Volver al índice  

Aun a oscuras (Anche se al buio)

Un comentario al último libro de Dionisia García

Página anterior  Página siguiente

 

Nº 5

 

Verano 2001

 
 
 

 

 

 

 

 

El libro 

 

Incluso a los lectores habituales de Dionisia García, Aun a oscuras(Anche se al buio), su último libro de poemas, tiene que sorprenderles. Reconocerán en él, sin duda, la voz de siempre, su timbre inconfundible. Y eso, vaya por delante, siempre se agradece cuando va de por medio el buen hacer y el bien decir, el dominio, digámoslo así, técnico (que le viene a esta escritora de antiguo, desde sus primeros libros) aunado a ese raro don que es la intimidad con la palabra esencial. Sin embargo, algo de nuevo habrá de ver el lector en este libro hermoso y vuelto hacia sí mismo, algo que, si se observa bien, no siendo en realidad del todo nuevo, sí que resulta, cuanto menos, novedoso. Veamos.

 

Aun a oscuras (Anche se al buio), Quaderni della valle, Bari 2001, edición bilingüe italiano-español de Emilio Coco, es un libro formado por veinte poemas breves escritos, según se nos dice, para esta ocasión.

 

Lo primero que sorprende en él es la cerrada cohesión del conjunto: no parece un libro escrito, como resulta tan común, por acumulación de poemas, esto es, por poemas que nacen al impulso de la inspiración o del trabajo del poeta, poemas que responden, cada uno de ellos, a una concreta necesidad expresiva y que se agotan, por lo tanto, cada uno en sí mismo. Poema cerrado, jardín cerrado. Se trata, es ese caso, de poemas que, como una perla, encierran en ellos mismos su belleza y su misterio. Sin embargo, los poemas de este libro parecen haber nacido no para ser gozados en su individualidad sino para gozarlos como se gozan en su contemplación las cuentas de un collar, conscientes cada una de que su belleza particular, su sentido último, se encuentra necesariamente subordinado a una unidad superior y más compleja.

 

Ignoro si Dionisia, durante su composición, era consciente de este hecho o si, por lo contrario, fue la sabia organización con que los ensambló lo que les dio ese carácter de necesaria unidad. Pero eso poco importa, ya que el resultado es ése que tenemos ante nuestra vista. Lo novedoso de este libro, decía, consiste, a mi entender, en una significativa intensificación de temas y de tonos poéticos que, empleados de un modo disperso aquí o allí, habían ido apareciendo a lo largo de sus libros anteriores. Por eso el lector reconoce esa voz familiar, su timbre inconfundible. Y lo que aporta de nuevo, de novedoso en esta ocasión, es la voluntad de la autora de expurgar, por así decir, de entre sus obsesiones poéticas, de entre sus constantes poéticas, aquéllas que le son más hondas y que, a fuer de sinceramente sentidas, han pervivido, pertinaces, a lo largo de su obra.

 

En una obra dilatada y densa como la de Dionisia –y esto, por lo demás, sucede en la obra de cualquier poeta verdadero- hay temas, como en la música, de tono mayor y de tono menor, si me explico. Y ello, como en la música, ha de ser necesariamente así porque la gama de registros en que se han de manifestar los sentimientos, las emociones, las intuiciones, las ideas incluso, ha de ser amplia, como variados y numerosos son ellos, siempre llenos de matices. Aquí Dionisia ha querido volver a escribir (el poeta genuino escribe siempre sobre lo mismo y en el fondo de la misma manera) acerca de algunos de sus temas recurrentes, fundamentales, pero con una intensidad, con una exclusividad selectiva, nueva.

 

Decir que es éste un libro de madurez, es no decir nada o muy poco. Los libros de Dionisia lo han sido desde el primero al último. Sin embargo, en este libro de madurez, en el sentido ahora de que sólo ha podido ser escrito por alguien completo vitalmente, por alguien que puede, desde la cima de esa sabiduría que da el tiempo a quienes han sabido vivirlo plenamente, contemplar con serenidad lo que de la vida ha pasado y hacer un sereno balance; por alguien que puede, por tanto, mirar sin miedo hacia ese misterio que es el futuro. Libro -y esto es igualmente novedoso- atravesado por una corriente de intensa espiritualidad.

