Volver al índice  

Pedro Glup

CARTAS

   

Nº 4

Primavera 2001

 
 
 

 

 

 

Carta del amante perdido allí, donde da  la vuelta el viento

 

 

Allí donde da la vuelta el viento, la claridad del crepúsculo se desliza, caprichosa, sobre las placas de titanio del museo Guggeheim. Al otro lado de la ría, asomada a una ventana, Sag mira el espectáculo mientras le  llegan los recuerdos, feroces, como relámpagos, como luciérnagas, como heridas de luz suspendidas en sus ojos tristes.

 

Asomarse en esos ojos es orillar el precipicio, acercarse al abismo y mirar el fondo con deseo, por fin, abrir los brazos en cruz y lanzarse a lo oscuro. Y así, con mis brazos en cruz sobre la alfombra, veo el rostro de Sag en este rostro que gime sobre mi cuerpo, que me besa y dice mi nombre mientras nuestras ansiedades golpean con un sonido de campana, de barcos llegando al puerto.

 

Y soplo caracolas marinas y silbos, lanzo piedras y cascabeles contra los muros de su tristeza antigua, agito ramas, imito los sonidos de la flauta de un sátiro, pellizco el extremo de una nube y lo arrastro para inundarnos de un vaho evanescente, para rodearnos de una intimidad que nos es ajena. Dos mas uno son silencio o la caricia que dejo en la cabeza plana de ese perro negro y viejo cuando los amantes se reúnen en oscuros cuartos al fondo del pasillo mientras en el patio canta una niña y la luna va y viene entre las nubes.

 

Quisiera hablarle con el lenguaje del alma. Por si no lo hubiera, le hablaré con las palabras que se atropellan en mi cabeza, en mi boca, pugnan por salir, por buscarle entre mercaderes y gitanos, entre pálidos pacientes esperando su turno, entre la embriaguez del secreto de las playas. -Perdóname, Sag, perdóname, perdóname por ser ciego, insensible, egoísta, estúpido, perdóname por llenar mi boca de te quiero y no ser capaz de leer en tus ojos, de verte tal y como eres.- Eso quiero decirle y estoy mudo, incapaz de separarme de su cuerpo, de la caricia del reencuentro.

 

La niñez es un territorio que atravesamos tan fugazmente que apenas guardamos recuerdos de sus calles y avenidas, de las piedras redondas de su calzada, de los compañeros de juegos que se perdieron en algún recodo. Y cuando vuelven, ay cuando vuelven, el implacable rastro de la realidad nos llena de espejos partidos, de unicornios de piedra, de letreros con fondo rojo y flechas imposibles.

 

Ahora, sentados frente a frente, voy recogiendo, arrobado, las renuncias que se acumulan sobre esta incógnita que nos separa. Durante este tiempo de ausencia no es cierto que no la haya recordado, no es cierto. Busco en las esferas transparentes su silueta de aquel verano, sus cartas de papel amarillo, su interrogante pintado de sospechas y quiero saltar esta distancia, llegar hasta el centro de su dolor. Recibo sus confidencias como un regalo magnífico, como un tesoro único, guardo sus sonrisas, su risa de a veces como un instante mágico, pero sigo sin verla. Y no entiendo, bruto, insensible, la escucho sin saber que el tiempo pasó, atrapo en mi pecho cada uno de sus movimientos, pero no sé quién es la mujer desnuda que tengo delante.

 

Entre las cortinas se cuela una dulce música de cebollas. Y cuando ella llora huyen los pájaros de su mirada y sus lágrimas me abren la puerta de otra realidad. Cae mi máscara ciega y golpearía mi cabeza contra la pared por ser tan primario, tan sordo, tan iluso por ignorar a la persona que late y sufre. Me sube a la garganta una extraña emoción y entiendo, por fin, que espera de mí la dulce placidez del amor cotidiano, sin constantes declaraciones magníficas, sin locuras, solo amor, amor limpio que le lleve de la mano por los días. Pero suenan las diez y ella debe volver a su casa y yo a la mía. Nos vestimos apresurados y salimos, que no nos vean, separados, nos perdemos por calles diferentes.

 

Como voy a escribir con coherencia si ha pasado el tiempo de los cilicios, si cada día está aquí para abrirlo en canal, para comerse hasta la cáscara, para llegar hasta cada rincón de la medianoche y, si Sag me deja, el resto se lo diré con mis manos, buscándola, recorriéndola, abriendo esa ventana  al sótano o al cielo.

 

 

 

 

Carta del amante balsámico

 

 

Amada mía, quisiera ser bálsamo sobre tu piel, ungir tu cuerpo suavemente con densos líquidos que disuelvan esa tristeza que te viste, casi imperceptible, delicada como una invitada educada pero no deseada, esa sensación que tú, estudiosa de ti misma, quieres atrapar y etiquetar, rotular, saberlo y ya. Pero no, porque también temes que mi peso, a veces grato, se convierta en lastre para lo que te guía y te mantiene y te sostiene y te impulsa y es lo tuyo y no te reconoces y una fuerza se superpone a la otra y demasiadas cosas ilógicas en tu reino lógico.

 

La nave va si recuerdas mi sonrisa y mi voz -lo que tu sientes como mi voz- acaricia esos filamentos hambrientos del interior de tu pecho. No hay olas, no las ves, se deslizan por tu quilla, inofensivas, invisibles.

 

Pero si una pluma fría, solo una, cae sobre tu vigía atenta, siempre encaramada en la frontera, entonces, ay entonces, los ejércitos de la tormenta se alborotan, se levantan en armas las normas que siempre han servido -¿o no han servido?- y se debilitan los cimientos con la humedad, dudamos de los oasis y los escarabajos del cambio te muerden los dedos del alma. Hay realidades simbólicas como la ausencia de alfombras, la coincidencia de fechas, la inquietud del cambio, transgredir la rutina tan nuestra, pero un perro que no nos da miedo aúlla, y con él su propio miedo, y solo puedo enviarte mis cartas que tratan de ser diferentes, mis sentimientos, que tratan de ser los mismos, mis caricias y besos, que tratan de ser balsámicos para tus otras necesidades y que yo, pobrecito, no puedo o no sé o no debo, proporcionarte.

 

Al despedirte me llamas amigo. Sería un tanto sarcástico que acabásemos siendo amigos, hasta cruel. Me rebelo, respeto demasiado la palabra, no soy digno, lo siento, me pesaría como una losa. Puedo ser un mal amante pero no podría ser un mal amigo.

 

Pero, tú, oh cariño, reina, amor mío, mi dueña preciosa, mi corazón delicado, mujer diferente y bella, no leas esto como si fuese un catecismo, una verdad absoluta, dejo fluir mis palabras y las escribo instintivamente, sin pensarlas dos veces, no las adorno, me salen solas, no las releo, reflejan el ahora, siempre etéreo, siempre flotando entre el antes y el luego. Aún así, también van impregnadas de ese bálsamo amoroso que quisiera extender sobre tu cuerpo inmóvil, gimiente de placer, sobre una sábana blanca, nívea, con toda la luz entrando por la ventana, con la música que más nos guste acompañándonos, meciéndonos. Y te beso, conflicto.

 

 


 

 

 
 

Contacte con el autor

      Volver al índice Página anterior  Página siguiente