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Poco
antes de las ocho, el ruido metálico del tren de la mañana hizo su
arribo en la estación. Los amantes, que sentados en una banca lo habían
estado esperando en el silencio de dos horas de evasión, finalmente se
pusieron de pie. La mujer tragó saliva antes de emprender el vuelo de las
palabras que aún no terminaban de dolerle.
—¿Volverás?
—preguntó, sin perder de vista la miel de los masculinos ojos a los que
alguna vez entregó la virginidad de una noche de amor.
El
hombre no se atrevió a responder. No quiso poner en riesgo al tiempo con
una promesa cuyo cumplimiento le era por completo ajeno. Se limitó a unir
por última vez sus resecos labios con los jugosos de la inocente
femineidad.
Después
tomó su valija y se marchó, dejando tras de sí a alguien que sólo supo
vestirse para habitar una soledad fugaz.
Diez
minutos más tarde, el oxidado polvo lunar del tren en reciente movimiento
se unió a la calidez del aire matutino. Y la mujer seguía allí, de pie
junto a la banca, imaginando que su amante llegaría tal vez a
arrepentirse, tal vez a resignarse, o a lo mejor volvería el rostro en señal
de añoranza.
Pero
nada sucedió.
El
metálico gusano se fue cargado con su horda, el aire lo siguió —con
descontento—, la recién llegada muchedumbre pronto se dispersó; y la
mujer, aún de pie, aún junto a la banca, estuvo a punto de convertirse
en un árbol sin posibilidad de eco.
—Disculpe
—dijo una voz masculina, mientras con su sombra cubría el rostro de la
abandonada—, ¿nos hemos visto antes?
Ella
tardó en mirarlo, pero lo hizo, más por educación que por apetencia; sólo
quería estar sola y llorar, y culpar a las cebollas por las lágrimas de
la ausencia.
—No
creo —respondió, en tanto comenzaba a fijarse en la mirada del
desconocido: eran los mismos ojos, tal vez la misma voz—. De haberlo
visto antes, aún lo recordaría.
—Tal
vez no —sonrió él, en tanto ella dibujaba una tenue huella de
felicidad en su rostro—. ¿Es usted de este pueblo?
La
mujer asintió, sin pensar ni por un momento que tal fiat le
implicaría compartir una comida con cubiertos de plata y sonrisas
indignas de un primer desamor.
Y
luego, en el único hotel del pueblo, un lugar atestado de fantasmas
melancólicos y otras delicias de primer orden, durmió sobre el pecho de
su éxtasis reciente, el primero, el virginal, compartiendo con él más
que una noche de lujuria y candilejas impregnadas de mirra.
—Y
cuánto te quedarás —preguntó, segundos antes de que el tiempo osara
lucir su antifaz de media noche. Ambos yacían sobre el lecho cubierto de
sedas, velos, sudor y almizcle.
—Me
voy mañana, en el tren de las ocho —respondió él, adquiriendo la
erecta postura que secunda a la razón.
Súbitamente,
al escuchar el cruel sonido de las masculinas palabras, la mujer dejó
caer las esferas de su ánimo; rodaron y se esparcieron por la habitación
de hotel. Cerró los ojos en espera del alba, y dedicó sus lapsos a un
llanto interior.
Luciendo
los trajes del día anterior, una similar melancolía obligó a los
amantes a compartir una banca de la estación. Aguardaban en silencio a
que un férrico murmullo los obligara a pronunciar palabra.
—¿Volverás?
—inquirió ella como señal de despedida que sólo debe corresponderse
con un beso sin miradas. Como traído de los dorados cabellos de la tímida
tristeza, el tren hacía su cadavérico arribo, matando con su muerte
matutina las esperanzas de una felicidad compartida.
Y
mientras el rígido y oxidado gusano se marchaba, insensible, llevándose
consigo el cofre de alegrías que la de nuevo solitaria mujer creyó
eterno, sus pies comenzaron a plantarse en el cemento de lo que poco a
poco se convertía en fantasmal desierto. Y otra vez comprendió que
estaba sola.
Y
nada sucedió.
—Disculpe
—fue la voz de un hombre, sombra y alma, la que obligó a la mujer a
dejar de ser árbol plantado en un olvido sempiterno—, ¿nos hemos visto
antes?
Lo
miró, tardando un poco en hacerlo, acudiendo más a la educación que a
su anhelo por culpar a las cebollas.
—No
creo —respondió, advirtiendo en el desconocido ciertos rasgos que para
nada le resultaban extraños: los mismos ojos, la misma voz, la misma
piel, los mismos gestos; el mismo ser, siempre distinto... Siempre presto
a ser el verdugo de un Eterno Retorno a la Ruptura del Himen, al miedo y
al placer antecedido por el engaño fantasmal, al perenne ensayo de un
drama teatral donde todo debe vivirse y sentirse de nuevo, tal cual, entre
un almuerzo y una tarde de hotel, entre la mirra y el almizcle, entre la
risa y las lágrimas sin cebollas como excusa, entre el hola y el adiós
de una estación olvidada por la flecha del tiempo—. De haberlo visto
antes, aún lo recordaría —agregó la mujer, aguardando a que él le
sonriera.
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