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Manuel Lozano

Poemas

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

HOMBRE QUE VE LA MAÑANA

 

 

      Les hommes sont tous condamnés a mort avec des surcis indéfinis, habría escrito él con la inconsistencia del día, solamente él, aunque ninguno lo acompañara en la visión suprema donde los instantes se superponen inextricablemente (luego de eludirse con furia) hasta delatar los rasgos laterales de la palabra:

 

      una palabra es un rostro,

      un rostro ciego.

      (Todos los forasteros llegarían portando un ala,

      semejante extensión en medio del milagro

      ya nos era posible.)

      Ni limitada, ni idéntica a sí misma, ni uncida

      a la luz rota de las tumbas,

      ella llega.

      Naciste con la pregunta que torna en oro

      el estiércol, la tierra y su cadáver.

      Sin embargo, avanza la carnicería.

  

     Quise entrar en aquellos jardines. Nadie con el cuerpo abandonado y próspero de ausencia vedaba la entrada. ¿Qué entrada? ¿Entrada para salir, entrar, o siquiera hundirse entre sus olas? Porque mi jardín tiene las olas de la más alta marea. -Prepárense -repetía- en el subsuelo encontrarán los desechos.

 

    Este niño juega con desechos

    para explicar su cueva:

    blancas sandalias de inservible estupor,

    vocación de reconocerse en serafines

    barro por detrás,

    por delante el barro de una estirpe

    grabada en pozos y daguerrotipos.

 

    ¿Hubo un salvaje en el fin de esta historia, otra historia para relatar a las nubes? Fuga hacia el vacío, grados de erotismo inauditos en su sintaxis, el viento conturbado ladra. ¿Qué otra cosa es la palabra cuando desaparece en el viento y entonces ladra, ladra? ¿Con cuál masilla te descascaras los dedos, la boca atada, el sueño de todo hombre: su felicidad? Antes pensabas en el cuerpo como en el gran continente expulsándote, al fin, de los infiernos prometidos. Pero las nubes prometen; sólo prometen la verdad de las nubes. Arrecia la tempestad.

 

      En tu cerebro añaden una casa.

      Desfilan los predicadores

      entre sus pasadizos que son cárceles.

      Una casa, el escenario donde narrarme

      muerte más vida más muerte más muerte

      menos vida a esta muerte,

      asombrada vida, terca vida

      testigo del diluvio.

  

     Si creyese en cada nacimiento, me moriría. Acabas de entrar y aúllas, desplumado colibrí del abismo, de la mañana. Ya fue sabido de antemano: el hombre veía la mañana. Vio la mañana como una esfinge.

Desenfrenadamente la vio.

 

 

 

 

PERSEO EN BROOKLYN HEIGHTS

 

 

¿Qué ídolo ciego zumba

sobre las rotaciones de la especie?

El diluvio universal

y luego las estrías de luz

en el rostro que no supiera ascender.

Proclamo tu desaparición.

Ritos ásperos bajo el insomnio,

recinto fosforescente del vértigo:

¿adónde busca un puñal

esta esfinge fulminante?

Así te ocultarías con el hilo

engañoso de los antepasados.

¿Era ésta la sed?

¿Y el alfabeto animal de todo rapto baldío?

Entre los matorrales, hurga Andrómeda

la encarnizada bolsa de abrojos.

¿Y la transverberación

con tus blancos juguetes en la niebla?

Peregrinaje y apenas torbellino

llevándote más lejos que el requiem

de los búhos.

Espléndida cárcel para el viento,

alto tajo contra la oscuridad.

El corazón se desborda como un río.

 

 

 

 

DE UN MENDIGO EN WASHINGTON SQUARE

 

 

...Y viendo el humo de su incendio, dieron voces , diciendo: ¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?

                                Apocalipsis, 18:18

 

 

Habría mirado las bóvedas multiplicándose

en alargadas filas contra la lluvia.

¿Cuál es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,

dónde está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,

aquellas madres primeras de mi especie?

Era una mesa blanca, casi traslúcida,

vestida para la exageración y el desprecio.

Podría ser nebuloso patíbulo,

aunque nunca tablón ritual de aniversarios.

Un opulento pasajero enciende las lámparas.

Los comensales mis hermanos han muerto ya.

El arco solar se ha derribado.

¿Qué carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?

¿No miras sumergirse la casa? pregunta la figura.

Del robo de las pieles nace el vuelo.

Y así empieza la historia.

El musgo ofrece un ácido perfume

a patio de destierro, a caireles dispersos

entre los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.

(Ahora reconstruye risas en mitad de su cráneo.)

¿Era la distancia de la diferencia?

¿Los harapos de la más cruel cercanía?

¿O la abisal condición para destituir a su rey,

el valimiento de un iluso crucificándose?

Rotan las cláusulas.

Se instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.

Pensó en la cabeza comida por insectos de su padre,

en el jugo incalculable, ahora seco,

rondando entre los dientes del pequeño difunto.

Fuiste un agujero, la grieta de mi corazón afirma 

       la figura.

No habla.

 

 

Aun antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.

(Un llamado de hidra ha regresado a la cueva.)

Brevísimo, respiran todavía sus membranas.

Nada es legendario en la dársena sacrílega.

¿En qué madejas del segundo tiempo merodeará

esta geometría del verdugo?

Va adentrándose en la palabra carente:

palabra sin inicial; juzgamiento de vigilia.

Grazna y husmea.

Que no suplique ayuda con un arpón en la boca.

Se abrieron las sienes de mi escalofrío.

Cavidades lechosas donde hubo un pasado,

¿por qué duermen así, junto a la espuma?

Son los habituales.

Son los faústicos delatores.

Son los imaginados.

Son los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.

¿Retornarían desde un mísero exilio?

Muerdes madera en el poema, invención extremada.

Fermentan las hojas.

Desciendo los escalones y aspiro en cuclillas

el  temible torbellino de la idolatría.

Es el ruinoso chacal de esta profanación.

Lanza increíbles objetos.

Al reflejarse en el revés de un espejo de bronce

mira paciente, hiberna con traidores,

dibuja la espantosa raíz del simulacro.

 

 

 

 


 

 

 
 

 

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