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Josep Ruiz Hierro

El puente

Nº 4

 

Primavera 2001

 
 
 

 

 

 

Si había algo que no se podía negar, era que el rey Godofredo IV era un auténtico déspota. En honor a la verdad, se ha de decir que los calificativos que empleaban ciudadanos y cortesanos, eran de corte más grueso, pero en fin, el caso es que, indudablemente, el rey Godofredo IV contaba con escasísimos simpatizantes.

 

El rey Godofredo IV capeaba el temporal como podía, y podía porque un puñado de soldados imponía respeto a golpes de látigo y espada.

 

Un día, en el que el rey se había mostrado especialmente colérico, sus propios hijos; Ivo, Evodio y Celio -que eran de un indolente subido y a los que el rey despreciaba-, decidieron envenenarlo.

 

El rey Godofredo IV cayó enfermo e hizo llamar al médico de la corte. El médico tardó tres semanas en aparecer, primero porque el mensajero -que era apaleado por el rey a menudo- había demorado ex profeso el recado real y segundo porque el médico había hecho lo mismo, en agradecimiento a cómo el rey lo había desprestigiado en treinta y ocho ocasiones, llamándole medicucho, remendón, matasanos, matarife y qué sé yo cuántas más tropelías.

 

El caso es que, para decepción de todos, el rey era fuerte como un toro y aguantó las grandes cantidades de ponzoña que le suministraron Evodio, Ivo y Celio.

 

El médico reconoció al paciente e hizo de tripas corazón. Le encomendó que dejase de comer cualquier cosa que se cocinara en el castillo, ya que presentaba evidentes muestras de intoxicación -esta fue la palabra que empleó-.

 

El rey no era tonto. Descubrió a los causantes de su malestar y, personalmente, los encerró en una mazmorra y los colgó de los pies.

 

A los tres días, en los que no habían probado bocado, los hijos se atrevieron a protestar, y el rey Godofredo IV los liberó de las cadenas y les echó pan y agua. Como observó que los hijos se comían la frugal vianda de buena gana, al día siguiente les echó patatas podridas y vinagre.

 

Cuando el rey Godofredo IV estuvo totalmente recuperado, volvió a recaer.

 

El médico volvió a repetir el mismo diagnóstico y el rey se dio cuenta de que aunque castigara a los envenenadores, siempre habría alguien dispuesto a espolvorear tósigo en su plato.

 

Al día siguiente el rey salió al balcón y anunció que marchaba de viaje, sin escolta -era más seguro- y que regresaría en breve.

 

Ordenó a su lacayo que le preparara una bolsa con comida para la expedición, pero luego cambió de opinión y le dijo que lo dejara correr, que ya iría tirando de mesón.

 

Un pasante ayudó a ponerse la armadura al rey y lo hizo con más diligencia que nunca, pues la alegría de perder a su majestad de vista había dado alas a sus manos.

 

Al medio día el soberano subió a su corcel y salió por la puerta del castillo, en busca de lo que habría de ser su salvación; un cuerno de unicornio.

 

Desde siempre, ya en tiempos del primer Godofredo, había oído contar que el cuerno del unicornio tenía propiedades mágicas. Que con él se preparaban diminutas píldoras que anulaban el efecto de cualquier veneno. Y había oído que incluso había reyes que sólo bebían si lo hacían con su copa de cuerno de unicornio, y de este modo estaban siempre a salvo.

 

Así que el plan del rey Godofredo IV era; cazar un unicornio, arrancarle el cuerno y volver al castillo para hacer la vida imposible a todo quisque, que era a lo que realmente tenía afición.

 

Un antiguo mapa, herencia de su abuelo Godofredo II, era la guía para encontrar al unicornio, pues se ve que en tiempos de maricastaña, el abuelo había poseído uno de aquellos cuernos. Godofredo IV nunca lo había visto, pero la certeza de que su abuelo no murió envenenado, le daba esperanzas de que el mapa no fuese un camelo.

 

El rey Godofredo II murió abatido por una bala de cañón en el estrecho de Dardanelos.

 

Al cabo de qué sé yo, pongamos tres semanas, el rey Godofredo IV llegó a un ancho río.

