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Se
llama Helena. La encontré en el puesto, al lado del mío, en el mercado
renacentista de la fiesta de Laredo, por el desembarco de Carlos 1º
(todo el mundo decía de Carlos V).
Igual ella lo escribe sin hache, pero le dediqué el libro con el
nombre de Helena porque quería que representara un mundo, similar al
Heleno, un mundo dentro de nuestro mundo que hasta aquél día, yo,
desconocía.
Helena
hace joyas, unas bañadas en oro, otras de níquel y
unas especiales, que pone sobre terciopelo azul, son de plata
maciza. Eso sí, siempre los enganches y la tuerca del pendiente están
hechos en plata, para evitar alergias. Helena mima su trabajo y a la
gente.
Helena
tiene que mirar los costes, porque sabe que en su negocio la gente acude
al mercado con el dinero de bolsillo. Eso me dijo. Y deduje que las
compras son impulsivas y por lo tanto de poco importe. Luego, yo misma
lo comprobé, pero la diferencia es que yo no vendía realmente. Sólo
exponía, porque no como de lo que vendo, no como de mis poemas ni de
mis artesanías (me hubiera muerto ya de hambre) y toda la gente de aquél
mercado, todos los artesanos sí que lo hacían. Estaban allí para
vender y yo me sentía pagada con oír comentarios y críticas.
Qué
singular esa vida. Nómada, recorriendo la piel de toro (como decían
ellos), de pueblo en pueblo, de feria en feria.
Algunos
no se veían desde hacía dos meses. Están muy unidos, la necesidad une
y, a la vez, desarrolla un celo obsesivo sobre lo poco que es suyo,
sobre sus pertenencias. Todo tiene un valor inusitado, un valor que en
otras formas de vida ni se contempla.
Helena
se preocupó desde el primer momento en que yo no me sintiera una extraña.
Me presentó a la gente, me dio instrucciones, me explicó las normas
del desfile, me contó cosas, se rió conmigo. Por momentos esta mujer
me iba conquistando con pequeños detalles. Detalles que igual, en su
mundo no tienen importancia, gestos dulces, humanos, que me derretían
el alma.
Si
la llamaba un compañero, a los cinco minutos se ve que yo me aparecía
en su mente, porque me buscaba entre el laberinto humano y con un
contacto visual me dedicaba una sonrisa. Luego venía y me explicaba el
por qué me había dejado sola unos instantes. Y no tenía por qué
dedicarme su pensamiento y su esfuerzo, a fin de cuentas era una
desconocida.
Durante
dos horas de desfile y espera, Helena se ganó todo mi agradecimiento.
Luego tuvimos que abrir el mercado, preparar los puestos y la gente nos
tragó, se arremolinaban al otro lado del mostrador, eran como una
marea.
Noche
ya cerrada, casi la una de la madrugada y seguían paseando. Yo repartía
mis trocitos de poemas en cuartillas. Me gusta regalar algo.
Es
curioso cuando tiendes la mano con el papel y la gente te mira
sorprendida, como pensando: si yo no he comprado nada!. No estamos
acostumbrados al regalo. Luego reaccionan a las palabras "tienes un
mensaje". Señora, es un obsequio. Cójalo, es para usted, la vida
se encarga de darle a cada uno el suyo. Y en poco tiempo tuve todo el
puesto abarrotado. Manos y brazos se acercaban a mí pidiendo su
mensaje, su suerte...
A
mi derecha apareció Helena, dejó su puesto cerrado.
—Si
llego a saber que repartes eso.., ¿no ves que la gente se viene a leer
los poemas a mi parada porque tengo luz y ni siquiera me preguntan
precios?
En
mi mesa varias velas alumbraban sombras. Me entró la angustia de estar
haciendo el mal sin saberlo, se puede pecar por ignorancia,
y sólo atiné a decir:
—Ya
se me están acabando...
—Me
alegro!
—Y
Helena lo dijo con tanta sinceridad
que me conmovió el espíritu. En otros entornos lo usual hubiera
sido pensar mal, "poner verde" a la persona, pero no dirigirse
a ella libremente, dejando escapar por la boca el sentimiento tal cuál
nos viene.
¡Cuánto
que aprender de esta gente!
Entregué
el último papel y soñé con Helena vendiendo todos los collares,
pulseras y brazaletes.
—Por
favor, que venda como en su vida. Y mi ruego era como un rezo.
Hora
de cierre. Recogí mis bártulos, venían a buscarme. A casa de mi
madre, a dormir en cama caliente, a vestirme con ropas limpias, a
descansar y una cena., pero no Helena; me la encontré cubriendo las
joyas y preparándose para dormir en la furgoneta. - Nosotros no sabemos
si venderemos, hoy ha ido mal y no me puedo permitir un hotel.
Helena
no se queja de la vida que lleva,. simplemente verbaliza hechos. Está
separada, tiene una hija de 14 años que por lo que me contó es una
joya. La ayuda en la confección y a veces también en la venta. Esta
vez no había podido venir pero la oí hablar con ella por teléfono.
El
sábado iniciamos una dura jornada de
doce o trece horas. De pie, atendiendo el puesto, sin podernos
mover porque aunque juntos, estamos solos.
—Que
no puedo más, que me meo., ¿me cuidas un ratito el puesto?
Y
era tanta la responsabilidad que yo dejaba el mío, porque si alguien me
roba un poema no puede hacerme más que feliz, pero las joyas de Helena
son su alimento. Y ese día las ventas fueron bien y Helena tenía una
bella sonrisa en la cara.
—Estoy
gorda, voy ya por la talla 44.
—Helena,
por dios! pero si yo estoy flaca y uso la 42!
El
domingo me trasladaron bajo los arcos del Ayuntamiento, había anuncio
de tormenta. Al final no llovió pero las predicciones nos separaron. Me
tocó al lado del quesero. ¡Un olor!, poemas
aromatizados. A las dos me moría de hambre y no pude escaparme a
ver a Helena ni un momento.
Un
chico con si disfraz de Lazarillo de Tormes y un cojo que no
representaba porque por más que busqué no le encontré la pierna que
le faltaba, compraron anchoas, pimientos y bonito, embotados en la zona,
y uno a uno nos fueron dando un plato. Qué detalles., quien no tiene
comparte, allí empieza a tener sentido la palabra "hermano".
Pero a la tarde sí fui. Quería comprarle algo a Helena y cuando lo
hice no me dejó pagar y yo necesitaba hacerle un regalo.
Volví
a mi puesto y envolví un volcán plateado que tiene en la base un libro
de loza con un poema: " al final del bosque nos encontraremos, sin
palabras, con la sonrisa que nuestros labios ya repartieron. ".
Cuando
haces cada pieza nunca sabes para quién será. Creo que las hago para mí
misma. Cuando las compran o las regalo, no las miro. Pienso que son como
hijos que deben crecer en otras manos. Se llevan mi tiempo, caricias
moldeadas en el barro, pensamientos, sentimientos, de los que igual ni
ya me acuerdo.
Me
gusta estar en casa de Helena, reposando en una mesa, una balda, adornar
sus estancias y, cuando esté distraída, llamarle desde el poema:
Eh!
Helena!., que te quiero.
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