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Pedro Glup

Primer verano sin Marta

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Nș 5

Verano 2001

 
 
 

 

 

 

Primer verano sin Marta.

 

Dejémonos de rodeos, siempre he escrito para acostarme con las mujeres que deseaba. Debo añadir que he escrito mucho, mal, pero mucho.

 

Así me relacioné con Marta. Comencé a cortejarla con cuentos cortos, con besos largos. Cada mañana le enviaba un poema azul, una rosa roja, un suspiro.

 

De esto hace diez años, de nuestro matrimonio, nueve; de nuestra hija Laura, dos.

 

Ya no escribo pero hoy, en este tiempo de siesta insomne, los recuerdos se enroscan como una enorme serpiente dormida bajo la parra y siento el peso de mis cuarenta años creciendo entre ortigas.

 

No sé que demonios hago aquí, solo, a 700 kilómetros de Laura, en este hotel lleno de ruidosas familias de manteca y vinagre, con gritos sin censura de niños asilvestrados corriendo por los pasillos. Todavía no comprendo esa inesperada guardia nocturna en el hospital. ¿No había otra enfermera para los dichosos turnos?.

 

- Vete tu, cielo. Tenemos el hotel pagado. El día ocho estoy ahí con la niña, sin falta.-

 

Y así llevo siete días solitarios, paseando por la playa con un viento de levante que me muerde la piel enrojecida. Miro y remiro a mujeres dentro de minúsculos bikinis, de inmensos trajes de baño, como catedrales, rebosando carne y gritos entre las olas. Cuando el mar se retira me embriago con los olores de la bajamar, con la espuma peinando la arena con una diadema de algas de colores. Vuelvo a mi cuarto entre aromas de retama y malvavisco y, a cada paso, tropiezo con el escollo de los celos. Me tumbo sobre la cama sin nadie que me extienda el after sun por la espalda. En el duermevela pienso en la blanca espalda de Laura recorrida por la lengua del estúpido Juan Gómez, ese blando pediatra que no sabe dar la mano como un hombre, es posible que esta Madame Bovary que estoy leyendo tenga la culpa de estas dudas, aunque quizás Felipe Echevarría esté perdido entre las piernas de Laura, celos idiotas, le llamo por teléfono, no está, qué raro, cien teorías me llueven y cien médicos internos tocan y retocan a mi esposa, desgarran su uniforme de enfermera, besan sus labios temblorosos de deseo, y le gusta, acarician su piel que es solo para mi, esto es nuevo, jamás sospeché hasta ahora, puede ser que en mi propia cama, siempre me ha molestado ese compañerismo, esa familiaridad en el trato, vuelvo a telefonear, no está, bajo a mi coche y me pierdo en carreteras atestadas de veraneantes sonrosados, cada kilómetro me imagino un posible amante, llego al amanecer, subo las escaleras, jadeante, abro la puerta con cuidado, ella duerme, sola, ay, bella, beso su frente con ternura, con delicadeza, salgo con sigilo, regreso al hotel de la costa, 700 dudas, 700 pálidos amantes salen por la ventanilla y se difuminan sobre el asfalto, que tontería esto de los celos, estoy agotado, pero feliz, me duermo sobre la cama sin desvestirme.

- Dormilón, despierta. Día ocho. Aquí estoy, como te dije. Besa a tu hija. Venga,  vamos a la playa.

 

Y el verano navega.

 

Mientras paseo por la orilla del mar con mi mujer y mi hija de la mano, el mar canta melodías de felicidad. Cuando vuelva llamaré a Carmen.

 

 


 

 

 
 

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