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1.
Una metafísica de este mundo
Algunos autores han pretendido desarrollar una concepción filosófica
capaz de dar “razón” de la contradictorialidad de lo real. Podría
parecer que tal pretensión está avocada al fracaso porque no se
manifiesta siquiera como razón aquello que no respeta
sus más radicales principios: el de identidad o el de
no-contradicción. Se trata de un solo fundamento como un punto que centra
insustancialmente el conjunto de todas las proposiciones consistentes, por
eso Leibniz fundía esos dos axiomas en una fórmula única: “A es A y
no puede ser no A”.
El esfuerzo especulativo de Hegel pretendía concluir la realidad
infinita de la pura contradicción de lo finito. Su ensayo era reacio a
cualquier formalización inferencial, ateniéndose al contenido conceptual
mismo, puesto que el concepto representaba en una dialéctica así el
elemento más puro de la existencia del espíritu. Lo verdadero es el
todo, donde la deducción no tiene más necesidad que la determinación
dialéctica del concepto. Lorenzo Peña lo ha descrito muy bien (1): “En
el sistema del saber absoluto el círculo se cierra: el fin es el
principio y el principio el fin. Con lo cual cada juicio es premisa y
conclusión. Cada uno de ellos queda negado o anulado en ese transitar
hacia otros juicios que de ellos, de su propio anularse, nacen y cobran
verdad (momentánea, parcial, y por ende falsa)”.
En Hegel, lo único que queda exento de cancelación es el propio
sistema. En un sistema tal –concebido como la verdad absoluta- lo que
vale como verdad en una fase deja de valer en otra, pues cada fase tiene
su propia lógica. Por eso el esfuerzo que requiere entender la filosofía
hegeliana es totalmente original: es una construcción conceptual que sólo
cobra sentido desde sí misma, que aporta en cada momento su propio
criterio, en la misma dinámica de su reflexión. Dicho con palabras de
Gadamer:
“la
pretensión de la dialéctica en la lógica de Hegel consiste en llevar a
su cumplimiento esta exigencia de darse clara cuenta de la legitimidad de
cada pensamiento particular situándolo en el contexto del despliegue
sistemático de todos los pensamientos... El fundamento adecuado debía
constituirlo la consecuencia metódica de la ‘ciencia’, que tiene su
razón última en la idea cartesiana de método y se despliega bajo la
perspectiva de la filosofía trascendental, a partir del principio de la
autoconciencia” (2)
La forma no puede ser allí abstraída del contenido, pues es su
propio desenvolvimiento -la filosofía no admite síntesis proposicionales-
y vale por la unidad del ser y del pensar, por la unidad-viva-de-lo-múltiple.
Parecen superarse así las escisiones kantianas, pero el contenido resulta
entonces informalizable e inobjetable.
De acuerdo con Lorenzo Peña, la entronización de la
contradictorialidad que le es propia a la lógica especulativa hegeliana,
también es común a la filosofía de Platón, a la tradición platónica
y neoplatónica. Podemos y debemos matizar esto. La consideración de la
opinión y lo sensible, la imaginación y las imágenes, el amor, la
conversación y el ejercicio ético, como intermediarios y graduales
mediaciones entre el ser y el no-ser (al que no podemos mencionar sin
cancelar)... en una palabra, la interpretación gradualista del
platonismo, ha sido muchas veces oscurecida por un dualismo ultramundano
que condenaba a mera antítesis, de lo real y lo bueno (tesis), lo que los
humanos encuentran en su vida natural.
