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Una
tormenta de verano desbarata la siesta en el jardín. Las arañas se
refugian en los zarzales, las orugas de terciopelo corren por el tronco
resinoso de los pinos y el viejo entra, lentamente, a la casa.
Al
cesar el pequeño diluvio queda un silencio extasiado de tiempo detenido
en aquel horizonte de nubes negras y los rosales quedan empapados de mágicas
perlas de frescor.
El
anciano mira su propio reflejo en el cristal y no reconoce aquella cara
llena de arrugas, piensa que otro ha suplantado su anterior rostro
vigoroso con los ojos brillantes de juventud.
—
Abuelo, es la hora de la pastilla.
Y
se la toma, pero no reconoce al niño que habla detrás de la niebla de
sus párpados.
Sentado
en un sillón, cruza los brazos sobre el pecho, como una virgen
andaluza, y entra en el éxtasis de los recuerdos, en el vértigo de
aquella calle de Barcelona, con prostitutas en los portales y Rafaela
esperándole en el hotel. Después se pasea por la ventana inundada del
monótono canto de las cigarras y Rafaela desnuda sobre aquella cama
inmensa del parador de Carmona. Y aquellas noches huyendo como un prófugo
de su casa a los brazos amorosos de Rafaela, a sus lágrimas dulces, a
sus palabras de flores. Siempre termina en su playa de Cádiz, con
Rafaela saltando entre las olas mientras él llama por teléfono a casa
diciendo que está bien, que los negocios marchan, que regresará
pronto.
—
Padre, ha cesado de llover. ¿Quiere volver al jardín?
Apoyado
en el hombro de esa mujer desconocida vuelve a pasear por la grava húmeda,
entre los setos que se agigantan a su paso. Su caminar es torpe,
vacilante. No sabe quienes son estas solícitas enfermeras que le hablan
con cariño, que le cuidan, ni estos niños que juegan a su alrededor.
No sabe quién es él mismo. Su cabeza está vacía de otra cosa que no
sea el recuerdo de una mujer morena de luna que le mira, bella, magnífica,
sonriente desde un balcón de nubes.
Pero,
lo que son las cosas, un ángel sobrevuela la casa junto al mar y
percibe la angustiosa nada de aquella cabeza antes repleta de pasión,
de tanta vida, de amor. Decide hacer su buena acción del día y
extiende su dedo índice sobre el anciano paseante. Una descarga de
energía recorre el sistema nervioso, los músculos, el cerebro del
viejo y una luz ilumina su entendimiento. Reconoce a su hija, a su lado,
acariciándole la mano. Y esos niños que gritan deben ser sus nietos.
Levanta la mirada y ve a Cristina, su esposa, atareada detrás de los
visillos. Es feliz. Un nuevo relámpago de fuerza le invade y se
descorren las cortinas de una habitación de hospital, sobre ella una
Rafaela demacrada, enferma, tiende las manos implorándole que no se
vaya, que no le deje sola, que vuelva. Y la vergüenza de su marcha para
siempre, sin mirar atrás, sin importarle tantos años, tantas noches de
amor, tantas mentiras sobre su piel morena de luna.
—
Juan, ¿te ocurre algo?.
Y
escucha a su mujer, como siempre atenta, protegiéndole, cuidándole.
Los ojos se le llenan de lágrimas. Ahora si, siente un tremendo dolor,
un sollozo le rompe el corazón dentro del pecho. Cae de costado,
muerto. Su mujer y su hija se inclinan sobre él y tratan reanimarle. En
vano. Los niños, indiferentes, juegan a la guerra entre los árboles.
El
ángel se aleja volando, confundido, cada día entiende menos a los
humanos. Y su silueta se confunde con las nubes de tormenta que se baten
ya en retirada.
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