 

Ya desde el arranque del libro, el poema Mientras conmigo voy, la voz que habla es la voz de alguien que responde a preguntas eternas: "Me preguntas si creo, si busco otras verdades." La suya es la respuesta de quien no tiene respuestas y no las necesita... "Camino sin respuestas, / a la buena de Dios, que no es tan mala cosa."  La ironía que en última instancia encierra ese "a la buena de Dios" muestra muy bien el talante de esa voz a quien parece que "la luminosa mañana", "la fiesta de las calles" y ese sencillo "estoy viviendo en el mundo" parecen bastar para sentir la plenitud. Ya el título de este primer poema, y luego el poema mismo, hacen pensar en aquel "Yo no canto mi canción / sino a quien conmigo va." del Romancero: iluminación que nos instruye, como en el poema de Dionisia, de que en última instancia se está solo y que sólo a uno mismo pueden ir dirigidas las palabras más verdaderas. Dios, la divinidad o simplemente lo divino, gráficamente expresado en las mayúsculas enfáticas de algunos de los pronombres de estos poemas, es un tema recurrente en este libro, junto con el tema de la muerte. Entre otras interpretaciones, este hermoso libro admite la de ser entendido como una inquisición serena, despejada, sobre la muerte, que está ahí, que ha de llegar forzosamente porque "crece el tiempo"; así en El sol de la viña: "Temo que llegue el tiempo de marchitas apuestas, / y lucho por salvar el cansado entusiasmo / para seguir serena / hacia el lugar que llama en lo secreto."

 

Y es serena la espera de lo fatal porque el poeta cuenta con la luz, único apoyo, "La luz del jazminero", tal y como se expresa en Visión esperada, título especialmente acertado para uno de los más bellos y desazonadores poemas de este libro. Y, en él, otra vez Dios. El mismo tema, los mismos temas en Intento fiel, del que señalo al lector los dos versos finales: "Pasaba..., en esta tarde lluviosa de diciembre, / y digo una vez más: estoy, por si me oyeras." La sensación de pérdida -y la muerte es la pérdida total- expresada a lo largo de todo el libro, ya la conocemos los lectores de Dionisia. Puede rastrearse en algunos de los poemas de El vaho de los espejos, 1976:  en Habrá lilas o en No estaremos. También la mención de Dios. Por citar un solo ejemplo al respecto, léase Saltos agazapados, Mnemosine, 1981;  sobre la muerte personal, Lugares olvidados, Diario abierto, 1990, o sobre la muerte de alguien cercano se remite al poema Instantánea, Lugares de paso, 1999. Temas de siempre, pues, temas de esta escritora de siempre. Sólo que aquí más ajustados, con una vuelta de tuerca más... En el único poema dedicado de este libro, Amigo, volvemos a leer: "Hoy el destino quiere que seas el primero / en desvelar lo oculto." Y he aquí el enfoque nuevo de este viejo tema: la muerte como misterio no ya universal, metafísico, sino la muerte íntima, personal, verdadera, que necesita desvelar la voz que habla: "...el lugar que llama en lo secreto", en El sol de la viña; "un cuerpo malogrado / que a su final camina / y en el hombro de Dios / lastimado reposa.", en Visión esperada; "solos ante la espera," en Trayecto oculto... Y, consecuencia de esta muerte, de su misterio, la necesidad de interpelar a Dios. La espiritualidad de estos poemas, más arriba mencionada, viene, y de ahí su hondura, de una exigencia personal, inmediata y urgente: es cosa viva. Pero también viene, y no podía ser de otro modo en una persona que ha hecho de la literatura una de las razones de su existencia, esto es, que ha hecho de la literatura vida, también viene, digo, de sus preferencias literarias, de su amor por ciertos autores. Recorre este libro en su totalidad un sutil entramado de citas expresas, de veladas referencias, de evocaciones apenas sugeridas que sumen al lector, consciente él, o acaso sin advertirlo, en un mundo extremadamente particular, el de la mística. Por hacer notar unos pocos ejemplos: "En la frontera Tú." (¿Por fuertes y fronteras...?), en Viaje; "...ante la noche oscura...", también en Viaje... Sin tratarse de un libro místico, tal vez ni siquiera religioso (en el sentido exclusivo y excluyente que este término suele tener) sí que nos encontramos ante un libro, ya le hemos dicho, de espiritualidad. El mismo título, Aun a oscuras, ¿no nos trae de inmediato a la memoria el "Aunque es de noche" de Juan de la Cruz? En Ver, poema en el que se expresa todo el arrebato de pasión por lo absoluto propio de la mística (sólo que aquí lleno de reservas ese arrebato: es la impronta del siglo en que ha sido escrito) se le cita, junto a su amiga: "Quisiera confiar como Teresa, / como Juan de la Cruz."... En el único poema de este libro con una cita inicial, En el camino, esa cita pertenece al hombre del Carmelo... Y a propósito de lo mismo, no parece casual que la cita que abre el libro pertenezca a Simone Weil, esa mística laica cuyas palabras en este caso bien podrían haber sido dichas por un maestro de zen o por nuestro mismísimo Miguel de Molinos: "La mente debe estar vacía, / a la espera, sin buscar nada, / pero presta a recibir en su desnuda verdad / el objeto que ha de penetrarla."

