LA
MANADA
Demasiada
tristeza. La mirada fatigada del hombre decidió que era el momento de
la despedida y, en silencio, el hombre hizo un gesto. Fue tan leve el
gesto que ha sido imposible precisar si estaba asintiendo o si la
derrota le robaba la vida.
Los
testigos que lo vieron caer junto a ellos coinciden en que parecía un
hombre tranquilo mirando a su alrededor. Todos afirman que su mirada era
muy triste y nadie recuerda que dijera una palabra.
Aún
los médicos no logran explicar ese cadáver. Tampoco pueden saber que
hay una mirada triste buscando a su dueño.
No
existen estadísticas para las miradas tristes que quedan abandonadas.
La manada crece.
(De
la serie Con poco, suficiente.)
DE
AMOR Y AGUA
Él
era un hombre muy poderoso y estaba pérdidamente enamorado de ella.
Estaba pendiente de todos sus pasos, de cada deseo suyo, continuamente
le preguntaba qué quería y le decía que él siempre estaría junto a
ella para amarla.
Como
a la mujer le gustaba tanto el agua y siempre quería ir hasta el mar,
su amante, complaciente, le regaló uno.
Tener
tanta agua propia, la intimidó, y la dejó pensando; entonces el amante
cambió el mar por un lago. A ella, aunque la conmovió el gesto, no la
conformó el lago, era demasiado tranquilo, y siguió pensando. Su
amante entonces se llevó el lago y le dio un río. La mujer suspiró, y
dejó de pensar. Era un río magnífico. Suspiró, sonrió suavemente;
volvió a suspirar, de forma imperceptiblemente diferente, abrazó al
poderoso amante, y agradeció el obsequio.
Tan
extensamente amado fue el hombre, que su reposo duró más que lo
habitual. Cuando despertó, ella se había ido por el río hacia un mar
desconocido donde él no pudiera encontrarla. Nunca le habían gustado
los hombres que ahogan con su amor. Al irse, por supuesto, se llevó su
regalo.
(De
la serie Cuentos y azares.)