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Miguel Arnas

El Pinocchio de Collodi

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

Una pedagogía sui generis

 

Por suerte, aunque parezca una barbaridad, somos cada día más viejos. Y no me refiero a la demografía, que se ha venido a mostrar como una desgracia esa de ser cada día más viejos, sino a la madurez. Dios me libre de ser optimista, pero da la sensación de que nuestra capacidad de tragar ruedas de molino va en decadencia. Tampoco hablo de ciertos intelectuales cuyas tragaderas crecen o, cuanto menos, se mantienen, sino del común de las gentes.

Por citar un ejemplo, ya no creemos que Alicia en el país de las maravillas sea un cuento infantil y no procedemos con arrogancia adolescente a apartarlo de nuestra sesuda y trascendental mesa de lecturas.

Sin embargo, el Pinocho sigue siendo motivo de tebeos, chascarrillos o edulcoradas versiones de Walt Disney. Sabemos remotamente que el americano se basó en un cuento para niños, pero apenas recordamos quién lo escribió. Lo hizo Carlo Collodi a mediados del siglo pasado para una revista infantil, para ser publicado por capítulos. Adolece por ello del defecto de todas las grandes obras que así fueron dadas a conocer: incoherencias de estilo, aventuras inesperadas fruto de las sugerencias de pequeños lectores o del editor. De hecho, hay un cambio radical desde el estilo de los dos primeros capítulos al resto, permitiéndose, al principio, el lujo de soltar alguna majadería más propia de lectores adultos que infantiles. El capítulo II es ejemplar en ese sentido, con los dos viejos peleándose como niños por un insulto tonto, o cuando caído uno al suelo y preguntado por el otro qué hace allí, le contesta éste “le enseño el ábaco a las hormigas”. O al principio del III, después de que Geppetto fabrique el muñeco y decida llamarle Pinocho, lo justifica diciendo que conoció una familia entera de Pinochos, “y todos lo pasaban muy bien. El más rico de ellos pedía limosna”. El estilo restante es más infantil, con más moralina y menos alardes rumbosos.

El original es semejante a lo hecho por Disney, aunque la nariz sólo le crece en una ocasión por la gracia de una mentira. Es curioso cómo este mínimo detalle ha pasado a la mitología popular, siendo así el único aspecto que del Pinocho se recuerda. Tal vez se deba achacar este "tic" a Salvador Bartolozzi, publicista español que, a partir de 1917 escribe y dibuja 48 fascículos de "Pinocho y Chapete", tebeo donde las aventuras del muñeco se independizan casi por completo de su original italiano. Ahí sí es una constante el crecimiento de nariz por causa de mentiras. En realidad deberíamos recordar otro aspecto menos moralista. Para ello volveremos a la versión collodiana.

Pinocho es fabricado en madera por su padre. Tras gastarle la primera trastada a su progenitor, provocando incluso que lo detengan, Pinocho se encuentra desvalido, hambriento y helado. Sale el padre de la cárcel y el muñeco, arrepentido, se ofrece voluntariamente a ir a la escuela, aunque otra tentación que por la calle tropieza se lo lleva lejos y lo sumerje en aventuras. Este mecanismo se repite continuamente: la "obligación" lo conduce hacia un lugar, mientras la "tentación" estira de él hacia otro. Pero siempre es la realidad quien le obliga a aceptar la "obligación": necesita a su padre porque sin él ni come ni se abriga, por eso le promete ir a la escuela.

Si bien se hace referencia al aburrimiento escolar, (Pestalozzi y Fröbel ya habían ensayado sus sistemas pedagógicos) lo que se opone es el goce de hoy contra el sacrificio actual para consolidar el futuro. En ningún momento, Collodi apunta la posibilidad de combinar ambos beneficios: hacer agradable el trabajo hoy y aprender gratamente lo necesario para el mañana; no creía en semejante Edén.

