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PARA
QUE SE DIGA
Pasas
entre palabras,
rielan
aire los ojos.
Ese
al fondo inasible,
inventariando
formas.
El
árbol del olvido
casa
todas las hojas.
La
soledad abruma.
Truenos
y saetas.
Madre
y virgen disculpas
por
el dolor del mundo.
Bruna
como la selva,
salvas
cada centella.
Ardes
sin encenderte
y
me enciendes el frío.
Vienes
por mi sendero
prohibido.
Te vas
y
lo desvías. Ceniza.
Algo
de carne huérfana.
La
espada de un descarte.
La
profunda herida:
no
dices lo que dices,
para
que se diga.
*
POEMA
DEL ALMA
Te
pongo en conocimiento,
aprehendida
a otro nombre:
vense
prender las llamas,
revelación
prohibida.
Las
cómplices labiales
en
la boca del fuego
se
esconden. Viento
del
abejar, impronunciable.
Urna
crispada, triunfal
marea
íntegra, sol
átono,
runa silvestre.
He
caído en tus brazos,
tú
has repleto el aire,
vientre
redoblado. Sé,
tierno
furor de alcoba.
Nombres
ante la cruz,
a
miles, a millones.
*
ALMA
DE CÁNTARO
Tú
eres la más expuesta.
Irse
tranquilo por las calles
reacias
a escuchar
el
empuje batiente de las aguas
y
dar con tu rojo vientre en trigo,
ver
cómo se arde tu ausencia
bajo
el sol de la acción.
Y
sentir,
silencio
que desea la estatua
caída,
la rajadura del siglo,
el
mercurio mortal,
como
si llamaran, llamaran.
Tan
sola aquí, donde florece
la
amapola que no sabes,
la
mano que te alza
hasta
el vacío, la inminencia
serena
y fresca de tu oquedad,
luciente
vieja sola,
algo
incauta.
*
LA
DUDA CONFIRMADA
De
ella escuché hablar
a
través de la luz volcánica.
Dos
o tres palabras, escogidas
con
sumo cuidado
prendían a su cintura
la falda
de sonidos
en arrullo descendente.
No
era,
no
era casual momento,
no
era Roma lánguida,
Granada
doliente de azahares,
azul
desvahído de Sofía.
(Aunque
la expresión de los últimos días
pareciera
revolver el tiempo
de
las causas.)
Era
bella. Esbelta. Sin argumento.
Yacía
en las estrellas.
Era
un ramo de siempre,
toda
ojos,
presencia
e insinuación,
corazón
y alegoría
la
duda confirmada.
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