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Pongo
el asiento en posición vertical, ajusto
convenientemente el cinturón
de seguridad como ordena el capitán de la Royal Jordanian y me dispongo a
continuar la lectura del libro elegido para este viaje: "Antes que
anochezca" de Reinaldo Arenas.
Nos
esperan cuatro horas y media de altura, Madrid no está muy lejos de Ammán
pero tampoco cerca, y con mis acompañantes nos aprestamos a pisarle el
acelerador al tiempo. No nos faltan -para ello- lecturas ni ganas de
charlar. Mi esposa, sentada a mi diestra junto a otros amigos, está
exultante, pues nos acaban de informar que no tendremos que sufrir una
escala prevista en Ginebra, que aunque siempre puntual con sus relojes nos
hubiese demorado.
Comienzo
a leer e interrumpo el párrafo a los pocos segundos, para responder un
saludo afectuoso de mi vecino de butaca 16, pasillo izquierda. Tras la
sonrisa de rigor me hace una pregunta bastante inteligente: "¿De qué
parte de América Latina procede?, hecho que me llama la atención, por
eso cierro el libro y me traslado -sin moverme- a la República Argentina.
Jabra
Khoury, así se llama el hombre en cuestión, es un jordano de origen
palestino de poco más de cincuenta años, rebosante de ganas de
compartir. Mientras agita una bolsa plateada llena de pistachos y frutos
secos anuncia: "Ya verás, amigo Daniel, lo bien que lo vamos a pasar
en este vuelo.
"Siempre me sucede lo mismo, incluso cuando estoy a
nivel del mar: inmediatamente escucho a alguien hablando en plural me
sumerjo en las historias, de tal forma que cuando el avión ya estaba
aterrizando en el aeropuerto Reina Alia de Ammán no daba crédito a las
horas transcurridas. Aún no había puesto los pies en tierras jordanas y
ya estaba sorprendido de los jordanos.
Jabra,
que hablaba como si fuese una enciclopedia parlante, o un CD ROM con
bigotes -al que no le hacía falta monitor donde mostrar erudición y
bonhomía -, sacaba de sus entrañas datos que yo iba registrando como podía.
Me contó cosas del país, de su historia, de la tragedia palestina, y lo
hacía con un empeño tal que emocionaba, como si su interlocutor -yo-
fuese alguien importante, que pudiese hacer trascender el conocimiento y
trasladarlo a muchas gentes, para acercarlos a una tierra, unos
sentimientos y unas tradiciones que merecen la pena ser conocidos.
Dejo
esta historia para otra ocasión, por cuanto el editor conminó: "Un
reportaje sobre Jordania de dos páginas, con fotos incluidas". Por
eso voy a limitarme a contar lo que vi y oí, lo mismo que me gustaría
pudiesen ver y oír los lectores, si alguna vez tienen la posibilidad.
Lo
que más preocupaba a nuestra expedición era la seguridad: Israel queda a
un tiro de piedra, y las piedras de la Intifada no caen muy lejos.
Afortunadamente, la paz en el reino hachemita, después de la firma del
tratado en el año 1994, es un hecho incontestable. Los atentados que se
verificaron allí, uno de ellos mientras duró nuestra estancia,
alcanzaron gran difusión en los medios internacionales, y no es éste el
momento ni el sitio para estudiar los motivos de la repercusión.
Vayámonos
de una buena vez de paseo. Ammán, la capital, era en 1920 un pueblito
casi insignificante, con apenas 3000 habitantes.
Hoy,
con 1,5 millones, es una ciudad pujante y moderna, donde se alzan grandes
hoteles y se puede comprobar la construcción de otros nuevos, demostrando
una cierta apuesta internacional por el turismo, teniendo en cuenta que
las torres de nueva factura son enormes y propiedad de grandes cadenas.
Ammán
es la urbe más importante del país, a la que le siguen Zerka -
400000 habitantes- e Irvid -125.000- proveyendo residencia, entre
las tres, a casi el 50 por ciento de la población.
Ésta
se dispone en una superficie de menos de 100000 kilómetros cuadrados,
repartidos entre jordanos, palestinos, circasianos, nómades e inmigrantes
egipcios, irakíes, kurdos, sirios y libaneses. Así hasta llegar a menos
de 5 millones de ciudadanos, viviendo en una tierra austera, donde no
brilla el oro negro que da esplendor a sus vecinos.
Únicamente
un pequeño porcentaje del suelo jordano es cultivable o productivo, el
resto se viste de arena, dunas, piedras y muchas grietas, siendo visitado
casi de manera perpetua por el viento y la sequía. Estas zonas regalan
fosfatos y potasio, o mejor dicho lo venden" a precios
desorbitados, pues su explotación es bastante peligrosa para los
trabajadores de las minas, que no pocas veces concluyen con su salud hecha
polvo, disparado por los humos de las chimeneas.
