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Agenda. Hoy. Como ayer o mañana. Como
siempre.
De casa al trabajo. Primer semáforo,
primera oportunidad de pensar algo.
Se me ocurrió que manos llenas de amor
valen más que bolsillos repletos de dinero e indiferencia. Por eso,
aquellos que regalan a sus hijos su pobreza digna son más gente que
aquellos que compran a sus hijos su silencio más culpable.
Por más que a lo largo de la vida la
busqué en los grandes almacenes, nunca encontré en un poco de solidaridad.
Pregunté, y me dijeron que es porque no cotiza en Wall Street.
Luz verde. En viaje.
Segundo semáforo. Rápido, 40 segundos.
Decir algo!...
Me acordé que un día mandé algo a una
lista contando de la nostalgia que siento por Buenos Aires, y alguien me
invitaba a que me decidiera a volver a visitarla. Le contesté algo así:
Sabes qué pasa? Ya fui, pero Buenos Aires no estaba. Eso pasa cuando el
tiempo es mucho. La casa en que viví es ahora una foto en el álbum de mi
madre. Al árbol de la plaza lo hicieron leña. Los chicos de la barra se
hicieron grandes. Los grandes se hicieron humo. Los tranvías se hicieron
chatarra. Los trenes se hicieron bolsa.
Sí. Fui y no estaba. Debe ser porque el
tiempo que pasa desdibuja. Debe ser porque el que volvió no es el mismo que
se fue.
Queda el recuerdo, que no me frena ni me
amilana, pero que de vez en cuando toca el timbre, y yo, como siempre, le
abro. Ojalá la vida fuera apenas un tango.
Luz verde. En viaje.
Este semáforo es el último y el más
largo. Un minuto entero. Sirve para empezar a escribir un poema.
La llevo en los pulmones
cada vez que respiro un olor
que recuerda el sabor de su piel
cada vez.
La siento en la herida
cada vez que sangra el recuerdo
del olor y calor de su miel
cada vez.
La huelo en la almohada
cada vez que acuesto el recuerdo
del dolor de la piel de mi hiel
cada vez.
Bueno, no se dejó escribir. La falta de
inspiración le agradece a la luz verde y acepta su invitación para seguir.
Esto me pasa cada vez que empiezo a hablar y me doy cuenta que estoy solo.
Luz verde. En viaje.
Epa! La inspiración me agarró de
sorpresa por la espalda. Freno y estaciono donde puedo. Me dice que es
cortito y que no llegaré atrasado a la cita. Dejo entonces que escriba:
Anoche...
mientras acariciabas mis sentidos más
sentidos
se derretían sin palabras mis palabras
y entre las tenazas carcelarias de tus
piernas
florecía en gritos de alegría mi
suspiro.
Arranco, sigo y llego. Me arreglo la
corbata, me pongo la mueca de ejecutivo que corresponde, y a trabajar.
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