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Claudio Rodríguez Fer

José Ángel Valente: de la patria de la palabra a la palabra sin patria

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

A través primero de un discurso ascético y de un contradiscurso subversivo, la poesía de José Ángel Valente se abocó por el camino de la disolución de los discursos hasta su no discurso final. Elegías, sátiras, fragmentos y ditirambos jalonan, pues, un camino hacia una palabra sin patria que, iniciado en la siempre proteica patria de la palabra que es Galicia, atravesó diferentes estéticas, lugares y lenguas[i].

 

 

EL DISCURSO ASCÉTICO (ELEGÍAS)

 

Valente, tras iniciar su andadura poética en su Ourense natal e, incluso, cultivar el gallego en su juventud universitaria compostelana, continuó su itinerario académico y literario en Madrid, donde publicó A modo de esperanza (1955). Este libro comienza con un poema, "Serán ceniza...", al que la trayectoria y las propias declaraciones de Valente convertirían en base programática general de toda su obra, pues como el propio autor ha reconocido a propósito del "punto o límite extremo en que se hace imposible el decir" y del "no-lugar" de donde viene la palabra poética, "el lugar originario de la palabra, se constituía precisamente en el primer verso del primer poema de mi primer libro": "Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre".

 

Pero "Serán ceniza...", título glosado del célebre soneto de Quevedo sobre el amor constante más allá de la muerte, pone también en evidencia el magisterio formal del poeta conceptista, al que aquel Valente admiraba por encima de todo. Con él se relaciona la intensa y clara sobriedad y la rotunda y concisa precisión de todo el libro, compuesto por poemas libres, de extensión breve, siempre en busca de la obtención de la máxima expresividad con el mínimo artificio verbal. Esta extraordinaria economía de medios, que a veces produce una impactante sensación de sequedad antirretórica, está lograda con una maestría digna del propio Quevedo y de la poesía lapidaria latina en la que se inspira, pues, en efecto, la tradición funeral clásica se manifiesta en numerosos poemas elegíacos del libro. Además, ya en esta obra se inaugura toda una serie poemática de inspiración angélica y se enlaza con la poesía mística de Juan de la Cruz, poeta que irá cobrando una progresiva presencia en su producción lírica y ensayística, así como aparecen resonancias de autores que lo acompañarán siempre, como Rimbaud, Kafka o Cernuda. Por lo demás, la sección "Patria, cuyo nombre no sé" entremezcla la biografía personal con la vivencia colectiva, poniéndose en duda la concepción oficial de la patria durante el franquismo.

 

Precisamente harto del pobre y opresivo panorama de la España franquista, Valente se instaló en 1955 en la Universidad de Oxford, y, desde 1958, ejerció como funcionario de la O.N.U. en Ginebra. En este tránsito nació Poemas a Lázaro (1960), libro constituido en torno a la idea del paso por la muerte para volver a la vida. Una cita de Donne pone en evidencia el interés de Valente por la poesía metafísica inglesa del siglo XVII, pues no en vano el propio poeta había traducido a aquél al castellano. El afán por superar la escisión entre cuerpo y alma o materia y espíritu de los metafísicos ingleses sintoniza con la metafísica matérica de Quevedo y estará en la base de la carnalidad poética de toda la meditación valentiana.

 

Son notables aquí las composiciones netamente metapoéticas (como "Objeto del poema", sobre el conocimiento en poesía, y "El cántaro", sobre la forma, en sintonía con la idea de Goethe de que el arte consiste en dar forma), pero también los poemas de carácter eminentemente histórico, político y social, a veces alusivos o relativos a la cuestión del lugar, como "Cementerio de Morette-Glières, 1944", homenaje a los refugiados españoles de la guerra civil muertos defendiendo de los nazis una tierra que no era la suya, o "Sobre el lugar del canto", vindicación del lugar, frente a los tan alienados conceptos de Patria o de España, como espacio para la reconciliación y la libertad (Valente desarrolló este tema en su ensayo "El lugar del canto", de Las palabras de la tribu).