De todos modos, la interpretación del platonismo que Lovejoy
consideró como “estamundana” (opuesta e incompatible con la
“ultramundana”) ha constituido quizá nuestra mejor tradición científico-filosófica,
atravesando toda la Edad Media hasta la filosofía renacentista de Nicolás
de Cusa o Ramón Sibiuda. Es fácil reconocer la intrínseca naturaleza
contradictoria de la concepción medieval de Dios, cuando procede de
Plotino, de Jámblico, de Proclo, del PseudoDionisio, que está
sutilmente, juiciosamente minimizada en un autor como Tomás de Aquino,
pero que estalla y se exhibe ostentosamente en
Giordano Bruno: cuanto mayor
es la paradoja, mejor es la doctrina:
“El Ser Perfecto y Mejor... no se incluye a sí mismo, pues no es
mayor que él mismo; no es incluido por sí mismo, puesto que no es menor
que él mismo... Es un término de tal guisa que no es un término; es una
forma de tal guisa que no es una forma; es una materia de tal guisa que no
es una materia... No es posible asemejarse más al Infinito siendo hombre
que siendo hormiga; ni aproximarse más siendo una estrella que siendo un
hombre; ... pues en el Infinito estas distinciones son indiferentes; y lo
que digo de éstas entiendo que se aplica a todas las demás distinciones
allí donde las cosas subsisten como entidades concretas (‘intendo di
tutte l’altre cose di sussistenza particulare’)... Puesto que su
centro no difiere de la circunferencia, podemos afirmar con seguridad que
todo el Universo es centro o bien que el centro del Universo está en
todas partes y la circunferencia en ninguna parte, en la medida en que se
distingue del centro; o al revés, que la circunferencia está en todas
partes y el centro en ninguna parte”(3).
Coincidimos en que la dialéctica platónica -en origen o restada
de la ganga maniquea con que la ensució la patrística y la escolástica-
es una dialéctica gradualista(4). Lorenzo
Peña lo explica así: “la contradicción es en ella fruto o plasmación
de la gradualidad del ser o de la verdad, y, además, constituye un
inmediatismo ontológico, en el sentido de que no reconoce más esfera que
la del ser”.
Hay poca diferencia entre este “inmediatismo ontológico” y lo
que Lovejoy llamó “estamundanismo”, propio del principio
de plenitud(4). La interpretación estamundana parte de “el supuesto
de que hay una verdadera e intrínseca multiplicidad en la naturaleza
divina [o –menos teológicamente- en el ser], es decir, en el mundo de
las ideas; parte igual de que, además, ‘la existencia es un bien’, es
decir, que la adición de una concreta actualidad a los universales, la
traslación de las posibilidades extrasensibles a las realidades
sensibles, significa un aumento, y no una disminución, del valor; también
se sigue de que, en realidad, la misma esencia del bien consiste en la máxima
actualización de la variedad; y, por fin, de que el mundo de la
experiencia temporal y sensible es, por tanto, bueno y la suprema
manifestación de lo divino”.
En efecto, el principio de plenitud implica la continuidad o
gradualidad de todo lo existente, sin hueco alguno, concebido metafóricamente
como una cadena o como una escala. Platón había encontrado en la Idea
del Bien la razón de que lo incondicionado no existiese solo. La noción
de perfección autosuficiente del Uno incorpóreo e intemporal se convertía
en la razón lógica, así como en la fuente dinámica de la existencia de
un universo temporal, material y extremadamente múltiple y abigarrado, de
un mundo en el que –según el teorema de completitud metafísica- todas
las potencialidades convenientes estaban llamadas a realizarse. Pleno es
el ser porque carece de huecos; completo porque no hay más que ser.
Si el potencial creador es la idea de lo perfecto, el mundo es
mejor cuantas más cosas contenga. Visto en descenso, el principio de
plenitud es el principio de la necesidad de todos los grados posibles de
imperfección; visto en ascenso, el de todos los grados posibles de
perfección. El orden de los posibles, razones seminales o arcanos,
adquiere aquí y ahora, en el tiempo, la gracia
de la existencia. La expansividad o fecundidad del Bien se juzga como una
necesidad dialéctica, pues en efecto tenemos a lo absoluto produciendo
limitación, determinación, a lo perfecto produciendo incompletitud, a lo
infinito produciendo existentes finitos.
Anotemos que el principio de plenitud fue formalmente rechazado por
Aristóteles en la Metafísica: “no es necesario que todo lo que es posible deba
existir en la realidad”; y “es posible que aquello que posee potencia
no la realice” (II y XI). Aunque en el libro IX lo matice afirmando que
si una cosa no es lógicamente inviable, es decir, si no conlleva
contradicción, no tenemos derecho a asegurar
que nunca existirá de hecho.
