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Daniel Molini Dezotti

La Jordania de Jabra y Bashir

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

Pongo el asiento en posición vertical, ajusto convenientemente el cinturón de seguridad como ordena el capitán de la Royal Jordanian y me dispongo a continuar la lectura del libro elegido para este viaje: "Antes que anochezca" de Reinaldo Arenas.

 

Nos esperan cuatro horas y media de altura, Madrid no está muy lejos de Ammán pero tampoco cerca, y con mis acompañantes nos aprestamos a pisarle el acelerador al tiempo. No nos faltan -para ello- lecturas ni ganas de charlar. Mi esposa, sentada a mi diestra junto a otros amigos, está exultante, pues nos acaban de informar que no tendremos que sufrir una escala prevista en Ginebra, que aunque siempre puntual con sus relojes nos hubiese demorado.

 

Comienzo a leer e interrumpo el párrafo a los pocos segundos, para responder un saludo afectuoso de mi vecino de butaca 16, pasillo izquierda. Tras la sonrisa de rigor me hace una pregunta bastante inteligente: "¿De qué parte de América Latina procede?, hecho que me llama la atención, por eso cierro el libro y me traslado -sin moverme- a la República Argentina.

 

Jabra Khoury, así se llama el hombre en cuestión, es un jordano de origen palestino de poco más de cincuenta años, rebosante de ganas de compartir. Mientras agita una bolsa plateada llena de pistachos y frutos secos anuncia: "Ya verás, amigo Daniel, lo bien que lo vamos a pasar en este vuelo. "Siempre me sucede lo mismo, incluso cuando estoy a nivel del mar: inmediatamente escucho a alguien hablando en plural me sumerjo en las historias, de tal forma que cuando el avión ya estaba aterrizando en el aeropuerto Reina Alia de Ammán no daba crédito a las horas transcurridas. Aún no había puesto los pies en tierras jordanas y ya estaba sorprendido de los jordanos.

 

Jabra, que hablaba como si fuese una enciclopedia parlante, o un CD ROM con bigotes -al que no le hacía falta monitor donde mostrar erudición y bonhomía -, sacaba de sus entrañas datos que yo iba registrando como podía. Me contó cosas del país, de su historia, de la tragedia palestina, y lo hacía con un empeño tal que emocionaba, como si su interlocutor -yo- fuese alguien importante, que pudiese hacer trascender el conocimiento y trasladarlo a muchas gentes, para acercarlos a una tierra, unos sentimientos y unas tradiciones que merecen la pena ser conocidos.

 

Dejo esta historia para otra ocasión, por cuanto el editor conminó: "Un reportaje sobre Jordania de dos páginas, con fotos incluidas". Por eso voy a limitarme a contar lo que vi y oí, lo mismo que me gustaría pudiesen ver y oír los lectores, si alguna vez tienen la posibilidad.  

 

 

 

 

 

Lo que más preocupaba a nuestra expedición era la seguridad: Israel queda a un tiro de piedra, y las piedras de la Intifada no caen muy lejos. Afortunadamente, la paz en el reino hachemita, después de la firma del tratado en el año 1994, es un hecho incontestable. Los atentados que se verificaron allí, uno de ellos mientras duró nuestra estancia, alcanzaron gran difusión en los medios internacionales, y no es éste el momento ni el sitio para estudiar los motivos de la repercusión.

 

Vayámonos de una buena vez de paseo. Ammán, la capital, era en 1920 un pueblito casi insignificante, con apenas 3000 habitantes.

 

Hoy, con 1,5 millones, es una ciudad pujante y moderna, donde se alzan grandes hoteles y se puede comprobar la construcción de otros nuevos, demostrando una cierta apuesta internacional por el turismo, teniendo en cuenta que las torres de nueva factura son enormes y propiedad de grandes cadenas.

 

Ammán es la urbe más importante del país, a la que le siguen  Zerka - 400000 habitantes- e Irvid  -125.000- proveyendo residencia, entre las tres, a casi el 50 por ciento de la población.

 

Ésta se dispone en una superficie de menos de 100000 kilómetros cuadrados, repartidos entre jordanos, palestinos, circasianos, nómades e inmigrantes egipcios, irakíes, kurdos, sirios y libaneses. Así hasta llegar a menos de 5 millones de ciudadanos, viviendo en una tierra austera, donde no brilla el oro negro que da esplendor a sus vecinos.

 

Únicamente un pequeño porcentaje del suelo jordano es cultivable o productivo, el resto se viste de arena, dunas, piedras y muchas grietas, siendo visitado casi de manera perpetua por el viento y la sequía. Estas zonas regalan fosfatos y potasio, o mejor dicho lo venden" a precios desorbitados, pues su explotación es bastante peligrosa para los trabajadores de las minas, que no pocas veces concluyen con su salud hecha polvo, disparado por los humos de las chimeneas.