 

Parece pues que nos encontramos ante unos versos en los que su autora muestra su voluntad de despojarse de algunos de sus temas y motivos recurrentes (pero sólo de unos, de esos menores, y que resultan ser, sin embargo, los que configuran la plenitud de un mundo poético) en favor de otros temas más urgentes y absolutos, impostergables. No se habla aquí (no, desde luego, con la profusión ni con la intensidad con que lo hace esta autora en otros de sus libros) de la ciudad, ni se descubre en estos poemas ninguna suerte de cosmopolitismo conformado por la descripción, por la presencia de ciudades y paisajes lejanos; ni del mundo rural, que está en la raíz de la visión del mundo de esta mujer; ni de su mantenido interés por la palabra poética, por la esencia misma del poema... Todos ellos aparecen, desde luego, y aun otros también anteriores, pero carecen en esta ocasión de protagonismo. Y aparecen porque, en tanto que son motivos verdaderos, esto es, encarnados en la manera de ver y de sentir de la escritora, forman parte de su voz de poeta. Aparecen, cuando lo hacen, como un vislumbre de lo que la poeta ha llevado siempre consigo y de lo que no se puede desprender: no puede un poeta verdadero desligarse de todo lo que conforma su ver y su sentir; ni de sus palabras: no le es posible hacer borrón y cuenta nueva y empezar ad ovo. Así pues, la ciudad aparece, casi como un relámpago de significado, en Un rumor: "La ciudad bulle, inquieta"; el interés por la palabra poética, en Trayecto oculto, que resulta, en su inicio, casi un metapoema, la justificación literaria a una búsqueda vital: "Hoy busco en el poema / la protección precisa." Este poema cuenta con otros antecedentes dentro de la producción de la poeta: en Interludio, de De las palabras y los días, 1987, o en el poema XXIV de Las palabras lo saben, 1993. Igualmente ocurre con el mundo rural en La casa del granado: "...un balido leve, / con gritos a lo lejos..." ; también en Nombre santo. Pero es la naturaleza sobre todo la que acompaña con su presencia silenciosa a esa voz meditativa, a veces meditabunda, en su interrogación constante. Y cuando aparecen personas su presencia se diluye en el silencio de la casa o en el silencio de las calles, porque aquí el poeta está solo, inmerso en lo que le urge, en actitud, precisamente, de contemplación y asombro: "Aquí estoy viendo el mundo." En Mientras conmigo voy

 

Y es por todo ello, precisamente, por lo que estas poesías representan tan bien y de manera tan depurada, a quien las ha escrito. Y es justamente en ese centrarse en su decir fundamental en lo que estos versos se manifiestan como definitivos, como testamentarios: dicen lo que tienen que decir sin apelación. Léase el poema que da título al libro, Aun a oscuras, en especial su última estrofa. Es casi un compendio del libro en su conjunto: "Como el enamorado, si me acerco a mí vienes, / huyes si me distraigo y obstinada repito / el reproche y la duda. Todo es vano. / Porque al final vences Tú, y aun a oscuras, / acompaña tu ausencia." El eco de los místicos, lo que de ellos, de sus voces, podemos seguir oyendo.

 

 

La traducción

 

 Estas palabras tan incompletas sobre el libro de Dionisia García lo serían aún más si olvidaran un aspecto fundamental del libro, la traducción de los poemas al italiano, que ha realizado Emilio Coco. Aunque en algún momento se separe el traductor ligeramente del original o no recoja del todo (¿y quién podría hacerlo del todo?) todos los matices del texto traducido, la versión resulta perfecta, técnicamente irreprochable. Y cuando parece que se distancia ese poco, resulta fácil entender que el traductor lo hace para satisfacer necesidades propias de la prosodia de la lengua a la que vierte el poema, su eufonía, su ritmo, o sea, para de ese modo ser más fiel al texto que traduce. Es preciso señalar, por lo bien hecha, no sólo la fidelidad al original sino la pericia con que reproduce los distintos metros españoles en los italianos. Cuando no le es posible mantener el mismo tipo de verso, lo que intenta siempre, el traductor lo sustituye por otro establecido por la preceptiva poética de su lengua. El resultado es que la lectura de la versión suena tan bien que por momentos nos parece estar leyendo poemas escritos originariamente en esa lengua. El curioso lector que quiera tomarse la pequeña molestia de comparar las versiones con los originales, convendrá en que se halla ante un trabajo muy meritorio.

