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Sylvia
Plath nos dirige a una posibilidad extraña.
El
ambiente del lector en Soy vertical. Pero preferiría ser horizontal
es confusa a la vez que arrolladora. Nos abandonamos o nos apegamos a la
lectura. Nos introducimos en su instrumentación poética. Por un
momento esa apariencia prosaica nos invita a leer con facilidad. Hasta
aquí el engaño. Puesto que para entonces estamos involucrados en, si
se me permite el término, su sensualidad simbólica. El símbolo se
confunde con lo cotidiano. Lo cotidiano con la alteridad, en tanto se
expresa la unidad del yo poético sobre la narrativa de la estructura,
la historia en sí misma, de lo escrito. Se exhibe la puesta en escena
de aquel corpus semántico: el poema es una pieza dramática y teatral
expuesta mediante el diálogo de las voces. Delineadas en tres distintas
alocuciones. Ahora es necesario destacar que este poema dramático no es
estrictamente, en su rigor formal, una obra de teatro. No estoy seguro
de que Plath expresamente se lo haya propuesto así. Aparece sí la
escena para la disposición del lector. Se colocan en un escenario pero
que está artificiado desde la palabra. Es la estructura cuanto vale
para el lector. El escenario es simple. El diálogo no. El espacio se
define en su forma simbólica: el dolor, cuya forma ejemplar es una
emoción catalizada desde la naturaleza del símbolo y no de su realidad
cotidiana, racional. Pienso que en este poema dramatizado —es una
manera de definirlo— la emoción se desfigura y transmuta en una
realidad distinta y a la vez compuesta de aquella emoción. Parte de una
sola idea: la otredad del autor. Aquella naturaleza de Plath que su
cotidianidad no conocía y que llegamos a enterarnos cuando nos hacemos
lectores de su poema. De allí lo extraño.
Es,
si se me permite el término, un diálogo de voces escenificados. Y todo
ello es una trampa para el lector. Lo que está en juego es la
estructura de los diálogos, en tanto sea una estructura del poema a lo
que nos sometemos como lectores. Cada voz —que en la apariencia del
texto es un personaje— pone en manifiesto un yo de la poeta y son tres
las voces definidas durante el transcurso de los diálogos. Lo que hace
comprometedor a su discurso poético: resolviéndolo de modo simbólico
para el lector. Plath posee conciencia de su capacidad de alterar la
realidad hasta el punto que el lector se descuida. Es firme ante esa
posibilidad poética y no declina. No lo hará porque es de la manera en
que puede hacerlo. No tiene otra —y esto es un nivel de conciencia del
poeta—, lo sabe y lo desarrolla al máximo: el poema —si ustedes
prefieren—, la pieza dramática nos dice de inmediato cuál puede ser
el límite del símbolo mediante los ensambles de la palabra. Es decir
cuántas alternativas se exhiben para expresar una realidad que es
inherente, y sólo así, a esa realidad simbólica:
Pinto
la antigua boca.
La
antigua boca que olvidé con mi nombre.
Hace
uno, dos, tres días. Fue un viernes....
Y
entonces me pongo de pie, la vista un poco borrosa.
Echo
a andar....
Hasta
esa realidad es comprensible que el lector rechace cualquier intento de
continuar con la lectura. Pero no por una situación de incomodidad como
lector, sino porque el lector esta consciente de los estados emocionales
por los que esta siendo conducido: su rechazo es emocional y hasta
vivencial. Si estoy en lo cierto, este poema alcanza una forma dramática
muy especial: el lector-actor se enfrenta al hecho
vivencial de sus emociones. Y hasta donde sabemos eso pertenece
al teatro: el juego de emociones al que somete el espectador. Entonces
el lector asume el perfil de
un espectador (si de alguna manera aquéllas emociones han intervenido
en el lector). Pero cabe decir aquí que la emoción no pertenece a aquél
lector edulcorado o fácil. Antes se ha sometido al desplazamiento de
las voces que —por no expresar los acontecimientos de la vida de una manera cotidiana—, a entrado a esa despersonalización
que está significando la alteridad en toda la cultura de la literatura
occidental (a su vez es el modo en que Plath asume el mundo). De acuerdo
a esto, pone en escena —y así lo quiere al formarlo como poema dramático—
la cotidianidad del otro por vía del dolor: la voz de la mujer no se
halla satisfecha ante su nuevo perfil de madre-hija al momento que agota
todas las posibilidades de su dolor, en tanto que está signando su
condición estética de expresión cuando entran en juego el resto de
las voces (tenemos que recordar que este poema se conforma de tres voces
dialogadas en forma de libreto teatral). Como es de esperarse, ponen en
escena otros niveles de la emoción y, por consecuencia, otra realidad,
sin desprenderse de uso simbólico. Desde este momento una voz
interviene por la otra de manera aleatoria y sin consecuencias, únicamente
responde a su estructura poética. Si queremos entender que esta
instrumentación simbólica es parte de lo que hemos asimilado como
modernidad, notaremos que esto, la alteridad del personaje, se hace
presente en nuestra poeta: lleva
su artificio hasta las últimas consecuencias:
SEGUNDA
VOZ:
Estoy
en casa a la luz de una lámpara. Las tardes se
prolongan
Cuan
maravillosamente la luz abarca estas cosas
Hay
una especie de humo en el aire de la primavera,
Un
humo que se apodera de los parques, de las pequeñas
estatuas...
