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José Ángel Valente: de la patria de la palabra a la palabra sin patria |
Nº 3 |
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Invierno 2000 |
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EL
DISCURSO ASCÉTICO (ELEGÍAS) Valente,
tras iniciar su andadura poética en su Ourense natal e, incluso, cultivar
el gallego en su juventud universitaria compostelana, continuó su
itinerario académico y literario en Madrid, donde publicó A modo de esperanza (1955). Este libro comienza con un poema,
"Serán ceniza...", al que la trayectoria y las propias
declaraciones de Valente convertirían en base programática general de
toda su obra, pues como el propio autor ha reconocido a propósito del
"punto o límite extremo en que se hace imposible el decir" y
del "no-lugar" de donde viene la palabra poética, "el
lugar originario de la palabra, se constituía precisamente en el primer
verso del primer poema de mi primer libro": "Cruzo un desierto y
su secreta / desolación sin nombre". Pero
"Serán ceniza...", título glosado del célebre soneto de
Quevedo sobre el amor constante más allá de la muerte, pone también en
evidencia el magisterio formal del poeta conceptista, al que aquel Valente
admiraba por encima de todo. Con él se relaciona la intensa y clara
sobriedad y la rotunda y concisa precisión de todo el libro, compuesto
por poemas libres, de extensión breve, siempre en busca de la obtención
de la máxima expresividad con el mínimo artificio verbal. Esta
extraordinaria economía de medios, que a veces produce una impactante
sensación de sequedad antirretórica, está lograda con una maestría
digna del propio Quevedo y de la poesía lapidaria latina en la que se
inspira, pues, en efecto, la tradición funeral clásica se manifiesta en
numerosos poemas elegíacos del libro. Además, ya en esta obra se
inaugura toda una serie poemática de inspiración angélica y se enlaza
con la poesía mística de Juan de la Cruz, poeta que irá cobrando una
progresiva presencia en su producción lírica y ensayística, así como
aparecen resonancias de autores que lo acompañarán siempre, como Rimbaud,
Kafka o Cernuda. Por lo demás, la sección "Patria, cuyo nombre no sé"
entremezcla la biografía personal con la vivencia colectiva, poniéndose
en duda la concepción oficial de la patria durante el franquismo. Precisamente
harto del pobre y opresivo panorama de la España franquista, Valente se
instaló en 1955 en la Universidad de Oxford, y, desde 1958, ejerció como
funcionario de la O.N.U. en Ginebra. En este tránsito nació Poemas a Lázaro (1960), libro constituido en torno a la idea del
paso por la muerte para volver a la vida. Una cita de Donne pone en
evidencia el interés de Valente por la poesía metafísica inglesa del
siglo XVII, pues no en vano el propio poeta había traducido a aquél al
castellano. El afán por superar la escisión entre cuerpo y alma o
materia y espíritu de los metafísicos ingleses sintoniza con la metafísica
matérica de Quevedo y estará en la base de la carnalidad poética de
toda la meditación valentiana. Son
notables aquí las composiciones netamente metapoéticas (como
"Objeto del poema", sobre el conocimiento en poesía, y "El
cántaro", sobre la forma, en sintonía con la idea de Goethe de que
el arte consiste en dar forma), pero también los poemas de carácter
eminentemente histórico, político y social, a veces alusivos o relativos
a la cuestión del lugar, como "Cementerio de Morette-Glières,
1944", homenaje a los refugiados españoles de la guerra civil
muertos defendiendo de los nazis una tierra que no era la suya, o
"Sobre el lugar del canto", vindicación del lugar, frente a los
tan alienados conceptos de Patria o de España, como espacio para la
reconciliación y la libertad (Valente desarrolló este tema en su ensayo
"El lugar del canto", de Las
palabras de la tribu). EL
CONTRADICURSO SUBVERSIVO (SÁTIRAS) Radicado
ya en Ginebra, conoce directamente el mundo del exilio y, aunque colabora
en algunas de sus empresas, le parece un círculo anquilosado del que sólo
valora a intelectuales como el institucionista Alberto Jiménez Fraud, el
novelista Max Aub y la filósofa María Zambrano. En este primer lustro de
los sesenta escribió La memoria
y los signos (1966), pero buena parte de sus poemas habían sido ya