 

 

La edición 

 

El hecho, para terminar, de que los editores hayan tenido el buen gusto de ofrecernos un librito en verdad tan delicado, un objeto frágil, casi diminuto, que da gusto sentirlo entre las manos y que invita desde su tímida modestia a recorrer sus páginas en silencio, puede ser un motivo más para que el lector se anime a su lectura.

 

Todo invita pues, en este libro, a intimar con la belleza, todo invita al recogimiento y a la concentración, que son el verdadero patrimonio de la poesía.

 

 

J.R.G.C.

 

 

 

*

 

 

SELECCIÓN   DE   POEMAS

 

 

 

MIENTRAS CONMIGO VOY

 

 

Luminosa mañana. Nada teme al olvido.

Yo celebro con ella la fiesta de las calles.

Poco más tengo cierto en esta vida breve

que comenzó otro día de hace ya muchos años.

Me preguntas si creo, si busco otras verdades.

Aquí estoy viendo el mundo. Camino sin respuestas,

a la buena de Dios, que no es tan mala cosa.

 

 

 

 

EL SOL DE LA VIÑA

 

 

Sobre la viña el sol espejea en los pámpanos.

Este apreciado bien llega de prisa,

más que la oculta luz, tan deseada.

 

Temo que llegue el tiempo de marchitas apuestas.

y lucho por salvar el cansado entusiasmo

para seguir serena

hacia el lugar que llama en lo secreto.

 

Crece el tiempo, casi llega a la boca.

Quiero permanecer donde fui siempre;

ahondar en la pasión

capaz de mitigar las desventuras.

Que los claros alivien las insistentes sombras,

y un beso, de señal, mi frente roce,

para saber al fin, como el sol de la viña,

dar luces al verdor, y agradecer el gesto.

 

 

 

 

AUN A OSCURAS

 

 

Las cosas son así al paso de los días:

con pesar vivo alerta, siempre la muerte al fondo.

Entretienen y olvidan los trabajos,

¿ qué otro modo de soportar el peso?

Sola o acompañada, con esa herida abierta,

y la extrema paciencia de buscarte

de escudriñar tu voz y tu misterio.

 

Como el enamorado, si me acerco a mi vienes,

huyes si me distraigo y obstinada repito

el reproche y la duda. Todo es vano.

Porque al final vences Tú, y aun a oscuras,

acompaña tu ausencia.

 

 

 

 

TRAYECTO OCULTO

 

 

Hoy busco el poema

la protección precisa

alguna claridad del otro lado;

la música que al fin nos da la vida

para no confundirnos en lo oscuro,

en el trayecto oculto aún no recorrido

a la luz del regreso.

Es invierno, desnudos ya los árboles;

apenas pasa nadie que su presencia ofrezca

a la mía cansada.

Ni siquiera un aliento de alma próxima.

Solos ante la espera,

mientras transcurre el tiempo,

y nos vamos sintiendo más ajenos

al entorno que pasa,

sin que acompañe un íntimo latido,

el eco de una voz ahora necesaria.

 

 

 

 

VER

 

 

Sin conocerte acudo, entro en las asambleas.

Quisiera confirmar como Teresa,

como Juan de la Cruz,

pero ver es en mí sobre todas las cosas,

y ni siquiera sé si tienes rostro,

si podría dejar en tu mejilla un beso.

 

Es difícil caminar a tu lado,

y vuelvo la mirada por si estás a mi espalda,

y no han sabido verte mis descuidados ojos.

 

 

 

 

SIN SUEÑOS

 

 

Maltratada la aventura de Dios.

Ya sin preguntas, sólo las respuestas.

El hielo de la noche sin la espera del alba.

Sobrevivir. No sé si más felices,

 perdidos ya los sueños.

 

 

 

 

 


 

 

 

 
 

Contacte con el autor

      Volver al índice Página anterior  Página siguiente