HOMBRE
QUE VE LA MAÑANA
Les hommes sont tous
condamnés a mort avec des surcis indéfinis, habría escrito él
con la inconsistencia del día, solamente él, aunque ninguno lo
acompañara en la visión suprema donde los instantes se superponen
inextricablemente (luego de eludirse con furia) hasta delatar los
rasgos laterales de la palabra:
una palabra es un
rostro,
un rostro ciego.
(Todos los forasteros
llegarían portando un ala,
semejante extensión en
medio del milagro
ya nos era posible.)
Ni limitada, ni idéntica
a sí misma, ni uncida
a la luz rota de las
tumbas,
ella llega.
Naciste con la pregunta
que torna en oro
el estiércol, la tierra
y su cadáver.
Sin embargo, avanza la
carnicería.
Quise entrar en aquellos
jardines. Nadie con el cuerpo abandonado y próspero de ausencia
vedaba la entrada. ¿Qué entrada? ¿Entrada para salir, entrar, o
siquiera hundirse entre sus olas? Porque mi jardín tiene las olas
de la más alta marea. -Prepárense -repetía- en el subsuelo
encontrarán los desechos.
Este niño juega con
desechos
para explicar su cueva:
blancas sandalias de
inservible estupor,
vocación de reconocerse en serafines
barro por detrás,
por delante el barro de
una estirpe
grabada en pozos y
daguerrotipos.
¿Hubo un salvaje en el
fin de esta historia, otra historia para relatar a las nubes? Fuga
hacia el vacío, grados de erotismo inauditos en su sintaxis, el
viento conturbado ladra. ¿Qué otra cosa es la palabra cuando
desaparece en el viento y entonces ladra, ladra? ¿Con cuál masilla
te descascaras los dedos, la boca atada, el sueño de todo hombre:
su felicidad? Antes pensabas en el cuerpo como en el gran continente
expulsándote, al fin, de los infiernos prometidos. Pero las nubes
prometen; sólo prometen la verdad de las nubes. Arrecia la
tempestad.
En
tu cerebro añaden una casa.
Desfilan los
predicadores
entre sus pasadizos que
son cárceles.
Una casa, el escenario
donde narrarme
muerte más vida más
muerte más muerte
menos vida a esta
muerte,
asombrada vida, terca
vida
testigo del diluvio.
Si creyese en cada
nacimiento, me moriría. Acabas de entrar y aúllas, desplumado
colibrí del abismo, de la mañana. Ya fue sabido de antemano: el
hombre veía la mañana. Vio la mañana como una esfinge.
Desenfrenadamente
la vio.
PERSEO
EN BROOKLYN HEIGHTS
¿Qué
ídolo ciego zumba
sobre
las rotaciones de la especie?
El
diluvio universal
y
luego las estrías de luz
en
el rostro que no supiera ascender.
Proclamo
tu desaparición.
Ritos
ásperos bajo el insomnio,
recinto
fosforescente del vértigo:
¿adónde
busca un puñal
esta
esfinge fulminante?
Así
te ocultarías con el hilo
engañoso
de los antepasados.
¿Era
ésta la sed?
¿Y
el alfabeto animal de todo rapto baldío?
Entre
los matorrales, hurga Andrómeda
la
encarnizada bolsa de abrojos.
¿Y
la transverberación
con
tus blancos juguetes en la niebla?
Peregrinaje
y apenas torbellino
llevándote
más lejos que el requiem
de
los búhos.
Espléndida
cárcel para el viento,
alto
tajo contra la oscuridad.
El
corazón se desborda como un río.
DE
UN MENDIGO EN WASHINGTON SQUARE
...Y
viendo el humo de su incendio, dieron voces , diciendo: ¿Qué
ciudad era semejante a esta gran ciudad?
Apocalipsis, 18:18
Habría
mirado las bóvedas multiplicándose
en
alargadas filas contra la lluvia.
¿Cuál
es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,
dónde
está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,
aquellas
madres primeras de mi especie?
Era
una mesa blanca, casi traslúcida,
vestida
para la exageración y el desprecio.
Podría
ser nebuloso patíbulo,
aunque
nunca tablón ritual de aniversarios.
Un
opulento pasajero enciende las lámparas.
Los
comensales —mis
hermanos—
han muerto ya.
El
arco solar se ha derribado.
¿Qué
carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?
¿No
miras sumergirse la casa? —pregunta
la figura—.
Del
robo de las pieles nace el vuelo.
Y
así empieza la historia.
El
musgo ofrece un ácido perfume
a
patio de destierro, a caireles dispersos
entre
los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.
(Ahora
reconstruye risas en mitad de su cráneo.)
¿Era
la distancia de la diferencia?
¿Los
harapos de la más cruel cercanía?
¿O
la abisal condición para destituir a su rey,
el
valimiento de un iluso crucificándose?
Rotan
las cláusulas.
Se
instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.
Pensó
en la cabeza comida por insectos de su padre,
en
el jugo incalculable, ahora seco,
rondando
entre los dientes del pequeño difunto.
Fuiste
un agujero, la grieta de mi corazón —afirma
la
figura—.
No
habla.
Aun
antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.
(Un
llamado de hidra ha regresado a la cueva.)
Brevísimo,
respiran todavía sus membranas.
Nada
es legendario en la dársena sacrílega.
¿En
qué madejas del segundo tiempo merodeará
esta
geometría del verdugo?
Va
adentrándose en la palabra carente:
palabra
sin inicial; juzgamiento de vigilia.
Grazna
y husmea.
Que
no suplique ayuda con un arpón en la boca.
Se
abrieron las sienes de mi escalofrío.
Cavidades
lechosas donde hubo un pasado,
¿por
qué duermen así, junto a la espuma?
Son
los habituales.
Son
los faústicos delatores.
Son
los imaginados.
Son
los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.
¿Retornarían
desde un mísero exilio?
Muerdes
madera en el poema, invención extremada.
Fermentan
las hojas.
Desciendo
los escalones y aspiro en cuclillas
el
temible torbellino de la idolatría.
Es
el ruinoso chacal de esta profanación.
Lanza
increíbles objetos.
Al
reflejarse en el revés de un espejo de bronce
—mira
paciente, hiberna con traidores—,
dibuja
la espantosa raíz del simulacro.