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"El
poeta es un hombre que habla a otros hombres"
Wordsworth
"Ya
no hay puentes: Sosténme en el no tiempo,/en la no duración,/en el
lugar donde no estoy, no soy, o sólo/en el seno secreto de las
aguas".
J.A. Valente (de Isla)
"Escribir
no es cantar, la materialidad de la palabra escrita la acerca a
mineral, a cemento: a objeto construido"
Andrés Fisher (de Poemas del hielo)
Aunque
pensemos,
con muchos poetas , que la poesía se hace con el material del lenguaje,
de las palabras, y que — como aseguran José Angel Valente y otros místicos
antecesores — el lugar de su escritura es el desierto, también
podemos preguntarnos si ese lugar, ese desierto, además de simbólico
es imaginario, y en ese caso factible, es decir, que puede convertirse
desde la imaginación en hechos, en posibilidad de acción, que en este
sentido sería cre-ación.
Entonces,
el poeta sería un mediador entre las metáforas y la vida.
O
entre el lenguaje compartido, y el lector.
Un
lector que, en palabras de Eduardo García, re-crea el poema, lo hace
suyo, lo proyecta sobre su propia experiencia emotiva en el acto de la
lectura.
Salimos
del tiempo, envueltos en el poema, como ha salido del tiempo su primer
intérprete, en el instante mismo de concebirlo, de plasmarlo sobre una
página en blanco.
Desierto
también como negación, como resta, como desnudez. Como el lugar del no
tiempo. Salir del tiempo para fijar lo fugaz.
La
ciudad está llena de obstáculos, como lugar de la mente poética, hay
demasiados estímulos para poder escuchar. Pero sobre todo está llena
de tiempo, y no sólo el pétreo de sus edificios inmóviles, sino el
inconcebible que resulta del entrecruzamiento de todas las prisas de sus
habitantes.
Al
desierto se asocia la imagen del ermitaño, del que ha elegido exiliarse
de la compañía de los hombres, y del que ha elegido salirse de su
tiempo.
Y
si no lo hacemos, elegimos deliberadamente emplear registros del
lenguaje ciudadano, y escribimos fotografías, testimonios de una
realidad del lenguaje que a veces se asoma al espanto, o al esperpento.
O,
en palabras de Niall Binns:
"Yo
compro el pavo, el oporto y el pudding
Tú
el mazapán, el marisco, el turrón
Compro
crackers, mince pies, mantequilla de brandy
salsa
de pan, y de arándano agrio
…
La tarjeta visa arde entre tus manos"
(de Christmas Story)
También
es la ciudad símbolo del manicomio y del infierno, para otros (véase
Leopoldo María Panero). Entonces, ¿Beatus Ille? ¿Otra vez la oposición
entre la paz del campo (o del desierto) y el caos ciudadano?
Pero
no se trata de transportar metáforas de uno a otro sitio, sino piedras
tal vez, ese lenguaje que cuesta arrancar, esas pocas frases que
aprobamos, una vez releídas. Separada la ganga del mineral, lo que
queda es a lo mejor el silencio del desierto, que es peor que la paz,
que la tranquilidad de lo usual, porque nos lanza al caos interior, al
abismo sin vértigo (paisaje horizontal) de los contemplativos, y tal
vez de los visionarios.
También
ese lugar se llama —como propone Ada Salas—el hueco:
"La
escritura es un estado de permanente carencia. Su lugar es el hueco. El
poeta no enuncia: llama, convoca. … Busca, en la palabra, la faz de lo
real, que lo real elude. Son fragmentos los poemas, sí: esas piezas que
faltan en el puzzle ilusorio de nuestra existencia".
(de Acerca de
la Escritura Poética)
Poemas
que, aunque se escriban en la soledad del ermitaño, buscan al compañero,
al otro intérprete, que vendrá con nosotros o que ya ha estado allí,
de algún modo misterioso, en el umbral entre la vida y los sueños,
entre la realidad y el deseo, entre las sombras y la ausencia: el hueco.
Bibliografía:
"Pasar la Página: Poetas para el Nuevo Milenio", en
Diálogo
de la Lengua,
número 4. Primavera 2000. Ediciones Olcades.
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