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Si
se rastrea el origen de esa generación de poetas norteamericanos
conocidos como "beatniks" hay que patear la calle
y encontrar en algún bar de mala muerte a los "hipster",
especie de gamberros sin oficio, "negros blancos" cuyo oficio
era merodear por los sitios de la peor calaña, con el alma engolosinada
de droga y los sentidos impregnados de música. Los "hipster"
estaban al margen de la vida cuadriculada ("square") con sus
horarios de oficina y sus ansias consumistas. Cuentan los manuales de
literatura que Jack Kerouac se enteró de los "hipster"(el
existencialista americano), según narró en una entrevista, gracias
William Burroughs quien tenía un amigo llamado Herbert Huncke.
En la presentaciones de rigor Huncke dijo: "I'm beat, man". La
palabra "beat" viene a significar algo así como
"acabado", "arruinado", "estar en el
foso", vuelto mierda o "hecho polvo" en el sentido de
Huncke. No obstante "beat" va referida así mismo a
"beatitud", santidad, pero la santidad producto de la angustia
existencial, de esos seres alejados de la mirada de Dios. En el año
1958 los "beats" fueron creciendo como la hierba. Un
periodista de San Francisco que escribía sobre el asunto, Herb Caen,
acuñó la palabra "beatnik", pensando en el satélite de
espionaje "Sputnik" que los Rusos enviaron al espacia y que
generó paranoia en USA. El periodista utilizó "beatnik" de
manera despectiva, pero como la musa sopla donde quiere este adquirió
resonancia mundial.
También
acotan los manuales que a partir de 1955 la generación beat deja paso a
los beatniks como colectivo juvenil. Jack Kerouac, Allen Ginsberg y los
demás eran figuras públicas a contracorriente y daban la pauta para
visualizar lo artístico y lo humano desde una óptica menos
prejuiciosa. Luego estaban Lawrence Ferlinghetti, William S. Burroughs,
Neal Cassady y Gregory Corso que completarían la nómina de una
generación relevante de poetas y escritores.
Gregory
Corso nació el 26 de marzo de 1930 en Bleecker Street, en el corazón
del Village. Sus padres
eran de origen Italiano. Cuando Gregory nació sus padres eran unos
adolescentes. La madre apenas estuvo un año con el recién nacido y
luego se marchó de nuevo Italia. Como su padre no tenía la edad
suficiente para tenerlo el niño fue entregado a un orfelinato. Su niñez
transcurrió de orfanato en orfanato. Este peregrinaje duró hasta que
Gregory cumplió los 11 años. Su padre volvió a contraer matrimonio y
lo trajo a vivir con él. Todo marchaba de forma histérica en la casa y
el chico con apenas 13 años emprende el vuelo. Su padre se dispuso la
tarea de encontralo y lo trajo de nuevo a
casa. A los tres meses volvió a fugarse. Huyó repetidas veces y
en todas volvían a capturarlo. Ante esta manía de fuga del chico lo
internaron en una clínica de observación siquiátrica.
Pero
Gregory Corso era un caso perdido.
Era un chico malo, un rebelde sin causa.
Comenzó
a robar. A los 17 años fue sentenciado por robo y fue a parar a la
prisión de Clinton State. Pasó allí tres años. Durante su condena se
dedicó a leer con voracidad los libros de la biblioteca de la prisión.
De
nuevo en la calle respirando el aire del que no tiene muchas
oportunidades fue de un trabajo a otro. Bracero, reportero y hasta
marinero. La musa ya le rondaba por ese entonces. A finales de los años
50 conoció, en la Universidad de Columbia, a Allen Ginsberg, quien
enseguida se percató de la buena madera poética de Corso el cual
mezclaba en sus textos poéticos el lenguaje áspero del hombre
trajinado en la calle con las chispas estéticas de Emily Dickinson y la
emblemática concreción de la poesía japonesa. Se entabló una buena
amistad y ambos comenzaron a ofrecer recitales. Se cuenta que en uno de
dichos recitales Kerouac no pudo contener la risa ante a improvisación
poética-actoral de un Corso con pinta más de caletero de puerto que de
poeta. Su primer libro "Vestal en Brattle y Otros Poemas" le
siguió "Gasolina", publicado por Lawrence Ferlinghetti en San
Francisco.