Por
momentos esa aparente forma prosaica no es otra cosa que la intención
de confundirnos en el tratamiento con la palabra. Jugar con el uso
prosaico dentro de su entramado signo: las cosas no nombran, son
nombradas. Nombran la realidad y, lo más importante, a sí mismas:
despersonalizándose. Todo se dispone a esa relación con la naturaleza:
el espejo me devuelve una mujer sin deformidad. El yo se impulsa desde
una metafísica de la cotidianidad, cuando el pensamiento viene acompañado
de aquellas cosas cotidianas de la mujer. El hogar se envuelve en el
espacio. Se construye en torno a su espacio poético, si se quiere algo
lúdico: el hogar es un espacio del juego e irracional. Todos los
objetos en él se transmutan, se transfieren a las formas del
pensamiento que le son fieles a las voces del poema. Las voces están
allí expresándose y no por lo que
quiere expresar el poeta, sino por lo que puede expresar. Es el
poder de estas voces que le confiere a la unidad del poema una
construcción simbólica y artificial que la hace, a su vez, edificante.
Es edificante sólo porque los signos recrean la naturaleza de aquél
espacio que se reconstruye constantemente, el hogar.
En
el instante que las voces se edifican, los signos, referente y
significado arrollan al lector-espectador en espacios distintos y
polivalentes. De aquí su alteridad: el espejo, el dolor. El otro
se pone en evidencia y avasalla la naturaleza del espacio, de la
cotidianidad del hogar: el nacimiento del hijo es una manera de ver al
otro. Desde la madre, su mirada es un constante desplazamiento de la
cotidianidad, una salida de ella. Busca salir mediante el diálogo. No
lo logra: el rostro en el estanque era hermoso, pero no era mío. Se
halla en medio de la estructura. No tenemos otra salida que
involucrarnos en las voces, delineadas como personajes: voz primera, voz
segunda y tercera voz. A esa única estructura responde el lector, al diálogo.
Las formas del diálogo se expresan desde esa relación sígnica que
bien determina la alteridad: el otro se sobrepone a las emociones. La
emoción es el reflejo de la realidad, en tanto que dispone mirar hacia
el otro. Entonces decía que su modernidad viene dada no por el hecho de
componer el lugar de la alteridad, sino en la manera en que trata ese
material de la emoción: la narrativa y la cotidianidad de la historia
es un encuentro con las posibilidades que le otorga el símbolo, la
palabra. Haciendo que la simple vida del hogar sea una reflexión
sublime, pero dramática.
Debemos
entender que no le es exclusivo a los poetas contemporáneos el uso del
símbolo. Pero si tenemos que tener claro que la forma de hacerlo
mediante del teatro tiene una pretensión determinantemente clásica,
puesto que el teatro no es una forma nueva, ni nació con este siglo. Le
confiere a su poesía un uso clásico, en tanto usa esta forma teatral
en el poema. Lo que nos devuelve, por otro lado, al canto.
La
emoción es sólo el escenario para una puesta en escena de un hecho que
en estos momentos es más importante para nosotros: el drama de la
otredad, la puesta en escena del dolor, de la alteridad.
El
otro toma como escenario esta aparente emoción —el hecho de que la
mujer se encuentre ante el nacimiento de su hijo— para hallar, con
toda su plasticidad, que hay más allá de reflexionar sobre nuestras
vidas como hombres y mujeres. Toma prestado del teatro la forma para
expresar su impostura lírica,
en tanto su disposición a la modernidad. Esto es, el tratamiento del
yo, la búsqueda del otro.
Esto
de alguna manera le otorga un carácter místico a la poesía de Sylvia
Plath. Considero que Plath es, distinto a lo que muchos pueden pensar,
una poeta clásica. Y desde luego humanística, tiene a su haber
aquellas formas de la literatura que no desean prescribirse a ninguna línea
rígida, escribe desde su propia conciencia de escritor. Pero esta
conciencia se vale de cierta forma de su estado anímico. Halló en su
modelo de escritura una libertad para su pensamiento. A esto me he
atrevido denominar a una poeta «metafísica». Cuando trata de hacer
entender su realidad: su modelo de escritura se encuentra en sí misma.
Siente su realidad, comprende y nos hace comprender esa naturaleza.