adelantados en la antología Sobre
el lugar del canto (1963). La cita inicial de Hölderlin, alusiva
al "tiempo de miseria", revela que la intención del poeta es
ahora la denuncia de lo falso y la revelación de lo oculto, por lo que en
estos versos predominará lo histórico, lo social y lo político,
sirviendo la contienda civil española como telón de fondo para muchos
poemas (como "Tiempo de guerra", que evoca su época de niño de
la guerra; "John Cornford, 1936", que recuerda la muerte del
poeta comunista inglés, nieto de Darwin, luchando voluntario contra el
fascismo como miembro de las Brigadas Internacionales, o los diversos en
que condena la falsificación de la verdad). El recuerdo personal de su
infancia y de su tierra natal dominan argumentalmente su visión de la
sordidez de la adolescencia y de la oscuridad provinciana, pero el poeta
no renuncia a los desplazamientos en casos como "Maquiavelo en San
Casciano", reflexión sobre el intelectual, el poder y el exilio a
través de un personaje histórico que habla en primera persona. En
los años sesenta, Valente publicará todavía dos libros de
configuración monográfica: Siete
representaciones (1967) y Breve
son (1968). Siete
representaciones se articula en torno a los siete pecados capitales
en sintonía con la tradición plástica medieval, utilizándose en él un
lenguaje irónico y un tono violento que pretenden ser radicalmente
liberadores y directos, a veces por una vía casi apocalíptica. Breve
son contiene poemas escritos durante décadas, pero esta dispersión
temporal está compensada por la unidad que le confiere la brevedad de las
composiciones, muchas de ellas en sintonía con la canción tradicional.
La composición inicial, de carácter metapoético, homenajea a Rosalía
de Castro traduciendo unos versos de sus Cantares
Gallegos, pero también son metapoéticos las alusivas a Lautréamont,
constituidas en torno a la radical idea del poeta francés de que la poesía
tiene por fin la verdad práctica, desvelando lo encubierto y los
principios de todo. A
finales de los años sesenta Valente escribió todavía dos obras que se
publicarán en 1970: Presentación
y memorial para un monumento y El
inocente, libros ambos instalados en el exilio en su sentido más
profundo y radical, aparte de que el segundo fue publicado en México. El
breve opúsculo Presentación y
memorial para un monumento es una crítica demoledora de toda
represión, independientemente de la ideología que la practique, a través
de la deconstrucción de los lenguajes totalitarios y del uso irónico de
la técnica del collage, tal vez influencia de Pound. El
inocente
supone el regreso a la pureza de la inocencia después del viaje infernal
por el tiempo de la historia, pero para alcanzar esta nueva fase se
considera necesario destruir el viejo y corrupto mundo circundante, a través
de la disolución del mundo convencional, del recuerdo de la infancia y
del lenguaje heredado, alcanzando autocríticamente a su propia producción
poética anterior. En esta obra aparece como alter-ego el "Agone"
de Les chants de Maldoror
de Lautréamont, que reaparecerá en obras futuras. Además, el poema
"Punto cero", es una defensa de la destrucción como campo de
abono de la poesía a partir de los ejemplos de Lautréamont y Rimbaud (en
la misma línea de vindicación revolucionaria se encuentra su traducción
de Artaud en "Crónica II, 1968"). Pero el poeta que Valente
erige aquí en maestro es el cubano que da título a todo un poema:
"José Lezama Lima", a quien continuará calificando de
"maestro" en otros libros. También es muy significativo el
poema "Una oscura noticia" por estar dedicado al místico
heterodoxo Miguel de Molinos, cuyas Guía espiritual y fragmentos de Defensa de la contemplación editará Valente y al que dedicará
su "Ensayo sobre Miguel de Molinos". En aquél se asume
plenamente el exilio como lugar inevitable de la extranjería que reside
en toda condición humana: "extranjero, engendrado por tu tierra /
extranjero, como todos nosotros". LA
DISOLUCIÓN DE LOS DISCURSOS (FRAGMENTOS) En
1972 -y, ampliado, en 1980 y 1999- publica con el título de Punto
cero una reunión depurada de todas sus obras anteriores,
incluyendo además el poemario inédito, "Treinta y siete
fragmentos", que no se publicaría en edición individual hasta 1979.
