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Sábado,
nueve de la noche. El ruido de los aplausos cedió su lugar al cuchicheo
de mil voces, amables o agradecidas, que, a su vez, se fue perdiendo en
el mar del silencio. Las luces, antes poderosas, han apagado sus fuegos
y sólo un lánguido farol ilumina la pieza. Hay rosas marchitándose en
el suelo y las flores, que sólo hace unas horas decoraban espléndidas
el ambiente, yacen flácidas y vencidas, tristes y olvidadas.
Por el telón entreabierto se pueden ver las sillas -improvisadas
butacas de plástico- abandonadas al desorden de los últimos aplausos.
Un obrero recoge cables y micrófonos sin decir palabra.
El escenario se encuentra desolado, sin vida, sólo quedan las
marcas de los pasos que fueron personajes y han vuelto al sueño de los
libros hasta la próxima temporada.
La última función ha terminado.
Siempre
le tuve rencor a los finales, pero jamás he encontrado nada más melancólico
y doloroso que las despedidas alegres y bulliciosas. Cuando un amor se
rompe, por el abandono o por la muerte, nos queda lo gris de la
felicidad interrumpida. La cólera que nos incendia (contra el desamor o
contra la nada) es el mismo bálsamo o crema curativa que nos va
inoculando partículas de resignación ante la lógica inapelable de los
adioses definitivos. Cierto, no hay tristeza más grave ni más dolorosa
que la que nace —infinita contradicción de la existencia— de la
muerte. La noche de saberme huérfano —por más viejo y corrupto que
me vuelvan los años— no amanecerá nunca. Sin embargo, estas penas
profundas, que trazan cicatrices en nuestra historia, las aprendemos a
llevar en las espaldas con la convicción de lo inevitable.
O vivimos con ellas, o de una vez morimos. Exquisita ironía, la
carga, de tan insoportable, se hace llevadera. Son las pequeñas penas
las que matan.
Dicen
los sabios que el secreto de la vida reside en dibujar metas tales que
aparezcan al alcance de nuestra vista (y de nuestras fuerzas) pero que,
como el horizonte, se mantengan siempre a distancia. Llegar es morir, es
acabarse. La existencia que basa su justificación en objetivos
puntuales y posibles, se condena a muerte. ¿Qué siente el corredor que
alcanza, en diez segundos, la gloria olímpica? ¿Qué experimenta el
hombre consagrado genio cuando sólo ha empezado a exigirle a sus
talentos? ¿Qué hay después de la cima? ¿Qué pasa en el ánimo del héroe
de ayer que ahora se ahoga y desvanece en una desinfectada cama de
hospital? Dicen que el único amor perfecto es el que no se cristaliza.
Romeo y Julieta —por ocupar dos íconos imprescindibles del amor
frustrado— se seguirán amando a través de siglos de
representaciones; sin embargo, Juan y Juana —dos nombres cualquiera,
como nosotros vivirán el esplendor y las cuitas del primer amor, se
perderán en los pantanos de la costumbre y acabarán marchitos y
olvidados.
¿Me
he vuelto filósofo? No lo creo. Sólo me he extraviado en ideas que
nunca debieran pronunciarse en palabras. La tristeza tiene la culpa. La
pequeña tristeza.
Cuando
los aplausos daban término a meses de esfuerzo, de lucha, de peleas y
contradicciones, miraba las caras espléndidas de felicidad de mis niñas
y muchachos. Todo el tiempo invertido, todo el cansancio, las lágrimas
de impotencia, la cólera ante los gritos —justos e
injustificables—, las palabras ásperas, la exigencia, la presión,
las noches en vela intentando aprenderse los interminables monólogos y
la letra con palabras indescifrables, la tarea de crear al personaje (y
creer en él), esos sábados y domingos enteros robados a la diversión
y a la fascinante nadería, los gestos adustos, las maldiciones
masticadas, el agotamiento, la aversión al “empiecen de nuevo” que
martilló sus oídos, las ganas de no tener ganas —como Vallejo—, la
tentación deliciosa del fracaso, el abatimiento, los padres que tan
poco (y tampoco) comprenden a los niños, los viajes frustrados en
nombre de una precoz y tierna responsabilidad, los enamorados celosos,
el ojo vigilante de las maestras atormentadas por objetivos, logros y
rendimientos, los pasos repetidos hasta la saciedad, las palabras y los
gestos, y esto no y aquello sí, y de nuevo, y qué te pasa, y presta
atención, y no te rías, y quién se demoró, y por qué te
equivocaste, y repitan, y silencio, y, otra vez, desde el comienzo.
¡Qué
fuente inagotable es la juventud! ¡Qué energía! Cuando, al paso de
los días, la desesperación empezaba a hacer carne en mí, me
encontraba con una sonrisa infinita, con un gesto amable, con un
movimiento nuevo y sorprendente, con esas líneas imposibles ya
aprendidas, con una voluntad indómita —de limpia e irresponsable—,
con un “confía en mí” que desarmaba mis arranques de tirano, con
esa blanca existencia en el limbo perfecto de la pubertad, en el
instante en que son mujeres y hombres —nunca más niños— con la
pura presencia, con el ánimo dócil, con la preciosa virtud de lo que
no ha sido maculado por el tiempo y sus razones impostergables.
¿Cuántas
veces dudé? ¿Cuánto me tentó liquidarlo todo? No lo sé.
Sólo recuerdo que en cada oportunidad que tomé la firme decisión
de cancelar la obra, me encontré con una esperanza, con una risa, con
un gesto de aliento o una palabra de confianza, que desarmaron mis ímpetus.
Y
llegó el estreno. Ninguno
defraudó la fe que Adrián —mi irremplazable asistente amigo— y yo,
pusimos en ellos. Todos cumplieron en cada presentación, dando un poco
más de sí cada vez que el telón se descorrió para dar paso a la
fantasía que representábamos. Hubo situaciones que podrían llenar un
anecdotario de momentos graciosos, serios y desesperantes.
Más de una vez quiso cundir el pánico, entre acto y acto nacían
los reproches, tú te equivocaste, no me diste la línea, saliste antes
de tiempo, y todas las limaduras que la presión causa en tan jóvenes
espíritus exigidos como adultos; sin embargo, la sangre no tiñó el río
y el temple se mantuvo. Los aplausos, sinceros y prolongados, hicieron
larga justicia al trabajo agotador, y a veces delirante, con que esas
muchachas y muchachos revivieron, una vez más y con éxito, a esos
personajes que duermen el improbable olvido de las letras, en el blanco
y negro de los libros.
Todo
ha terminado. Me sublevan estas despedidas entre risas y
agradecimientos. Me deprime saber que al apagar las últimas luces, sólo
quedarán tres fotos y un recuerdo que se irá confundiendo en el
olvido. Me duelen los abrazos, nunca he sido del carácter que recibe
templado los finales, será que en mi familia nos vamos siempre sin
despedirnos. Estas pequeñas penas son las que matan y las que nos
recuerdan —felicidad y espanto— que seguimos vivos.
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