 

El rey consultó el mapa y observó que era menester cruzarlo, y que podría hacerlo unas leguas más al norte, lugar donde el abuelo había tratado de dibujar un puente.

 

El cauce del río seguía hacia el Noroeste e iba a perderse detrás del bosque, de modo que desde el lugar donde se encontraba el rey no podía distinguir puente alguno, y además ignoraba si aún seguiría en pie.

 

El rey metió prisa al pobre caballo, que relinchó dolorido al sentir clavarse las espuelas en sus ancas.

 

Antes que canta un gallo, rey y caballo llegaron al puente de madera, pero al ir a cruzarlo...

 

- ¡Altoooo! ¡Paga tributo! - gritó un anciano lleno de arrugas, vestido de negro y con un capirote del mismo color-

 

- ¿Cómo? -espetó el rey- ¿Cómo osas? ¡Acémila! ¡Batracio! ¡Deja paso al rey!

 

- ¡Quía, maestro! ¡Menos humos y más sonido de monedas habré de oír en esta cazuela! - dijo el anciano acercándole el útil de cocina-

 

- ¡Pero qué diantre! ¿Quieres que te corte la cabeza de un mandoble?

 

- No hay tantos lobos en este bosque como los que escapan de tu boca...

 

El rey no estaba dispuesto a soportar tantas groserías, así que desenvainó la espada y de un solo tajo le cortó la cabeza al viejo.

 

Para sorpresa real, el reciente cadáver no despidió una gota de sangre y la reoca fue que el cuerpo siguió de pie, y la cabeza continuó hablando.

 

- Permite que me presente -dijo la cabeza-. Mi nombre es Ranbecut, de Ayutnahan, en la provincia de Phulmadan, a orillas del Judhaijudhan, cerca de...

 

- ¡Basta! ¿Qué eres? ¿Un muerto viviente o?

 

- Oh, no. Soy mago. Mi profesor fue Hundenhoi, el hijo de...

 

- No sigas o, aunque de nada sirva, haré astillas lo que queda de tu arrugada testa.

 

El mago Ranbecut se echó a reír. El rey Godofredo IV montó en cólera -en el caballo ya iba montado- e hizo salir al galope al corcel.

 

Cuando estaba a punto de alcanzar el puente, éste desapareció, y el caballo tuvo que frenar tan en seco que el rey salió despedido y dio con sus reales posaderas en el suelo.

 

La cabeza del mago había regresado a su lugar de origen.

 

- Paga tributo.

 

El rey no pagaba nunca a nadie. Iba en contra de sus principios, así que dejó en el suelo una bolsa con monedas de oro y quiso engañarse repitiéndose una y otra vez que la había olvidado en alguna parte.

 

- Voy a pasar -anunció el rey-

 

- Adelante pues -dijo el mago a la vez que saltaba como una liebre sobre el botín-

 

El puente era muy, muy largo. Tan largo que en un día no consiguió cruzarlo.

 

Al día siguiente continuó el camino y, estando el sol en lo más alto, vislumbró sobre las tablas una mancha oscura que se movía.

 

El rey asió la espada y poco a poco fue distinguiendo formas de aquella mancha.

 

Al cabo de un rato estaba delante, aunque precavidamente lejos, de un dragón de gran tamaño que dormitaba.

 

Su piel era de color aceitunado y tenía algunas manchas más oscuras. Su espina dorsal presentaba una hilera de protuberancias en forma de dientes de color castaño. Su cabeza era tan parecida a la de un caballo, que el propio corcel del rey se quedó pasmado contemplando aquel extraño antepasado.

 

Un relincho de espanto despertó al dragón que, sobresaltado, echó una llamarada por la boca.

 

- Eso para que veas con quién te las tienes -amenazó el dragón, cuya voz tenía la particularidad de ir envuelta en llamas-

 

- ¡Menudo pendenciero! ¡Has de saber que soy el rey Godofredo IV!

 

- Y yo soy Battakar, el dragón guardián del puente de Gadesmahian. Este puente es mío, así como el río, en el que me refresco y me provee de alimento.

 

- ¡No me importa quién eres, bestia inmunda! ¡Aparta tu torpe cuerpo para que pase!

