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Pedro Glup

 

Tormenta de verano

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

Una tormenta de verano desbarata la siesta en el jardín. Las arañas se refugian en los zarzales, las orugas de terciopelo corren por el tronco resinoso de los pinos y el viejo entra, lentamente, a la casa.

 

Al cesar el pequeño diluvio queda un silencio extasiado de tiempo detenido en aquel horizonte de nubes negras y los rosales quedan empapados de mágicas perlas de frescor.

 

El anciano mira su propio reflejo en el cristal y no reconoce aquella cara llena de arrugas, piensa que otro ha suplantado su anterior rostro vigoroso con los ojos brillantes de juventud.

 

— Abuelo, es la hora de la pastilla.

 

Y se la toma, pero no reconoce al niño que habla detrás de la niebla de sus párpados.

 

Sentado en un sillón, cruza los brazos sobre el pecho, como una virgen andaluza, y entra en el éxtasis de los recuerdos, en el vértigo de aquella calle de Barcelona, con prostitutas en los portales y Rafaela esperándole en el hotel. Después se pasea por la ventana inundada del monótono canto de las cigarras y Rafaela desnuda sobre aquella cama inmensa del parador de Carmona. Y aquellas noches huyendo como un prófugo de su casa a los brazos amorosos de Rafaela, a sus lágrimas dulces, a sus palabras de flores. Siempre termina en su playa de Cádiz, con Rafaela saltando entre las olas mientras él llama por teléfono a casa diciendo que está bien, que los negocios marchan, que regresará pronto.

 

— Padre, ha cesado de llover. ¿Quiere volver al jardín?

 

Apoyado en el hombro de esa mujer desconocida vuelve a pasear por la grava húmeda, entre los setos que se agigantan a su paso. Su caminar es torpe, vacilante. No sabe quienes son estas solícitas enfermeras que le hablan con cariño, que le cuidan, ni estos niños que juegan a su alrededor. No sabe quién es él mismo. Su cabeza está vacía de otra cosa que no sea el recuerdo de una mujer morena de luna que le mira, bella, magnífica, sonriente desde un balcón de nubes.

 

Pero, lo que son las cosas, un ángel sobrevuela la casa junto al mar y percibe la angustiosa nada de aquella cabeza antes repleta de pasión, de tanta vida, de amor. Decide hacer su buena acción del día y extiende su dedo índice sobre el anciano paseante. Una descarga de energía recorre el sistema nervioso, los músculos, el cerebro del viejo y una luz ilumina su entendimiento. Reconoce a su hija, a su lado, acariciándole la mano. Y esos niños que gritan deben ser sus nietos. Levanta la mirada y ve a Cristina, su esposa, atareada detrás de los visillos. Es feliz. Un nuevo relámpago de fuerza le invade y se descorren las cortinas de una habitación de hospital, sobre ella una Rafaela demacrada, enferma, tiende las manos implorándole que no se vaya, que no le deje sola, que vuelva. Y la vergüenza de su marcha para siempre, sin mirar atrás, sin importarle tantos años, tantas noches de amor, tantas mentiras sobre su piel morena de luna.

 

— Juan, ¿te ocurre algo?.

 

Y escucha a su mujer, como siempre atenta, protegiéndole, cuidándole. Los ojos se le llenan de lágrimas. Ahora si, siente un tremendo dolor, un sollozo le rompe el corazón dentro del pecho. Cae de costado, muerto. Su mujer y su hija se inclinan sobre él y tratan reanimarle. En vano. Los niños, indiferentes, juegan a la guerra entre los árboles.

 

El ángel se aleja volando, confundido, cada día entiende menos a los humanos. Y su silueta se confunde con las nubes de tormenta que se baten ya en retirada.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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