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I
Alto
para fijar el horizonte, para otear la plenitud del día. Campanada de
garza aleteando en la cresta de algún ciprés dormido, en busca del
anafre o del camino. Un par de sueños despertando auroras. Un par de
ojos descubriendo estrellas. Alma escarbando abrojos, serranías. Dos
luceros velando en fogarada. La Luna vigilando, bien despierta, al
hombre entretejiendo sus jornadas. Un modo de mirar, mirar despacio las
sombras infinitas de los árboles, sus quejas, sus lamentos, sus
latidos. Compás para medir la lontananza, la distancia entre el sueño
y el olvido.
Hallazgo
de la vida, dentro, fuera. Atinar con el próximo jalón. Inventar
nuevas rutas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Hurgarse,
hundirse, ser sentirse, serse. Llegar a enero vivos todavía. Dar con la
vena justa de la gracia o con el alma de la patria en ascuas. Un niño
que en harapos llanto mira, pasar la lluvia en torrencial suspiro
mientras la madre su bocado implora. Una manera de sabernos vivos
mientras cruzamos noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón, pena,
chaparrón, vida o sobrevida.
Diciembre:
villancicos, serenatas, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle
al hombre su quejido. Diciembre: lumbre, diapasón y canto. El abrazo
temprano a nuestra madre que empieza, que prosigue, que culmina.
Diciembre: el timbre con que el viento invita a seguirle los pasos a la
vida, envueltos en rastrojos de la muerte. Remanso suspendido en la
jornada para tomarle el pulso al ventisquero, a la tormenta, al rayo, al
huracán.
Sabor
a trigo, a leche a miel, a rosas, a durazno, que como un corazón recién
nacido al despuntar el día palpita entre los dedos de las hojas por su
sola dulzura sostenido. Himno con que cantamos a la vida en busca de una
humanidad en paz tras un amanecer de cara al hombre, de espaldas a la
noche que nos cruza. Tras un amanecer que al fin alumbre un dia con la
noche esclarecida de azul mañana que la fe vislumbre.
II
La
luz en lontananza que nos mira. Infinito fulgor acurrucado en nuestros
pies, en nuestras vagas sombras. Los árboles, la noche, entre los
nidos. Un duendecillo en medio de la fronda. Los hombres tras la tierra
prometida. Soplo de brisas, canto, resplandor. Fabuloso recuerdo
alborozado. El hombre, tierno niño, desenfunda la alegría escondida
entre la infancia. Pasos del viento, chispas de luciérnagas. Paso del
Tiempo, paso de la gloria con que engañamos a las propias penas.
El
hombre encandilado por sus sueños. El hombre a solas con su propia
sombra. Noche de luces, noche iluminada. Para un Dios que ría como un
niño. Para un hombre que ría como un Dios. Silencio y soledad, clara
ternura, añoranza sutil sin aspaviento, hacia la luz total de nuestras
cosas, hacia la luz total de la esperanza.
La
dulce sombra del común destino mientras murmura alrededor la noche,
arrodillada en los fogones yertos. Oscuridad de noche confundida en
medio de la lumbre peregrina, encima del estruendo del misterio.
Fragancia matutina, gloria breve. La clara majestad de los caminos. El
tiempo fatigado de infinitos, el que a la muerte sin cesar nos lleva.
Una
luz, un candil intermitente, soledad de un ligero arrobamiento, sólo de
asombros infinitos llena, la vida es una gloria suspendida. Descubrirse,
encontrarse, hallarse, abrirse, desencerrar la pauta que nos falta.
Vivir sin miedo, en libertad, de veras. Toparnos con el corazón silente
que nos oye, nos sigue y nos conoce. Dar con el lagrimón de la vereda,
latigazo que a todos atribula.
Gozo,
bondad y sobre todo paz para la buena voluntad del hombre. Tras esta
oscuridad que nos circunda. La cresta de un lucero que nos mira, por el
postigo corazón mirando. Pausa para mejores madrugadas. Una pregunta en
pie para los hombres. Para el pobre que nunca tiene nada. Para el triste
que llora su amargura.
III
Júbilo,
alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo. Luz
en la voz y luz en las miradas. Gloria en la luz y en el amor del día.
Llamarada de paz para la nave colmada de borrascas en la noche. Algo
mejor para el mañana incierto. De nuevo niños con asombro puro.
Aire
de claridad en la amargura. Cósmica fuerza sobre el mundo alzada. Los pájaros,
los árboles, la tarde, al habla con la brisa y con los hombres.
Victoria de la noche de luceros saturada, victoria de la vida. La sangre
universal cuando concilia la Tierra con los seres y la Nada.
Dios
acicateando resplandores. La ternura del hombre florecida. Paz, gozo,
amor, en yunta con la vida, para una humanidad en pie de guerra. Latido
de corderos y de ángeles anunciando la paz a los pastores. Paso del
tiempo, paso de las cosas. Paso del hombre a solas con su sombra.
Estrella
en el camino de los magos. Estrella para el hambre de los pobres. Lumbre
para escaparnos de la muerte cuando la noche necia nos persigue. Manera
de decir que Dios existe sin que nadie conozca sus resabios. Vieja
costumbre de jugar a Paz entretanto la tierra se desangra.
Deseo
de partir al infinito. De cara hacia el misterio. Para siempre. Luz de
la luz, en gozo reverente, deslumbrando los tránsitos finales. Balcón
por donde un niño al mundo asombra con sus hombros cargados de
juguetes. La noche fulgural donde nacemos cuando a morir apenas
comenzamos.
IV
Un
niño con nosotros de la mano la puerta del misterio nos descubre. La
sombra de la aldea galopando auroras, portachuelos, madrugadas.
Definitivamente encandilados frente al día en que el odio no amanezca,
seguimos puntualmente el paso al sol, esquivando las garras de la
guerra.
Hurgándole
el pavor a la jauría, ceñido el hombre de esperanza, sigue hacia la
luz fugaz de sus fogones, hacia las cumbres donde duerme en paz.
Calienta el pan, la claridad calienta. Apura el vino, la piedad apura..
Bendice el fuego, la bondad bendice. Santigua el día, su morral
bendice.
De
viaje hacia el confín del vuelo, el hombre confía plenamente en su
destino, pregunta por la noche al mediodía, al tilín por la suerte de
su infancia. Tilín, tilín, tilín, la campanada anuncia la llegada de
la aurora, el transparente gozo de la luz, el esplendor triunfal de la
alegría.
¡Ay
del que viva lejos de su infancia, del que no sepa de ningún lucero,
del que ignore el color de las ovejas y del que ausente de su ser
delire! ¡Feliz quien con Francisco, atento, asista al canto matinal de
los turpiales! ¡Feliz el simple labrador que sueña en ver crecer la
flor en sus plantíos!
Diciembre
altivo en las fulgentes eras. Diciembre en el fulgor de la alegría. En
los ojos azules de los ángeles y en el hambre del pobre y su quebranto.
Diciembre, alumbramiento, bienvenida. Diciembre, asombro, arrobo y
fogonazo. Diciembre, claridad en la amargura, para el pobre que duerme
en el barranco.
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