2. El vértigo de lo infinito y el enfoque
gradualista
Pero el hecho de la plenitud no es sólo la actualización necesaria de lo
posible, sino más aún, la existencia real de lo contradictorio. Por eso
el principio de plenitud no sólo sirve para fundar metafísicas
optimistas, sino también para dilucidar el componente trágico del ser y
el ingrediente polémico del conocimiento. Cada vez que respiramos,
cotidianamente, en lo grande y en lo pequeño, se producen incesantes
hecatombes. La dimensión trágica de lo pleno está presente incluso en
la noción leibniziana de la armonía preestablecida... “La armonía
leibniciana es todo menos idílica”, aunque para Leibniz sea también la
perfección, a modo de principio de optimación, la causa rectora de las
existencias(5).
Por eso la plenitud del ser, entendida ahora al modo moderno, su
infinitud, despierta la adoración religiosa de Bruno o conjura en
Descartes sus últimas incertidumbres, mientras anonada a Pascal:
“L’eternel silence de ces espaces infinies m’effraie”. La visión
del “infini creé” no es para el francés motivo de gozo, sino de
humillación, empequeñece al hombre y deja atónito a su entendimiento:
“Todo
este mundo visible sólo es un punto imperceptible en el ancho vientre de
la naturaleza. Ninguna idea nuestra puede aproximarse a ella... ¿Qué es
el hombre en medio del infinito?” (Pascal)
A la pregunta de Pascal, responderíamos con Leibniz: el hombre es
otro infinito, un microcosmo o –permítasenos el retruécano- un
complejo espejo del complejo...
“Toda sustancia es como un mundo entero y como un espejo de Dios
o bien de todo el universo, al cual expresa cada una a su manera, más o
menos como una misma ciudad es representada de maneras diversas según las
diferentes situaciones del que la mira”(6).
No obstante, para Pascal, como el mundo es demasiado grande
(infinito) para ser investigado por nosotros exhaustivamente, ninguna de
sus partes puede ser realmente comprendida, puesto que “sus partes están
todas tan interrelacionadas y vinculadas con las demás que es imposible
conocer las partes sin conocer el todo ni el todo sin conocer las
partes”.
Una dificultad más profunda es que la misma noción de número
infinito, o magnitud infinita, que podemos atribuir
realmente al ser, plantea a nuestro pensamiento antinomias
insolubles. “Sabemos que existe el infinito, pero ignoramos su
naturaleza. Como sabemos que es falso que los números sean limitados,
pues es verdad que hay un número infinito. Pero no sabemos cómo es: es
falso que sea par, es falso que sea impar, porque, añadiéndole la
unidad, no cambia de naturaleza; sin embargo, es un número, y todo número
es par o impar (es verdad que esto se entiende de todo número finito). Así,
pues, bien se puede conocer que hay un Dios sin saber lo que es”(7)...
En la contradicción reside el misterio. Pero, además, el Infinito
resulta lógicamente trascendental, pues precisamente un ser infinito es
tal que posee propiedades mutuamente opuestas en grados que normalmente
serían incompatibles, o sea, en grados tales que sería incompatible la
posesión simultánea de esas propiedades en esos grados por un ente
finito. Restauramos con ello una Realidad omniabarcante, a la vez infinita
y finitamente participada, “absolutamente necesaria y, no obstante,
participada con dosis de contingencia diversas, sin que nada de todo eso
abra en ella dicotomía alguna de esencia y existencia”. Una lógica que
incorpora el infinito naturalmente es una metafísica axiomatizada.
Para Lovejoy, la reflexión pascaliana pone de relieve un concreto
aspecto irónico del principio de plenitud. El principio expresaba la
convicción de que hay una esencial racionalidad en la naturaleza de la
realidad y una razón suficiente en el mundo inteligible, para todo lo que
existe en concreto. Pero cuando se interpretaba qué presuponía la
existencia real de un infinito numérico cuantitativo (¥),
más bien convertía la realidad en esencialmente ajena a la razón
humana, empapada, ahíta de paradojas y contradicciones. Quien así seguía
el principio de razón suficiente hasta sus últimas consecuencias
encontraba que la conclusión destruía el supuesto del que había sido
deducida.