 

El dragón, enojado, echó una llamarada sobre el rey y su montura, y estos salieron propulsados a treinta metros de donde estaban.

 

El caballo, negro como un tizón, dio media vuelta y salió al más increíble galope que se haya visto jamás.

 

Nunca más se supo de él.

 

El rey, empuñó con su guantelete su ardiente espada y se levantó con la armadura al rojo vivo.

 

- ¡Me las pagarás, engendro abominable! -gritó el rey que, con gran rapidez, hundió su espada en el pecho de Battakar-

 

- ¡Maldita sea! -exclamó el dragón, dolorido y sorprendido ante la inesperada acometida-

 

De la herida brotó una sangre negra. El rey aprovechó que el dragón aún no había reaccionado, para atizarle de nuevo; esta vez, con intención de cortarle el cuello.

 

Pero falló.

 

El dragón se incorporó, y de una formidable patada hizo saltar al rey por encima de la balaustrada.

 

Su majestad cayó al agua, pero como era fuerte y obstinado, y además estaba furioso -y chamuscado-, trepó por una de las columnas hasta alcanzar de nuevo el puente.

 

El dragón Battakar era una bestia peligrosa, pero también era muy ingenuo.

 

Como creyó que el rey había perecido en las aguas, determinó sin más preámbulo reanudar la siesta.

 

Y ya no despertó más, porque el rey Godofredo IV clavó en su corazón tan profundamente su espada, que ya no fue capaz de retirarla.

 

El rey echó a andar hacia el final del puente y, como tenía mucho tiempo para pensar, pensó que se había quedado sin dinero, sin caballo y sin espada, pero por lo menos conservaba la armadura.

 

Al cabo de tres o cuatro pasos más, las diferentes piezas de la armadura comenzaron a caer como fruta madura y el rey Godofredo, algo abatido, se preguntó quién le habría echado el gafe.

 

Dos días después, medio en cueros, el rey llegó al final del puente.

 

Barrunto que, si como decían las leyendas, el unicornio era una especie de caballo, pero con cuerno, podría utilizarlo como montura para regresar al castillo.

 

El unicornio no se hizo esperar.

 

Sus crines relucían con los rayos del sol. Su cuerno era del color de la miel.

 

- ¡Qué cuerno más hermoso! -exclamó el rey-

 

- Gracias, muy amable -dijo orgulloso el unicornio, nesciente de las intenciones del recién llegado-

 

- Nunca hubiese creído que tuviese el color de la miel...

 

- ¡Anda! ¡Como que he andado a cornadas con un panal! Este pringue se va en cuanto me remoje un poco en el río.

 

- Soy el rey Godofredo IV.

 

- Pues para ser rey, lo cierto es que vas hecho unos zorros.

 

- He tenido que librar una batalla... -dijo el rey, tragándose su orgullo- ¿Querrías ser mi unicornio? Vivo en un castillo y...

 

- No. Gracias. Yo tengo mi propio palacio y, aunque esté mal el decirlo, es el más suntuoso que jamás se haya visto. Mi nombre es Taikoskamar. Fui elegido rey entre la fauna de esta parte del puente, llamada Nuraldistan. Soy el dueño de este hermoso litoral, así como de las majestuosas montañas a las que llamamos Gumaisaian...

 

- Está bien, está bien.

 

El rey comprendió que el unicornio jamás accedería a desprenderse de su cuerno, máxime cuando nada podría recibir a cambio. Decidió tratar de engatusarlo, para aprovechar su candidez y, zas, birlarle el asta.

 

- ¿Puedes darme hospedaje por unos días en tu palacio?

 

- Claro está que te doy hospedaje, pero en mi palacio no puede ser porque me han llegado unos imprevistos parientes de Radasnipur y lo tengo todo manga por hombro. Cerca de aquí hay una pensión, muy limpia, que...

 

- Está bien. Gracias.

 

El unicornio se despidió, pues dijo tener muchas cosas que hacer, y el rey Godofredo IV masculló para sus adentros que odiaba, odiaba, odiaba a aquel penco presuntuoso, más incluso que a sus envenenadores.

