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Antonio Mengs

 

FINALES

Nº 4

 

Primavera 2001

   
 
 

   

 

 

 

LA CITA DEL SOLDADO

 

No sé si me preparo

para el amor o la muerte.

La sórdida luz, la suciedad

del cuarto y de los ecos

de pronto ya no llegan.

Audaz en mis orillas

dispongo la mirada al plenilunio,

el pálpito a un crepúsculo de alba

sin hacer. Silban lejos las balas.

Desvelados augures,

vociferantes rajaduras de muertos y locos

cruzan tentando sangres

la memoria.

 

                       Estoy solo.

Tras la puerta, silencio.

Ella vendrá tal vez o nunca.

Y siempre habré de recordar—

sus bucles de nodriza abalanzados

como mimosa en la cadencia,

los vendavales súbitos del iris.

La veo desvivirse en la renuncia.

La veo reparar este pasado

como un desmesurado crecimiento

de helechos: las huellas borra,

tala el frío. Llueve

sobre su espalda.

La veo centinela entre las brumas,

propósito de estrella.

 

No sé si el suelo tiembla,

si el cielo raso es sueño.

Presiento que la espera

es el feliz infierno.

 

 

 

*

 

 

 

 

Ovalada y dulce

sueña las justas líneas—

labios finos, premisas de agua,

cauces de estío,

pequeños bosques de linde

allá en los párpados.

 

Abre la casa de la luz,

entro en un sólo impulso

y me guardo,

y voy

allá perdido siempre.

 

Y escucho latir

rumores de hijo y selvas,

vientos de hijo y selvas,

fuego de selvas de hijo árido,

allá rebelde.

 

 

 

 

*

 

 

 

 

 

INSTANTÁNEA DE ALBA

 

 

Todo lo que se diferencia un soplo de otra cosa

es una invitación a la danza.

 

                                                            W.C.W.

 

 

Las manos de tu padre,

al fondo, una en otra

inadvertidas. Nada

restan al Alba. La niña

cae del ángel y lanza

la mirada. Las manos

cuidan que vuelva,

iris de luz y entre

de nuevo en el ángel

pasibles, sin moverse,

testigos en el soplo

le velan en la danza.

 

Alboreá del verso.

Y del silencio pleno.

 

De su mirada somos,

de su candor partimos.

Y del fugaz reflejo

de las manos al fondo.

 

 

 

*

 

 

 

 

 

EL SÉPTIMO REZO


Pasa vísperas
y ya en ascuas
das señal de ti,
debes estar soñando.

Hora con ojos de lobo
encendidos de vigilia:
la oración es silenciosa,
sombra en sombra.

El humo también cabecea,
de quietud abatido.

 

 

 

 

 


 

 

 
 

 

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