Una
pedagogía sui generis
Por suerte, aunque parezca una
barbaridad, somos cada día más viejos. Y no me refiero a la demografía,
que se ha venido a mostrar como una desgracia esa de ser cada día más
viejos, sino a la madurez. Dios me libre de ser optimista, pero da la
sensación de que nuestra capacidad de tragar ruedas de molino va en
decadencia. Tampoco hablo de ciertos intelectuales cuyas tragaderas
crecen o, cuanto menos, se mantienen, sino del común de las gentes.
Por citar un ejemplo, ya no creemos
que Alicia en el país de las maravillas sea un cuento infantil y no
procedemos con arrogancia adolescente a apartarlo de nuestra sesuda y
trascendental mesa de lecturas.
Sin embargo, el Pinocho sigue siendo
motivo de tebeos, chascarrillos o edulcoradas versiones de Walt Disney. Sabemos
remotamente que el americano se basó en un cuento para niños, pero
apenas recordamos quién lo escribió. Lo hizo Carlo Collodi a mediados
del siglo pasado para una revista infantil, para ser publicado por capítulos.
Adolece por ello del defecto de todas las grandes obras que así fueron
dadas a conocer: incoherencias de estilo, aventuras inesperadas fruto de
las sugerencias de pequeños lectores o del editor. De hecho, hay
un cambio radical desde el estilo de los dos primeros capítulos al
resto, permitiéndose, al principio, el lujo de soltar alguna majadería
más propia de lectores adultos que infantiles. El capítulo II es
ejemplar en ese sentido, con los dos viejos peleándose como niños por
un insulto tonto, o cuando caído uno al suelo y preguntado por el otro
qué hace allí, le contesta éste “le enseño el ábaco a las
hormigas”. O al principio del III, después de que Geppetto fabrique
el muñeco y decida llamarle Pinocho, lo justifica diciendo que conoció
una familia entera de Pinochos, “y todos lo pasaban muy bien. El más
rico de ellos pedía limosna”. El estilo restante es más infantil,
con más moralina y menos alardes rumbosos.
El
original es semejante a lo hecho por Disney, aunque la nariz sólo le
crece en una ocasión por la gracia de una mentira. Es curioso cómo
este mínimo detalle ha pasado a la mitología popular, siendo así el
único aspecto que del Pinocho se recuerda. Tal vez se deba achacar este
"tic" a Salvador Bartolozzi, publicista español que, a partir
de 1917 escribe y dibuja 48 fascículos de "Pinocho y Chapete",
tebeo donde las aventuras del muñeco se independizan casi por completo
de su original italiano. Ahí sí es una constante el crecimiento de
nariz por causa de mentiras. En realidad deberíamos recordar otro
aspecto menos moralista. Para ello volveremos a la versión collodiana.
Pinocho
es fabricado en madera por su padre. Tras gastarle la primera trastada a
su progenitor, provocando incluso que lo detengan, Pinocho se encuentra
desvalido, hambriento y helado. Sale el padre de la cárcel y el muñeco,
arrepentido, se ofrece voluntariamente a ir a la escuela, aunque otra
tentación que por la calle tropieza se lo lleva lejos y lo sumerje en
aventuras. Este mecanismo se repite continuamente: la "obligación"
lo conduce hacia un lugar, mientras la "tentación" estira de
él hacia otro. Pero siempre es la realidad quien le obliga a aceptar la
"obligación": necesita a su padre porque sin él ni come ni
se abriga, por eso le promete ir a la escuela.
Si
bien se hace referencia al aburrimiento escolar, (Pestalozzi y Fröbel
ya habían ensayado sus sistemas pedagógicos) lo que se opone es el
goce de hoy contra el sacrificio actual para consolidar el futuro. En
ningún momento, Collodi apunta la posibilidad de combinar ambos
beneficios: hacer agradable el trabajo hoy y aprender gratamente lo
necesario para el mañana; no creía en semejante Edén.
