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La
tarde había comenzado a despojarse de sus luces, dejando que la
noche se impusiera lentamente como una mancha de tinta en un papel
rojizo. Douglas Ellsworth, un joven librero londinense, habría
cerrado mucho antes su comercio si la Anábasis, en su versión
original griega, no le hubiera acaparado tan profundamente la atención.
Fue un pausado crujir de pasos sobre el piso de madera lo que le
obligó a levantar la vista de las páginas de Jenofonte y traer
nuevamente su atención hacia aquel ordenado imperio de repletos
anaqueles.
—Quiero
el libro que tan celosamente le fuera confiado —dijo el hombre que
recién había entrado. En su voz había un ligero tono impersonal.
Las
palabras del desconocido le sorprendieron. Le molestó la falta de
cortesía de ese sujeto cuyas ropas exhalaban un vago aroma que le
hizo recordar levemente los jardines donde había aprendido a
caminar.
Hubiera
preferido un saludo, una sonrisa que le permitiera desplegar sus
dotes de anfitrión. Sin poder ocultar su molestia, incluso consigo
mismo porque notó que llegaría tarde a su partida de cartas de los
martes, dejó sobre el escritorio el ejemplar que estaba leyendo. Señaló
—en una frase llena de ironía que le hizo deleitarse íntimamente
con sus dotes retóricas— que eran demasiados los libros que
poblaban aquellas paredes, y a los cuales celaba por igual, como
para pretender encontrar el volumen correcto con una descripción
tan poco afortunada.
—Quiero
el libro de Abdul Rayat —dijo el desconocido sin molestarse en
responder el sarcástico comentario del librero.
El
joven Ellsworth no supo si dejar que el cuerpo entero diera muestras
del escalofrío que le recorrió los huesos o si ponerse a reír a
carcajadas, como solía hacer cuando una broma le parecía digna de
alabanza. Hacía demasiado tiempo que no escuchaba hablar de esa
obra. La rapidez con la que logró
recordarla le hizo saber que nunca la había olvidado
realmente. Pudo volver a sentir aquella mañana en que, siendo él aún
un adolescente, su abuelo se la entregó en secreto. Estaba envuelta
en un papel amarillento que el tiempo había ennegrecido. Un
grueso hilo alrededor acrecentaba el misterio. Entre susurros
le fue dicho que la lectura de aquel extraño texto tenía la
facultad de quitar la inmortalidad a quien la poseyera, incluso a
Dios, si es que existía. Su abuelo le había hecho jurar que cuidaría
el libro por si alguna vez alguien pudiera necesitarlo y que por
ningún motivo intentaría destruirlo o recibir dinero a cambio de
él. Douglas jamás mencionó nada acerca de ese libro, ni siquiera
cuando unas semanas después su abuelo fue llevado a una clínica
donde eran recluidos algunos ancianos seniles. Guardó silencio no
porque creyera estar en posesión de algo valioso, sino porque de
esa forma se demostraba a sí mismo ser capaz de cumplir su palabra
a la vez que evitaba agregar un nuevo comentario vergonzoso a los
muchos que ya su familia pronunciaba acerca de su abuelo.
Todo
ello volvió de manera confusa a su mente, como si de pronto
adquiriese un significado que no había podido prever. Maquinalmente
se dirigió hacia la puerta, caminando torpemente mientras prestaba
atención a tanto recuerdo. Tras cerrar con llave la puerta, lo cual
hizo no sin cierto temor, escuchó nuevamente la voz de aquel extraño
sujeto que comentó algunas cosas sobre su vida, con la esperanza de
ser creído.
Comenzó
diciendo que el primer nombre que reconoce haber tenido fue Plubio
Marcio. Estableció su nacimiento en la antigua Roma, durante el
gobierno de Nerón. Eso había ocurrido el mismo día en que alguien
diera el aviso de que la higuera ruminal, que mucho antes había
dado sombra a Rómulo y Remo, volvía a reverdecer. Todos creyeron
que esa coincidencia era el augurio de que tendría un destino sin
igual. Nadie había logrado acertar la increíble forma en que eso
terminaría por ser cierto.
Contó
también, que como integrante de las legiones romanas fue enviado a
la extraña Armenia. Allí tuvo oportunidad de escuchar comentarios
de viajeros referidos a tierras llenas de enormes riquezas, las
cuales eran atravesadas por un río cuyas aguas otorgaban la
inmortalidad. Decían quienes contaban esas historias que los
habitantes de ese lugar eran seres desgraciados, hastiados del
tiempo y que todo lo despreciaban.
Movidos
por la codicia, él y otros cuatro legionarios abandonaron las filas
del ejército. Decidieron ir a la búsqueda de aquellos sitios
esperando obtener un fácil botín y poder regresar
enriquecidos a Roma. Pero a poco de andar se extraviaron en
tierras agrestes y peligrosas. Vagaron sin rumbo entre el dolor y la
muerte. La muerte logró vencer a sus compañeros, no a él. Un día,
resignado a que todo había sido un error, sacó su espada y la clavó
justo en su corazón. Sintió
en la cansada carne el ardor del acerado filo. Hubo también unas
gotas de sangre, pero continuó con vida. Comprendió entonces que
se había convertido en inmortal aunque en su trayecto no había
encontrado río alguno. Nunca conoció la causa del aciago prodigio,
pero entendió los peligros de tan sólo atender a las palabras que
no hacen el centro de lo que se cuenta.
