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La
figura principal era Rita.
En
aquel tugurio de mala vida, los parroquianos se congregaban entre humos
y copas, puros y alcoholes, para ver actuar a la bailarina,
precisamente a la hora en que la luna terminaba su función.
En
realidad no eran muchas las atracciones que se ofrecían en el antro con
nombre de boite, y todas se podían sintetizar en una con nombre de
mujer: Rita "La salvaje".
A
orillas de una calle cualquiera y siguiendo el compás de una música
que había perdido su principal condición a fuerza de tantos
desafinos, la artista se iba desnudando de ropas y vergüenzas, ante el
beneplácito de los presentes.
El
punto culminante de sus destrezas era "el ventilador", famoso
entre los jóvenes, que transformaban curvas voluptuosas
en gotitas de sudor y una noche de juerga en futuros años de anécdotas.
Moviendo
las caderas a un ritmo cansino, limitado por el exceso de peso, el
exceso de años y la falta de entusiasmo, la vedette
descendía zigzagueante los cuatro peldaños del estrado, para ir
a encontrar el sitio justo, tantas veces visitado por los focos en
dobles funciones de trasnoche.
En
ese lugar, equidistante de todas las barras, y en el centro geométrico
de la tristeza, Rita ofrecía el número principal, estimulada por el
frenético aplauso de los congregados y las copas de más.
Con
ambas manos, Rita se acariciaba los pechos desnudos de los que pendían
cintas de colores, y obedeciendo de pronto a la fanfarria de una marcha
militar, apuntaba hacia arriba sus protuberancias, como para devolverles
el orgullo perdido.
Los
primeros gritos eran ahogados rápidamente por los segundos, cuando
todas aquellas cintas comenzaban a girar siguiendo la dirección de las
agujas de cualquier reloj desorientado, en una prolongación con colores de
bandera, de su fláccida enseña principal.
Esa
apoteosis era conocida como "el ventilador", sugerido por la
curiosa filigrana que diseñaban las cintas, en sus evoluciones
circulares.
Después
de la demostración, entre risas y aplausos terminaba la función.
Cuando el público se retiraba, al encuentro del nuevo día que hacía
rato los estaba esperando, y repitiendo en voz baja la consigna de la
noche, los jóvenes se sentían más viejos en experiencias y los viejos
con renovadas juventudes.
"Mi
nombre Rita... y me dicen la salvaje...".
En
su cuarto menguante de luna solitaria, mientras se quitaba el
maquillaje, Rita no sabía explicar lo salvaje de su apelativo.
Abuela
cariñosa relataba al nieto de ficción el cómo de su trabajo, y los
porqués de su destino.
Expulsando
con muecas al pasado,
desalentando la venida del futuro, centraba su existencia en el
presente..., un presente en el que todos se divertían,¡todos...!,
excepto ella.
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