En eso el autor se muestra con las
plantas en el suelo frente a algunos de nuestros vigentes pensadores,
que continúan poseídos por la fe del carbonero, si no en cuanto a políticas,
sí al menos en lo que afecta a las pedagogías, y siguen soñando sus
paraísos de voluntarismos en el afán por aprender, en el valor terapéutico
de la enseñanza, y en islas de libertad donde deberían germinar las
libertades del mañana sin percatarse de que lo único que germina, en
ocasiones, es el viva la virgen y el fenómeno Peter Pan. Claro que, a
lo peor, me engaño y no sueñan sino que ocupan a sus cobayas
adolescentes en ensayos libertarios que pueden a la larga conducirles al
fracaso social y a la neurosis porque, como malos intelectuales y buenos
políticos, no van a congeniar con sus opositores aunque éstos digan la
verdad. ¿Quién dijo aquello de que al enemigo ni agua?.
Pero volvamos a Pinocho. Éste sólo
acepta la necesidad del sacrificio-hoy cuando, tras un sinfín de
aventuras con el esquema anterior, se encuentra al final del libro con
la responsabilidad de tener al padre a su cargo y verse obligado a
trabajar para él. Es entonces cuando ve que la realidad es mucho más
fuerte que todas las ideas y todas las tentaciones.
¿Es
esto conformismo y reaccionarismo?. Mi opinión es que esa pregunta es
irrelevante.
¿Es posible combinar aprendizaje
grato por definición con aprovechamiento del tiempo, armonizar el hoy
agradable con el mañana seguro?. Tal vez sea esa la pregunta clave. Ya
Unamuno daba algunos mandoblazos al respecto, negando tajantemente la
amalgama de juego y aprendizaje, al menos en lo que atañe a quienes,
por edad, han superado la niñez. Evidentemente, cuando Collodi se
plantea esa pregunta, se refiere a las clases pobres: los ricos pueden
lograr eso y más; o simplemente arruinarse, porque la ruina del rico la
quiere para sí, como medio de subsistencia, cualquier pobre.
A
nuestros niños y jóvenes los educa la sociedad en cuatro frentes: la
escuela, la familia, la televisión y la realidad. También a nosotros,
adultos, nos educa la televisión y la realidad (la familia ya se
engloba dentro de esta última). De esos cuatro frentes, el primero es
el más débil, el que menos educa. Y por eso, por ser el más débil,
es el más rentable de atacar. La familia es intocable, hasta la ley la
ampara. La televisión viene avalada por el derecho a la información,
eufemismo para encubrir un negocio redondo que devora, como Leviatán
moderno, a la razón y la ética. Y la realidad nunca fue tan
inamovible: desde el desplome de tanta ideología tenemos la triste
sensación de que el mundo no se puede cambiar; cuando en realidad se
desprestigió tal o cual idea, no la capacidad humana de cambiar el
entorno. Así que, puestos a arremeter, arremetemos contra la escuela.
Cualquier fracaso escolar será achacable a la institución, y dado que
ésta carece de responsabilidad civil, al profesor. El sistema educativo
actual parte de la base, tan vieja como stalinista, que nadie se puede
salir del sistema porque, ya que éste es tan perfecto, habría que
estar loco para no apreciarlo, de manera que ante el alumno reacio, sólo
habrá una explicación: no se le sabe motivar suficiente; de la misma
manera que no hay banqueros fraudulentos, sino gestiones erróneas cuya
solución es subvencionarlas. Claro que eso elimina la posibilidad del
alumno de afrontar su rebeldía, y lo convierte en el Emboscado que tan
bien define Ernst Jünger.