 

La población jordana es muy joven, el 57% de ella aún no alcanzó los 40 años de edad, siendo el promedio de vida de 72 años.

 

Jabra, extrayendo datos de su propio disco duro interior me certificó que la educación y la salud son gratuitas,  la cifra de desempleo del 30 %, y que a pesar de ser alta tienen un millón de inmigrantes: egipcios, sudaneses, pakistaníes y nativos de Sri Lanka.

 

Castigados con un 10% de analfabetismo, cuentan con dos universidades públicas y cuatro privadas, de la que salen muchos egresados que luego tienen dificultad para conseguir su primer empleo gratificado.

 

¿Qué debe ver un español que llega con ojos ávidos a Jordania?

 

Exactamente todo lo que aconsejan las agencias de viajes y corroboran los lugareños: Ammán, Jerash, el Mar Muerto, Mádaba, Petra y el desierto de Wadi Rum, donde la soledad parece devorarse a las piedras.

 

¿Qué ofrece Jordania a los turistas? Jabra, como si fuese un ministro de propaganda responde: "Tolerancia, ejemplo de lucha para mejorar, respetos por los países limítrofes, limpieza y una burocracia menor que en los estados del entorno. Un sol que persigue al visitante, y una naturaleza generosa."

 

En el aeropuerto Reina Alia, pequeño pero organizado, aguardaba quien sería nuestro guía en el reino hachemita: Bashir. Las autoridades de migraciones fueron testigos de los abrazos de despedida con Jabra y los de bienvenida de Bashir, cristiano el primero, musulmán el segundo, exultante el primero, reservado el segundo, jordanos ambos, buenas personas los dos.

 

En el autobús, Bashir nos introdujo en pocos minutos en su tierra, agradeciendo nuestra presencia "valiente", teniendo en cuenta que de los 800000 turistas que cada año recibe Jordania, un 80 % de las reservas habían sido canceladas  por culpa de las revueltas en oriente medio.

 

Con Bashir descubrimos las 7 colinas primitivas de la ciudad de Ammán y las 20 actuales, sobre las que corcovean la expansión y las ganas de crecer.

 

Paseamos por las ruinas de la antigua Philadelfia, -una de las Decápolis -, vimos sus murallas, el anfiteatro, y luego las calzadas romanas que conducen al templo de Hércules. Ascendiendo a un montículo apreciamos un alcázar omeya, restaurado gracias a la cooperación española por los expertos Antonio y Martín Almagro.

 

De lejos nos dejamos sorprender por la belleza de la mezquita más antigua y suntuosa de Jordania, situada en el centro de la ciudad y relativamente joven pues cuenta con 40 años de construida.

 

Luego nos recibió Jerash, ciudad importante a partir del siglo II, cuando los nabateos cayeron después de mucho tiempo de mandar. Este centro era un importante cruce de caminos en la ruta de Trajano, que conducía por una puerta hacia Siria y por la otra a Jerusalén.

 

Fundada como campamento militar por los generales de Alejandro, tenía 4 entradas y uno debe atravesarlas para caminar sobre el polvo si aspira a dejarse entusiasmar por la Plaza Oval, o sorprenderse con el Cardo Máximo, la Vía Columnada o el templo de Zeus, todos más viejos que la mentira y bonitos de verdad.

 

En este sitio destaca el templo de Artemisa, impresionante con sus columnas, patios, escalinatas, terrazas y altares de sacrificios.  

 

 

 

Después de entreverarnos con las piedras como arqueólogos aficionados marchamos con nuestras lupas a descubrir fortalezas de cruzados, como la de Ajloun, arribando posteriormente al mar Muerto, en el que flotamos como si no tuviésemos peso y divisamos -desde el agua densa- la tierra prometida envuelta en brumas.

 

Jerusalén enfrente, Jericó un poquito a la derecha, el cielo inmenso por arriba y barro con poder curativo por debajo, en unas instalaciones hoteleras preciosas, preparadas para recibir gente que no llega por culpa de la maldita costumbre que tienen los seres humanos de llevarse mal entre ellos, a pesar de vivir tan cerca del Monte de los Olivos, el Muro de la Lamentaciones y las mezquitas más sagradas.