En eso el autor se muestra con las plantas en el suelo frente a algunos de nuestros vigentes pensadores, que continúan poseídos por la fe del carbonero, si no en cuanto a políticas, sí al menos en lo que afecta a las pedagogías, y siguen soñando sus paraísos de voluntarismos en el afán por aprender, en el valor terapéutico de la enseñanza, y en islas de libertad donde deberían germinar las libertades del mañana sin percatarse de que lo único que germina, en ocasiones, es el viva la virgen y el fenómeno Peter Pan. Claro que, a lo peor, me engaño y no sueñan sino que ocupan a sus cobayas adolescentes en ensayos libertarios que pueden a la larga conducirles al fracaso social y a la neurosis porque, como malos intelectuales y buenos políticos, no van a congeniar con sus opositores aunque éstos digan la verdad. ¿Quién dijo aquello de que al enemigo ni agua?.

Pero volvamos a Pinocho. Éste sólo acepta la necesidad del sacrificio-hoy cuando, tras un sinfín de aventuras con el esquema anterior, se encuentra al final del libro con la responsabilidad de tener al padre a su cargo y verse obligado a trabajar para él. Es entonces cuando ve que la realidad es mucho más fuerte que todas las ideas y todas las tentaciones.

¿Es esto conformismo y reaccionarismo?. Mi opinión es que esa pregunta es irrelevante.

¿Es posible combinar aprendizaje grato por definición con aprovechamiento del tiempo, armonizar el hoy agradable con el mañana seguro?. Tal vez sea esa la pregunta clave. Ya Unamuno daba algunos mandoblazos al respecto, negando tajantemente la amalgama de juego y aprendizaje, al menos en lo que atañe a quienes, por edad, han superado la niñez. Evidentemente, cuando Collodi se plantea esa pregunta, se refiere a las clases pobres: los ricos pueden lograr eso y más; o simplemente arruinarse, porque la ruina del rico la quiere para sí, como medio de subsistencia, cualquier pobre.

A nuestros niños y jóvenes los educa la sociedad en cuatro frentes: la escuela, la familia, la televisión y la realidad. También a nosotros, adultos, nos educa la televisión y la realidad (la familia ya se engloba dentro de esta última). De esos cuatro frentes, el primero es el más débil, el que menos educa. Y por eso, por ser el más débil, es el más rentable de atacar. La familia es intocable, hasta la ley la ampara. La televisión viene avalada por el derecho a la información, eufemismo para encubrir un negocio redondo que devora, como Leviatán moderno, a la razón y la ética. Y la realidad nunca fue tan inamovible: desde el desplome de tanta ideología tenemos la triste sensación de que el mundo no se puede cambiar; cuando en realidad se desprestigió tal o cual idea, no la capacidad humana de cambiar el entorno. Así que, puestos a arremeter, arremetemos contra la escuela. Cualquier fracaso escolar será achacable a la institución, y dado que ésta carece de responsabilidad civil, al profesor. El sistema educativo actual parte de la base, tan vieja como stalinista, que nadie se puede salir del sistema porque, ya que éste es tan perfecto, habría que estar loco para no apreciarlo, de manera que ante el alumno reacio, sólo habrá una explicación: no se le sabe motivar suficiente; de la misma manera que no hay banqueros fraudulentos, sino gestiones erróneas cuya solución es subvencionarlas. Claro que eso elimina la posibilidad del alumno de afrontar su rebeldía, y lo convierte en el Emboscado que tan bien define Ernst Jünger.

