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Patricia L. Boero

Poemas

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

                               DESVÍO

 

 

             El río de mi aldea no hace pensar en nada.

              Quien está junto a él sólo está junto a él.

                                                       Fernando Pessoa  

  

 

Decimos árbol y se nos viene

encima el vendaval

las llameantes hojas

el tronco recio

la presencia el cumplimiento,

el otoño  la hamaca

que anudamos en su brazo

                                más alto

de niños

y un ramalazo nos da en la cara

como una bofetada de castigo

y el montículo de tierra donde

se hundían sus raíces

nos dice: o él o tú

y resbalamos por la pendiente

de los años

                               sin asidero.     

 

Nuestro propio paisaje nos traga

pues la palabra convoca las muchas

texturas de los árboles guardados

                                en el tiempo

el recuerdo de aquellas veces

en que sus ramas se quebraban

en el instante de arañar el cielo

el perro que murió a su pie

la despedida de la inocencia

que se fue con su bandera blanca

 

y después de la memoria nos llega

la advertencia del dios de no tocarlo

para no detener su marcha hacia

                                    lo alto

la vez que el hermano nos golpeó

con una vara robada al paraíso

el tiempo del odio

porque impedía la prueba

del desierto

y más tarde la mesa puesta

debajo de su sombra cuando la madre lloró

los años que caían como gotas iguales

y el camino que partía de él y siempre

nos alejaba de la casa

y el momento en que cavamos

un pozo a su costado

para esconder los papeles que no leería

                                        nadie.

 

Y al fin llega la noche y tenemos apenas

                                        un páramo

poblado de accesorios que vagamente evocan

por ausencia y nostalgia

el verdor de su copa, la agitada melena,

la rugosidad de su corteza tan callada.

 

 

Y pensar que era diáfana la palabra árbol

y luminosos éramos mirando hacia lo alto

en el principio de todos los principios

cuando fue pronunciada y estaba el árbol,

erguido, prescindiendo del tiempo

                                            y de nosotros

como una desnuda celebración de rumores

que nos hablaban quedamente.

 

 

 

 

 

MUERTE POR AJENO OLVIDO

                                       

 

                                                 a Aldana  

 

 

Unido a la vida por la cánula

respiradero tubo de borboteante

                                    aire y humedad

de la frente ojos de ciervo herido

que trenzan sus coronas de flores

                                    y de espinas

clamor de enredadera

cortada por su base

y manos sin mediación de guante

cirujano que avanzan hacia ti,

muerto de un miedo niño

                                    todo eso

guarda la sala cuatro, entre paredes

de virtud insaciable y ojos desviados

del instante y su mueca

                                    (quién diría su gesto,

                                    quién lavaría el horror

                                    con sólo acariciarlo)

 

La vida ¿cómo es que llega

tan imprevistamente

que apenas se la roza?

distracción de la muerte

que hace desviar la mirada hacia las flores

próximas mientras alguien florece

                                    a nuestro lado

 

cuando me duele tengo un alma

 

cuando pacientemente me deshago

de todo se dobla en dos mi cuerpo

la bisagra de mi fuerte y endeble

vestidura

                                        y aprendo

lo de adentro desde adentro

a estarme quieta parida en desazón

pero parida

 

cuando el dolor me toca

sé que alerto al latido que gotea

                                         a la vera

de tu crujiente cama hospitalaria

de aséptico furor, de blanca higiene

y hace girar el trompo de tu infancia

hilo de seda, pérdida y clamor

de lado a lado como tu muerte lenta

 

y apátrida viajero sin bagaje de amagos

ni rencores, ni nada,

lo que ahora sabemos lo aprendimos

                                            de ti:

 

Ojos del apartado, ojos

de quietud en el corazón

                               de la paciencia

 

canto llano de sábana

en la tendida posición,

                               cuando se cae del todo.

 

Aprendizaje del estarse quieto

en el racimo con temor

a que se espante

                               el colibrí.

 

Disturbio no,

la vida en posición fetal

mirada larga de saberse

                               nacido.

 

Otro dolor

como el primer punzamiento

de la carne en la memoria niña

solo que ahora

las manos se abren hasta rezar

                              la ausencia

lentamente.

 

Pacto de la partida

línea de fuego donde ya no se lucha

garganta del sauzal

cielo rasgado en las visiones

                              de la pupila de Dios

que se duplica.

 

Barca que suelta amarras

hacia el cántaro que guarda las mareas

y púas que no hieren

y aguas que no perturban

tu fin ni tu principio.

 

Luego habrá flores y flores contra flores

y un pájaro curvando su estela

a mediodía

cegado por el sol

en vuelo recto

 

y en la única maleta

que admite la Señora

que se lleven

 

una hoja de otoño casi rojo,

un cuaderno de notas con dibujos

                                pequeños,

un caracol traído de una playa cualquiera,

la carta de navegación comprada

en una feria,

una manzana roja,

un haiku de Buson

y la fe de bautismo

como última ablución

para lavar tu sangre

                                por tres veces

negada.

 

Yo y mi vergüenza

hemos hecho la noche.

 

El afuera es una blanca sábana

nocturna que se tiende

contigo.

 

A los pies de tu cama

he tocado la vida

la muy callada vida

tan deseosa

de erguirse.

 

 

 

 

 


 

 

 
 

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