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Iván A. Goncharov

 

Oblómov

Nº 4

 

Primavera 2001

 
 
 

 

                      

Oblómov (1858)

Ivan A. Goncharov

Trad. de Lydia Kúper de Velasco

Alba Editorial S.L., 1999

 

 

 

Oblómov no hace nada. ¿Para qué? Su análisis de la actividad humana, tan certero como devastador, le impide siquiera abandonar el lecho, lavarse, vestirse. Y eso que las zapatillas se encuentran estratégicamente dispuestas a los pies de la cama y le basta incorporarse para dar de inmediato con ellas.

 

Oblómov tiene sueños y, ciertamente, un futuro placentero y feliz habita su imaginación, haciéndole sonreír por momentos. Tiene amigos, sobre todo un buen amigo de la infancia, Schtolz, inteligente, brillante, activo, que se preocupa por él e interviene positivamente en sus asuntos. Y relaciones que le visitan casi a diario. Y un siervo personal, Zajar, fiel aunque cascarrabias. Y una heredad en el campo, con trescientos siervos y buena renta. Y tal vez conocerá el amor. Y sin embargo…

 

El libro de Ivan Aleksandrovich Goncharov, 1812-1891, un clásico de la literatura rusa tal vez no muy tenido en cuenta en el panorama actual, brilla con luz propia junto a otros títulos más conocidos que nos legara el siglo diecinueve, prodigioso entre todos para la novela europea. Seiscientas cincuenta páginas acaparan nuestra atención de principio a fin, nos hacen reír, nos proporcionan dos o tres momentos líricos excepcionales, nos invitan a la meditación, a mirarnos en el espejo, a amar a Oblómov, pariente nuestro, y dejan, por último, un recuerdo imborrable en la memoria.

 

Sin exceso literario, sentimental ni pedagógico, con un pulso objetivo que hoy en día, habituados por los medios a historias simples con desenlace feliz o absurdamente dramático, puede dejar pasmado a más de uno, el problema Oblómov va discurriendo en cada uno de los episodios imprimiendo el matiz específico, nunca gratuito, requerido a la situación, tejiendo una trama en apariencia suelta y sencilla, y sin embargo de gran hondura, que hace de este libro una obra de perfección extrema.

 

Pero ¿de qué trata Oblómov? Digámoslo en una palabra: de oblomovismo. Indolencia, frente a actividad. Degeneración, frente a plenitud. Un dejarse llevar, una sensación de que es la vida quien arrastra y uno nada puede contra ella y, por tanto, nada merece la pena hacerse: no en otra cosa consiste el oblomovismo. El lector actual, al cabo de las primeras cien páginas, probablemente llegue a la conclusión de que se encuentra ante el retrato literario de un ser víctima de la enfermedad moderna por excelencia, la depresión. Y, no obstante el apresurado diagnóstico, se comprende a Oblómov. Quien más, quien menos, en momentos bajos, ha sido Oblómov y se ha enfrentado a una tesitura similar: ¿merece la pena luchar por algo? ¿no es vivir una decepción constante? 

 

Goncharov lleva al límite el abandono en que su personaje se coloca a sí mismo y nos ofrece, en una suerte de humorístico esperpento, un cuadro ante el que se reacciona por instinto. La voz interior inaudible, mientras los ojos recorren ávidos línea a línea, devorando las páginas, no deja de gritarle a Oblómov: «¡por Dios, haz algo!» Y se le grita porque se le quiere: porque, lo sabemos, hay o ha habido un latente Oblómov en nosotros.

 

Perdidas entre brumas, como una isla inasequible, quedan flotando en la memoria nuestra y del personaje las páginas dedicadas a El sueño de Oblómov, de lo que pudo haber sido y no fue, del paraíso de infancia, las premoniciones favorables, la educación y los buenos propósitos, la promesa una vida feliz, floreciente, garantizada en el amor y la naturaleza.

 

Ilustración para 'El sueño de Oblómov', en la edición rusa

 

El trasfondo social en que discurre la novela tiene su interés histórico: la Rusia zarista, de siervos y señores, tratando de adaptarse a los cambios experimentados por el avance industrial y cuanto de ello se deriva (nuevas relaciones comerciales, reorganización de los sistemas productivos), deja atrás paulatinamente una sociedad dividida durante siglos en propietarios rentistas y campesinos sin derechos; lo cual exige el ‘reciclado’ de los primeros, nobles, en incipientes burgueses, empresarios, etc., a la par que incrementa las posibilidades de acción de los segundos. Un cambio, como la Historia demuestra, difícil de asumir.

 

La novela fue llevada al cine por Nikita Mijáilkov en 1978. En España, Ediciones Júcar publicó en 1985 una edición condensada y en el mismo año vería luz la edición catalana de la mano de Ediciones Proa. En esta ocasión tenemos la oportunidad de acercarnos a la pulcramente realizada por Ediciones Alba, en traducción de Lydia Kúper: si el lector escuchara a alguien, indignado, quejarse de la indolencia y decir: ¡tu actitud no tiene nombre! en sus páginas habrá aprendido la réplica adecuada y, además, podrá darla sin rubor, bien alto, sonriendo:

 

— Naturalmente que sí: ¡oblomovismo, oblomovismo!

 

 

 

 Antonio Mengs

 

 

 


 

 

 
 

 

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