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Antonio Mengs

 

 

ALMA

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Nș 5

 

Verano 2001

   
 
 

   

 

PARA QUE SE DIGA

 

 

 

Pasas entre palabras,

rielan aire los ojos.

 

Ese al fondo inasible,

inventariando formas.

 

El árbol del olvido

casa todas las hojas.

 

La soledad abruma.

Truenos y saetas.

 

Madre y virgen disculpas

por el dolor del mundo.

 

Bruna como la selva,

salvas cada centella.

 

Ardes sin encenderte

y me enciendes el frío.

 

Vienes por mi sendero

prohibido. Te vas

 

y lo desvías. Ceniza.

Algo de carne huérfana.

 

La espada de un descarte.

La profunda herida:

 

no dices lo que dices,

para que se diga.

 

 

 

 

 

 

*

 

 

 

 

 

 

POEMA DEL ALMA

 

 

 

Te pongo en conocimiento,

aprehendida a otro nombre:

vense prender las llamas,

revelación prohibida.

 

Las cómplices labiales

en la boca del fuego

se esconden. Viento

del abejar, impronunciable.

 

Urna crispada, triunfal

marea íntegra, sol

átono, runa silvestre.

He caído en tus brazos,

 

tú has repleto el aire,

vientre redoblado. Sé,

tierno furor de alcoba.

Nombres ante la cruz,

 

a miles, a millones.

 

 

 

 

 

 

*

 

 

 

 

 

 

ALMA DE CÁNTARO

 

 

 

 

Tú eres la más expuesta.

 

Irse tranquilo por las calles

reacias a escuchar

el empuje batiente de las aguas

y dar con tu rojo vientre en trigo,

ver cómo se arde tu ausencia

bajo el sol de la acción.

 

Y sentir,

silencio que desea la estatua

caída, la rajadura del siglo,

el mercurio mortal,

como si llamaran, llamaran.

 

Tan sola aquí, donde florece

la amapola que no sabes,

la mano que te alza

hasta el vacío, la inminencia

serena y fresca de tu oquedad,

 

luciente vieja sola,

algo incauta.

 

 

 

 

 

 

*

 

 

 

 

 

 

LA DUDA CONFIRMADA

 

 

 

De ella escuché hablar

a través de la luz volcánica.

 

Dos o tres palabras, escogidas

con sumo cuidado

 

     prendían a su cintura

     la falda

     de sonidos

     en arrullo descendente.

 

No era,

no era casual momento,

no era Roma lánguida,

Granada doliente de azahares,

azul desvahído de Sofía.

 

(Aunque la expresión de los últimos días

pareciera revolver el tiempo

de las causas.)

 

Era bella. Esbelta. Sin argumento.

Yacía en las estrellas.

 

Era un ramo de siempre,

toda ojos,

 

presencia e insinuación,

corazón y alegoría

 

la duda confirmada.


 

 

 

 


 

 

 
 

 

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