 

Pasó la noche en la pensión mencionada, pero no lo trataron como un rey sino como lo que aparentaba; como un vagabundo que no llevaba un ochavo encima.

 

Para desayunar le dieron pan y agua, y se acordó de Evodio, de Ivo y de Celio.

 

Airado como pocas veces, decidió que ya estaba harto de aquel viaje y que habría de conseguir su objetivo aquella misma mañana.

 

En el prado encontró al unicornio, ramoneando entre los árboles.

 

- ¡Unicornio! ¿Te acuerdas de mí?

 

- Hummm... Espera, espera... lo tengo en la punta de la lengua...

 

Al rey aquel ejemplar le sacaba de quicio. Echó tanto de menos su espada...

 

- Nos encontramos ayer, cerca del puente.

 

- ¡Ah, sí! Dijiste ser el rey de no sé que sitio...

 

- En efecto.

 

- Debes ser un rey muy pobre, a tenor de los andrajos que vistes y la ausencia de montura, de escolta y de armamento.

 

El rey no fue capaz de soportar una palabra más. Se lanzó sobre el unicornio y se agarró con todas sus fuerzas al cuerno.

 

La sorpresa del unicornio se tradujo en terror cuando sintió que el rey, de un terrible mordisco, le había arrancado la punta del asta.

 

El rey saltó al suelo, con el cuerno entre los dientes, y echó a correr en dirección al puente.

 

Al llegar, se giró y observó que el unicornio corría a ocultarse en el bosque, avergonzado de su nuevo aspecto.

 

El rey siguió corriendo y lo hizo durante días, en los cuales saltó por encima del dragón Battakar y se zafó de nuevas trampas tendidas por el mago Ranbecut.

 

Luego llegó, exhausto, a las puertas del castillo.

 

Naturalmente no le abrieron la puerta, pues medio desnudo y sucio como iba, parecía cualquier cosa menos un rey.

 

Tardó horas en hacer entender que era Godofredo IV, soberano del castillo. Y tardó tanto, primero por su vitola y segundo, porque en toda la exégesis no había retirado el cuerno de entre sus dientes.

 

Los dos centinelas comprendieron que había terminado la tranquilidad y bajaron, de mala gana, el puente levadizo.

 

Al ir a entrar, el rey tropezó, con tan mala pata que fue a tragarse el cuerno.

 

Durante un rato pareció ahogarse y, alertados por sus aspavientos, los centinelas trataron de ayudarle.

 

Cuando el médico acudió -y esta vez lo hizo con presteza- el rey se encontraba inconsciente.

 

Allí mismo, sobre el puente levadizo y rodeado de curiosos, el galeno ordenó traer un asno para que el animal propinase una formidable coz en las asentaderas del accidentado.

 

En cuanto el rey sintió la patada, el cuerno salió despedido por su boca.

 

El rey, aturdido por el susto, el cansancio y la coz, fue llevado a la cámara real, donde lo trataron a cuerpo de rey -que era precisamente lo que era-.

 

El rey Godofredo IV seguía gozando de gran fortaleza. Al día siguiente, casi recuperado, impartió las primeras órdenes a su lacayo principal.

 

- Traedme el cuerno que sacasteis de mi estómago.

 

- ¿El cuerno, majestad? Me temo que no va a ser posible. El médico ordenó quemarlo, porque dijo que aquello era una guarrería cuajada de gérmenes y de bacterias.

 

El rey saltó de la cama, inyectado en ira, y durante tres días y tres noches echó por la ventana todas las maldiciones que había aprendido a lo largo de su vida.

 

Al caer en el patio la última imprecación, ante la plazuela llena de gente, el rey se sentó en una silla y decidió que si no iba a poder ganar aquella guerra con el cuerno de marras, la ganaría con otros medios.

 

Y a partir de aquel día, trató con cordialidad y respeto hasta el último de sus sirvientes. Y a Evodio, Ivo y Celio, los instruyó para que gobernaran con juicio y facilitasen el progreso del reino.

 

Y a la plazuela, los ciudadanos le pusieron: "la plaza de las buenas maldiciones".

 

 

 

 

 


 

 

 
 

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