Desde
siempre, la poesía lleva al flanco ciertos caracteres que comprometen
su causa cerca de los espíritus suspicaces. Estos
caracteres son precisamente aquellos que la hacen aparecer como tal poesía. De ahí la tentación, para
los poetas, de exagerarlos, a fin de mostrarse como más grandes poetas.
Yo creo que radica ahí una de las fuentes de algunas ilustres
desconfianzas con respecto a la poesía. Conocida es la de Platón. Más
tarde, los progresos del pensamiento discursivo y de la ciencia
experimental hicieron que la poesía fuese juzgada más rudamente todavía.
Con referencia a esto, W. Weidlé cita un curioso veredicto de Thomas
Love Peacock: "El poeta de nuestra época es un semi-bárbaro es
una sociedad civilizada. Vive en un pasado ya muy lejano... Si se quiere
cultivar la poesía en un grado cualquiera, tiene que ser con detrimento
de algún género de estudios útiles... La poesía fue el sonajero que
despertó la atención del intelecto en la infancia de la sociedad
humana; pero tomar en serio los juguetes de la niñez cuando ha llegado
la época de la madurez espiritual es tan absurdo como sería para un
adulto frotar sus encías con polvo de coral o no dormirse más que al
son de campanillas de plata».
Las
cosas no son tan sencillas. La poesía resiste bien a los poderes del
razonamiento o de la mecánica. No sólo tiene conciencia de su validez,
sino que muestra su desprecio. Provoca de buen grado a la inteligencia;
acentúa y lleva al extremo lo que su naturaleza tiene de irreductible
al razonamiento. Sin embargo, mejor que elogiar esta necesaria
divergencia, sería definirla. La empresa es arriesgada, pero no
insensata.
Las
emociones, al menos sus matices, sus resonancias, son fugaces y
esquivas. Vienen acompañadas de tal multitud de disgustos, de deseos,
de pesares, de dichas, de arrebatos y de vergüenzas, que haría falta
una fabulosa cantidad de nombres para poder designarlas, distinguirlas y
por consecuencia adquirir verdadera conciencia de ellas. Pero si, lo que
es imposible, esos nombres existiesen, tampoco resolverían gran cosa.
Porque la emoción afecta tan sólo a un corazón particular, y la
historia entera de este corazón da a cada emoción un toque único,
irremplazable, cargado de mil recuerdos, de mil confusas aspiraciones.
De suerte que no hay en él dos emociones idénticas, y se desespera de
transmitir lo que se siente que no es claro ni para uno mismo. También
se afirma que la poesía es lo inexpresable, lo inefable; que las
palabras la traicionan y se ve obligada a brotar a través de sus
groseras significaciones. Sólo en cierto sentido es esto verdadero. En
todo caso, nos guardaremos de erigir este inefable o este indecible en
entidades metafísicas que escondiesen el secreto del universo.
Se
trata más bien de lo excesivo de la memoria en relación con las
palabras. La discusión recae sobre el número y singularidad infinitos
de huellas, cicatrices y sedimentos que aquélla retiene, llevando allí
una lenta y fantasmal existencia de que ni la conciencia ni la voluntad
tienen parte.
Esta suma de experiencias depositadas en el cuerpo y en el alma, se
acrecienta con cada una de nuestras sensaciones y de nuestras emociones.
Hasta las más abundantes y las más vivas naufragan "en una densa
ausencia". No llegamos a evocar ni aquéllas que creímos
inolvidables. Sentímoslas perdidas para siempre, y sólo si en el
momento que las experimentamos supimos respirarlas, por así decir, a
pulmón pleno, podemos conservar algo de ellas.
En
tal caso, es decir, si las hemos aceptado de buen grado, ya sean alegres
o penosas, si no las hemos recibido de uñas, si no hemos intentado
esquivarlas para ahorrarnos conmociones, entonces únicamente, crean la
aptitud para apreciar mejor las que vengan después. Nuestra
sensibilidad extrae todos sus dones antes de dejarlas resbalar hacia la
nada.
Pero
nosotros no percibimos bien las cosas más que cuando se nos ha dado su
nombre. Así como la pintura enseña a ver, la poesía enseña a sentir
dando nombre a las cosas. Pero ella debe nombrar lo que no tiene nombre
ni podría tenerlo. Los nombres, en este caso, sólo sirven para
designar los caracteres generales y permanentes, que son necesariamente
los más abstractos, ya que se busca desligarlos de cualquier
experiencia personal. Del mismo modo, la mineralogía consiste en
establecer las propiedades del sílex y no en describir tal o cual
guijarro, la zoología en
estudiar el sistema nervioso del perro y no en relatar la historia de un
determinado perro de aguas, danés o foxterrier. Ahora bien, es también
provechoso y fecundo haberse puesto siquiera una vez en relación
con un guijarro o con un perro individual.
El
poeta, como también el novelista y cualquier otro escritor de imaginación,
muestra su interés por un perro o por un canto particular, por cierta
ardilla o por determinada hoja de álamo, precisamente por aquéllas teñidas
de amarillo, que tienen la forma de un as de picas y que dan su olor a
bosque en los días de lluvia. De manera análoga, el poeta se esfuerza
en conservar a las emociones sus colores, su sabor, su vida, su absoluta
singularidad, lo que, por necesidad, descuida la palabra que las
designa. Por ello, en poesía, más que el sentido estricto de las
palabras, cuentan ciertos imponderables, que son referencia, señal y
pretexto para las reminiscencias. El poeta no puede señalar
directamente, sino ahondar en la experiencia de sus lectores para
sugerirles, con ayuda de la experiencia propia, una emoción tan
personal, concreta y particular como el sílex o el perro a que antes me
refería.