La
poesía de Corso es escueta y con una música especial canta las
delicias de su entorno cultural:
Anoche
conduje un automóvil
Anoche
conduje un automóvil
sin
saber cómo conducir
sin
tener un automóvil.
Lo
conduje y arrollé
a
personas que amo...
a
120 por hora en la ciudad.
Me
detuve en Hedgeville
Y
dormí en el asiento trasero
Entusiasmado
por mi nueva vida.
En
otras oportunidades su irreverencia poética tiene un sabor a Whitman.
El poema tiene la fluidez de un discurso atropellado, de un grito sin
matices, de una burla estrafalaria:
Yo
obsequié
Obsequié
el firmamento
junto
a las estrellas los planetas las lunas
y
también las nubes y los vientos del clima,
las
formaciones de aviones, la migración de las
aves...
"¡De
ninguna manera!" aullaron los árboles,
"¡Los
pájaros cuando no vuelan son nuestros, no los
podés obsequiar!"
Así
que obsequié los árboles
y
el terreno que ellos habitan
y
todas aquellas cosas que crecen y se arrastran
sobre él
"¡Un
momento!" marearon los mares,
"¡Las
costas, las playas son nuestras, los árboles
para los barcos,
para
los astilleros, nuestros! ¡no los podés
obsequiar!"
Por
lo tanto obsequié los mares todas las cosas que
los nadan,
los
navegan...
"¡De
ninguna manera! tronaron los dioses,
¡Todo
lo que has obsequiado nos pertenece! ¡Nosotros lo creamos!
¡Incluso
creamos a aquéllos como tú!"
Entonces
fue cuando obsequié a los dioses.
En
muchas ocasiones su poesía se torna breve y concisa. Ginsberg decía
que emparentaba mucho con la poesía japonesa:
Espiritu
Espíritu
es
Vida
Fluye
por
mí
muerte
eternamente
como
un río
sin
miedo
de
volverse
el
mar
Otras
veces su poesía deja la introspección y se limita a describir su mundo
cercano de amigos y familiares:
El
yak loco
Observo
cómo baten la última leche que de mí
sacarán.
Están
esperando a que muera;
Quieren
hacer botones de mis huesos.
¿Dónde
están mis hermanas y hermanos?
Aquel
monje alto que pone la carga sobre mi tío tiene un gorro nuevo.
¡Y
nunca había visto a semejante embozado como ese idiota estudiante suyo!
Pobre
tío, se deja que le pongan la carga.
¡Qué
triste está, qué cansado!
Me
pregunto qué harán con sus huesos.
¡Y
con su hermosa cola!
¡Cuántas
agujetas harán!
Gregory
Corso era un truhán, un rufián en el mejor y peor sentido. Detestó
siempre la vida literaria con sus normativas y sus parafernalias. Iba a
su ritmo. Su poesía es en muchos casos tosca, pero con indiscutibles
destellos de emocionalidad lírica sin igual. Ya al final de su vida se
fue convirtiéndose en un sosegado señor con aspecto de profesor
jubilado. Su sombra era la leyenda negra de su dura vida tanto en calle
como en la prisión. Su encuentro con Ginsberg, Kerouac y los demás
selló su destino.
Desde
el año pasado vivía con su hija Sheri Langerman. Acababa de grabar un
disco. Nunca tuvo mucho dinero, pero su musa lo acompañó hasta al
final entre otros de sus libros podemos mencionar El Feliz Cumpleaños
de Muerte (1960), El Expreso americano (1961), el Hombre Vivo Largo
(1962), Elegaic Sentimientos americano (1970), Heraldo del Espíritu de
Autochthonic (1981), y Mindfield (1991).
Gregory
Corso, poeta, nació en Nueva York en 1930 y murió en Minnesota el 18
de enero del 2001.
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