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LA
CITA DEL SOLDADO
No
sé si me preparo
para
el amor o la muerte.
La
sórdida luz, la suciedad
del
cuarto y de los ecos
de
pronto ya no llegan.
Audaz
en mis orillas
dispongo
la mirada al plenilunio,
el
pálpito a un crepúsculo de alba
sin
hacer. Silban lejos las balas.
Desvelados
augures,
vociferantes
rajaduras de muertos y locos
cruzan
tentando sangres
la
memoria.
Estoy solo.
Tras
la puerta, silencio.
Ella
vendrá tal vez o nunca.
Y
siempre habré de recordar—
sus
bucles de nodriza abalanzados
como
mimosa en la cadencia,
los
vendavales súbitos del iris.
La
veo desvivirse en la renuncia.
La
veo reparar este pasado
como
un desmesurado crecimiento
de
helechos: las huellas borra,
tala
el frío. Llueve
sobre
su espalda.
La
veo centinela entre las brumas,
propósito
de estrella.
No
sé si el suelo tiembla,
si
el cielo raso es sueño.
Presiento
que la espera
es
el feliz infierno.
*
Ovalada
y dulce
sueña
las justas líneas—
labios
finos, premisas de agua,
cauces
de estío,
pequeños
bosques de linde
allá
en los párpados.
Abre
la casa de la luz,
entro
en un sólo impulso
y
me guardo,
y
voy
allá
perdido siempre.
Y
escucho latir
rumores
de hijo y selvas,
vientos
de hijo y selvas,
fuego
de selvas de hijo árido,
allá
rebelde.
*
INSTANTÁNEA
DE ALBA
Todo
lo que se diferencia un soplo de otra cosa
es
una invitación a la danza.
W.C.W.
Las
manos de tu padre,
al
fondo, una en otra
inadvertidas.
Nada
restan
al Alba. La niña
cae
del ángel y lanza
la
mirada. Las manos
cuidan
que vuelva,
iris
de luz y entre
de
nuevo en el ángel
pasibles,
sin moverse,
testigos
en el soplo
le
velan en la danza.
Alboreá
del verso.
Y
del silencio pleno.
De
su mirada somos,
de
su candor partimos.
Y
del fugaz reflejo
de
las manos al fondo.
*
EL
SÉPTIMO REZO
Pasa vísperas
y ya en ascuas
das señal de ti,
debes estar soñando.
Hora con ojos de lobo
encendidos de vigilia:
la oración es silenciosa,
sombra en sombra.
El humo también cabecea,
de quietud abatido.
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