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Bruno Kampel

Vivir es suicidarse en cada semáforo

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Nș 5

 

Verano 2001

 
 
 

 

 

 

 

Agenda. Hoy. Como ayer o mañana. Como siempre.

 

De casa al trabajo. Primer semáforo, primera oportunidad de pensar algo.

 

Se me ocurrió que manos llenas de amor valen más que bolsillos repletos de dinero e indiferencia. Por eso, aquellos que regalan a sus hijos su pobreza digna son más gente que aquellos que compran a sus hijos su silencio más culpable.

 

Por más que a lo largo de la vida la busqué en los grandes almacenes, nunca encontré en un poco de solidaridad. Pregunté, y me dijeron que es porque no cotiza en Wall Street.

 

Luz verde. En viaje.

 

Segundo semáforo. Rápido, 40 segundos. Decir algo!...

 

Me acordé que un día mandé algo a una lista contando de la nostalgia que siento por Buenos Aires, y alguien me invitaba a que me decidiera a volver a visitarla. Le contesté algo así: Sabes qué pasa? Ya fui, pero Buenos Aires no estaba. Eso pasa cuando el tiempo es mucho. La casa en que viví es ahora una foto en el álbum de mi madre. Al árbol de la plaza lo hicieron leña. Los chicos de la barra se hicieron grandes. Los grandes se hicieron humo. Los tranvías se hicieron chatarra. Los trenes se hicieron bolsa.

 

Sí. Fui y no estaba. Debe ser porque el tiempo que pasa desdibuja. Debe ser porque el que volvió no es el mismo que se fue.

 

Queda el recuerdo, que no me frena ni me amilana, pero que de vez en cuando toca el timbre, y yo, como siempre, le abro. Ojalá la vida fuera apenas un tango.

 

Luz verde. En viaje.

 

Este semáforo es el último y el más largo. Un minuto entero. Sirve para empezar a escribir un poema.

 

La llevo en los pulmones

cada vez que respiro un olor

que recuerda el sabor de su piel

cada vez.

 

La siento en la herida

cada vez que sangra el recuerdo

del olor y calor de su miel

cada vez.

 

La huelo en la almohada

cada vez que acuesto el recuerdo

del dolor de la piel de mi hiel

cada vez.

 

Bueno, no se dejó escribir. La falta de inspiración le agradece a la luz verde y acepta su invitación para seguir. Esto me pasa cada vez que empiezo a hablar y me doy cuenta que estoy solo.

 

Luz verde. En viaje.

 

Epa! La inspiración me agarró de sorpresa por la espalda. Freno y estaciono donde puedo. Me dice que es cortito y que no llegaré atrasado a la cita. Dejo entonces que escriba:

 

Anoche...

 

mientras acariciabas mis sentidos más sentidos

se derretían sin palabras mis palabras

y entre las tenazas carcelarias de tus piernas

florecía en gritos de alegría mi suspiro.

 

Arranco, sigo y llego. Me arreglo la corbata, me pongo la mueca de ejecutivo que corresponde, y a trabajar.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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