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Don't
let on, don't let go
You
should know
It's
just parts of who you are
Parts
and accessories,
Josh
Rouse
Estoy
sentado frente a mi escritorio: hojas, computadora, lapiceros y,
coronando, el teléfono conectado a la línea directa que me fue asignada
hace seis meses. Detrás de los objetos, yo: buscando equilibrios entre
cifras amontonadas, impresas en columnas sobre los papeles tendidos
hacinadamente cubriendo la superficie de madera, mirando de cuando en
cuando la blancura de las paredes (conservada por un pintor dos o tres
veces durante el último año), tratando de sobrevivir a la rutina. Hoy es
un día cualquiera.
De
repente, el teléfono suena: un timbre y vuelvo a sentir la presión del
trabajo; el segundo, dudo; el tercero y pienso que la pérdida del filtro
que tenía en la recepcionista, más que un símbolo de status
se ha convertido en una desventaja impensable. Finalmente (intervalo entre
timbres cuatro y cinco) vence la lógica: levanto el auricular.
Pidió
repetidamente que nos acompañaras a recibirla,
dijo mamá con voz suplicante, por
favor, haz todo lo posible por no faltar.
Baby’s
back in town.
Ya sabía que
volvería, me había mandado un recado con su amante de turno. Cuelgo el
teléfono y sólo un par de minutos después reparo en que no respondí si
iría o no. El blanco de las paredes pierde pureza, el equilibrio en
cualquier elemento de la habitación es imposible. Todos los recuerdos
comienzan a actualizarse a pesar de no ser más que viejos archivos
empolvados a los que ya no accedo por falta de costumbre o necesidad.
Me
veo ocupando mi puesto en la sala de conferencias, mirando la pantalla
blanca en la pared del fondo, a expensas de una mano invisible que
presiona el botón permitiendo el avance de las diapositivas en las que
organizo la memoria.
Baby
en el centro de la mesa de una de nuestras navidades: el eje de la casa.
Clic. Baby rodeada por todos
nosotros en una foto tomada durante el crucero del '83: la presencia
total. Clic. El puesto de baby
vacío en el último cumpleaños de mamá:
la ausencia insoportable. Ella
era intocable y debía ser prácticamente adorada por todos. A mí no me
molestaba concederle privilegios ridículos, ver toda la tolerancia de la
que disfrutaba. Ella hacía difícil envidiarla.
Tengo
que salir si quiero llegar a tiempo. Pido a la secretaria que haga los
arreglos para que el chofer de la compañía me lleve a casa a buscar mi
auto. Espero.
He
pasado todo el día con la imagen de las diapositivas en la mente, con
gula por los recuerdos, fomentando una búsqueda interior con pasión
reprimida de voyeur. Desde que subí al auto y confirmé al chofer la
dirección del edificio donde he vivido durante un año, el lugar adonde
huí cuando el espacio dejado en la casa de nuestros padres por baby
dejó de ser un cómodo vacío para convertirse en un déficit doloroso. A
partir de entonces todo ha sido recrear, recomponer.
Sobre
el cuero del asiento del lujoso auto coporativo recordé mi primer día en
la universidad, cuando sentí a baby,
a quien le faltaban un par de semestres para graduarse, a mi alcance por
primera vez; aunque esto muy a mi pesar porque ella siempre había sido el
modelo, el ídolo.
Siempre
conversaba mucho conmigo, baby
tenía un estilo para todo lo que hacía. Hablaba con un fraseo propio de
Miles Davis, interrumpiendo las sílabas, colocando acentos insólitos en
sus frases, haciendo desaparecer los finales de las oraciones, cambiando
constantemente el tema central para crear una atmósfera que diluía el
contenido de su conversación, impregnándonos de su desequilibrio. Así
me conversaba mientras me viciaba con sus opiniones acerca de cada una de
las cosas que experimentaba primero: la primaria, el bachillerato, la
misma universidad, manejar, el alcohol, besar. Por eso me negué a que
ella me llevara a la universidad, no estaba preparado para sentirme igual
a baby, pedí a
mi padre que me transportara mientras tenía suficiente edad para
obtener mi licencia de conducir.
