, los
baratos, los caros. Ahora, cuando te lleven, iré a esa habitación
donde me espera una muchacha que sueña con las migajas del poder. Claro
que no tendrá nada, nada que sea más que una ilusión. Y yo, a cambio,
podré hacer de su cuerpo lo que quiera. Y para ella es ya bastante
ganar una ilusión en este mundo que se ha convertido en una porquería.
Me pregunto si podré seguir siendo el que soy por siempre. Si podré
ser el creador de sueños, ilusiones y sonrisas por siempre. Y sé que
podré hacerlo mientras tenga vida.
Llévense
este cuerpo. Pobre Esteban. Venir a molestarme esta noche. Justo cuando
me espera la morocha. Encuentren también al hijo y encárguense, él
también lleva esa mala entraña. Y ahora déjenme sólo. Me esperan.
Nada puede salir mal mientras tenga en mi mano el poder, sus necesidades
y mi vida.
Preciosa,
me gusta cuando me espera desnuda, parada frente al espejo, mirándose sus formas. Morocha, te regalaré una ilusión esta
noche, una esperanza que no vas a cambiar por una realidad. No mientras
yo tenga poder, tus necesidades y mi vida. Vamos, date vuelta que quiero
verte también la cara. Ya estoy desnudo yo también. Sin nada encima,
aparentemente tan desvalido como vos. Voy a abrazarte, vamos, date
vuelta, ¿qué escondés en las manos? Quiero ver esa cara, vamos,
quiero verte sonreír. ¿Lloras? ¿ Qué tienes en las manos? ¿Es un
revólver? Ah, ya veo. Dejé el poder con mis mocasines. Y parece que lo
que necesitas esta noche es mi muerte. Y hasta parece que te daré una
sonrisa antes de morir, mientras me quede vida. Vamos. Dispará. Jamás
debí creerme a mí mismo. No llorés. Y prometeme que mientras disparás
vas a sonreír.
-
¿Es
mía ya tu alma?
-
Sí,
Leteo. Vamos.
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