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PODRÍAMOS
Podríamos
irnos juntos hacia el silencio
y
no haré más que bendecirte,
pero
vamos de uno en uno
derramando
dolores de tragedia.
Podríamos
coger con cuentagotas
la
ilusión y bastaría,
pero
huyes, vida,
y
no haré más que llamarte.
Incluso,
me arrepiento
de
los breves gozos para querer negarte,
pero
vamos todos peregrinos
con
el rostro en la tristeza
y
no haré más que lamentarme.
Podríamos
rezar sistemáticamente
de
pie todas las noches blancas
y
levantar el día en nuestras almas
o
registrar sólo los sueños verdaderos
para
ser, vida, lo que mandes.
Podríamos
ser nada más que sombras
vertidas,
desterradas de los cuerpos,
pero
alegres marchando hacia la muerte.
MADRE
Primero
tú, mujer;
después
esas estrellas
ocultas
por paladas
de
hurgada tierra,
bajo
cruces de llanto implicadas
como
huesos con la carne.
Primero,
yermo, con el cuerpo
atorado,
mujer, en tu nido
Luego
dormido,
aquejado
de silencio y de bruma
irrogando
en paradojas
claridad
eterna.
Primero
Dios de enigmas
todo,
adentro;
afuera
el sufrimiento,
la
espera, la fe pendular,
la
certidumbre.
Mujer,
madre, tú primero;
después
yo sumergido
en
una lágrima,
en
una lágrima inmensa.
YA
NO JUEGAN LOS NIÑOS EN LAS CALLES
Ya
no juegan los niños en las calles
Las
bicicletas surcan el espacio
sin
escafandras;
no
brincan ni hacen piruetas para ser niños
de
las flores y de los insectos
Los
adormecen las pantallas en las alcobas
y
en los refectorios
Sueñan
guerras animadas
mientras
trinan los pájaros en primavera.
Niños
redentores macilentos,
emulos
de juegos y redondeles,
no
despliegan las alas extasiados
para
corretear los sueños ni ascienden
a
las estrellas para observar sus infancias
Cantan
azorados la gloria del Dios caviloso
Ven
crecer el alma atónita del yo pecador
y
no hacen nada para ser niños de trapo
o
de madera.
Se
los tragan las máquinas
Ellos
penetran para conquistarlas,
para
engolosinarse con sus vísceras
y
aprenden a ser máquinas
fabricadoras
de máquinas
insaciables
comedoras de niños.
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