La
población jordana es muy joven, el 57% de ella aún no alcanzó los 40 años
de edad, siendo el promedio de vida de 72 años.
Jabra,
extrayendo datos de su propio disco duro interior me certificó que la
educación y la salud son gratuitas, la cifra de desempleo del 30 %,
y que a pesar de ser alta tienen un millón de inmigrantes: egipcios,
sudaneses, pakistaníes y nativos de Sri Lanka.
Castigados
con un 10% de analfabetismo, cuentan con dos universidades públicas y
cuatro privadas, de la que salen muchos egresados que luego tienen
dificultad para conseguir su primer empleo gratificado.
¿Qué
debe ver un español que llega con ojos ávidos a Jordania?
Exactamente
todo lo que aconsejan las agencias de viajes y corroboran los lugareños:
Ammán, Jerash, el Mar Muerto, Mádaba, Petra y el desierto de Wadi Rum,
donde la soledad parece devorarse a las piedras.
¿Qué
ofrece Jordania a los turistas? Jabra, como si fuese un ministro de
propaganda responde: "Tolerancia, ejemplo de lucha para mejorar,
respetos por los países limítrofes, limpieza y una burocracia menor que
en los estados del entorno. Un sol que persigue al visitante, y una
naturaleza generosa."
En
el aeropuerto Reina Alia, pequeño pero organizado, aguardaba quien sería
nuestro guía en el reino hachemita: Bashir. Las autoridades de
migraciones fueron testigos de los abrazos de despedida con Jabra y los de
bienvenida de Bashir, cristiano el primero, musulmán el segundo,
exultante el primero, reservado el segundo, jordanos ambos, buenas
personas los dos.
En
el autobús, Bashir nos introdujo en pocos minutos en su tierra,
agradeciendo nuestra presencia "valiente", teniendo en cuenta
que de los 800000 turistas que cada año recibe Jordania, un 80 % de las
reservas habían sido canceladas por culpa de las revueltas en
oriente medio.
Con
Bashir descubrimos las 7 colinas primitivas de la ciudad de Ammán y las
20 actuales, sobre las que corcovean la expansión y las ganas de crecer.
Paseamos
por las ruinas de la antigua Philadelfia, -una de las Decápolis -, vimos
sus murallas, el anfiteatro, y luego las calzadas romanas que conducen al
templo de Hércules. Ascendiendo a un montículo apreciamos un alcázar
omeya, restaurado gracias a la cooperación española por los expertos
Antonio y Martín Almagro.
De
lejos nos dejamos sorprender por la belleza de la mezquita más antigua y
suntuosa de Jordania, situada en el centro de la ciudad y relativamente
joven pues cuenta con 40 años de construida.
Luego
nos recibió Jerash, ciudad importante a partir del siglo II, cuando los
nabateos cayeron después de mucho tiempo de mandar. Este centro era un
importante cruce de caminos en la ruta de Trajano, que conducía por una
puerta hacia Siria y por la otra a Jerusalén.
Fundada
como campamento militar por los generales de Alejandro, tenía 4 entradas
y uno debe atravesarlas para caminar sobre el polvo si aspira a dejarse
entusiasmar por la Plaza Oval, o sorprenderse con el Cardo Máximo, la Vía
Columnada o el templo de Zeus, todos más viejos que la mentira y bonitos
de verdad.
En
este sitio destaca el templo de Artemisa, impresionante con sus columnas,
patios, escalinatas, terrazas y altares de sacrificios.
Después
de entreverarnos con las piedras como arqueólogos aficionados marchamos
con nuestras lupas a descubrir fortalezas de cruzados, como la de Ajloun,
arribando posteriormente al mar Muerto, en el que flotamos como si no tuviésemos
peso y divisamos -desde el agua densa- la tierra prometida envuelta en
brumas.
Jerusalén
enfrente, Jericó un poquito a la derecha, el cielo inmenso por arriba y
barro con poder curativo por debajo, en unas instalaciones hoteleras
preciosas, preparadas para recibir gente que no llega por culpa de la
maldita costumbre que tienen los seres humanos de llevarse mal entre
ellos, a pesar de vivir tan cerca del Monte de los Olivos, el Muro de la
Lamentaciones y las mezquitas más sagradas.
Estamos
en el sitio más declive del orbe, despreocupados y sin tener en cuenta
que se formó hace 12 millones de años, cuando en un rapto de enfado
monumental el suelo se abrió en ese sitio provocando un socavón de película,
para que se llenase con las aguas saladas provenientes del río Jordán.
