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Gonzalo Hernández Sanjorge

de La sangre es un hechizo transitorio

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Nº 5

 

Verano 2001

 
 
 

 

 

 

el monstruo marino

 

Me endurece la piel armar collares de arena,

componer cajitas de música para muñecas mutiladas.

Me endurece la piel la vida,

esta historia diaria

que la historia dejará en olvido.

Tengo manos de niño cuando quiero sepultar al cielo,

manos de relojero enamorado

cuando palpo con apetito al tierno prójimo,

ese deseo sometido al enigma que es el otro.

Yo soy

y eso es lo cierto;

la verdad está hecha de cosas pasajeras,

paradojas de risas como piedras.

Vivo,

es decir, transito con la carne calcinada.

Es cuando no puedo amar sin ejercer la antropofagia

que me siento lejano,

completamente impenetrable,

completamente imperdonable.

Me pregunto qué será el amor

cuando no estemos atravesados por el fuego

y tengamos la medula sin desbordes.

Acaso quedemos convertidos

en lejanas fotografías que transpiran inútiles sonrisas,

convertidos en sueños postergados,

defunciones anticipadas,

piadosas obligaciones.

Me pregunto cómo será la vida 

-si es que es-

cuando tengamos el rocío cansado

y la muerte mucho más crecida,

casi ahí, tocándonos el hombro.

Ser es ser un monstruo marino.

Rectifico,

ser es ser un ángel con una sed insaciable.

 

 

 

 

falta

 

 

El signo de la sangre

pretende cantar de una manera espléndida

sobre la extremidad de un abismo,

de una lanza bebida dulcemente.

En el licor transparente de un aguacero

la nitidez del hambre reclama su derecho a contradecirse.

El deseo es una licantropía sin amarras,

un movimiento permanente en perpetuo devenir.

En los circos donde crezco sobran equilibristas,

payasos con delirios de maestro.

Faltan, eso sí,

amantes de la vida más que de la existencia.

La forma del amor

es un animal enamorado de su cazador;

un castillo de naipes

justo en el camino donde cabalgan corceles desbocados.

Falta quien se suba a su quietud

y se prenda fuego.

 

 

 

regalos y destemplanzas

 

Quise regalarte,

un caballo blanco y un violín de queso,

un pájaro rojo,

un pájaro verde como aceituna,

una aceituna como el pájaro verde

y un color almíbar

con el que enjugarte los ojos y descubrirte la voz.

Pero no se qué pasó,

qué confabulación tuvo lugar,

que te bajaste del autobús

y yo continué sentado,

quieto,

extraño,

ajeno a tanto regalo.

 

 

 

 

desmiénteme

 

Arroja la mañana su ritual humeante

de planetas migratorios.

El pecho enmaletado en cordilleras

toca el torrente con el que los ingratos despertadores abofetean fémures.

Atestigua un balcón de boca abierta

que el cielo se ha prendido fuego

y dejo que el cuerpo circule,

como una lenta cascada de tierra

entre su rutina bien aprendida que le ayuda a no temer,

a creer que el mundo con el que tropieza

es el mismo que abandonó por la noche.

La estirpe de recios bandoneones

golpea una calle sin orillas,

sistemático espejismo donde se ahonda el cansancio de ser tan cotidiano,

tan sin pausa.

La calle huele a embarcaciones,

corchos, raíces recién nacidas,

lágrimas mal curadas.

Desgajo un antiquísimo gemido

al saber que soy un hombre de materia débil y metafísica inconclusa,

una lenta espera con la sangre empobrecida.

No quiero esta mañana,

este golpe,

y sin embargo perduro en mí mismo.

Por favor,

no dejes que me crea estos dolores.

Hurga en mi peso con una magia,

 busca trozos de mármol entre mis escombros,

pedacitos de metales valiosos entre mis baratijas.

Desviste tus sudores

 y desmiénteme por fin.

 

 

 

 

un blanco demasiado fácil

 

 

Sobre un crucifijo de gemidos

mi sombra imparte sus escalones

y una quemadura sube hasta el hierro

que es apenas una quemadura endurecida,

cosa que suele ocurrir en esta vida.

A veces soy un pasadizo desheredado del descanso

y estornudo el ojo sin tener el orgullo de la uña

y rehén de alguna verdura maltratada

me enamoro sin salida del espesor de una caricia.

En el entreacto del cansancio

amo con mis magnitudes en derroche,

y me separo inexorable de lo que tiene alfileres y usa cadenas.

Brinden conmigo

por las ilusiones que todavía quedan sin derruir.

Brindemos por los epitafios

entre hermosas sábanas al pie de un yunque.

Si no llegan a saber por qué brindar, 

brinden por el dolor,

para que tanto golpe sirva también de algo;

que la vida

es un blanco demasiado fácil para la tristeza.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

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