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Era
un parque magnífico, el césped aterciopelado de una cancha de golf
estaba prolijamente decorado con canteros de flores reverberantes de
colores, algunos árboles añejos diseminados por ahí desplegaban una
sombra benigna sobre aquel mediodía de diciembre. Poca gente, la
suficiente como para sentir la privacidad de la ceremonia.
Si
no fuera por las trágicas circunstancias, podría decirse que es un gusto
caminar por ese plácido, pulcro y verde lugar, tan diferente de los
grises cementerios públicos, verdaderas ciudades mortuorias de portland,
donde van a parar las muchedumbres para ser irremediablemente recicladas
Es
cierto que la llegada a este mundo y su correspondiente salida son
rigurosamente iguales para todos, pero también hay que ser considerados
con quienes les toca dar la bienvenida o despedir... ¿cómo decirlo? hay
diferencias de matices ¿o no?. Hasta los sepultureros - que parecen parte
del paisaje- se mantienen discretos, amables; no sólo porque siguen
instrucciones, sino que saben generar propinas.
Con
el caminar propio de los entierros unos hombres con gesto comedido
llevaban el cajón; detrás, el séquito mustio, aunque no por eso menos
elegante de amigos y familiares. Las hijas ya conocían el rito por venir,
habían pasado por similar situación unos años atrás. Para tranquilidad
de la menor, en estos cementerios tenían la delicadeza –por decirlo de
alguna manera- de no tapar con tierra el cajón en presencia de los
parientes, apenas se diseminaban unos ramos de flores y un par de paladas,
nada más. La mayor de las hermanas tenía la cara descompuesta, ojerosa
por haber pasado la noche en vela, sin embargo sus rasgos tenía la
aspereza propia del que anda necesitando llanto y no lo encuentra; la del
medio tenía una catarata en la cara y masticaba monótonamente algo
parecido a una plegaria, aunque los que la conocían sabían de memoria
que esas palabras jamás saldrían de su boca. La menor, la que tenía
terror de ver a su madre cubierta de tierra, lloraba como pidiendo permiso
mientras tomaba debida cuenta de quiénes estaban y quiénes no..
Cuando
llegaron ya estaba hecha a fosa, y desde el fondo su marido la aguardaba
quién sabe con qué humor, ahora volverían a estar juntos, quizá no con
tanto confort como en los buenos tiempos. Pero bueno, así son las cosas.
Afuera,
el sol de diciembre apretaba los sesos de los aún vivientes. La finada no
había sido una mujer creyente, de manera que no había sacerdote alguno;
sólo diría unas breves frases de despedida la que había sido su
compinche de lo bueno y de lo malo durante los últimos diez años, Candy,
como la llamaban en el club.
Candy,
de riguroso trajecito de hilo celeste, bien chic, sonó discretamente su
nariz con un pañuelito bordado a mano porque la carilina no contenía su
torrente de dolor. En algún momento de la noche anterior habría
preparado las palabras que despedirían a su mejor amiga del otoño de la
vida y ahora sacaba de su cartera francesa que hacía juego con sus
zapatos azules, una hoja escrita a mano. Y leyó:
"Cuando
las chicas (miró a las tres hijas de la difunta, hizo un considerable
silencio, como dándoles tiempo para un sollozo más) me pidieron que
despidiera a esta gran amiga, a esta gran mujer que fue Lola, al principio
tuve la sensación de que el dolor me impediría hablar (dio un respingo,
se sonó la nariz con el pañuelo empapado que luego pasó con delicadeza
sobre el maquillaje derretido. Su intuición sobre el arte de la retórica
le decía que correspondía otro silencio); no se imaginan –continuó-
las veces que escribí y taché (levantó la vista del papel y miró a
todos y cada uno de los asistentes, como para que sonara más
personalizado)... Sin embargo, cuando logré soltarme y escribir, lo
primero que me vino in mente fue la creatividad de Lola: aquella vez en
que preparamos la obra de teatro de fin de año... ¿quién de los
presentes puede olvidar esa memorable adaptación que hizo de Madre Coraje
en que la madre corría de comisaría en comisaría en busca de su hijo
desaparecido... ?"
La
hija del medio escuchó "madre coraje" y tuvo aquella misma
sensación de ahogo de los siete años cuando se perdió en la playa y
unos tipos la llevaron sobre sus hombros y la gente aplaudía para dar señales
de una nena perdida. Los aplausos de la playa se le confundían con los
que acariciaron a su mamá cuando hicieron la obrita del club; vítores y
flores le llovían a esa mujer que llevaba a Milagros de la Vega en la
sangre. Tiempo después su madre le confesaría que aquellos aplausos le
hicieron acordar a la poesía que dijo en el acto de la escuela, porque al
principio no se había dado cuenta de la desaparición de su hija. ¿quiere
decir que cuando viniste corriendo a buscarme creías que te aplaudían a
vos? había preguntado con una ingenuidad que ahora la avergonzaba, la
irritaba. Su cabeza había quedado capturada por aquellos recuerdos y
apenas podía seguir las lejanas palabras de Candy.
