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I
El
día recién agredido
deja
caer su lengua de brisa fría.
Mi
corazón vuelca su quilla
en
las pisadas de una luna de agua.
Esos
tesoros infinitos
con
que tienta la vida
con
que tienta el poema
muestran
las fauces de un afán,
pero
tanta tristeza nunca pudo soñarse.
II
Mi
corazón soñado
por
las mandíbulas de un otoño caprichoso
en
su tránsito hacia la plenitud.
Todas
las aves arden entre tanto colmillo.
Los
pozos parpadean
como
un ejército en su huida.
Atrás
ese jolgorio
de
yelmos y soldadas.
El
vendaje de la fe
recurre
la sentencia del deseo.
III
No
era ese azul de tu copa
el
que ayer añoraba lo vivido.
Ese
pájaro quema en la mañana
como
una blanca bestia de pureza.
Las
mariposas topan
contra
el muro florido
de
mi cabeza. Su canción
delgada,
sedienta, tardía.
IV
La
fuente entona con sus dedos
el
canto de cítara de los álamos.
La
melodía ciñe el aire
con
un tropel de sílabas esdrújulas.
En
el henar de la tristeza
se
escucha el mar en sus raíces.
La
fuente descifra las mieles
de
la única embajada del símbolo.
V
Yo
tampoco he nacido.
Septiembre
vendimia su río
de
tinta perla en los sarmientos.
La
onda sonora de la luz
arroja
sus piedras redondas
contra
mi corazón.
Su
lengua, fría brisa,
amenaza
un incendio.
VI
Una
tortuga cruza el campo de batalla.
Sus
ojos tristes recorren la música
de
batallones y de imperios.
Y
esa luz estratega,
camino
del colmillo,
nutre
las sílabas en sus raíces.
Escucha
los lamentos
de
todas las centurias prisioneras
bajo
su caparazón yerto.
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