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el
monstruo marino
Me
endurece la piel armar collares de arena,
componer
cajitas de música para muñecas mutiladas.
Me
endurece la piel la vida,
esta
historia diaria
que
la historia dejará en olvido.
Tengo
manos de niño cuando quiero sepultar al cielo,
manos
de relojero enamorado
cuando
palpo con apetito al tierno prójimo,
ese
deseo sometido al enigma que es el otro.
Yo
soy
y
eso es lo cierto;
la
verdad está hecha de cosas pasajeras,
paradojas
de risas como piedras.
Vivo,
es
decir, transito con la carne calcinada.
Es
cuando no puedo amar sin ejercer la antropofagia
que
me siento lejano,
completamente
impenetrable,
completamente
imperdonable.
Me
pregunto qué será el amor
cuando
no estemos atravesados por el fuego
y
tengamos la medula sin desbordes.
Acaso
quedemos convertidos
en
lejanas fotografías que transpiran inútiles sonrisas,
convertidos
en sueños postergados,
defunciones
anticipadas,
piadosas
obligaciones.
Me
pregunto cómo será la vida
-si
es que es-
cuando
tengamos el rocío cansado
y
la muerte mucho más crecida,
casi
ahí, tocándonos el hombro.
Ser
es ser un monstruo marino.
Rectifico,
ser
es ser un ángel con una sed insaciable.
falta
El
signo de la sangre
pretende
cantar de una manera espléndida
sobre
la extremidad de un abismo,
de
una lanza bebida dulcemente.
En
el licor transparente de un aguacero
la
nitidez del hambre reclama su derecho a contradecirse.
El
deseo es una licantropía sin amarras,
un
movimiento permanente en perpetuo devenir.
En
los circos donde crezco sobran equilibristas,
payasos
con delirios de maestro.
Faltan,
eso sí,
amantes
de la vida más que de la existencia.
La
forma del amor
es
un animal enamorado de su cazador;
un
castillo de naipes
justo
en el camino donde cabalgan corceles desbocados.
Falta
quien se suba a su quietud
y
se prenda fuego.
regalos
y destemplanzas
Quise
regalarte,
un
caballo blanco y un violín de queso,
un
pájaro rojo,
un
pájaro verde como aceituna,
una
aceituna como el pájaro verde
y
un color almíbar
con
el que enjugarte los ojos y descubrirte la voz.
Pero
no se qué pasó,
qué
confabulación tuvo lugar,
que
te bajaste del autobús
y
yo continué sentado,
quieto,
extraño,
ajeno
a tanto regalo.
desmiénteme
Arroja
la mañana su ritual humeante
de
planetas migratorios.
El
pecho enmaletado en cordilleras
toca
el torrente con el que los ingratos despertadores abofetean fémures.
Atestigua
un balcón de boca abierta
que
el cielo se ha prendido fuego
y
dejo que el cuerpo circule,
como
una lenta cascada de tierra
entre
su rutina bien aprendida que le ayuda a no temer,
a
creer que el mundo con el que tropieza
es
el mismo que abandonó por la noche.
La
estirpe de recios bandoneones
golpea
una calle sin orillas,
sistemático
espejismo donde se ahonda el cansancio de ser tan cotidiano,
tan
sin pausa.
La
calle huele a embarcaciones,
corchos,
raíces recién nacidas,
lágrimas
mal curadas.
Desgajo
un antiquísimo gemido
al
saber que soy un hombre de materia débil y metafísica inconclusa,
una
lenta espera con la sangre empobrecida.
No
quiero esta mañana,
este
golpe,
y
sin embargo perduro en mí mismo.
Por
favor,
no
dejes que me crea estos dolores.
Hurga
en mi peso con una magia,
busca
trozos de mármol entre mis escombros,
pedacitos
de metales valiosos entre mis baratijas.
Desviste
tus sudores
y
desmiénteme por fin.
un
blanco demasiado fácil
Sobre
un crucifijo de gemidos
mi
sombra imparte sus escalones
y
una quemadura sube hasta el hierro
que
es apenas una quemadura endurecida,
cosa
que suele ocurrir en esta vida.
A
veces soy un pasadizo desheredado del descanso
y
estornudo el ojo sin tener el orgullo de la uña
y
rehén de alguna verdura maltratada
me
enamoro sin salida del espesor de una caricia.
En
el entreacto del cansancio
amo
con mis magnitudes en derroche,
y
me separo inexorable de lo que tiene alfileres y usa cadenas.
Brinden
conmigo
por
las ilusiones que todavía quedan sin derruir.
Brindemos
por los epitafios
entre
hermosas sábanas al pie de un yunque.
Si
no llegan a saber por qué brindar,
brinden
por el dolor,
para
que tanto golpe sirva también de algo;
que
la vida
es
un blanco demasiado fácil para la tristeza.
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