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Patricia Yohai

 

Aplaudan a Lola

Nº 4

 

Primavera 2001

 
 
 

 

 

 

 

Era un parque magnífico, el césped aterciopelado de una cancha de golf estaba prolijamente decorado con canteros de flores reverberantes de colores, algunos árboles añejos diseminados por ahí desplegaban una sombra benigna sobre aquel mediodía de diciembre. Poca gente, la suficiente como para sentir la privacidad de la ceremonia.

Si no fuera por las trágicas circunstancias, podría decirse que es un gusto caminar por ese plácido, pulcro y verde lugar, tan diferente de los grises cementerios públicos, verdaderas ciudades mortuorias de portland, donde van a parar las muchedumbres para ser irremediablemente recicladas

 

Es cierto que la llegada a este mundo y su correspondiente salida son rigurosamente iguales para todos, pero también hay que ser considerados con quienes les toca dar la bienvenida o despedir... ¿cómo decirlo? hay diferencias de matices ¿o no?. Hasta los sepultureros - que parecen parte del paisaje- se mantienen discretos, amables; no sólo porque siguen instrucciones, sino que saben generar propinas.

 

Con el caminar propio de los entierros unos hombres con gesto comedido llevaban el cajón; detrás, el séquito mustio, aunque no por eso menos elegante de amigos y familiares. Las hijas ya conocían el rito por venir, habían pasado por similar situación unos años atrás. Para tranquilidad de la menor, en estos cementerios tenían la delicadeza –por decirlo de alguna manera- de no tapar con tierra el cajón en presencia de los parientes, apenas se diseminaban unos ramos de flores y un par de paladas, nada más. La mayor de las hermanas tenía la cara descompuesta, ojerosa por haber pasado la noche en vela, sin embargo sus rasgos tenía la aspereza propia del que anda necesitando llanto y no lo encuentra; la del medio tenía una catarata en la cara y masticaba monótonamente algo parecido a una plegaria, aunque los que la conocían sabían de memoria que esas palabras jamás saldrían de su boca. La menor, la que tenía terror de ver a su madre cubierta de tierra, lloraba como pidiendo permiso mientras tomaba debida cuenta de quiénes estaban y quiénes no..

 

Cuando llegaron ya estaba hecha a fosa, y desde el fondo su marido la aguardaba quién sabe con qué humor, ahora volverían a estar juntos, quizá no con tanto confort como en los buenos tiempos. Pero bueno, así son las cosas.

 

Afuera, el sol de diciembre apretaba los sesos de los aún vivientes. La finada no había sido una mujer creyente, de manera que no había sacerdote alguno; sólo diría unas breves frases de despedida la que había sido su compinche de lo bueno y de lo malo durante los últimos diez años, Candy, como la llamaban en el club.

 

Candy, de riguroso trajecito de hilo celeste, bien chic, sonó discretamente su nariz con un pañuelito bordado a mano porque la carilina no contenía su torrente de dolor. En algún momento de la noche anterior habría preparado las palabras que despedirían a su mejor amiga del otoño de la vida y ahora sacaba de su cartera francesa que hacía juego con sus zapatos azules, una hoja escrita a mano. Y leyó:

 

"Cuando las chicas (miró a las tres hijas de la difunta, hizo un considerable silencio, como dándoles tiempo para un sollozo más) me pidieron que despidiera a esta gran amiga, a esta gran mujer que fue Lola, al principio tuve la sensación de que el dolor me impediría hablar (dio un respingo, se sonó la nariz con el pañuelo empapado que luego pasó con delicadeza sobre el maquillaje derretido. Su intuición sobre el arte de la retórica le decía que correspondía otro silencio); no se imaginan –continuó- las veces que escribí y taché (levantó la vista del papel y miró a todos y cada uno de los asistentes, como para que sonara más personalizado)... Sin embargo, cuando logré soltarme y escribir, lo primero que me vino in mente fue la creatividad de Lola: aquella vez en que preparamos la obra de teatro de fin de año... ¿quién de los presentes puede olvidar esa memorable adaptación que hizo de Madre Coraje en que la madre corría de comisaría en comisaría en busca de su hijo desaparecido... ?"

 

La hija del medio escuchó "madre coraje" y tuvo aquella misma sensación de ahogo de los siete años cuando se perdió en la playa y unos tipos la llevaron sobre sus hombros y la gente aplaudía para dar señales de una nena perdida. Los aplausos de la playa se le confundían con los que acariciaron a su mamá cuando hicieron la obrita del club; vítores y flores le llovían a esa mujer que llevaba a Milagros de la Vega en la sangre. Tiempo después su madre le confesaría que aquellos aplausos le hicieron acordar a la poesía que dijo en el acto de la escuela, porque al principio no se había dado cuenta de la desaparición de su hija. ¿quiere decir que cuando viniste corriendo a buscarme creías que te aplaudían a vos? había preguntado con una ingenuidad que ahora la avergonzaba, la irritaba. Su cabeza había quedado capturada por aquellos recuerdos y apenas podía seguir las lejanas palabras de Candy.