Como indica su título, "Treinta y siete fragmentos" tiene como
elemento unificador la concepción fragmentaria de la obra poética, pues
ésta no puede ser más que un resto o jirón del absoluto al que se
aproxima. La técnica del fragmento reaparece en Interior
con figuras (1976) y Material
memoria (1979), libros heterogéneos, pero conectados entre sí (en
ambos aparecen poemas en prosa) y llenos de resonancias de su obra
anterior. Treinta
y siete fragmentos,
Interior con figuras y Material
memoria participan de la técnica fragmentaria y del permanente
hacerse de la obra inacabada, dimensión que ya nunca abandonará el
poeta, puesto que la considera, como escribió en Variaciones
sobre el pájaro y la red, "uno de los elementos de la radical
modernidad". Pero la valoración del fragmento, con tantos
antecedentes en la obra valentiana, se encuentra también en toda la poesía
moderna (Novalis, Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Eliot), se aprecia
incluso en la narrativa (Rayuela,
de Cortázar) y sintoniza con la estima por el aforismo en la filosofía
contemporánea (Nietzsche, Cioran), género éste que Valente cultivó en
diversas autopéticas fragmentadas y ahora reunidas en Notas
de un simulador (1997). En
1980, al disertar en Ginebra sobre las Cántigas
galaico-portuguesas de Alfonso X el Sabio, Valente se reencontró con la
lengua originaria, producto de lo cual será el poemario Sete cántigas de alén (1981), luego ampliado en Cántigas
de alén (1989), y que, complementado con otros escritos en prosa
de motivación galaica que habían sido recogidos en Material
Valente (1994), compuso el córpus de su última edición,
publicada en 1996. Galicia ‑y, particularmente, su ciudad
natal‑ había tenido hasta aquí una notoria presencia en su obra
castellana, pero es en su producción gallega donde se manifestará de
manera más intensa y profunda su poética del origen. Desde
muy joven había asumido Valente la enseñanza evangélica de que en el
principio era la palabra, casa y fundamentación del ser para Heidegger,
pero también sabía que la palabra gallega era casa y fundamento del ser
primigenio, pues con frecuencia se intuye revestida de una aureola natural
e intocada, dotada de poder y de vida (en la poesía de Pimentel, los términos
gallegos encarnan las cosas frente a los castellanos, que sólo las
designan). Valente se inscribe, pues, en la tradición antropológica del
logos espermático que refleja Valle-Inclán cuando el pueblo "intuye
el latín ignoto de las divinas palabras". Naturalmente, las múltiples
conexiones galaicas de Valente se acentúan en su obra en gallego, como es
obvio en el caso del cancionero alfonsí y de toda la tradición lírica
medieval y popular, así como de Rosalía de Castro, objeto de poemas y
enayos, y de otros autores contemporáneos (Risco, Manuel Antonio, Dieste,
Pimentel). EL
NO DISCURSO MÍSTICO (DITIRAMBOS) El
descubrimiento de la Cábala judía provocó toda una revisión filosófica
y creativa en Valente, cuyo resultado más significativo fue el libro, de
extraordinario hermetismo simbólico, Tres
lecciones de tinieblas (1980), consistente en una serie de mónadas
que se corresponden con las catorce primeras letras del alfabeto hebreo, a
imitación del género musical, de tipo sacro, denominado lecciones de
tinieblas. La obra parte de la nada que representa la primera letra, el
Alef, es decir, la ausencia: "El punto donde comienza la respiración".