La infinitud era, gracias a Dios, la paradójica “contingencia”
que salvaba el principio de plenitud del férreo determinismo a que lo
llevó Spinoza en su Ética. Lo
infinito está en todo.
Podemos no obstante preservar la posibilidad del conocimiento
admitiendo como Platón la mediación, la gradualidad, lo ‘metaxý’,
El grado, aun entendido como cantidad intensiva, permite la resolución de
las paradojas del montón (sorites):
“si
es verdad que es calvo un hombre con menos de cien pelos en la cabeza, y
es también cierto que, si a un no calvo se le quita un pelo, sigue siendo
no calvo, entonces hay hombres calvos y no calvos”.
Un enfoque gradualista –como dice Lorenzo Peña(8)- se atiene a
una concepción meramente intelectual según la cual lo nuevo ya preexiste
en lo viejo, sólo que incrementa su grado hasta alcanzar un cierto umbral
en que el cambio de cantidad es percibido como cambio de cualidad. De
hecho, es posible que alguien sea y no sea calvo, según se mire; o no es
necesario que alguien sea calvo o no calvo. El tercero no resulta
excluido, sino esencial para tal dialéctica.
Para una interpretación gradualista de la dialéctica, no hay dos
modos de ser contradictorios, sino un solo modo de ser (“sustrato
infinitamente indiferente”) y muchos grados, si bien algunos pueden ser
cualitativamente decisivos por estar próximos a los límites
infinitesimales de percepción o significación. En dicho inmediatismo
ontológico, aprehendido mediante lo que Lorenzo Peña llama una “dialéctica
ontofántica”, el ser se toma como se muestra y no es preciso
retrotraerlo a la negación. El ser y el no ser –o digamos el devenir-
se dan en la gradualidad misma de lo real, con independencia de la reflexión.
3. Ontofántica e idealismo trascendental
Tanto
Alfredo Deaño como Lorenzo Peña han puesto de manifiesto el surgimiento
de concepciones dialécticas o idealistas (idealismo trascendental, no
absoluto) en la filosofía analítica de las últimas décadas. Tal
filosofía ha reasumido cada vez más acentuadamente los enfoques de la
dialéctica platónica como propios, e incluso se ha inscrito en una línea
de continuación de la llamada por Leibniz philosophia
perennis. Este fue el caso de Frege y Wittgenstein. Sus ramificaciones
más recientes aparecerían en los trabajos sobre semántica de
expresiones intensionales y en ontologías como las de Bergman, Castañeda,
Alvin Plantinga o David Kellog Lewis.
Lorenzo Peña resume el ideal metodológico de dicha forma de
filosofar en la analiticidad y la demostrabilidad. Claridad y rigor no están
reñidos con concepciones que defienden expresamente la
contradictorialidad de lo real.
La dialéctica o metafísica
ontofántica se estructuraría en torno a unos cuantos principios
fundamentales:
1.
La identificación de cada ente con su existir.
2.
La identificación de verdad y existencia.
3.
El reconocimiento de la infinita gradualidad de la verdad y del ser
real.
4.
La postulación de infinitos aspectos de realidad
(mundos-posibles), pero de modo que la Existencia subsume en sí a todos
los demás.
5.
Todo lo posible es -aun relativamente- real y verdadero (necesitarismo
matizado).
6.
Concepción tensional de la verdad: no cabe hablar de la verdad de
un hecho, sino de la serie de sus grados de verdad o falsedad.
7.
Principio de apencamiento:
todo lo no enteramente falso o inexistente es existente.
8.
Negación del ultramundanismo: La Existencia es lo único
absolutamente real y verdadero, es el grado máximo de realidad, que
abarca a los demás (relación de abarcamiento).
9.
Aceptación de la contradictorialidad del movimiento. Las
relaciones se conciben como movimientos atemporales y se postulan órdenes
de sucesión de lapsos no temporales.
10.
Reconocimiento de la infinitud numérica, sin soslayarse las
contradicciones que encierra. Es legítima la regresión ontológica y
epistemológica al infinito.
