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Carlos Yusti

Gregory Corso, el rufián tocado por la musa

Nº 4

 

Primavera 2001

 
 
 

 

 

 

Si se rastrea el origen de esa generación de poetas norteamericanos conocidos como "beatniks" hay que patear la calle  y encontrar en algún bar de mala muerte a los "hipster", especie de gamberros sin oficio, "negros blancos" cuyo oficio era merodear por los sitios de la peor calaña, con el alma engolosinada de droga y los sentidos impregnados de música. Los "hipster" estaban al margen de la vida cuadriculada ("square") con sus horarios de oficina y sus ansias consumistas. Cuentan los manuales de literatura que Jack Kerouac se enteró de los "hipster"(el existencialista americano), según narró en una entrevista, gracias  William Burroughs quien tenía un amigo llamado Herbert Huncke. En la presentaciones de rigor Huncke dijo: "I'm beat, man". La palabra "beat" viene a significar algo así como "acabado", "arruinado", "estar en el foso", vuelto mierda o "hecho polvo" en el sentido de Huncke. No obstante "beat" va referida así mismo a "beatitud", santidad, pero la santidad producto de la angustia existencial, de esos seres alejados de la mirada de Dios. En el año 1958 los "beats" fueron creciendo como la hierba. Un periodista de San Francisco que escribía sobre el asunto, Herb Caen, acuñó la palabra "beatnik", pensando en el satélite de espionaje "Sputnik" que los Rusos enviaron al espacia y que generó paranoia en USA. El periodista utilizó "beatnik" de manera despectiva, pero como la musa sopla donde quiere este adquirió resonancia mundial.

 

También acotan los manuales que a partir de 1955 la generación beat deja paso a los beatniks como colectivo juvenil. Jack Kerouac, Allen Ginsberg y los demás eran figuras públicas a contracorriente y daban la pauta para visualizar lo artístico y lo humano desde una óptica menos prejuiciosa. Luego estaban Lawrence Ferlinghetti, William S. Burroughs, Neal Cassady y Gregory Corso que completarían la nómina de una generación relevante de poetas y escritores.

 

Gregory Corso nació el 26 de marzo de 1930 en Bleecker Street, en el corazón del Village.  Sus padres eran de origen Italiano. Cuando Gregory nació sus padres eran unos adolescentes. La madre apenas estuvo un año con el recién nacido y luego se marchó de nuevo Italia. Como su padre no tenía la edad suficiente para tenerlo el niño fue entregado a un orfelinato. Su niñez transcurrió de orfanato en orfanato. Este peregrinaje duró hasta que Gregory cumplió los 11 años. Su padre volvió a contraer matrimonio y lo trajo a vivir con él. Todo marchaba de forma histérica en la casa y el chico con apenas 13 años emprende el vuelo. Su padre se dispuso la tarea de encontralo y lo trajo de nuevo a  casa. A los tres meses volvió a fugarse. Huyó repetidas veces y en todas volvían a capturarlo. Ante esta manía de fuga del chico lo internaron en una clínica de observación siquiátrica.

 

Pero Gregory Corso era un caso perdido.  Era un chico malo, un rebelde sin causa.

 

Comenzó a robar. A los 17 años fue sentenciado por robo y fue a parar a la prisión de Clinton State. Pasó allí tres años. Durante su condena se dedicó a leer con voracidad los libros de la biblioteca de la prisión.

 

De nuevo en la calle respirando el aire del que no tiene muchas oportunidades fue de un trabajo a otro. Bracero, reportero y hasta marinero. La musa ya le rondaba por ese entonces. A finales de los años 50 conoció, en la Universidad de Columbia, a Allen Ginsberg, quien enseguida se percató de la buena madera poética de Corso el cual mezclaba en sus textos poéticos el lenguaje áspero del hombre trajinado en la calle con las chispas estéticas de Emily Dickinson y la emblemática concreción de la poesía japonesa. Se entabló una buena amistad y ambos comenzaron a ofrecer recitales. Se cuenta que en uno de dichos recitales Kerouac no pudo contener la risa ante a improvisación poética-actoral de un Corso con pinta más de caletero de puerto que de poeta. Su primer libro "Vestal en Brattle y Otros Poemas" le siguió "Gasolina", publicado por Lawrence Ferlinghetti en San Francisco.