El poeta hizo una autolectura, que se incluyó en la recopilación Material memoria, esencial para comprender su sentido como
"canto de la germinación y del origen o de la vida como inminencia y
proximidad". Pero
al ya demostrado interés por las místicas cristianas y judías, Valente
sumó también una gran atención a las islámicas y a otras tradiciones
orientales, todo lo cual se manifiesta expresamente en los ensayos de La
piedra y el centro y Variaciones
sobre el pájaro y la red. Además, en los años noventa intervino
en numerosas ocasiones sobre temas juanistas, prologó Cántico
espiritual y Poesías. Manuscrito de Jaén y editó, con José Lara
Garrido, las actas tituladas Hermenéutica
y mística: San Juan de la Cruz. En
sintonía con todo ello y con su vinculación a Almería, donde se instaló
e los años ochenta, publicó dos obras deslumbrantes por la fuerza de su
luz: Mandorla (1982) y El
fulgor (1984). Mandorla
toma su título de la almendra mística y de la representación plástica
de Cristo en el óvalo que representa el útero materno, evidenciando la
disolución de las escisiones cristianas entre alma y cuerpo o espíritu y
materia, pero, evidentemente, su fuente directa es Celan, poeta muy
estimado y traducido por Valente. El libro, con claros ecos de la
antropología simbólica utilizada por Eliot, muestra la comunión mística
entre lo erótico y lo religioso a través del cuerpo femenino, concebido
como materia en la que se disuelven todas las escisiones. Así sucede en
el poema "Graal", donde la mujer es el simbólico cáliz sagrado
n el que el poeta se funde y se confunde, se llena y se vacía, se
disuelve y se integra. El fulgor
es un libro sobre la trascendencia a través del cuerpo o sobre la materia
a través de la mística. Se trata, pues, de una mística materialista que
alcanza su plenitud en la unión erótica, como en Mandorla,
aunque también reaparezcan las figuras de Cristo y Lázaro con nuevos
sentidos. Toda
su obra poética escrita desde 1979 se compiló bajo el título de Material
memoria en 1992 y, actualizada, en 1995 y 1999, incluyendo la
primera Al dios del lugar (1989) y las últimas No amanece el cantor (1992), libros que, seguidos del primero opúsculo
y luego libro Nadie (1994
y 1996, respectivamente), incluido a su vez en el póstumo Fragmentos
de un libro futuro (2000) representan al último Valente. Al
dios del lugar entra de lleno en el ditirambo sacro y mantiene la
química erótico-mística y la influencia de Celan predominantes en los
dos libros inmediatamente anteriores. Su hondo seguimiento de las huellas
que lo aproximen, mediante la disolución en los orígenes y la extrema
tensión de la palabra, al lugar del dios, lo ubican definitivamente en la
inminencia de un recinto sagrado y material. Esta inminencia se mantiene
en No amanece el cantor,
escrito en prosa, y donde el poeta insiste en la absoluta desposesión,
inspirándose ahora, en buena medida, en la dura experiencia del dolor.
Finalmente, Fragmentos de un
libro futuro, concebido como un abierto itinerario lírico,
identificable con el último itinerario vital del autor, resultó ser una
especie de estremecedor diario en marcha hasta la inevitable doble extinción
biográfica y poética. Valente
expuso su poética del origen en La
piedra y el centro: "Palabra total y palabra inicial: palabra
matriz. Toda palabra poética nos remite al origen, al arkhé, al limo o
materia original". En su búsqueda de tal matricial palabra, a la vez
proviniente y portadora de ese "limo original de lo viviente",
recorrió más de un camino hermenéutico a través de los territorios de
los márgenes (exilio interior y exterior, erotismo y mujer, fronteras ascéticas
y místicas) y recurrió a más de un vehículo lingüístico (incluso el
de la lengua desposeída y periférica), poniendo en evidencia que, tal
vez, para hallar el rumbo hay que ir a la deriva o, lo que es lo mismo,
que para alcanzar el centro hay que atravesar las periferias[ii].
[i]. Su obra poética en castellano se halla recientemente reeditada en Punto cero y Material memoria, Madrid, Alianza, 1999. Su obra gallega está compilada en Cántigas de alén, Compostela, Consorcio de Santiago, 1996, con grabados de Eduardo Chillida, introducción de Claudio Rodríguez Fer y versión castellana de César Antonio Molina y del propio autor.
[ii].
Buena prueba de su apertura intercultural se aprecia en la procedencia
y contenido de los estudios compilados sobre su obra: Claudio Rodríguez
Fer, José Ángel Valente. El
escritor y la crítica, Madrid, Taurus, 1992; "Valente,
cuestión cero", Ínsula,
núm. 570-571, 1994, y Material
Valente, Gijón, Júcar, 1994; Teresa Hernández Fernández, El
silencio y la escucha: José Ángel Valente, Madrid, Cátedra,
1995; AA.VV., En torno a la
obra de José Ángel Valente, Madrid, Alianza, 1996, y Nuria
Fernández Quesada, Anatomía
de la palabra, Madrid, Pre-Textos, 2000, de donde procede la
primera versión de este artículo, ahora actualizado.
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