Las
diferencias entre esta dialéctica y la de Hegel las resume Lorenzo Peña
en tres, estrechamente ligadas entre sí:
1.
La dialéctica ontofántica reconoce la cantidad intensiva como una
determinación de lo real no meramente transitoria o inferior. Es una
filosofía del más y del menos, de la comparación (¿y de la analogía?).
Una filosofía en la que, por el principio de identidad existencial, si
dos entes son diversos, hay algún aspecto en el que uno de ellos es más
real que el otro.
2.
La ontofántica prescinde de todas las dicotomías aristotélicas
para flexibilizar la frontera entre el sí y el no, instalándose en una
realidad que está por hacerse, temporal y atemporalmente.
3.
Por último, la ontofántica no renuncia a la formalizabilidad.
Acepta unas normas de verdad constantes, unos principios, así como la
mensurabilidad en todos los órdenes y ámbitos, pues sostiene que tanto
la verdad como la existencia se da en infinitos grados.
Como no podía ser de otro modo, dada su procedencia platónica, la
ontofántica no concibe las reglas de inferencia como descripciones de
procesos psíquicos (psicologismo), sino como imágenes o expresiones de
hechos ontológicos de carácter universal y, por consiguiente,
universalmente aplicables (trascendentalismo o realismo). Las leyes lógicas
serían enunciados distintos de todos los demás, precisamente por ser
verdaderos en todos los mundos posibles.
Evidentemente, dada su aspiración a comprender la contradicción,
y dado el hecho -o paradoja lógica- de que de una contradicción se
infiere válidamente cualquier tesis, la ontofántica ha de enfrentarse al
desmoronamiento por exceso de su propio sistema, que Lorenzo Peña llama delicuescencia.
“Una lógica que permita la demostración en un sistema de dos
enunciados mutuamente contradictorios sin que por ello sea forzosamente
delicuescente tal sistema es una lógica paraconsistente”
(sic). Al parecer, la clave de la solución para hacer viable la
paraconsistencia estriba en distinguir dos negaciones: la fuerte o
supernegación, que se lee “no... en absoluto”, o “es totalmente
falso que”, y la negación simple, el mero “no”. El fondo de tal
solución es la admisión de grados de verdad y, por lo tanto, también de
grados de falsedad, una distinción que sería tan imprescindible como la
distinción entre niveles de lenguaje.
4. Paraconsistencia
y argumentación racional. La dialéctica como nueva retórica.
Me
pregunto si la reconsideración lógica de la verosimilitud de la
argumentación probable, en el sentido de Perelman, podría ser compatible
o integrable con una perspectiva paraconsistente. Creo que sí. Se trataría
en efecto de recuperar para la filosofía una vía, la dialéctica,
intermedia entre lo evidente y lo irracional, entre la demostración
tautológica y la sofística tendenciosa: el “camino difícil y mal
trazado de lo razonable”(9).
Perelman rechaza el nombre de “dialéctica” para su “nueva
retórica” a causa, precisamente, del peso que para él tiene la tradición
hegeliana en el significado de la palabra “dialéctica”. Por el
contrario, a Perelman (que hizo su doctorado sobre la lógica de Frege) no
le hubiese importado llamar “dialéctica” a su teoría de la argumentación, “dialéctica” en sentido aristotélico,
como un “arte de razonar a partir de opiniones generalmente
aceptadas”. La dialéctica pone el acento en lo opinable como algo verosímil,
por oposición al razonamiento analítico que tiene por objeto lo
necesario; en cambio la retórica pone el acento en lo opinable como algo
a lo que se puede prestar diferentes grados
de adhesión.
