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En
esta clase voy a hablar de ustedes -anunció el profesor sacando un pañuelo
de tela de la bolsa trasera del pantalón-. ¿Les interesa que hable de
ustedes? -desplegó el pañuelo con rápido movimiento-.Estoy seguro que
les interesa. Si me preguntaran por los jóvenes de hoy, menores de
dieciocho años, diría que... -el pañuelo voló a la nariz-, diría que
–se sonó-, el rasgo más destacado es marchar hacia una nueva moral, la
moral de la no-culpa -el pañuelo se replegó al tamaño de un puño y
regresó a la bolsa trasera del pantalón.
Se
los explicaré. ¿Están de acuerdo con que se los explique?.
Profe
-intervino un alumno- ¿es cierto que en Argentina fajar se dice franeliar?
Cayáte
vos, dejáte de joder, che -otro alumno.
La
moral de la no-culpa -prosiguió el profesor-.
Antes
el tipo cometía un crimen, venía a resultar que tenía suerte y escapaba
a la justicia. Pero no a su conciencia. Si quieren conocer el prototipo de
aquella moral, les recomiendo leer la novela Lord Jim de Conrad.
Profe,
está lloviendo -un alumno.
¿Está
yo-viendo? -otro le hizo eco-, no sabes hablar, se dice estoy yo-viendo.
¿Llo-viendo?
No veo cómo yo pueda llover.
Allí,
en su conciencia -la voz del maestro apagó la polémica-, estaba
instalada la culpa como un segmento listo a activarse, a dar lata, dirían
ustedes. Y el tipo, a pesar de haber escapado al castigo, no podía vivir
tranquilo. Y ni qué hablar si era creyente. Era preferible pagar aquí,
en la tierra, sus deudas, y no en el más allá. Y un buen día, no
soportando más el peso de la culpa, el tipo corrió a confesar todo a la
delegación. Y esa noche, entre rejas, por fin pudo dormir tranquilo. O
bien el sujeto se encargaba de dejar un indicio acusatorio. Ya el dicho
"el asesino vuelve al lugar del crimen" estaba sancionando la
imprudencia como acto fallido. Hoy, cuando la mayoría de los delitos
queda impune, la mala conciencia ya no dice "el que la hace la
paga" sino: aprovecha la situación no seas pendex, no te dejes
agarrar, cuida bien de no dejar indicios, no me vengas con acto fallido ni
mamadas. En rigor, la mala conciencia se ha jubilado y en su lugar...
Profe,
el alumno Maracachimba me está molestando.
El
empezó primero -se defendió el aludido.
En
el hogar de mis padres -prosiguió el profesor- bastaba una mirada severa
para anularme porque, como digo, la culpa estaba ya instalada dentro mío,
dentro del niño que entonces era, lista para activarse. Pero ustedes han
reaccionado frente a ese manipuleo de las conciencias. ¿Pecado original?
-se han preguntado. Y contestado: de lo que menos somos culpables es de
haber nacido. Y yo los comprendo, los culpables songente del segundo
milenio cristiano, a punto de expirar.
Profe,
voy al baño.
Y
bien -prosiguió el maestro-, la moral de la culpa está en crisis. Para
muchos, cede su lugar a la contraria, la moral de la no-culpa. ¿Saben qué
es eso?
Se
los voy a explicar. ¿Cometí un crimen y quedó impune? Qué bueno. Soy
doblemente feliz: me di el gusto de hacer daño, de ser violento con el
otro y, si he tenido suerte, con crueldad; y luego hice pendejas-dirían
ustedes y no encuentro mejor expresión- a las instituciones. O
triplemente feliz: obtuve, además, sin mayor trabajo, un beneficio del
crimen, sea pecuniario o en prestigio. Soy culpable si me agarran, soy
inocente si no me agarran.
El
alumno Maracachimba se echó un pedo, yo lo escuché -dijo el que se
sienta al lado.
Y
yo lo olí -dijo el que se sienta atrás.
Luego
les escribo la bibliografía en el pizarrón-anunció el maestro-. La
llamada generación ye, a la cual ustedes por edad pertenecen... bueno,
les decía de la bibliografía, vamos a trabajar con una novela que, a
pesar de pronósticos negativos, fue editada y obtuvo un éxito
espectacular, novela que seguramente ustedes ya conocen, donde el autor se
describe como un caso patológico de culpa, deteniéndose a las puertas
del suicidio.
Naturalmente,
estoy hablando de Marcos Winocur.
Se
escribe con doble u -aclaró el profesor.
Entonces,
es Uinocourt.
No,
el maestro dijo Betancourt.
¿Betancourt
con Be grande o Vetancourt con Ve chica?
Betancourt
con doble u.
¿Con
doble u? Entonces es Winnipu.
Uilson,
el maestro dijo Güilson.
Un
caso patológico de culpa y autopunición –repitió el profesor-. Y
bien, para el nuevo criterio, un acto es moral si escapa el castigo. Pero
puede suceder que las cosas me salgan mal, y me descubran. Entonces sí,
me siento culpable y arrepentido. Y lo demuestro en cada una de mis
actitudes, en cada uno de mis gestos.
Naturalmente,
forma parte de mi defensa, me lo aconsejaría cualquier abogado, y no es
necesario que lo haga: me surge espontáneamente, me siento culpable de
veras, no estoy simulando para obtener la absolución judicial o la más
baja condena. No, al punto que es entonces -y sólo entonces- que llego a
plantearme el suicidio como forma de expiación y como salida a una
situación agobiante. Culpa y arrepentimiento son gatillados cuando estoy
entre rejas, no antes. Caso contrario, si no soy descubierto y penado,
vivo feliz, me siento -soy- inocente. Y ahí reside la distinción entre
el bien y el mal, según esta nueva moral. Ultimamente el cine, pienso en
Asesinos por naturaleza, y desde luego Dostoiewski, el novelista ruso del
siglo pasado...
Terminó
la hora -varios alumnos a coro, mientras la
clase se levanta tumultuariamente
En
suma -la lección acaba ante el aula vacía-, y a manera de conclusión,
cabe plantearse: ¿es la nueva moral un síntoma aberrante más, indicador
del próximo fin de la especie humana?.
Y
todavía, una cuestión accesoria: ¿valía la pena habérmela jugado para
terminar preguntándome eso, nada más que eso?
El
viejo profesor recoge su portafolios luego de echar una mirada a su
alrededor, y sale. Cruza el patio donde varios alumnos lo saludan: Adióóós,
profe, adióóós.
Y
más lejos sigue la polémica: - ¡Winnipu!
¡Güilson!
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