Ahora
bien decíamos que esa naturaleza se exhibe de manera simbólica y que
al mismo tiempo esa naturaleza simbólica dispone del alma del canto. El
diálogo es una forma de entregarnos a la definición de ese canto que
pone sobre la página. Para ese instante Silvia a encontrado, sin proponérselo,
una manera de esconder su yo vivencial, su naturaleza de mujer al tiempo
que la niega. Entonces el cuerpo es el vínculo con su realidad y el
cuerpo adquiere su unidad de ente cognoscitivo. Por una parte —quizás
para recordarnos que está usando las formas del teatro— habla (dice)
el cuerpo de la mujer que se encuentra frente a la naturaleza de ser
tal, ese cuerpo de la mujer, de su naturaleza. ¿Cómo lo resolvió?,
con los diálogos y la forma de su pensamiento: su entidad cognoscitiva,
la cual se desprende del hecho de ser mujer: esa mujer que entendemos ha
desconocido su propio sentimiento de ser mujer y su acto consumado: la
sala de parto, como espacio de esa entidad.
Cuando
su pensamiento se desplaza entre aquélla unidad cognoscitiva (el yo o
la alteridad) y la verdadera naturaleza de las cosas (la vida
cotidiana), entonces, se nos presenta, el pensamiento, como un vacío
que debe resolver el lector-espectador que es también el actor. A su
manera pero debe resolverlo. No sé, cómo esta poesía ha sido
comprendida hasta ahora, pero me interesa como hallamos un ejemplo el
cual nos evidencia aquella relación entre teatro y poesía, puesto que
estamos hablando de una obra de teatro escrita por una poeta. Hasta
entonces eso puede resolvernos algunas inquietudes que he venido
planteado en este ensayo. Si entendemos, en todo lo que he dicho hasta
ahora, que la poesía en estos momentos está involucrando al teatro
como género. En este caso la poesía, al presentarse como teatro, hace
lo mismo que hicieron los clásicos: presentar el pensamiento universal
—si deseamos entenderlo así— mediante el género literario: el
drama.
Tenemos
con nosotros a una poeta clásica. Pero recordamos que un poeta de la
Norteamérica de los años sesenta tenía que hallar un medio
aprhensible para ésta: el símbolo. Toma de la modernidad esa forma de
expresión pero al mismo tiempo con arraigo en lo tradicional. Y
sostenemos ambas lecturas en el poema. La forma del poema. Puesto que
ahora tenemos ambas cosas reunidas aquí, el símbolo y la tradición
complementándose en unidad que es el poema: se desespera ante la
naturaleza de la mujer, pero a cambio nos obsequia toda esa naturaleza
femenina, mediante un distanciamiento estético. Se ha distanciado para
ampliar las posibilidades de otra realidad, restringida, como ya lo he
dicho, a lo que puede decirnos con el lenguaje. Es decir, tenemos que
desarrollar este poema dramático hasta las últimas consecuencias: el
escenario. Desde luego, no es una pieza teatral en el estricto sentido.
Sin embargo, su teatralidad es consecuente a su forma. Para hacer ver
este texto sobre el escenario, nos vamos a encontrar con una serie de
circunstancias que nos obligan a desprendernos de una visión de la
puesta en escena convencional. Debemos (para entenderlo) exhibir su
lenguaje tal como está, como poema. Esto nos reduce el espacio escénico
a una carga simbólica, cuya expresividad, en tanto éste sea exhibido
con imágenes a destiempo y con un sentido de ruptura del
espacio o con recursos experimentales y contenidos de una
vanguardia estética, muy usados por el teatro contemporáneo. Por
ejemplo, si el director de escena se rige por los términos del poema
tendrá sólo la lectura. Pero si somos un poco osados, sabremos que no
tenemos otra alternativa que la que nos propone la estructura del poema:
su figura surrealista. Claro, no pretende —el método escénico
usado— otra cosa que no sea un recurso estilístico. Eso nos pide el
poema. Y, por lo demás, lo estilístico nos coloca en las cosas fáciles.
Aquí la estructura dramática está planteada mediante el dolor. Este
dolor adquiere matices místicos. Si separamos un poco su forma alegórica
y nos quedamos con el contenido del poema de Plath. Lo decía al
principio de este ensayo: el dolor asume su plasticidad. En esta acepción
del término es que insistimos. Es en el dolor que este alcanza su
teatralidad. De manera que el espectador tendrá que sufrir, junto con
las voces, el «dolor sufrido», el cual acentúa la angustia que
contiene a cualquier obra de teatro que pretenda algo de drama con su público.
Dado a su forma estilística el escenario no da por vencido esas formas
del dolor. La conciencia del poeta se levanta ante cualquier rigidez
dramática. Su preocupación no es desde la dramatización sino desde su
condición de poeta. Por ello su estructura poemática, si se me permite
el término, se arraiga más al sentido del poema que al hecho teatral
propiamente dicho. Ante estos giros estilísticos se halla el director
de escena que quiera echarle mano a este poema y quiera poner en
ejercicio a sus actores excelentes.
perteneciente al libro: “Poética para el actor”. Nueva York 2000
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