En
cambio Pinocho lo sabe bien: es la realidad quien le va a indicar el
camino. Ni las buenas palabras de su padre, ni su conciencia (que en el
libro toma forma de diversos seres: El Grillo Parlante, el Papagayo, el
Mirlo Blanco, etc.), ni la bondad del Hada, que luego será su mamá,
pueden a corto plazo con él. Tampoco es el aburrimiento en la escuela
quien le hace desertar: Pinocho sabe que la escuela siempre será
aburrida porque es obligatoria, y por tanto previsible. Es la realidad
quien le educa. A su alrededor abundan la miseria y la crueldad; la
insolidaridad ajena le demuestra que, si no se defiende él, nadie lo
hará; y sin embargo, esa misma insolidaridad ajena no lo convierte a él
en insolidario: sabe que si ayuda le ayudarán, es una solidaridad
interesada. Pero vale más solidaridad interesada que egoísmo por
encima de todo, parece decirnos Collodi. Y hoy, para colmo, deberíamos
también saber que de esa insolidaridad no tiene la culpa la escuela, ni
siquiera ella sola va a poder abolirla. Él ayuda al perro Alidoro,
enviado por los policías para apresarlo, a no morir ahogado, y a
cambio, Alidoro le salva a él de ser frito o asado por el pescador en
su cueva. Cuando trabaja para otro, sabe que sólo va a encontrar
explotación e indiferencia, pero también sabe que esa va a ser la única
vía que les permita sobrevivir a su padre y a él. Pasa un año en la
escuela, donde parece aprender todo lo que luego necesitará, pero no
hay aplicación de esos conocimientos. En cambio sí utiliza las
verdades que la realidad le enseña: no te fíes de quien te dora la píldora,
ayuda y te ayudarán, a veces hay que hacer cosas aparentemente
innecesarias, pero los sabios, mal que nos pese, saben más y conocen la
necesidad de esas cosas.
En
este último aspecto, el autor da la vuelta al viejo refrán "la
letra con sangre entra", y asegura a los niños que eso es verdad,
pero esa sangre no la infligirá el mayor para forzar al niño a
aprender, sino que será todo el cúmulo de experiencias vitales quienes
sangrarán al individuo (sea éste niño o adulto) para demostrarle la
necesidad de aprender y ser "bueno".
Tanto
Pestalozzi como Montessori tratarán de dar un cambio a la vieja idea
fatalista de Voltaire, Diderot, etc. Su idea es la de suscitar la
curiosidad del alumno a través de cosas concretas, y más que nada el
propio trabajo: el trabajador, aunque sobreexplotado, tendrá dos
salvavidas: el propio trabajo y la lucha social por dignificarlo. Pero
hoy, ¿qué le queda al trabajador que, humildemente, ha aprendido su
buen oficio manual?: nada, sólo salario; ni un ápice de ilusión
social, de proyecto de futuro. Incluso el aprendiz de trabajador
intelectual no está mejor: su batalla por un puesto de trabajo pasará
sistemáticamente por la competencia salvaje con el vecino; y de la
lucha social, ¿para qué hablar de ella?. Por eso el Pinocho collodiano
cobra mayor actualidad como traductor de nuestra juventud. Cuando
decimos, "no se interesan por nada, su principal definición es la
indiferencia": Collodi nos diría: dejaros estar de innovaciones
pedagógicas, el interés vendrá de la mano de la reforma social que
permita el empleo y la dignificación de él.
El autor, utilizando las aventuras
de su personaje para ilustrar su idea, nos asegura que, si un
adolescente es rebelde, dejémosle en su rebeldía, no le protejamos
tanto. Si se estrella ya se levantará. Si no quiere hoy ir a la
escuela, dejémosle que trabaje: la miseria y la explotación serán su
universidad. Y si no quiere ni escuela ni trabajo, es muy sencillo: no
le demos de comer, al fin y al cabo eso es justo lo que va a ocurrir a
la larga, aunque mamá le haga una bufanda o papá Estado le dé una
subvención provisional. Y mientras tanto, luchemos socialmente. Y no
consideremos la escuela como único laboratorio de rebeldías: la
escuela es un lugar social más. Y si no tenemos redaños para mover la
realidad, no arremetamos contra la escuela como progres mimados. ¡Ah!,
y a no confundir niños con adolescentes: al niño se le debe proteger,
es cierto, pero si al adolescente lo envolvemos en celofán, su rebeldía
le llevará, ya que no puede incendiar el coche del pedagogo puesto que
éste está bien protegido en su despacho, sí arremeterá contra sus
profesores a quienes tiene cerca. ¡Siempre paga el más débil!
Sólo
queda, así, rogar encarecidamente a los pedagogitos de pega y progres
de medio pelo que se lean con buen ánimo el Pinocho de Collodi, que
siempre es hora de aprender.