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Daniel Molini Dezotti

La Salvaje

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

La figura principal era Rita.

 

En aquel tugurio de mala vida, los parroquianos se congregaban entre humos y copas, puros y alcoholes, para ver actuar a la bailarina,  precisamente a la hora en que la luna terminaba su función.

 

En realidad no eran muchas las atracciones que se ofrecían en el antro con nombre de boite, y todas se podían sintetizar en una con nombre de mujer: Rita "La salvaje".

 

A orillas de una calle cualquiera y siguiendo el compás de una música  que había perdido su principal condición a fuerza de tantos desafinos, la artista se iba desnudando de ropas y vergüenzas, ante el beneplácito de los presentes.

 

El punto culminante de sus destrezas era "el ventilador", famoso entre los jóvenes, que transformaban curvas voluptuosas  en gotitas de sudor y una noche de juerga en futuros años de anécdotas.

 

Moviendo las caderas a un ritmo cansino, limitado por el exceso de peso, el exceso de años y la falta de entusiasmo, la vedette  descendía zigzagueante los cuatro peldaños del estrado, para ir a encontrar el sitio justo, tantas veces visitado por los focos en dobles funciones de trasnoche.

 

En ese lugar, equidistante de todas las barras, y en el centro geométrico de la tristeza, Rita ofrecía el número principal, estimulada por el frenético aplauso de los congregados y las copas de más.

 

Con ambas manos, Rita se acariciaba los pechos desnudos de los que pendían cintas de colores, y obedeciendo de pronto a la fanfarria de una marcha militar, apuntaba hacia arriba sus protuberancias, como para devolverles el orgullo perdido.

 

Los primeros gritos eran ahogados rápidamente por los segundos, cuando todas aquellas cintas comenzaban a girar siguiendo la dirección de las agujas de cualquier  reloj desorientado, en una prolongación con colores de bandera, de su fláccida enseña principal.

 

Esa apoteosis era conocida como "el ventilador", sugerido por la curiosa filigrana que diseñaban las cintas, en sus evoluciones circulares.

 

Después de la demostración, entre risas y aplausos terminaba la función. Cuando el público se retiraba, al encuentro del nuevo día que hacía rato los estaba esperando, y repitiendo en voz baja la consigna de la noche, los jóvenes se sentían más viejos en experiencias y los viejos con renovadas juventudes.

 

"Mi nombre Rita... y me dicen la salvaje...".

 

En su cuarto menguante de luna solitaria, mientras se quitaba el maquillaje, Rita no sabía explicar lo salvaje de su apelativo.

 

Abuela cariñosa relataba al nieto de ficción el cómo de su trabajo, y los porqués de su destino.

 

Expulsando con muecas  al pasado, desalentando la venida del futuro, centraba su existencia en el presente..., un presente en el que todos se divertían,¡todos...!, excepto ella.

 

 

 

 


 

 

 

 
 

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