A mi juicio, una metafísica que acerca tanto lo probable a lo
existente, como la del proyecto ontofántico, tendría que admitir junto a
procedimientos analíticos, semánticos y sintácticos, una
pragmática argumentativa orientada a la consecución de la
persuasión o la convicción; la ontofántica no sólo tendría que
contener una dialéctica, sino también una retórica, en el sentido
humanista. El principio de apencamiento podría reinterpretarse en función
de esta ampliación de la dialéctica ontofántica: Todo lo no enteramente falso es razonable o verosímil. La motivación
del principio, como cautela pragmática, hállase en Pascal (Pensamientos,
147):
“Cuando no se sabe la verdad de una cosa es bueno que haya un
error común que fije el espíritu de los hombres”
La extensión humanista de la dialéctica a cualquier campo en que
quepa una argumentación racional más o menos verosímil o razonable
permitiría analizar problemas que, al menos por el momento, desbordan el
campo de la formalizabilidad, dada la inadecuación de la lógica de la
demostración al mundo de los valores, y dada la necesidad de abordar éstos
con instrumentos suficientes y con un rigor tal que permita desacreditar a
toda persuasión no estrictamente racional, basada en la sugestión o el
halago, como resultan ser la de la Internacional Publicitaria o la Sofística
Mediática.
Nueva retórica y neodialéctica pueden servir para la reconstrucción
de una filosofía fuerte, pero no dogmática y cerrada. Perelman propuso
una filosofía regresiva, abierta, no conclusa. Una filosofía que tenga
lo infinito por objeto y que asuma la aplicación de su propia actividad
intelectual como búsqueda
incesante, como búsqueda sin término
(Popper), puede adoptar provisionalmente los cuatro principios de la dialéctica
de Gonseth(10):
1.
Principio
de integridad: todo nuestro saber es
interdependiente.
2.
Principio
de dualismo: es ficticia toda dicotomía
entre método racional y método empírico; ambos deben complementarse.
3.
Principio
de revisión: toda afirmación, todo
principio debe permanecer abierto a nuevos argumentos, que podrán
anularlo, debilitarlo o reforzarlo.
4.
Principio
de responsabilidad: el investigador, tanto
científico como filosófico, compromete su personalidad en sus
afirmaciones y teorías, ya que debe elegirlas al no ser únicas ni
imponerse su justificación de forma automática, sino racional (bien es
verdad que en la ciencia esto afecta sólo a los principios y teorías, y
no a hechos sometibles, como diría Platón, a medidas de peso, extensión
o número).
5. Por una dialéctica realista.
Consideramos que la
dialéctica ontofántica, cuyos principios hemos mostrado explícitos en
el apartado tres de este artículo puede mejorar su rendimiento teórico,
mediante algunas correcciones trascendentales.
En primer lugar, resulta inaceptable la afirmación segunda: la
identificación de verdad y existencia. La verdad, tanto si la entendemos
al modo tradicional (adecuación o consonancia, afinidad o conveniencia),
como si la entendemos al modo heideggeriano, como descubrimiento o
‘estado de abierto’ del ‘ser ahí’, supone un ser ideal
inexistente, proversivo, lo cual no implica que lo existente no participe
de lo ideal. Pues en efecto, “el ‘ser ahí’ es con igual
originalidad en la verdad y la falsedad” (11).
La verdad es un trascendental extrínseco. Es el fin de todos los
fines de la inteligencia. Sin embargo, desde una perspectiva gradualista,
la verdad representa inteligiblemente el grado de conveniencia o afinidad
entre la inteligencia y el ser. Es el modo de ser de una relación. Por lo
mismo que el existente es diversamente verdadero, resulta diversamente
falso en su relación con el entendimiento.
En segundo lugar, tenemos buenas razones para preferir como
supertrascendental Realidad, en vez de Existencia
(al contrario de lo que propone el principio ontofántico
cuatro). Seguimos en esto la idea del orden trascendental de Xavier
Zubiri:
“Cuando
los dos momentos de esencia y existencia competen a la cosa ‘de suyo’
es cuando tenemos formalmente ‘realidad’. El ‘de suyo’ es, pues,
anterior a esencia y existencia”...
“La
realidad es en alguna manera anterior a la existencia misma”... “Tanto
la existencia como la esencia presuponen la realidad”... “el ens
reale tiene ‘inmediatamente’ ambas significaciones”...
“partimos de la cosa real qua real. Después yo puedo
considerar la cosa real existencialmente
o puedo considerarla esencialmente”... “la realidad es tanto existencia como
esencia”
“La
realidad posee, ciertamente, ese carácter de érgon,
un carácter que, si se me permite la expresión, llamaría ‘érgico’;
esto es, actúa sobre las demás cosas, efectuando determinadas
operaciones... el carácter érgico presupone la realidad”.