 

 

EL CONTRADICURSO SUBVERSIVO (SÁTIRAS)

 

Radicado ya en Ginebra, conoce directamente el mundo del exilio y, aunque colabora en algunas de sus empresas, le parece un círculo anquilosado del que sólo valora a intelectuales como el institucionista Alberto Jiménez Fraud, el novelista Max Aub y la filósofa María Zambrano. En este primer lustro de los sesenta escribió La memoria y los signos (1966), pero buena parte de sus poemas habían sido ya adelantados en la antología Sobre el lugar del canto (1963). La cita inicial de Hölderlin, alusiva al "tiempo de miseria", revela que la intención del poeta es ahora la denuncia de lo falso y la revelación de lo oculto, por lo que en estos versos predominará lo histórico, lo social y lo político, sirviendo la contienda civil española como telón de fondo para muchos poemas (como "Tiempo de guerra", que evoca su época de niño de la guerra; "John Cornford, 1936", que recuerda la muerte del poeta comunista inglés, nieto de Darwin, luchando voluntario contra el fascismo como miembro de las Brigadas Internacionales, o los diversos en que condena la falsificación de la verdad). El recuerdo personal de su infancia y de su tierra natal dominan argumentalmente su visión de la sordidez de la adolescencia y de la oscuridad provinciana, pero el poeta no renuncia a los desplazamientos en casos como "Maquiavelo en San Casciano", reflexión sobre el intelectual, el poder y el exilio a través de un personaje histórico que habla en primera persona.

 

En los años sesenta, Valente publicará todavía dos libros de  configuración monográfica: Siete representaciones (1967) y Breve son (1968). Siete representaciones se articula en torno a los siete pecados capitales en sintonía con la tradición plástica medieval, utilizándose en él un lenguaje irónico y un tono violento que pretenden ser radicalmente liberadores y directos, a veces por una vía casi apocalíptica. Breve son contiene poemas escritos durante décadas, pero esta dispersión temporal está compensada por la unidad que le confiere la brevedad de las composiciones, muchas de ellas en sintonía con la canción tradicional. La composición inicial, de carácter metapoético, homenajea a Rosalía de Castro traduciendo unos versos de sus Cantares Gallegos, pero también son metapoéticos las alusivas a Lautréamont, constituidas en torno a la radical idea del poeta francés de que la poesía tiene por fin la verdad práctica, desvelando lo encubierto y los principios de todo.

 

A finales de los años sesenta Valente escribió todavía dos obras que se publicarán en 1970: Presentación y memorial para un monumento y El inocente, libros ambos instalados en el exilio en su sentido más profundo y radical, aparte de que el segundo fue publicado en México. El breve opúsculo Presentación y memorial para un monumento es una crítica demoledora de toda represión, independientemente de la ideología que la practique, a través de la deconstrucción de los lenguajes totalitarios y del uso irónico de la técnica del collage, tal vez influencia de Pound.

 

El inocente supone el regreso a la pureza de la inocencia después del viaje infernal por el tiempo de la historia, pero para alcanzar esta nueva fase se considera necesario destruir el viejo y corrupto mundo circundante, a través de la disolución del mundo convencional, del recuerdo de la infancia y del lenguaje heredado, alcanzando autocríticamente a su propia producción poética anterior. En esta obra aparece como alter-ego el "Agone" de Les chants de Maldoror de Lautréamont, que reaparecerá en obras futuras. Además, el poema "Punto cero", es una defensa de la destrucción como campo de abono de la poesía a partir de los ejemplos de Lautréamont y Rimbaud (en la misma línea de vindicación revolucionaria se encuentra su traducción de Artaud en "Crónica II, 1968"). Pero el poeta que Valente erige aquí en maestro es el cubano que da título a todo un poema: "José Lezama Lima", a quien continuará calificando de "maestro" en otros libros. También es muy significativo el poema "Una oscura noticia" por estar dedicado al místico heterodoxo Miguel de Molinos, cuyas Guía espiritual y fragmentos de Defensa de la contemplación editará Valente y al que dedicará su "Ensayo sobre Miguel de Molinos". En aquél se asume plenamente el exilio como lugar inevitable de la extranjería que reside en toda condición humana: "extranjero, engendrado por tu tierra / extranjero, como todos nosotros".