Pero
si es fácil recoger un guijarro o tropezarse con un perro, es muy difícil
restituir por el lenguaje aquello que las palabras son impotentes para
significar. Si se llega a conseguir, puede decirse que se ha creado. Por
lo menos se ha convocado a la existencia una cosa en un dominio donde
nada existe de hecho si antes no ha sido designado, y de tal forma que
podamos recordarla y hablar de ella.
Para
conseguir esto se necesitan otros medios que los suministrados al
escritor por la prosa, que comprende poco más que el sentido estricto
de las palabras. De aquí el llamamiento a la cadencia, al ritmo, a la música,
a la rima, a las imágenes en fin, que son confusiones calculadas,
puntos de interferencia convincentes, sabios entrecruzamientos por los
que se evoca, mediante la alianza de dos datos extraños, lo que ninguno
de ellos podría por sí solo expresar. El poeta busca también todas
las relaciones complementarias que pueden surgir del empleo cuidadoso y
atento de la lengua, decidido como está a usar las múltiples
acepciones de las palabras, aprovechando sus calidades de sonido y el
hecho de ser fuentes de recuerdos para la memoria. Introduce así nuevos
datos en su arte combinatoria y la enriquece maravillosamente.
Por
este motivo la poesía se escribe en verso y recurre a las imágenes:
en la prosodia, que es la ciencia de los ritmos, y en la retórica, que
es la de las imágenes, los poetas descubren coordinaciones fecundas que
les permiten acumular poderes inéditos a las cualidades del discurso, más
laxo, de la prosa (sermo solutus).
Todo
poder arranca de una disciplina y se pierde tan pronto como se descuidan
los mandos. Fácil es perder el decoro y debilitar imagen y verso
obteniendo así facilidades. Basta con renunciar, por lo que hace a la
imagen, a la evidencia, y a las exigencias de la versificación por lo
que al verso se refiere: de éste no se guarda más que la disposición
tipográfica, inútil en absoluto desde el momento que no tiene ninguna
finalidad. Por otra parte, se tiene un buen pretexto para desligarse de
la estructura de la prosa, que exige subordinación, jerarquía,
organización de elementos heterogéneos y extremada delicadeza para
sacar de todo ello la mejor parte. Esta pretensa liberación produce un
discurso puramente enumerativo, amontonamiento de epítetos, de
infinitivos (ya no se conjuga), de nombres. Se prescinde alegremente de
los más elementales recursos del estilo y aun de los del lenguaje
articulado. Muchos de los que escriben poemas, ya sea por incapacidad o
como resultas de abandonarse al menor esfuerzo, tropiezan con grandes
dificultades para redactar correctamente una simple carta, en la que ha
de utilizarse al menos una gramática menos desarbolada.
El
recurso de la imagen se liquida frecuentemente con una abdicación
paralela. La imagen deja de representar un esfuerzo de invención: éxito
fulgurante o don de los dioses por la larga plegaria de una árida
paciencia. Por el contrario, se la busca arbitraria y que sirva sólo
para desconcertar. Y así como el abandono de la prosodia entraña no
solamente el rechazo de las formas del verso, sino también el del rigor
indispensable a la simple prosa, el rechazo de la evidencia de la imagen
trae como consecuencia no sólo su falta de fundamento (gratuité), sino
el abuso de soslayar coherencia y justeza, exactitud y claridad. Se
llega a creer que es meritorio no someterse a ninguna disciplina, como
si al fin no naciesen de ella la fuerza de la prosa, las relaciones
necesarias de las ideas, de los sentimientos y de las cosas, por el
ajuste correcto y casi inmutable de las palabras que los designan.
Los
poetas fijan los estados de alma, encerrándolos en expresiones donde
cada uno de ellos permanece por mucho tiempo como encarnado. Una reunión
de sílabas les da una forma, un nombre, un sentido. Por este sesgo,
acceden al ser, se hacen realidades. Como es natural, este nombre, esta
forma, este sentido, no son exactos ni definitivos. La forma es
indecisa, el nombre, aproximado, el sentido, ambiguo. Si otra cosa fuese
posible, la poesía no tendría objeto y bastaría con la ciencia. Se
trata tan sólo de una especie de indicio que pone al espíritu
sobre la pista y que le invita a descubrir por su cuenta lo que el poeta
trata de expresar con toda la claridad y la exactitud posibles.
Ciertos
(¿poetas?), observando que la poesía se distingue de otros géneros
por un margen de imprecisión, procuran acrecentar ésta a porfía. Se
imaginan que la poesía pugna por no sé qué sublime desarrollo y no se
abstienen de probar con obras insensatas que en efecto ellos se debaten
en un espantoso caos.
Estos
alardes han convenido en ciertas épocas a las distracciones y desorden
producidos por la rutina y el embotamiento. Cuando Rimbaud decía:
"yo fijo vértigos", era fijar lo que definía su tarea de
poeta, aunque algunos hayan querido ver que era experimentar vértigos y
a continuación pensaran que se le iría la cabeza si se subía a una
silla.
En
A. García Calvo, 'Relato de amor. Endecha', Ed. Lucina, Madrid.
Cortesía
de
Agustín
García Calvo y
Editorial Lucina