“La
realidad, y no el ser sustantivo, es el fundamento previo, el prius
de la objetividad de las afirmaciones y del ser copulativo”... “La
complexión real [symploké] es aquello sobre lo que el juicio recae”...
“La frase nominal expresa la complexión real directamente y sin verbo
copulativo”.
“Por
donde quiera que se tome la cuestión (por el lado de las cosas mismas o
por el lado de su intelección), la realidad es anterior al ser, y el ser
es una actualidad de lo ya real en y por sí mismo”.(12)
El
orden de la realidad, pues, integra tanto el ser ahí y ahora de la
existencia (los objetos y sus propiedades), como la aptitud general para
ser implícita en el ser fuera del tiempo de la esencia (universales).
Además, conviene no olvidar el dominio proyectivo de los valores. Esencia
o quididad (ser fuera del tiempo, posibilidad); Existencia (ser en el
tiempo, actualidad); y Proversión (ser para el tiempo, obligatoriedad),
constituyen los tres momentos de la dialéctica gradualista real.
En tercer lugar, el necesitarismo matizado de la ontofántica
(principio quinto) requiere también una corrección. Todo lo posible no
existe de hecho. Además, la tesis cinco sería contradictoria con la dos.
Comprender la posibilidad de la contradicción no es lo mismo que no tener
la obligación de superarla, siendo ello posible. Habría que eliminar la
contradicción a favor de lo posible, o mejor, a favor de la realidad de lo posible. Realidad que incluye como
tercer momento su obligatoriedad proversiva: o sea, la realización de
aquello que merece ser realizado, incoativamente real de suyo como
proyecto. También habría contradicción entre el principio quinto y el
ocho, que resolveríamos sustituyendo de nuevo el trascendental Existencia
por el meta-trascendental Realidad.
Por último, no entendemos muy bien que todas las relaciones puedan
concebirse como movimientos atemporales (principio nono); sí, que lo
puedan ser algunas. Al menos, en su consideración esencial.
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Notas
(1)
Lorenzo Peña, “Dialéctica, lógica
y formalización: de Hegel a la filosofía analítica”, Cuadernos salmantinos de Filosofía, vol. XIV,
pp 149-171. 1987.
(2)
Hans
Georg Gadamer. La
dialéctica de Hegel, Cátedra, Madrid,
1981. III, 1.
(3)
Giordano Bruno. De la Causa,
V.
(4)
V. nuestra tesis doctoral, José Biedma: El problema de la verdad en Platón, Universidad de Granada, 1990.
(5)
Javier Echeverría. Leibniz,
el Autor y su Obra, Barcanova, Barcelona, 1981.
(6)
Leibniz. Discurso de Metafísica,
§ IX.
(5)
Arthur O. Lovejoy. La
gran cadena del ser, Icaria,
Barcelona,
1983, pg. 124.
(7)
Pensamientos,
451.
(8)
Tomo el ejemplo del artículo citado de Lorenzo Peña.
(9)
Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca. Tratado de la argumentación, Gredos, Madrid, 1989.
(10)
Gonseth perteneció al
Grupo de Zurich, en cuya epistemología se encuadró la de Perelman y cuyo
órgano de expresión fue la revista Dialéctica.
Para Gonseth no sólo el mundo de los valores, sino también el de la
ciencia está sometido a las condiciones de probabilidad y provisionalidad
propias del campo dialéctico delimitado por Aristóteles (cfr. Jesús
González Bedoya. Prólogo a la edición española del Tratado
de la argumentación).
(11)
El ser y El tiempo, FCE, trad. de José Gaos, pg. 244, Madrid, 1982.
(12)
Sobre
la esencia, Sociedad de estudios y
publicaciones, Madrid, 1972, pgs. 403-415.
(Los
cuatro primeros números de este artículo se publicaron por primera vez
en el número 24, vol. XIII (2000), pgs. 247-257, de la Revista de Filosofía de la Universidad Complutense).
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