"...pero
las virtudes de Lola no se agotaban ahí –continuaba Candy, elocuente,
por instantes fascinada con su auditorio-, con la misma tenacidad de
nuestros padres inmigrantes, con el encanto de los privilegiados, de los
que todo lo tienen (¿habría allí algún desliz de envidia, quizá?) mi
querida Lola jamás olvidó a los menesterosos: vivía juntando víveres y
ropa para los pobrecitos. Que en paz descanse" (un inoportuno hipo
interrumpió su elegía, qué papelón, por un instante se le cruzó la
idea de taparse la cara y salir corriendo, afortunadamente estaba su
marido al lado sosteniéndola, enérgico, de un brazo mientras le
alcanzaba su pañuelo viril porque intuía el bochorno de su mujer)..."
En
ese momento la hija mayor, la que no podía llorar, se encontró mirando a
Candy con su trajecito; parece recién salida de una revista de modas,
pensó. Su madre siempre se la había puesto como ejemplo: mirá cómo
camina, cada vez que entra a algún lugar lo hace como diciendo acá estoy
yo, mirála, parece una modelo en la pasarela, hombros bajos-cola
chata-panza adentro así tenés que hacer, así tenés que ser había sido
la orden. ¿Y la orden de que una mujer de treinta años debía parecer
una chica de veinte? En aquel momento, con los treinta y ocho años pisándole
los talones, se había preguntado a qué se debía esa exigencia de
parecer lo que no era. No sin desgarro, se adueñaron de su memoria
aquellas insoportables visitas a la modista: paráte derecha, meté la
barriga, quedáte quieta, y la otra anotaba en un cuaderno mugriento los números
que testimoniaban el volumen de su cuerpo. El orgullo de Lola con las tres
nenas vestidas igual. Sintió que la gente, la tierra, los árboles daban
vueltas y debió apoyarse en un hombro vecino, no le preocupó lo que los
demás creyeran, en todo caso mirarían su malestar con simpatía.
Pobrecita, no tolera este momento.
"...
pero por sobre todas las cosas quiero recalcar la calidad humana de Lola
-continuó la confidente de las andanzas de la difunta pensando que sus
oyentes podrían comenzar a cansarse y que, por otra parte, el exceso de
llanto y ese sol de mierda podrían perjudicarle el lifting, de manera que
era hora de ir dándole un cierre al speech-, su calidez, su mesura,
siempre dispuesta a escuchar al otro..."
Su
mesura, pensó la menor, y se vio apoyada en la puerta del baño de su
casa mientras su madre se maquillaba y le contaba que durante su primer
viaje a Europa ( De aquel viaje no se olvidaría más. Su madre –una
gran organizadora, virtud que Candelaria se había dejado en el
tintero-había dejado planificada la vida de sus hijas, empezando por el
colegio pupilo de monjas irlandesas; en cuanto a e ella en particular, le
había maniatado el alma y el cuerpo con un par de eficientes
especialistas que en cuanto su madre volvió las mandó al carajo.
Controlar la ecuación mente- alma- cuerpo de sus hijas mientras ella
putaneaba por ahí, se dijo de pronto la menor y enseguida se sintió
triturada por la culpa), durante aquel viaje, decía, había conocido a un
español de lo más encantador que se había enamorado de ella, ¿y papá?
había preguntado la chica de doce años, con tu padre es distinto le había
contestado la mamá preocupada por las imperfecciones que delataba su
espejo de aumento, con tu padre ya no siento esas cosas. "Separáte
mamá, tenés que dejarlo" reclamaba su hija haciendo suya la opresión
que, suponía, debería sentir su madre con ese hombre que le había
cortado las alas a su vocación, que había pisoteado su talento con bota
militar, que le había impedido ser. Si alguno de los presentes hubiese
reparado en la sonrisa vertical que aquel recuerdo le provocaba, se habría
sorprendido, o mejor dicho, desorientado.
"...nunca
me gustaron los grandes discursos, tampoco a Lola. Sólo quiero decir,
antes de terminar, que todos los aquí presentes tuvimos la suerte de
conocer a una mujer muy especial: preocupada por su familia, madraza como
pocas, incondicional a su marido, talentosa...Y ya nos estamos yendo,
querida, sólo quería que sepas que así es como te recordaremos:. tu
risa en la bonanza, tu temple ante la adversidad, tu don de gente. Acá
quedan tus hijas que intentarán seguir tu camino. Quedáte tranquila Lola
querida. Te dejamos que descanses en paz junto al hombre de tu vida."
Levantó
la vista del papel y permaneció con la mirada perdida en la fosa, las
flores y el ataud; sólo la mirada, porque el resto de sus sentidos
quedaron pendientes, atentos a la reacción del auditorio; quizá esperaba
aplausos, como su amiga; aunque al instante recordó que estaba en un
entierro y no sobre un escenario. Una lástima.
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