La
convivencia universitaria fue mi primer encuentro con una baby más real, posiblemente sólo una de las máscaras de su
armario, pero otra ella. La veía más distante que nunca, gravitando por
los jardines y las cafeterías, riendo, escoltada por dos o tres seres
extraños con todo tipo de perforaciones e incrustaciones en el cuerpo y
ropa estrafalaria y negra, con deseos de no salir jamás de la universidad
(casi nunca entraba a clases). Víctima de la acumulación de esos
detalles, su encanto sobre mí comenzó a desaparecer. Se convirtió en
una chica vulgar, una chica como otras que podía ver a mi lado o detrás
de mí en un salón, grabando su nombre en una mesa de la biblioteca o
fumando acostadas sobre la grama frente al edificio principal. El
conductor tuvo que hacerme reaccionar para avisarme que habíamos llegado
a casa.
Todavía
aturdido tomé el ascensor, abrí la puerta y pensé que de esto nunca me
había hablado baby, de la
experiencia de vivir solo, dejar atrás el hogar y los pequeños rituales
fastidiosos pero memorables de la convivencia con nuestros padres, creo
que fue la primera aventura que tomé con total independencia. Ella un día
dejó la universidad y poco después la casa. No le comentó a nadie. Se
mudó con el dinero que le dejaba su asociación con unos amigos en un
negocio de estampado de franelas, actividad que todos veíamos como su
pasatiempo. Generalmente nos equivocábamos con ella.
Pocas
veces desde su mudanza baby llamó,
mi padre juró por todos los santos y demonios que nunca pisaría la casa
de nuevo, mi madre lloró mucho. Vigila
a baby, infórmate de lo que hace. Un día te vas a arrepentir, repetía
monótonamente Javier, mi hermano mayor, a mamá, pero ella disminuía sus
consejos y le explicaba: baby
necesita su espacio, baby está madurando, está creciendo.
Ella
sólo mantenía contacto regular conmigo. Me llamaba de vez en cuando, me
invitaba incluso a su apartamento y nos reuníamos. Un par de palabras y
estábamos de vuelta a los días anteriores, los días felices cuando
aunque compartida, distraída ella era un poco mía. Como si estuviéramos
conversando en la cocina de la casa, tostaba rebanadas de pan con pasas y
un par de tazas de café que comíamos y tomábamos con desgano y hablábamos
y reíamos para luego hundirnos en siestas ilógicas y fraternales que
disfrutábamos hasta comienzos de la noche cuando yo volvía a casa con la
esperanza de su retorno (aunque con la tristeza de no poder contar a nadie
de la familia acerca de nuestros encuentros) y ella comenzaba su segunda y
descontrolada vida nocturna con quienes la compartía.
Era
reencontrarme conmigo, tenía rastros de baby
derramados sobre todo mi pasado. Yo disfrutaba esos encuentros
clandestinos y luego, en la casa, me reía a solas pensando en ella. Pero baby podía hacer muchas cosas menos lograr que las situaciones
estables duraran. Vi mi cocina y me di cuenta de lo parecida que era a la
de su apartamento. Ni siquiera recuerdo si fue una elección consciente.
Volteé
hacia la puerta y me vi entrar aquella noche, estrenando la copia de la
llave que me había obsequiado, para encontrar a uno de los inútiles y
estrafalarios encima de mi hermana. Me escuché gritar mientras trataba de
contar el tiempo que me restaba para bajar al aeropuerto. Sus reflejos y
mi sorpresa le permitieron, una vez terminados mis reclamos, impactar uno
de sus puños en mi boca que a pesar de un medio paso con el que retrocedí
conservó suficiente solidez para herirme.
La
sangre manó con lentitud, estimulado mis papilas gustativas, transformándome.
Me lancé sobre el tipo quien entre la yerba y los tragos no opuso
resistencia, cayendo de espalda y arrastrándome. Con el impulso comencé
el ataque: mejillas, costados, abdomen, nuca, puños cerrados, una, dos,
tres veces, lenta, rápidamente, mis ojos abiertos, blanco, sus ojos
cerrados, rojo; mientras baby,
única espectadora del match
gritaba, pidiéndome que me detuviera.
No
fueron más de cinco o seis minutos. Una gota de sudor que hizo arder mis
ojos y el cansancio en mis puños y hombros me detuvieron. Me levanté,
arrojé la llave, dije adiós con naturalidad, cerré la puerta. No volví
a oír de baby. Tenía un par de
horas para llegar.
Me
cambié el pesado traje por ropa más casual, lavé mi cara, busqué las
llaves del carro y salí del apartamento con la sensación de que abandonándolo
escapaba de todos los espectros. Decidí no escuchar música para no
aturdirme más y poder prepararme para verla de nuevo.
El
tipo que dio su mensaje me lo había advertido: está
muy enferma, usa muletas, ha perdido mucho peso. Hay amigos que dicen que
es difícil reconocerla.
