Primer
verano sin Marta.
Dejémonos
de rodeos, siempre he escrito para acostarme con las mujeres que
deseaba. Debo añadir que he escrito mucho, mal, pero mucho.
Así
me relacioné con Marta. Comencé a cortejarla con cuentos cortos, con
besos largos. Cada mañana le enviaba un poema azul, una rosa roja, un
suspiro.
De
esto hace diez años, de nuestro matrimonio, nueve; de nuestra hija
Laura, dos.
Ya
no escribo pero hoy, en este tiempo de siesta insomne, los recuerdos se
enroscan como una enorme serpiente dormida bajo la parra y siento el
peso de mis cuarenta años creciendo entre ortigas.
No
sé que demonios hago aquí, solo, a 700 kilómetros de Laura, en este
hotel lleno de ruidosas familias de manteca y vinagre, con gritos sin
censura de niños asilvestrados corriendo por los pasillos. Todavía no
comprendo esa inesperada guardia nocturna en el hospital. ¿No había
otra enfermera para los dichosos turnos?.
-
Vete tu, cielo. Tenemos el hotel pagado. El día ocho estoy ahí con la
niña, sin falta.-
Y
así llevo siete días solitarios, paseando por la playa con un viento
de levante que me muerde la piel enrojecida. Miro y remiro a mujeres
dentro de minúsculos bikinis, de inmensos trajes de baño, como
catedrales, rebosando carne y gritos entre las olas. Cuando el mar se
retira me embriago con los olores de la bajamar, con la espuma peinando
la arena con una diadema de algas de colores. Vuelvo a mi cuarto entre
aromas de retama y malvavisco y, a cada paso, tropiezo con el escollo de
los celos. Me tumbo sobre la cama sin nadie que me extienda el after sun
por la espalda. En el duermevela pienso en la blanca espalda de Laura
recorrida por la lengua del estúpido Juan Gómez, ese blando pediatra
que no sabe dar la mano como un hombre, es posible que esta Madame
Bovary que estoy leyendo tenga la culpa de estas dudas, aunque quizás
Felipe Echevarría esté perdido entre las piernas de Laura, celos
idiotas, le llamo por teléfono, no está, qué raro, cien teorías me
llueven y cien médicos internos tocan y retocan a mi esposa, desgarran
su uniforme de enfermera, besan sus labios temblorosos de deseo, y le
gusta, acarician su piel que es solo para mi, esto es nuevo, jamás
sospeché hasta ahora, puede ser que en mi propia cama, siempre me ha
molestado ese compañerismo, esa familiaridad en el trato, vuelvo a
telefonear, no está, bajo a mi coche y me pierdo en carreteras
atestadas de veraneantes sonrosados, cada kilómetro me imagino un
posible amante, llego al amanecer, subo las escaleras, jadeante, abro la
puerta con cuidado, ella duerme, sola, ay, bella, beso su frente con
ternura, con delicadeza, salgo con sigilo, regreso al hotel de la costa,
700 dudas, 700 pálidos amantes salen por la ventanilla y se difuminan
sobre el asfalto, que tontería esto de los celos, estoy agotado, pero
feliz, me duermo sobre la cama sin desvestirme.
-
Dormilón, despierta. Día ocho. Aquí estoy, como te dije. Besa a tu
hija. Venga, vamos a la playa.
Y
el verano navega.
Mientras
paseo por la orilla del mar con mi mujer y mi hija de la mano, el mar
canta melodías de felicidad. Cuando vuelva llamaré a Carmen.