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24
diciembre del 2000
Es
parecida a la primera Navidad, pero es la última, una mezcla de risas,
pena, ilusión, miedo.
Somos
tres mujeres. Grecia, Marina y yo. Estamos arrugando hojas de revistas de
colores hasta convertirlas en bolas y las vamos pegando unas a otras con
telemplásticas.
La
pieza es igual al resto de las otras del hospital. Desde la ventana se ven
edificios y atrás el Cerro Santa Lucía que está iluminado. Se ve
hermoso. La noche está clara, aún hace calor como dos meses atrás
cuando vine con esa molestia en el pecho.
Grecia
adivina mi pensamiento y dice —¿te acuerdas cuando llegaste?— Marina se ríe:
—¡Tenías una cara de susto!—
Cómo
no tenerla. Primera vez que entraba como paciente a un hospital. Esa tos y
ese maldito dolor... tantos exámenes, tantos médicos, tantos pinchazos y
sangre que me sacaban. El último examen fue pavoroso: me introdujeron en
un tubo hermético... como ataúd y luego el ruido y ese frío de... ¿por
qué no
me atreveré a pronunciar la palabra muerte hoy?
El
árbol navideño está listo. Se ve extraordinario. Grecia coloca en la
punta una estrella y Marina es la encargada de pegarla.
Estamos
sentadas en el suelo. Nos tomamos de las manos. No hablamos; ya está todo
dicho, todo planeado.
Bing
Crosby canta Navidades Blancas. Niños que ríen, gente que conversa de
vuelta a sus casas nos llegan por la ventana.
—Yo
quería que papá trajera a casa un nacimiento que estaba en una vitrina,
cerca de casa. Pero era muy caro—, cuenta Grecia.
—¡Consumista!—
gritamos, pero seguimos ayudándole a colocar las piezas alrededor del árbol. Marina juega con los Reyes Magos y elige a Baltasar.
—¡Qué
guapo es!—
—¿Te
gusta?— pregunta Grecia.
—Sí,
mucho—. Lo levanta con el camello y acaricia el rostro.
—Se parece a Aldo.
Fue mi pareja... se cansó. Estas enfermedades son demasiado largas. Era
tan especial. Lo amaba tanto...
—Pero
te dejó ¡canalla! Elige al negro... es árabe... apasionado.
Ha
pasado el momento. Servimos una porción de ron en los vasos con CocaCola.
—¡Salud!—
Brindamos.
—Salud!—
nos responde el doctor Marchese desde la puerta
—¿qué toman, chiquillas?
—Coca...¿qué
otra cosa vamos a tomar?
Suena
un timbre de alarma —¡Feliz Navidad!
—Feliz...
contestamos aliviadas.
—¿Y
a ti, cuál te gusta de los Reyes?— me preguntan.
—Prefiero
el camello... debe ser tan leal; o este cordero ¡Miren! Se parece a un
novio que tuve— y observo a Grecia que ríe. Está preciosa con su cabeza
rapada. Sus ojos se ven más grandes.
El
reloj de la pared marca las 11.50. Saco los paquetes del bolsillo de la
bata y se los entrego mirándolas fijo. Pero la decisión está tomada.
Abrimos las cápsulas y las mezclamos con el ron y Grecia enciende un pito
que aspira profundo, se lo pasa a Marina, luego yo.
Es
media noche.
—¡Ha
nacido un niño en Belén!— dice
un locutor con voz emocionada.
—¡Salud!—
los vasos chocan y soy la primera. Y feliz Navidad.
Agregó
más ron. Luego es Grecia Salud— y Marina tiene un atisbo de pánico.
Cierra los ojos y bebe hasta el último trago.
Ya
no más dolor
Noche de paz
no
más kimio
Noche de amor
no
más
Todo duerme en derredor...
Las
manos se van soltando, las cabezas se inclinan, los cuerpos caen
desparramados.
Noche de paz y de amor
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