Carta
del amante perdido allí, donde da
la vuelta el viento
Allí
donde da la vuelta el viento, la claridad del crepúsculo se desliza,
caprichosa, sobre las placas de titanio del museo Guggeheim. Al otro
lado de la ría, asomada a una ventana, Sag mira el espectáculo
mientras le llegan los
recuerdos, feroces, como relámpagos, como luciérnagas, como heridas de
luz suspendidas en sus ojos tristes.
Asomarse
en esos ojos es orillar el precipicio, acercarse al abismo y mirar el
fondo con deseo, por fin, abrir los brazos en cruz y lanzarse a lo
oscuro. Y así, con mis brazos en cruz sobre la alfombra, veo el rostro
de Sag en este rostro que gime sobre mi cuerpo, que me besa y dice mi
nombre mientras nuestras ansiedades golpean con un sonido de campana, de
barcos llegando al puerto.
Y
soplo caracolas marinas y silbos, lanzo piedras y cascabeles contra los
muros de su tristeza antigua, agito ramas, imito los sonidos de la
flauta de un sátiro, pellizco el extremo de una nube y lo arrastro para
inundarnos de un vaho evanescente, para rodearnos de una intimidad que
nos es ajena. Dos mas uno son silencio o la caricia que dejo en la
cabeza plana de ese perro negro y viejo cuando los amantes se reúnen en
oscuros cuartos al fondo del pasillo mientras en el patio canta una niña
y la luna va y viene entre las nubes.
Quisiera
hablarle con el lenguaje del alma. Por si no lo hubiera, le hablaré con
las palabras que se atropellan en mi cabeza, en mi boca, pugnan por
salir, por buscarle entre mercaderes y gitanos, entre pálidos pacientes
esperando su turno, entre la embriaguez del secreto de las playas. -Perdóname,
Sag, perdóname, perdóname por ser ciego, insensible, egoísta, estúpido,
perdóname por llenar mi boca de te quiero y no ser capaz de leer en tus
ojos, de verte tal y como eres.- Eso quiero decirle y estoy mudo,
incapaz de separarme de su cuerpo, de la caricia del reencuentro.
La
niñez es un territorio que atravesamos tan fugazmente que apenas
guardamos recuerdos de sus calles y avenidas, de las piedras redondas de
su calzada, de los compañeros de juegos que se perdieron en algún
recodo. Y cuando vuelven, ay cuando vuelven, el implacable rastro de la
realidad nos llena de espejos partidos, de unicornios de piedra, de
letreros con fondo rojo y flechas imposibles.
Ahora,
sentados frente a frente, voy recogiendo, arrobado, las renuncias que se
acumulan sobre esta incógnita que nos separa. Durante este tiempo de
ausencia no es cierto que no la haya recordado, no es cierto. Busco en
las esferas transparentes su silueta de aquel verano, sus cartas de
papel amarillo, su interrogante pintado de sospechas y quiero saltar
esta distancia, llegar hasta el centro de su dolor. Recibo sus
confidencias como un regalo magnífico, como un tesoro único, guardo
sus sonrisas, su risa de a veces como un instante mágico, pero sigo sin
verla. Y no entiendo, bruto, insensible, la escucho sin saber que el
tiempo pasó, atrapo en mi pecho cada uno de sus movimientos, pero no sé
quién es la mujer desnuda que tengo delante.
Entre
las cortinas se cuela una dulce música de cebollas. Y cuando ella llora
huyen los pájaros de su mirada y sus lágrimas me abren la puerta de
otra realidad. Cae mi máscara ciega y golpearía mi cabeza contra la
pared por ser tan primario, tan sordo, tan iluso por ignorar a la
persona que late y sufre. Me sube a la garganta una extraña emoción y
entiendo, por fin, que espera de mí la dulce placidez del amor
cotidiano, sin constantes declaraciones magníficas, sin locuras, solo
amor, amor limpio que le lleve de la mano por los días. Pero suenan las
diez y ella debe volver a su casa y yo a la mía. Nos vestimos
apresurados y salimos, que no nos vean, separados, nos perdemos por
calles diferentes.
Como
voy a escribir con coherencia si ha pasado el tiempo de los cilicios, si
cada día está aquí para abrirlo en canal, para comerse hasta la cáscara,
para llegar hasta cada rincón de la medianoche y, si Sag me deja, el
resto se lo diré con mis manos, buscándola, recorriéndola, abriendo
esa ventana al sótano o al
cielo.
Carta
del amante balsámico
Amada
mía, quisiera ser bálsamo sobre tu piel, ungir tu cuerpo suavemente
con densos líquidos que disuelvan esa tristeza que te viste, casi
imperceptible, delicada como una invitada educada pero no deseada, esa
sensación que tú, estudiosa de ti misma, quieres atrapar y etiquetar,
rotular, saberlo y ya. Pero no, porque también temes que mi peso, a
veces grato, se convierta en lastre para lo que te guía y te mantiene y
te sostiene y te impulsa y es lo tuyo y no te reconoces y una fuerza se
superpone a la otra y demasiadas cosas ilógicas en tu reino lógico.
La
nave va si recuerdas mi sonrisa y mi voz -lo que tu sientes como mi voz-
acaricia esos filamentos hambrientos del interior de tu pecho. No hay
olas, no las ves, se deslizan por tu quilla, inofensivas, invisibles.
Pero
si una pluma fría, solo una, cae sobre tu vigía atenta, siempre
encaramada en la frontera, entonces, ay entonces, los ejércitos de la
tormenta se alborotan, se levantan en armas las normas que siempre han
servido -¿o no han servido?- y se debilitan los cimientos con la
humedad, dudamos de los oasis y los escarabajos del cambio te muerden
los dedos del alma. Hay realidades simbólicas como la ausencia de
alfombras, la coincidencia de fechas, la inquietud del cambio,
transgredir la rutina tan nuestra, pero un perro que no nos da miedo aúlla,
y con él su propio miedo, y solo puedo enviarte mis cartas que tratan
de ser diferentes, mis sentimientos, que tratan de ser los mismos, mis
caricias y besos, que tratan de ser balsámicos para tus otras
necesidades y que yo, pobrecito, no puedo o no sé o no debo,
proporcionarte.
Al
despedirte me llamas amigo. Sería un tanto sarcástico que acabásemos
siendo amigos, hasta cruel. Me rebelo, respeto demasiado la palabra, no
soy digno, lo siento, me pesaría como una losa. Puedo ser un mal amante
pero no podría ser un mal amigo.
Pero,
tú, oh cariño, reina, amor mío, mi dueña preciosa, mi corazón
delicado, mujer diferente y bella, no leas esto como si fuese un
catecismo, una verdad absoluta, dejo fluir mis palabras y las escribo
instintivamente, sin pensarlas dos veces, no las adorno, me salen solas,
no las releo, reflejan el ahora, siempre etéreo, siempre flotando entre
el antes y el luego. Aún así, también van impregnadas de ese bálsamo
amoroso que quisiera extender sobre tu cuerpo inmóvil, gimiente de
placer, sobre una sábana blanca, nívea, con toda la luz entrando por
la ventana, con la música que más nos guste acompañándonos, meciéndonos.
Y te beso, conflicto.