 

 

LA DISOLUCIÓN DE LOS DISCURSOS (FRAGMENTOS)

 

En 1972 -y, ampliado, en 1980 y 1999- publica con el título de Punto cero una reunión depurada de todas sus obras anteriores, incluyendo además el poemario inédito, "Treinta y siete fragmentos", que no se publicaría en edición individual hasta 1979. Como indica su título, "Treinta y siete fragmentos" tiene como elemento unificador la concepción fragmentaria de la obra poética, pues ésta no puede ser más que un resto o jirón del absoluto al que se aproxima. La técnica del fragmento reaparece en Interior con figuras (1976) y Material memoria (1979), libros heterogéneos, pero conectados entre sí (en ambos aparecen poemas en prosa) y llenos de resonancias de su obra anterior.

 

Treinta y siete fragmentos, Interior con figuras y Material memoria participan de la técnica fragmentaria y del permanente hacerse de la obra inacabada, dimensión que ya nunca abandonará el poeta, puesto que la considera, como escribió en Variaciones sobre el pájaro y la red, "uno de los elementos de la radical modernidad". Pero la valoración del fragmento, con tantos antecedentes en la obra valentiana, se encuentra también en toda la poesía moderna (Novalis, Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Eliot), se aprecia incluso en la narrativa (Rayuela, de Cortázar) y sintoniza con la estima por el aforismo en la filosofía contemporánea (Nietzsche, Cioran), género éste que Valente cultivó en diversas autopéticas fragmentadas y ahora reunidas en Notas de un simulador (1997).

 

En 1980, al disertar en Ginebra sobre las Cántigas galaico-portuguesas de Alfonso X el Sabio, Valente se reencontró con la lengua originaria, producto de lo cual será el poemario Sete cántigas de alén (1981), luego ampliado en Cántigas de alén (1989), y que, complementado con otros escritos en prosa de motivación galaica que habían sido recogidos en Material Valente (1994), compuso el córpus de su última edición, publicada en 1996. Galicia ‑y, particularmente, su ciudad natal‑ había tenido hasta aquí una notoria presencia en su obra castellana, pero es en su producción gallega donde se manifestará de manera más intensa y profunda su poética del origen.

 

Desde muy joven había asumido Valente la enseñanza evangélica de que en el principio era la palabra, casa y fundamentación del ser para Heidegger, pero también sabía que la palabra gallega era casa y fundamento del ser primigenio, pues con frecuencia se intuye revestida de una aureola natural e intocada, dotada de poder y de vida (en la poesía de Pimentel, los términos gallegos encarnan las cosas frente a los castellanos, que sólo las designan). Valente se inscribe, pues, en la tradición antropológica del logos espermático que refleja Valle-Inclán cuando el pueblo "intuye el latín ignoto de las divinas palabras". Naturalmente, las múltiples conexiones galaicas de Valente se acentúan en su obra en gallego, como es obvio en el caso del cancionero alfonsí y de toda la tradición lírica medieval y popular, así como de Rosalía de Castro, objeto de poemas y enayos, y de otros autores contemporáneos (Risco, Manuel Antonio, Dieste, Pimentel).

 

 

EL NO DISCURSO MÍSTICO (DITIRAMBOS)

 

El descubrimiento de la Cábala judía provocó toda una revisión filosófica y creativa en Valente, cuyo resultado más significativo fue el libro, de extraordinario hermetismo simbólico, Tres lecciones de tinieblas (1980), consistente en una serie de mónadas que se corresponden con las catorce primeras letras del alfabeto hebreo, a imitación del género musical, de tipo sacro, denominado lecciones de tinieblas. La obra parte de la nada que representa la primera letra, el Alef, es decir, la ausencia: "El punto donde comienza la respiración". El poeta hizo una autolectura, que se incluyó en la recopilación Material memoria, esencial para comprender su sentido como "canto de la germinación y del origen o de la vida como inminencia y proximidad".

 

Pero al ya demostrado interés por las místicas cristianas y judías, Valente sumó también una gran atención a las islámicas y a otras tradiciones orientales, todo lo cual se manifiesta expresamente en los ensayos de La piedra y el centro y Variaciones sobre el pájaro y la red. Además, en los años noventa intervino en numerosas ocasiones sobre temas juanistas, prologó Cántico espiritual y Poesías. Manuscrito de Jaén y editó, con José Lara Garrido, las actas tituladas Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz.