 

La poesía de Corso es escueta y con una música especial canta las delicias de su entorno cultural:

 

Anoche conduje un automóvil

 

Anoche conduje un automóvil

sin saber cómo conducir

sin tener un automóvil.

Lo conduje y arrollé

a personas que amo...

a 120 por hora en la ciudad.

Me detuve en Hedgeville

Y dormí en el asiento trasero

Entusiasmado por mi nueva vida.

 

En otras oportunidades su irreverencia poética tiene un sabor a Whitman. El poema tiene la fluidez de un discurso atropellado, de un grito sin matices, de una burla estrafalaria:

 

Yo obsequié

 

Obsequié el firmamento

junto a las estrellas los planetas las lunas

y también las nubes y los vientos del clima,

las formaciones de aviones, la migración de las

        aves...

"¡De ninguna manera!" aullaron los árboles,

"¡Los pájaros cuando no vuelan son nuestros, no los

        podés obsequiar!"

Así que obsequié los árboles

y el terreno que ellos habitan

y todas aquellas cosas que crecen y se arrastran

         sobre él

"¡Un momento!" marearon los mares,

"¡Las costas, las playas son nuestras, los árboles

         para los barcos,

para los astilleros, nuestros! ¡no los podés 

         obsequiar!"

Por lo tanto obsequié los mares todas las cosas que

         los nadan,

los navegan...

"¡De ninguna manera! tronaron los dioses,

¡Todo lo que has obsequiado nos pertenece! ¡Nosotros lo creamos!

¡Incluso creamos a aquéllos como tú!"

Entonces fue cuando obsequié a los dioses.

 

En muchas ocasiones su poesía se torna breve y concisa. Ginsberg decía que emparentaba mucho con la poesía japonesa:

 

Espiritu

 

Espíritu 

es Vida 

Fluye por 

mí muerte 

eternamente 

como un río 

sin miedo 

de volverse 

el mar 

 

Otras veces su poesía deja la introspección y se limita a describir su mundo cercano de amigos y familiares:

 

El yak loco

 

Observo cómo baten la última leche que de mí

       sacarán.

Están esperando a que muera;

Quieren hacer botones de mis huesos.

¿Dónde están mis hermanas y hermanos?

Aquel monje alto que pone la carga sobre mi tío tiene un gorro nuevo.

¡Y nunca había visto a semejante embozado como ese idiota estudiante suyo!

Pobre tío, se deja que le pongan la carga.

¡Qué triste está, qué cansado!

Me pregunto qué harán con sus huesos.

¡Y con su hermosa cola!

¡Cuántas agujetas harán!

 

Gregory Corso era un truhán, un rufián en el mejor y peor sentido. Detestó siempre la vida literaria con sus normativas y sus parafernalias. Iba a su ritmo. Su poesía es en muchos casos tosca, pero con indiscutibles destellos de emocionalidad lírica sin igual. Ya al final de su vida se fue convirtiéndose en un sosegado señor con aspecto de profesor jubilado. Su sombra era la leyenda negra de su dura vida tanto en calle como en la prisión. Su encuentro con Ginsberg, Kerouac y los demás selló su destino.

 

Desde el año pasado vivía con su hija Sheri Langerman. Acababa de grabar un disco. Nunca tuvo mucho dinero, pero su musa lo acompañó hasta al final entre otros de sus libros podemos mencionar El Feliz Cumpleaños de Muerte (1960), El Expreso americano (1961), el Hombre Vivo Largo (1962), Elegaic Sentimientos americano (1970), Heraldo del Espíritu de Autochthonic (1981), y Mindfield (1991).  

 

 

 

 

Gregory Corso, poeta, nació en Nueva York en 1930 y murió en Minnesota el 18 de enero del 2001.

 

 


 

 

 

 
 

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