¿Cómo?
¿Podía el orden del mundo encajar un cambio tan profundo? Para mí era
un placer distinguible verla desplazarse, parecía condenar, atenuar todo
a su alrededor mientras se movía con seguridad y sutileza. A pesar de
andar siempre escoltada por dos o más de sus amigos y llevar el cabello
teñido de azules, rojos, naranjas o morados imposibles y no escuchar a
nadie, esa manía de crear mundos autónomos para uno mismo y cegarse al
entorno. Yo deseaba esperar por ella, presenciar todas las marcas que podía
arrojar su termómetro emocional.
Me
sentí sonreír varias veces en la autopista. Pensaba en baby como antes, como casi había perdido la costumbre de hacerlo.
La extrañaba. Pensar en baby. Baby
knows, baby ignores, baby remembers, baby forgets, baby's ready, baby’s
not home.
Baby's
gone.
Llegué
aquí y parecía que nuestra familia tenía reservado el espacio alrededor
de la salida de pasajeros. Mi madre sonrió levemente al verme. Te esperábamos, dijo mi tía Aurora, Roberto está organizando todo para que recibamos a tu hermana en la
puerta de salida. Mi tío el general, tenía tiempo sin verlo, sin
saber de él. Ni de Aurora ni de Sofía, su hija. Caminamos escoltados por
soldados sumisos y diligentes a las órdenes de su superior, todas las demás
personas nos miraban mientras ingresábamos al área reservada para
pasajeros, parecíamos miembros de una orquesta o, mejor, importantes
inversionistas extranjeros a quienes con orgullo se nos mostraban las
instalaciones del aeropuerto.
Estamos
a pocos minutos, el avión acaba de aterrizar. Todos nos hemos ubicado en
la sala alrededor de la puerta catorce. Todos son personas que apenas
reconozco como familiares. Todos tienen mucho de lejanía con algunas
excepciones.
Está
Sofía, mi prima, que parece haber olvidado los días cuando decía a
todos sus amigos que baby le había
robado un novio y también la golpiza que le dio baby
en una fiesta al enterarse del chisme. Está frente a mí, la veo triste.
Conozco a Sofía, de niños baby
y yo pasamos varios veranos con ella y con Aurora, su madre, en una casa
en la playa. Está abatida, el azul de sus ojos es turbio.
Rosario
(otra tía) está cerca de ellas mirando el techo. Parece pasar de todo lo
que ocurre, está concentrada en su paisaje. Mi hermano Javier está
nervioso, en momentos como este le debe ser más difícil no tener la
muletilla del cigarro, sólo le queda morder sus uñas y caminar haciendo
círculos alrededor de nuestros abuelos. Ellos están de pie, en silencio.
Es el clima general, sólo se oyen muy espaciados susurros, murmullos.
La
gente comienza a salir, igual habrá que esperar un poco más, los
pasajeros con algún impedimento físico son dejados de últimos para su
seguridad y comodidad. Roberto, el general, trae consigo un agente de
inmigración para que realice el trámite rápidamente y podamos llevar a baby
a casa sin mayores retardos. Mi tío debe recordar cuando llevaba a baby
y compartía con ella las clases de equitación. Cosas, recuerdos,
detalles. Días que se habían ido y hoy vuelven.
El
volumen de pasajeros es cada vez menor, el momento está muy cerca. Baby'll
be back pretty soon.
De nuevo
entre nosotros, nuestra, mía. Aún así yo sólo puedo verla como un niño,
cuando ella capitaneaba cada uno de los juegos en los que nos embarcábamos
como una líder bondadosa, capaz de escuchar ideas de sus subordinados y
darles crédito por sus éxitos. Es una felicidad íntima, particular
recordar los días en los que me contaba con paciencia historias que
comenzaban en las palabras de un libro y crecían en su mente y su boca
para formar relatos extraordinarios, de los que uno podría escuchar por años
sin cansarse. Baby's
a part of me.
Y
estoy aquí, esperando por ella, a punto de ver la esperanza de las tardes
de café y pan tostado concretarse y no puedo conciliar mis imágenes con
las de su mensajero: está muy
enferma, usa muletas, ha perdido mucho peso. Hay amigos que dicen que es
difícil reconocerla. No parecen haber más pasajeros.
Vienen
dos aeromozas, parecen traer otra persona en el medio. Todavía están
lejos para distinguir. Papá y mamá caminan hacia el mostrador frente a
la puerta. Javier se sienta. El presente se detiene. Un presentimiento. ¿Es
ella? ¿Baby?
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