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Ana Blanco 

Helena

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

Se llama Helena. La encontré en el puesto, al lado del mío, en el mercado renacentista de la fiesta de Laredo, por el desembarco de Carlos 1º (todo el mundo decía de Carlos V).  Igual ella lo escribe sin hache, pero le dediqué el libro con el nombre de Helena porque quería que representara un mundo, similar al Heleno, un mundo dentro de nuestro mundo que hasta aquél día, yo, desconocía.

 

Helena hace joyas, unas bañadas en oro, otras de níquel y  unas especiales, que pone sobre terciopelo azul, son de plata maciza. Eso sí, siempre los enganches y la tuerca del pendiente están hechos en plata, para evitar alergias. Helena mima su trabajo y a la gente.

 

Helena tiene que mirar los costes, porque sabe que en su negocio la gente acude al mercado con el dinero de bolsillo. Eso me dijo. Y deduje que las compras son impulsivas y por lo tanto de poco importe. Luego, yo misma lo comprobé, pero la diferencia es que yo no vendía realmente. Sólo exponía, porque no como de lo que vendo, no como de mis poemas ni de mis artesanías (me hubiera muerto ya de hambre) y toda la gente de aquél mercado, todos los artesanos sí que lo hacían. Estaban allí para vender y yo me sentía pagada con oír comentarios y críticas.

 

Qué singular esa vida. Nómada, recorriendo la piel de toro (como decían ellos), de pueblo en pueblo, de feria en feria.

 

Algunos no se veían desde hacía dos meses. Están muy unidos, la necesidad une y, a la vez, desarrolla un celo obsesivo sobre lo poco que es suyo, sobre sus pertenencias. Todo tiene un valor inusitado, un valor que en otras formas de vida ni se contempla.

 

Helena se preocupó desde el primer momento en que yo no me sintiera una extraña. Me presentó a la gente, me dio instrucciones, me explicó las normas del desfile, me contó cosas, se rió conmigo. Por momentos esta mujer me iba conquistando con pequeños detalles. Detalles que igual, en su mundo no tienen importancia, gestos dulces, humanos, que me derretían el alma.

 

Si la llamaba un compañero, a los cinco minutos se ve que yo me aparecía en su mente, porque me buscaba entre el laberinto humano y con un contacto visual me dedicaba una sonrisa. Luego venía y me explicaba el por qué me había dejado sola unos instantes. Y no tenía por qué dedicarme su pensamiento y su esfuerzo, a fin de cuentas era una desconocida.

 

Durante dos horas de desfile y espera, Helena se ganó todo mi agradecimiento. Luego tuvimos que abrir el mercado, preparar los puestos y la gente nos tragó, se arremolinaban al otro lado del mostrador, eran como una marea.

 

Noche ya cerrada, casi la una de la madrugada y seguían paseando. Yo repartía mis trocitos de poemas en cuartillas. Me gusta regalar algo.

 

 

Es curioso cuando tiendes la mano con el papel y la gente te mira sorprendida, como pensando: si yo no he comprado nada!. No estamos acostumbrados al regalo. Luego reaccionan a las palabras "tienes un mensaje". Señora, es un obsequio. Cójalo, es para usted, la vida se encarga de darle a cada uno el suyo. Y en poco tiempo tuve todo el puesto abarrotado. Manos y brazos se acercaban a mí pidiendo su mensaje, su suerte...

 

A mi derecha apareció Helena, dejó su puesto cerrado.

 

—Si llego a saber que repartes eso.., ¿no ves que la gente se viene a leer los poemas a mi parada porque tengo luz y ni siquiera me preguntan precios?

 

En mi mesa varias velas alumbraban sombras. Me entró la angustia de estar haciendo el mal sin saberlo, se puede pecar por ignorancia,  y sólo atiné a decir:

 

—Ya se me están acabando...

 

—Me alegro!

 

—Y Helena lo dijo con tanta sinceridad  que me conmovió el espíritu. En otros entornos lo usual hubiera sido pensar mal, "poner verde" a la persona, pero no dirigirse a ella libremente, dejando escapar por la boca el sentimiento tal cuál nos viene.

 

¡Cuánto que aprender de esta gente!

 

Entregué el último papel y soñé con Helena vendiendo todos los collares, pulseras y brazaletes.

 

—Por favor, que venda como en su vida. Y mi ruego era como un rezo.

 

Hora de cierre. Recogí mis bártulos, venían a buscarme. A casa de mi madre, a dormir en cama caliente, a vestirme con ropas limpias, a descansar y una cena., pero no Helena; me la encontré cubriendo las joyas y preparándose para dormir en la furgoneta. - Nosotros no sabemos si venderemos, hoy ha ido mal y no me puedo permitir un hotel.

 

Helena no se queja de la vida que lleva,. simplemente verbaliza hechos. Está separada, tiene una hija de 14 años que por lo que me contó es una joya. La ayuda en la confección y a veces también en la venta. Esta vez no había podido venir pero la oí hablar con ella por teléfono.

 

El sábado iniciamos una dura jornada de  doce o trece horas. De pie, atendiendo el puesto, sin podernos mover porque aunque juntos, estamos solos.

 

—Que no puedo más, que me meo., ¿me cuidas un ratito el puesto?

 

Y era tanta la responsabilidad que yo dejaba el mío, porque si alguien me roba un poema no puede hacerme más que feliz, pero las joyas de Helena son su alimento. Y ese día las ventas fueron bien y Helena tenía una bella sonrisa en la cara.

 

—Estoy gorda, voy ya por la talla 44.

 

—Helena, por dios! pero si yo estoy flaca y uso la 42!

 

El domingo me trasladaron bajo los arcos del Ayuntamiento, había anuncio de tormenta. Al final no llovió pero las predicciones nos separaron. Me tocó al lado del quesero. ¡Un olor!, poemas  aromatizados. A las dos me moría de hambre y no pude escaparme a ver a Helena ni un momento.

 

Un chico con si disfraz de Lazarillo de Tormes y un cojo que no representaba porque por más que busqué no le encontré la pierna que le faltaba, compraron anchoas, pimientos y bonito, embotados en la zona, y uno a uno nos fueron dando un plato. Qué detalles., quien no tiene comparte, allí empieza a tener sentido la palabra "hermano". Pero a la tarde sí fui. Quería comprarle algo a Helena y cuando lo hice no me dejó pagar y yo necesitaba hacerle un regalo.

 

Volví a mi puesto y envolví un volcán plateado que tiene en la base un libro de loza con un poema: " al final del bosque nos encontraremos, sin palabras, con la sonrisa que nuestros labios ya repartieron. ".

 

Cuando haces cada pieza nunca sabes para quién será. Creo que las hago para mí misma. Cuando las compran o las regalo, no las miro. Pienso que son como hijos que deben crecer en otras manos. Se llevan mi tiempo, caricias moldeadas en el barro, pensamientos, sentimientos, de los que igual ni ya me acuerdo.

 

Me gusta estar en casa de Helena, reposando en una mesa, una balda, adornar sus estancias y, cuando esté distraída, llamarle desde el poema:

 

Eh! Helena!., que te quiero.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

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