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Calos López Dzur

 

Multiculturalismo

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

                      

Cuando me veas de paso por tu calle,

¡mírame bien! — ya no es obvio

si soy el sefardita, el extranjero ignoto.

No sabrás si prefiero el lenguaje de mis origen

o cualquier otro, a menos que me explores

como si América se reconstruyera

nuevamente,

Mi corazón no es visible,

pero lo tengo

con sus propios gustos,

sus herencias,

con orgullo y propósitos

de frente a la ciudad de los gentiles,

distinta como es hoy, cosmopolita,

nación en ciernes, hacia la misma causa,

su raíz, su hibisco espiritual.

Pero, ¿cómo saber quién soy? ¿quién eres?

Tal vez hablo tu idioma

y los mismos ideales de tu motivación.

La piel es un mero vestido de colores

para una zona del ser, inevitable,

que también honra al abrazo

y a lo desconocido.

¡Qué bueno que haya tantos colores en la tez,

tantos ojos oblicuos, tanto azul de pupilas,

divertidas siluetas de amor en las miradas,

orígenes de sol y de selva perdidos en crisoles

y en las cumbres heladas y los lagos majestuosos

pueda hallar células

y músculos y huesos y rostros!

Mírame bien, háblame si deseas.

Estoy con el acento de todos los lenguajes

y mis ojos miran fijamente y bendicen.

Mi piel tiene consciencia de las pluralidades

porque la sangre es roja en cada ser viviente

y la ancestralidad es un banquete con hermanos,

los ausentes que han llegado, de lejos.

Los migrantes.

Los amados que han permanecido aquí.

Roja es la voluntad y con sus regresos,

con sus hitos de producción, su energía,

y bendito es el común origen,

la Madre Colectiva,

eternamente universal, sublime.

Digna es la diversidad

cuando es raíz, sol de autenticidades

y el corazón la reencuentra, la explora,

la redime.

La raza siempre importa en cuanto es

la militancia unificante de los pueblos que arriban

al dichoso paraíso, o reposo del ser,

donde se llama hermandad al color de cada rosa

y al poder de cada estrella en las cumbres.

Hay gozo en cada geografía

y dialéctica a conjurar con los opuestos

en cada siglo, en cada movimiento de avatar,

después de verse el neardenthal extinguido.

En el canto de los tiempos, pese a las vivencias

y los múltiples rezagos de los años,

el trabajo enciende los motores de las creatividades

y el paraíso muestra su luz en las cimas

y las tradiciones perpetúan la esperanza

con justicia de mitos, con alegóricos textos.

Unas veces dolorosos, otras veces, tan dulces.

Cada raza protege esta lealtad, coincidente

en el canto; es la faena mayor que se migra

por los años de la interacción, con síntesis

de biología e historia, con piel y pensamiento.

Cuando me veas de paso por tu calle,

blanco en apariencia, sonoro y con acento

de viejas extranjerías, invoca la contraseña

de los tiempos eternos, invítame a litar

en las bamas del amor humano

y verás que no existen extranjeros

ni razas impenetrables

ni lenguajes separadores

ni odios irredimibles,

sólo la infinita variedad

de un mismo canto.

 

 

 


 

 

 
 

 

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