Debido a la ausencia de lluvia y a un caudal tremendamente menguado del río
bíblico, el Mar Muerto corre el riesgo de fenecer. Cada año sus aguas
descienden de nivel, por eso existe un proyecto para incorporarle fluido
desde el Mar Rojo. Pero para eso hacen falta recursos y ayuda
internacional y mucho me temo que los dueños de los dineros estén
mirando otras evaporaciones.
Siguiendo
los pasos de nuestro guía Bashir, que a su vez perseguía los de Moisés,
llegamos a la cima del bíblico Monte Nebo, recuperado para los peregrinos
después de la visita del Papa Juan Pablo II no hace muchos meses.
Arenas,
tierras de muchos colores y olivos le ponen marco a la iglesia que
custodian los padres franciscanos, donde se conservan - frescos y lozanos-
mosaicos del siglo IV, uno de los cuales es el mejor conservado de todo el
territorio jordano y que muestra árboles, animales -incluso avestruces- y
escenas de domesticación de caballos.
El
Monte Nebo está separado de Mádaba por unos pocos kilómetros de
subidas, curvas y pendientes, pero el trayecto mereció la pena pues en la
iglesia de San Jorge, de rito greco-ortodoxo, está el mapa más antiguo
de la Tierra Santa, un documento vital en el que aparecen 57 nombres de
ciudades. Aún hoy se siguen haciendo excavaciones siguiendo los puntos
marcados en este mosaico al que le faltan algunas partes, que no son
muchas si tenemos en cuenta que su autor colocó las piedritas allá por
el siglo V, y a saber el tiempo que le demandó ubicar en el lugar
adecuado y sin teodolito los cinco países que incluye.
El
periplo continúa, y aunque lo cuente de corrido fue efectuado paso a
paso, con las prisas suficientes pero sin las angustias por detenernos. De
tal forma arribamos, en nuestro tránsito hacia Petra, a Kerac, una
fortaleza que le costó lo suyo poder dominar al gran Saladino. De tres
pisos y grandes murallas sirvió como albergue a 3000 personas, hasta que
llegaron los mamelucos y desordenaron la convivencia.
Afortunadamente
nuestro viaje seguía organizado y luego de tres horas de transitar por el
desierto, entre vías férreas plantadas por los otomanos durante su
dominación, ovejas, cabras y minas de fosfato, llegamos a Wadi Musa,
ciudad que le pone nombre difícil a la joya que guarda escondida en sus
entrañas: la célebre Petra.
Oculta
durante siglos por un desfiladero larguísimo y devuelta a la luz por un
suizo aventurero y curioso, Petra es un conglomerado de rocas talladas. ¡Más
de 1500 monumentos!, la mayoría de ellos tumbas, alumbrados del corazón
de las piedras y con unas fachadas que cortan el hipo por sus formas y
colores.
¿Quién
no ha oído hablar del Tesoro, su urna y sus columnas?. Hasta allí llegó
el mismísimo Indiana Jones buscando un arca perdida, ignorando que no
estaba en ese sitio, y ocultando la verdadera razón de su cruzada:
mostrar una escenografía espectacular en su historia.
No
me pidan que les cuente como es Petra, me encantaría hacerlo y a lo mejor
otro día lo haga, ahora tengo que continuar, pues el horizonte del
turista reclama desierto y Wadi Rum solicita protagonismo.
Los
Siete Pilares de la Sabiduría, antes de ser el título de un libro
famoso, eran siete columnas labradas en la ladera de una montaña, justo a
la entrada del desierto, ubicado allí por la naturaleza como si fuese un
cartel de advertencia: "Abstenerse de seguir avanzando los
impresionables."
Alturas
de todas las formas, montes romos y agudos, cortados a pico, domesticados,
o con vocación indómita señalan los límites de un territorio donde la
arena es la estrella y los colores hipnotizan al observador.
Ocres,
rojos, verdes, grises, negros, ¡todos los que uno imagina contiene la
paleta de Wadi Rum!, el mismo que vio entrenar a Lawrence de Arabia y
tantos beduinos una marcha que los arrimaría a la gloria.
Palmeras
caprichosas, creciendo en sitios imposibles, fuentes que se resisten a
secarse, camellos y nómades en jaimas donde un té acogedor y
hospitalario espera al sediento para reconfortarlo de kilómetros. Y nos
falta Aqaba y el Mar Rojo, y la vuelta a Ammán con sus hoteles y
mezquitas, con su teatro romano y el Ramadán, y los sabores de una
gastronomía riquísima, pero eso tendrá que ser en otra oportunidad. No
se pueden resumir en dos folios siete días inolvidables. ¡Aunque lo
mande el editor!.
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