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John Walter Moreno

Hola y Adiós

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

Poco antes de las ocho, el ruido metálico del tren de la mañana hizo su arribo en la estación. Los amantes, que sentados en una banca lo habían estado esperando en el silencio de dos horas de evasión, finalmente se pusieron de pie. La mujer tragó saliva antes de emprender el vuelo de las palabras que aún no terminaban de dolerle.

 

—¿Volverás? —preguntó, sin perder de vista la miel de los masculinos ojos a los que alguna vez entregó la virginidad de una noche de amor.

 

El hombre no se atrevió a responder. No quiso poner en riesgo al tiempo con una promesa cuyo cumplimiento le era por completo ajeno. Se limitó a unir por última vez sus resecos labios con los jugosos de la inocente femineidad.

 

Después tomó su valija y se marchó, dejando tras de sí a alguien que sólo supo vestirse para habitar una soledad fugaz.

 

Diez minutos más tarde, el oxidado polvo lunar del tren en reciente movimiento se unió a la calidez del aire matutino. Y la mujer seguía allí, de pie junto a la banca, imaginando que su amante llegaría tal vez a arrepentirse, tal vez a resignarse, o a lo mejor volvería el rostro en señal de añoranza.

 

Pero nada sucedió.

 

El metálico gusano se fue cargado con su horda, el aire lo siguió —con descontento—, la recién llegada muchedumbre pronto se dispersó; y la mujer, aún de pie, aún junto a la banca, estuvo a punto de convertirse en un árbol sin posibilidad de eco.

 

—Disculpe —dijo una voz masculina, mientras con su sombra cubría el rostro de la abandonada—, ¿nos hemos visto antes?

 

Ella tardó en mirarlo, pero lo hizo, más por educación que por apetencia; sólo quería estar sola y llorar, y culpar a las cebollas por las lágrimas de la ausencia.

 

—No creo —respondió, en tanto comenzaba a fijarse en la mirada del desconocido: eran los mismos ojos, tal vez la misma voz—. De haberlo visto antes, aún lo recordaría.

 

—Tal vez no —sonrió él, en tanto ella dibujaba una tenue huella de felicidad en su rostro—. ¿Es usted de este pueblo?

 

La mujer asintió, sin pensar ni por un momento que tal fiat le implicaría compartir una comida con cubiertos de plata y sonrisas indignas de un primer desamor.

 

Y luego, en el único hotel del pueblo, un lugar atestado de fantasmas melancólicos y otras delicias de primer orden, durmió sobre el pecho de su éxtasis reciente, el primero, el virginal, compartiendo con él más que una noche de lujuria y candilejas impregnadas de mirra.

 

—Y cuánto te quedarás —preguntó, segundos antes de que el tiempo osara lucir su antifaz de media noche. Ambos yacían sobre el lecho cubierto de sedas, velos, sudor y almizcle.

 

—Me voy mañana, en el tren de las ocho —respondió él, adquiriendo la erecta postura que secunda a la razón.

 

Súbitamente, al escuchar el cruel sonido de las masculinas palabras, la mujer dejó caer las esferas de su ánimo; rodaron y se esparcieron por la habitación de hotel. Cerró los ojos en espera del alba, y dedicó sus lapsos a un llanto interior.

 

Luciendo los trajes del día anterior, una similar melancolía obligó a los amantes a compartir una banca de la estación. Aguardaban en silencio a que un férrico murmullo los obligara a pronunciar palabra.

 

—¿Volverás? —inquirió ella como señal de despedida que sólo debe corresponderse con un beso sin miradas. Como traído de los dorados cabellos de la tímida tristeza, el tren hacía su cadavérico arribo, matando con su muerte matutina las esperanzas de una felicidad compartida.

 

Y mientras el rígido y oxidado gusano se marchaba, insensible, llevándose consigo el cofre de alegrías que la de nuevo solitaria mujer creyó eterno, sus pies comenzaron a plantarse en el cemento de lo que poco a poco se convertía en fantasmal desierto. Y otra vez comprendió que estaba sola.

 

Y nada sucedió.

 

—Disculpe —fue la voz de un hombre, sombra y alma, la que obligó a la mujer a dejar de ser árbol plantado en un olvido sempiterno—, ¿nos hemos visto antes?

 

Lo miró, tardando un poco en hacerlo, acudiendo más a la educación que a su anhelo por culpar a las cebollas.

 

—No creo —respondió, advirtiendo en el desconocido ciertos rasgos que para nada le resultaban extraños: los mismos ojos, la misma voz, la misma piel, los mismos gestos; el mismo ser, siempre distinto... Siempre presto a ser el verdugo de un Eterno Retorno a la Ruptura del Himen, al miedo y al placer antecedido por el engaño fantasmal, al perenne ensayo de un drama teatral donde todo debe vivirse y sentirse de nuevo, tal cual, entre un almuerzo y una tarde de hotel, entre la mirra y el almizcle, entre la risa y las lágrimas sin cebollas como excusa, entre el hola y el adiós de una estación olvidada por la flecha del tiempo—. De haberlo visto antes, aún lo recordaría —agregó la mujer, aguardando a que él le sonriera.

 

 

 

 

 


 

 

 

 
 

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