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DESVÍO
El río de mi aldea no hace pensar
en nada.
Quien está junto a él sólo
está junto a él.
Fernando Pessoa
Decimos
árbol y se nos viene
encima
el vendaval
las
llameantes hojas
el
tronco recio
la
presencia el cumplimiento,
el
otoño la hamaca
que
anudamos en su brazo
más alto
de
niños
y
un ramalazo nos da en la cara
como
una bofetada de castigo
y
el montículo de tierra donde
se
hundían sus raíces
nos
dice: o él o tú
y
resbalamos por la pendiente
de
los años
sin asidero.
Nuestro
propio paisaje nos traga
pues
la palabra convoca las muchas
texturas
de los árboles guardados
en el tiempo
el
recuerdo de aquellas veces
en
que sus ramas se quebraban
en
el instante de arañar el cielo
el
perro que murió a su pie
la
despedida de la inocencia
que
se fue con su bandera blanca
y
después de la memoria nos llega
la
advertencia del dios de no tocarlo
para
no detener su marcha hacia
lo alto
la
vez que el hermano nos golpeó
con
una vara robada al paraíso
el
tiempo del odio
porque
impedía la prueba
del
desierto
y
más tarde la mesa puesta
debajo
de su sombra cuando la madre lloró
los
años que caían como gotas iguales
y
el camino que partía de él y siempre
nos
alejaba de la casa
y
el momento en que cavamos
un
pozo a su costado
para
esconder los papeles que no leería
nadie.
Y
al fin llega la noche y tenemos apenas
un páramo
poblado
de accesorios que vagamente evocan
por
ausencia y nostalgia
el
verdor de su copa, la agitada melena,
la
rugosidad de su corteza tan callada.
Y
pensar que era diáfana la palabra árbol
y
luminosos éramos mirando hacia lo alto
en
el principio de todos los principios
cuando
fue pronunciada y estaba el árbol,
erguido,
prescindiendo del tiempo
y de nosotros
como
una desnuda celebración de rumores
que
nos hablaban quedamente.
MUERTE
POR AJENO OLVIDO
a
Aldana
Unido
a la vida por la cánula
respiradero
tubo de borboteante
aire
y humedad
de
la frente ojos de ciervo herido
que
trenzan sus coronas de flores
y de espinas
clamor
de enredadera
cortada
por su base
y
manos sin mediación de guante
cirujano
que avanzan hacia ti,
muerto
de un miedo niño
todo eso
guarda
la sala cuatro, entre paredes
de
virtud insaciable y ojos desviados
del
instante y su mueca
(quién diría su gesto,
quién
lavaría el horror
con sólo acariciarlo)
La
vida ¿cómo es que llega
tan
imprevistamente
que
apenas se la roza?
distracción
de la muerte
que
hace desviar la mirada hacia las flores
próximas
mientras alguien florece
a nuestro lado
cuando
me duele tengo un alma
cuando
pacientemente me deshago
de
todo se dobla en dos mi cuerpo
la
bisagra de mi fuerte y endeble
vestidura
y aprendo
lo
de adentro desde adentro
a
estarme quieta parida en desazón
pero
parida
cuando
el dolor me toca
sé
que alerto al latido que gotea
a la vera
de
tu crujiente cama hospitalaria
de
aséptico furor, de blanca higiene
y
hace girar el trompo de tu infancia
hilo
de seda, pérdida y clamor
de
lado a lado como tu muerte lenta
y
apátrida viajero sin bagaje de amagos
ni
rencores, ni nada,
lo
que ahora sabemos lo aprendimos
de ti:
Ojos
del apartado, ojos
de
quietud en el corazón
de la paciencia
canto
llano de sábana
en
la tendida posición,
cuando se cae del todo.
Aprendizaje
del estarse quieto
en
el racimo con temor
a
que se espante
el colibrí.
Disturbio
no,
la
vida en posición fetal
mirada
larga de saberse
nacido.
Otro
dolor
como
el primer punzamiento
de
la carne en la memoria niña
solo
que ahora
las
manos se abren hasta rezar
la ausencia
lentamente.
Pacto
de la partida
línea
de fuego donde ya no se lucha
garganta
del sauzal
cielo
rasgado en las visiones
de la pupila de Dios
que
se duplica.
Barca
que suelta amarras
hacia
el cántaro que guarda las mareas
y
púas que no hieren
y
aguas que no perturban
tu
fin ni tu principio.
Luego
habrá flores y flores contra flores
y
un pájaro curvando su estela
a
mediodía
cegado
por el sol
en
vuelo recto
y
en la única maleta
que
admite la Señora
que
se lleven
una
hoja de otoño casi rojo,
un
cuaderno de notas con dibujos
pequeños,
un
caracol traído de una playa cualquiera,
la
carta de navegación comprada
en
una feria,
una
manzana roja,
un
haiku de Buson
y
la fe de bautismo
como
última ablución
para
lavar tu sangre
por tres veces
negada.
Yo
y mi vergüenza
hemos
hecho la noche.
El
afuera es una blanca sábana
nocturna
que se tiende
contigo.
A
los pies de tu cama
he
tocado la vida
la
muy callada vida
tan
deseosa
de
erguirse.
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