En cambio Pinocho lo sabe bien: es la realidad quien le va a indicar el camino. Ni las buenas palabras de su padre, ni su conciencia (que en el libro toma forma de diversos seres: El Grillo Parlante, el Papagayo, el Mirlo Blanco, etc.), ni la bondad del Hada, que luego será su mamá, pueden a corto plazo con él. Tampoco es el aburrimiento en la escuela quien le hace desertar: Pinocho sabe que la escuela siempre será aburrida porque es obligatoria, y por tanto previsible. Es la realidad quien le educa. A su alrededor abundan la miseria y la crueldad; la insolidaridad ajena le demuestra que, si no se defiende él, nadie lo hará; y sin embargo, esa misma insolidaridad ajena no lo convierte a él en insolidario: sabe que si ayuda le ayudarán, es una solidaridad interesada. Pero vale más solidaridad interesada que egoísmo por encima de todo, parece decirnos Collodi. Y hoy, para colmo, deberíamos también saber que de esa insolidaridad no tiene la culpa la escuela, ni siquiera ella sola va a poder abolirla. Él ayuda al perro Alidoro, enviado por los policías para apresarlo, a no morir ahogado, y a cambio, Alidoro le salva a él de ser frito o asado por el pescador en su cueva. Cuando trabaja para otro, sabe que sólo va a encontrar explotación e indiferencia, pero también sabe que esa va a ser la única vía que les permita sobrevivir a su padre y a él. Pasa un año en la escuela, donde parece aprender todo lo que luego necesitará, pero no hay aplicación de esos conocimientos. En cambio sí utiliza las verdades que la realidad le enseña: no te fíes de quien te dora la píldora, ayuda y te ayudarán, a veces hay que hacer cosas aparentemente innecesarias, pero los sabios, mal que nos pese, saben más y conocen la necesidad de esas cosas.

En este último aspecto, el autor da la vuelta al viejo refrán "la letra con sangre entra", y asegura a los niños que eso es verdad, pero esa sangre no la infligirá el mayor para forzar al niño a aprender, sino que será todo el cúmulo de experiencias vitales quienes sangrarán al individuo (sea éste niño o adulto) para demostrarle la necesidad de aprender y ser "bueno".

Tanto Pestalozzi como Montessori tratarán de dar un cambio a la vieja idea fatalista de Voltaire, Diderot, etc. Su idea es la de suscitar la curiosidad del alumno a través de cosas concretas, y más que nada el propio trabajo: el trabajador, aunque sobreexplotado, tendrá dos salvavidas: el propio trabajo y la lucha social por dignificarlo. Pero hoy, ¿qué le queda al trabajador que, humildemente, ha aprendido su buen oficio manual?: nada, sólo salario; ni un ápice de ilusión social, de proyecto de futuro. Incluso el aprendiz de trabajador intelectual no está mejor: su batalla por un puesto de trabajo pasará sistemáticamente por la competencia salvaje con el vecino; y de la lucha social, ¿para qué hablar de ella?. Por eso el Pinocho collodiano cobra mayor actualidad como traductor de nuestra juventud. Cuando decimos, "no se interesan por nada, su principal definición es la indiferencia": Collodi nos diría: dejaros estar de innovaciones pedagógicas, el interés vendrá de la mano de la reforma social que permita el empleo y la dignificación de él.

El autor, utilizando las aventuras de su personaje para ilustrar su idea, nos asegura que, si un adolescente es rebelde, dejémosle en su rebeldía, no le protejamos tanto. Si se estrella ya se levantará. Si no quiere hoy ir a la escuela, dejémosle que trabaje: la miseria y la explotación serán su universidad. Y si no quiere ni escuela ni trabajo, es muy sencillo: no le demos de comer, al fin y al cabo eso es justo lo que va a ocurrir a la larga, aunque mamá le haga una bufanda o papá Estado le dé una subvención provisional. Y mientras tanto, luchemos socialmente. Y no consideremos la escuela como único laboratorio de rebeldías: la escuela es un lugar social más. Y si no tenemos redaños para mover la realidad, no arremetamos contra la escuela como progres mimados. ¡Ah!, y a no confundir niños con adolescentes: al niño se le debe proteger, es cierto, pero si al adolescente lo envolvemos en celofán, su rebeldía le llevará, ya que no puede incendiar el coche del pedagogo puesto que éste está bien protegido en su despacho, sí arremeterá contra sus profesores a quienes tiene cerca. ¡Siempre paga el más débil!

Sólo queda, así, rogar encarecidamente a los pedagogitos de pega y progres de medio pelo que se lean con buen ánimo el Pinocho de Collodi, que siempre es hora de aprender.

 

 

 

 


 

 

 
 

 

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