 

Estamos en el sitio más declive del orbe, despreocupados y sin tener en cuenta que se formó hace 12 millones de años, cuando en un rapto de enfado monumental el suelo se abrió en ese sitio provocando un socavón de película, para que se llenase con las aguas saladas provenientes del río Jordán. Debido a la ausencia de lluvia y a un caudal tremendamente menguado del río bíblico, el Mar Muerto corre el riesgo de fenecer. Cada año sus aguas descienden de nivel, por eso existe un proyecto para incorporarle fluido desde el Mar Rojo. Pero para eso hacen falta recursos y ayuda internacional y mucho me temo que los dueños de los dineros estén mirando otras evaporaciones.

 

Siguiendo los pasos de nuestro guía Bashir, que a su vez perseguía los de Moisés, llegamos a la cima del bíblico Monte Nebo, recuperado para los peregrinos después de la visita del Papa Juan Pablo II no hace muchos meses.

Arenas, tierras de muchos colores y olivos le ponen marco a la iglesia que custodian los padres franciscanos, donde se conservan - frescos y lozanos- mosaicos del siglo IV, uno de los cuales es el mejor conservado de todo el territorio jordano y que muestra árboles, animales -incluso avestruces- y escenas de domesticación de caballos.

El Monte Nebo está separado de Mádaba por unos pocos kilómetros de subidas, curvas y pendientes, pero el trayecto mereció la pena pues en la iglesia de San Jorge, de rito greco-ortodoxo, está el mapa más antiguo de la Tierra Santa, un documento vital en el que aparecen 57 nombres de ciudades. Aún hoy se siguen haciendo excavaciones siguiendo los puntos marcados en este mosaico al que le faltan algunas partes, que no son muchas si tenemos en cuenta que su autor colocó las piedritas allá por el siglo V, y a saber el tiempo que le demandó ubicar en el lugar adecuado y sin teodolito los cinco países que incluye.

El periplo continúa, y aunque lo cuente de corrido fue efectuado paso a paso, con las prisas suficientes pero sin las angustias por detenernos. De tal forma arribamos, en nuestro tránsito hacia Petra, a Kerac, una fortaleza que le costó lo suyo poder dominar al gran Saladino. De tres pisos y grandes murallas sirvió como albergue a 3000 personas, hasta que llegaron los mamelucos y desordenaron la convivencia.

Afortunadamente nuestro viaje seguía organizado y luego de tres horas de transitar por el desierto, entre vías férreas plantadas por los otomanos durante su dominación, ovejas, cabras y minas de fosfato, llegamos a Wadi Musa, ciudad que le pone nombre difícil a la joya que guarda escondida en sus entrañas: la célebre Petra.

 

 

 

 

Oculta durante siglos por un desfiladero larguísimo y devuelta a la luz por un suizo aventurero y curioso, Petra es un conglomerado de rocas talladas. ¡Más de 1500 monumentos!, la mayoría de ellos tumbas, alumbrados del corazón de las piedras y con unas fachadas que cortan el hipo por sus formas y colores.

¿Quién no ha oído hablar del Tesoro, su urna y sus columnas?. Hasta allí llegó el mismísimo Indiana Jones buscando un arca perdida, ignorando que no estaba en ese sitio, y ocultando la verdadera razón de su cruzada: mostrar una escenografía espectacular en su historia.

No me pidan que les cuente como es Petra, me encantaría hacerlo y a lo mejor otro día lo haga, ahora tengo que continuar, pues el horizonte del turista reclama desierto y Wadi Rum solicita protagonismo.

Los Siete Pilares de la Sabiduría, antes de ser el título de un libro famoso, eran siete columnas labradas en la ladera de una montaña, justo a la entrada del desierto, ubicado allí por la naturaleza como si fuese un cartel de advertencia: "Abstenerse de seguir avanzando los impresionables."

Alturas de todas las formas, montes romos y agudos, cortados a pico, domesticados, o con vocación indómita señalan los límites de un territorio donde la arena es la estrella y los colores hipnotizan al observador.  

 

 

 

Ocres, rojos, verdes, grises, negros, ¡todos los que uno imagina contiene la paleta de Wadi Rum!, el mismo que vio entrenar a Lawrence de Arabia y tantos beduinos una marcha que los arrimaría a la gloria.

Palmeras caprichosas, creciendo en sitios imposibles, fuentes que se resisten a secarse, camellos y nómades en jaimas donde un té acogedor y hospitalario espera al sediento para reconfortarlo de kilómetros. Y nos falta Aqaba y el Mar Rojo, y la vuelta a Ammán con sus hoteles y mezquitas, con su teatro romano y el Ramadán, y los sabores de una gastronomía riquísima, pero eso tendrá que ser en otra oportunidad. No se pueden resumir en dos folios siete días inolvidables. ¡Aunque lo mande el editor!.

 

 

 


 

 

 
 

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