La
voz de Pubio Marcio sonaba sin entonación alguna, como si no
hablara de sí, sino de otro, de algo que había escuchado y
repetido hasta el cansancio. Si alguna vez se había alegrado de su
particular condición de inmortal, ya nada quedaba de esa alegría.
Había descubierto que quien no puede morir, condenado a perderlo
todo, está obligado a no amar nada para hacer menor el sufrimiento.
Poco
comentó del tortuoso recorrido desde aquel día en que su espada no
le quitó la vida hasta ese otro día del siglo XIX en que pedía a
un joven librero londinense un texto para devolverse la muerte. Poco
comentó y mucho dejó entrever.
Había
conocido todos los placeres y todos los tormentos. Ejerció la vida
y la muerte en todas sus dimensiones. Recordaba algunas cosas aunque
había olvidado la inmensa mayoría, lo cual agradecía señalando
que el olvido es una forma de la muerte. De todo cuanto existía
eran los libros lo que más amaba y lo que más profundamente
detestaba. Alguna vez creyó poder encontrar en ellos la sabiduría.
Luego se daría cuenta que la imprenta, ese invento que él había
ayudado a perfeccionar, había cometido el pecado de hacer del mundo
un laberinto infinito mediante la multiplicación de lo que ni
siquiera merecía ser mencionado. Confesó, no sin arrepentimiento,
haber escrito un poema de amor. Sólo podía recordar un único
verso que decía “soy un ciego palpándote el alma”.
Nada
explicó acerca de cómo descubrió el paradero de esas páginas de
insólitos poderes. No importaba. Ante el fantástico e
incomprobable relato de Plubio Marcio, Douglas Ellsworth sintió la
misma pena que había sentido antes por su abuelo. Por eso, sin
preguntar ni garantizarle nada, le pidió al inusitado visitante que
lo acompañara hasta el sótano. Ese era el único sitio donde aún
podía estar el texto de Abdul Rayat.
El
sótano era un lugar oscuro, húmedo, repleto de volúmenes sin
valor de los cuales Douglas nunca se había atrevido a deshacerse,
acaso por un sentimiento de pudor o de piedad. Cuando estuvieron allí,
mientras él se ensuciaba las manos apartando cajones, escuchó que
Plubio Marcio dijo unas palabras, o algo que él creyó eran
palabras, en un lenguaje que nunca antes había escuchado ni volvería
a escuchar después. Luego, un pesado paquete cayó al piso. Douglas
recordó que ese era el mismo atado que su abuelo le entregara. Al
abrirlo, el joven librero vio por primera vez las tapas de tan
singular libro, las cuales estaban trabajadas a mano. Plubio Marcio
pidió que lo dejara a solas y el joven Ellsworth, salió cerrando
la puerta tras de sí.
Durante
horas Douglas permaneció inquieto, pero sin atreverse a molestar a
su visitante. A medida que la hora pasaba, más fantasías distraían
su pensamiento, sin acertar a decidir cómo obraría aquella obra.
Ya cerca del alba, sin haber podido dormir, se animó a espiar. No
vio nada. Es decir, vio tan sólo el libro abierto y colocado sobre
el suelo. Abrió la puerta. No encontró ningún rastro de Plubio
Marcio. El volumen estaba abierto en hojas donde no había nada
escrito y en las que creyó notar una pequeñas manchas de color
sangre que poco a poco se fueron borrando hasta que desaparecieron
por completo.
Lo
que pasó aquella noche siempre le parecería muy extraño a Douglas
Ellsworth. Esto sin mencionar que, luego de haberla guardado
cuidadosamente, jamás volvió a encontrar la obra de Abdul Rayat.
No se animó a comentar lo ocurrido con nadie.
Muchos
años después, durante una mañana de octubre, el barco en el que
viajaba Douglas Ellsworth, ya casi un anciano, se hundía atrapado
en una feroz tormenta. Ante el peligro de la muerte, Douglas recordó
toda su vida, deteniéndose en aquel incidente con un hombre que
dijo llamarse Plubio Marcio. Ya en el agua, tratando de asirse a
cualquier cosa que flotara, Douglas quiso encontrar cuál era la
verdadera relación de aquellos sucesos con su vida. Pensó
nuevamente en su abuelo. Por primera vez reparó en que el incendio
que había destruido el hospital donde estaba el anciano hizo
imposible reconocer ningún cadáver. Vinieron a su mente un tropel
de preguntas que no pudo contestar. La certeza le pareció algo
lejano e intangible. Recordó que Plubio Marcio había señalado que
el olvido era una forma
de la muerte, creyó recordar que dijo también que la memoria era
la única manera de comprobarnos nuestra existencia. Pero fue
incapaz de recordar si todo aquello lo había soñado o vivido o leído
o, acaso, se lo habían contado. Estuvo a punto de gritar un insulto
por no poder determinar qué era lo que en verdad había pasado.
Pero antes de que pudiera decir nada las aguas lo cubrieron para
siempre.
(de
la recopilación inédita “Réquiem para un manojo de espejos
rotos”)
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