| |
Querida
amiga:
Yo
tampoco entiendo esa necesidad de renuncia que asfixia la vida en pareja;
no entiendo ese amor posesivo, succionante, parasitario; no entiendo por
qué siempre hay que andar restando y por qué, por una puta vez, uno más
uno, no puedan ser más de dos; tampoco entiendo por qué el deseo es tan
chaquetero; sigo sin entender por qué la magia tiene el plazo de
caducidad de un yogur, ni por qué la rutina tiene siempre hambre; no
entiendo por qué nos acojona tanto hacer daño, ni por qué anteponemos
las felicidades ajenas a las propias; no entiendo por qué me paso la vida
pidiendo perdón por sentir como siento y no decir lo que no digo.
Pido
disculpas, te ha tocado el discurso de las 17.15. Ahora, me voy a casa que
todavía tengo un par de silencios que no decir antes de que sea demasiado
tarde.
Supongo
que, como siempre, mi carta no te habrá servido de nada, pero ya sabes
que yo soy un perfecto inútil, será por eso que me quieres como un
hermano.
|
|