 

En sintonía con todo ello y con su vinculación a Almería, donde se instaló e los años ochenta, publicó dos obras deslumbrantes por la fuerza de su luz: Mandorla (1982) y El fulgor (1984). Mandorla toma su título de la almendra mística y de la representación plástica de Cristo en el óvalo que representa el útero materno, evidenciando la disolución de las escisiones cristianas entre alma y cuerpo o espíritu y materia, pero, evidentemente, su fuente directa es Celan, poeta muy estimado y traducido por Valente. El libro, con claros ecos de la antropología simbólica utilizada por Eliot, muestra la comunión mística entre lo erótico y lo religioso a través del cuerpo femenino, concebido como materia en la que se disuelven todas las escisiones. Así sucede en el poema "Graal", donde la mujer es el simbólico cáliz sagrado n el que el poeta se funde y se confunde, se llena y se vacía, se disuelve y se integra. El fulgor es un libro sobre la trascendencia a través del cuerpo o sobre la materia a través de la mística. Se trata, pues, de una mística materialista que alcanza su plenitud en la unión erótica, como en Mandorla, aunque también reaparezcan las figuras de Cristo y Lázaro con nuevos sentidos.

 

Toda su obra poética escrita desde 1979 se compiló bajo el título de Material memoria en 1992 y, actualizada, en 1995 y 1999, incluyendo la primera Al dios del lugar (1989) y las últimas No amanece el cantor (1992), libros que, seguidos del primero opúsculo y luego libro Nadie (1994 y 1996, respectivamente), incluido a su vez en el póstumo Fragmentos de un libro futuro (2000) representan al último Valente. Al dios del lugar entra de lleno en el ditirambo sacro y mantiene la química erótico-mística y la influencia de Celan predominantes en los dos libros inmediatamente anteriores. Su hondo seguimiento de las huellas que lo aproximen, mediante la disolución en los orígenes y la extrema tensión de la palabra, al lugar del dios, lo ubican definitivamente en la inminencia de un recinto sagrado y material. Esta inminencia se mantiene en No amanece el cantor, escrito en prosa, y donde el poeta insiste en la absoluta desposesión, inspirándose ahora, en buena medida, en la dura experiencia del dolor. Finalmente, Fragmentos de un libro futuro, concebido como un abierto itinerario lírico, identificable con el último itinerario vital del autor, resultó ser una especie de estremecedor diario en marcha hasta la inevitable doble extinción biográfica y poética.

 

Valente expuso su poética del origen en La piedra y el centro: "Palabra total y palabra inicial: palabra matriz. Toda palabra poética nos remite al origen, al arkhé, al limo o materia original". En su búsqueda de tal matricial palabra, a la vez proviniente y portadora de ese "limo original de lo viviente", recorrió más de un camino hermenéutico a través de los territorios de los márgenes (exilio interior y exterior, erotismo y mujer, fronteras ascéticas y místicas) y recurrió a más de un vehículo lingüístico (incluso el de la lengua desposeída y periférica), poniendo en evidencia que, tal vez, para hallar el rumbo hay que ir a la deriva o, lo que es lo mismo, que para alcanzar el centro hay que atravesar las periferias[ii].

 

 


 

 

[i]. Su obra poética en castellano se halla recientemente reeditada en Punto cero y Material memoria, Madrid, Alianza, 1999. Su obra gallega está compilada en Cántigas de alén, Compostela, Consorcio de Santiago, 1996, con grabados de Eduardo Chillida, introducción de Claudio Rodríguez Fer y versión castellana de César Antonio Molina y del propio autor.

 

 

[ii]. Buena prueba de su apertura intercultural se aprecia en la procedencia y contenido de los estudios compilados sobre su obra: Claudio Rodríguez Fer, José Ángel Valente. El escritor y la crítica, Madrid, Taurus, 1992; "Valente, cuestión cero", Ínsula, núm. 570-571, 1994, y Material Valente, Gijón, Júcar, 1994; Teresa Hernández Fernández, El silencio y la escucha: José Ángel Valente, Madrid, Cátedra, 1995; AA.VV., En torno a la obra de José Ángel Valente, Madrid, Alianza, 1996, y Nuria Fernández Quesada, Anatomía de la palabra, Madrid, Pre-Textos, 2000, de donde procede la primera versión de este artículo, ahora actualizado.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

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