 

"...pero las virtudes de Lola no se agotaban ahí –continuaba Candy, elocuente, por instantes fascinada con su auditorio-, con la misma tenacidad de nuestros padres inmigrantes, con el encanto de los privilegiados, de los que todo lo tienen (¿habría allí algún desliz de envidia, quizá?) mi querida Lola jamás olvidó a los menesterosos: vivía juntando víveres y ropa para los pobrecitos. Que en paz descanse" (un inoportuno hipo interrumpió su elegía, qué papelón, por un instante se le cruzó la idea de taparse la cara y salir corriendo, afortunadamente estaba su marido al lado sosteniéndola, enérgico, de un brazo mientras le alcanzaba su pañuelo viril porque intuía el bochorno de su mujer)..."

En ese momento la hija mayor, la que no podía llorar, se encontró mirando a Candy con su trajecito; parece recién salida de una revista de modas, pensó. Su madre siempre se la había puesto como ejemplo: mirá cómo camina, cada vez que entra a algún lugar lo hace como diciendo acá estoy yo, mirála, parece una modelo en la pasarela, hombros bajos-cola chata-panza adentro así tenés que hacer, así tenés que ser había sido la orden. ¿Y la orden de que una mujer de treinta años debía parecer una chica de veinte? En aquel momento, con los treinta y ocho años pisándole los talones, se había preguntado a qué se debía esa exigencia de parecer lo que no era. No sin desgarro, se adueñaron de su memoria aquellas insoportables visitas a la modista: paráte derecha, meté la barriga, quedáte quieta, y la otra anotaba en un cuaderno mugriento los números que testimoniaban el volumen de su cuerpo. El orgullo de Lola con las tres nenas vestidas igual. Sintió que la gente, la tierra, los árboles daban vueltas y debió apoyarse en un hombro vecino, no le preocupó lo que los demás creyeran, en todo caso mirarían su malestar con simpatía. Pobrecita, no tolera este momento.

 

 "... pero por sobre todas las cosas quiero recalcar la calidad humana de Lola -continuó la confidente de las andanzas de la difunta pensando que sus oyentes podrían comenzar a cansarse y que, por otra parte, el exceso de llanto y ese sol de mierda podrían perjudicarle el lifting, de manera que era hora de ir dándole un cierre al speech-, su calidez, su mesura, siempre dispuesta a escuchar al otro..."

 

Su mesura, pensó la menor, y se vio apoyada en la puerta del baño de su casa mientras su madre se maquillaba y le contaba que durante su primer viaje a Europa ( De aquel viaje no se olvidaría más. Su madre –una gran organizadora, virtud que Candelaria se había dejado en el tintero-había dejado planificada la vida de sus hijas, empezando por el colegio pupilo de monjas irlandesas; en cuanto a e ella en particular, le había maniatado el alma y el cuerpo con un par de eficientes especialistas que en cuanto su madre volvió las mandó al carajo. Controlar la ecuación mente- alma- cuerpo de sus hijas mientras ella putaneaba por ahí, se dijo de pronto la menor y enseguida se sintió triturada por la culpa), durante aquel viaje, decía, había conocido a un español de lo más encantador que se había enamorado de ella, ¿y papá? había preguntado la chica de doce años, con tu padre es distinto le había contestado la mamá preocupada por las imperfecciones que delataba su espejo de aumento, con tu padre ya no siento esas cosas. "Separáte mamá, tenés que dejarlo" reclamaba su hija haciendo suya la opresión que, suponía, debería sentir su madre con ese hombre que le había cortado las alas a su vocación, que había pisoteado su talento con bota militar, que le había impedido ser. Si alguno de los presentes hubiese reparado en la sonrisa vertical que aquel recuerdo le provocaba, se habría sorprendido, o mejor dicho, desorientado.

 

"...nunca me gustaron los grandes discursos, tampoco a Lola. Sólo quiero decir, antes de terminar, que todos los aquí presentes tuvimos la suerte de conocer a una mujer muy especial: preocupada por su familia, madraza como pocas, incondicional a su marido, talentosa...Y ya nos estamos yendo, querida, sólo quería que sepas que así es como te recordaremos:. tu risa en la bonanza, tu temple ante la adversidad, tu don de gente. Acá quedan tus hijas que intentarán seguir tu camino. Quedáte tranquila Lola querida. Te dejamos que descanses en paz junto al hombre de tu vida."

 

Levantó la vista del papel y permaneció con la mirada perdida en la fosa, las flores y el ataud; sólo la mirada, porque el resto de sus sentidos quedaron pendientes, atentos a la reacción del auditorio; quizá esperaba aplausos, como su amiga; aunque al instante recordó que estaba en un entierro y no sobre un escenario. Una lástima.

 

 

 

 

 


 

 

 
 

 

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