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Miguel Ángel Franco Ulloa

 

Hortensia

Nº 3

 

Invierno 2000

 
 
 

 

 

 

El viejo bastón no sólo le servía para ayudarse a caminar, también lo usaba para defenderse de las ratas en su diaria lucha por la fruta, fruta que arrojaban los camiones que venían del mercado mayorista. En ese basural clandestino botaban toda clase de objetos, pero principalmente fruta malograda.

 

Esa mañana, mientras hurgaba entre un montón de manzanas podridas, vio un paquete fuertemente atado con cinta adhesiva, lo tomó, y logró abrirlo con la ayuda de los pocos dientes amarillentos que aún conservaba. En el interior encontró varios paquetes pequeños con algo que en un principio le pareció azúcar molida, luego se dio cuenta, no era azúcar, era algo muy diferente, pero también encontró billetes, muchos billetes y de los verdes. Con una agilidad imposible para un hombre de su edad, ocultó todo entre sus andrajos y siguió con su rutina diaria, como si nada hubiera ocurrido. Por suerte a esa hora sólo estaba en el basural una mujer media ciega y se encontraba muy distante para haberse percatado de algo.

 

Con su inconfundible paso pendular, el único que sus arqueadas piernas le permitían, se alejó despacio, sin prisas, rumbo a su hogar, allí lo esperaba una vieja tan arrugada y sucia como él.

 

Compartían un cuarto derruido, ya sólo conservaba dos paredes, y con la ayuda de unos esponjados trozos de cartón y de algunas latas oxidadas, servía para protegerlos durante la noche.

 

Cuando él llegó, encontró a Hortensia inclinada junto a un fuego alimentado por cualquier cosa con capacidad de arder. Estaba cocinando las pocas hortalizas que logró conseguir, él aportó unas manzanas casi buenas y dos zanahorias pequeñas, le dijo que no se sentía bien y no tenía hambre que prefería acostarse, en parte era cierto. Ella no contestó nada, continuó alimentando el fuego, después de casi una hora comenzó a hablar como si lo hiciera consigo misma.

 

—Vino el dueño, dijo que dentro de quince días van a limpiar el terreno. Quieren construir—. Él en ese momento trataba de calcular cuanto dinero habría en el paquete, recordaba todo con mucha precisión, la mayoría eran billetes de veinte dólares, también habían algunos de cincuenta y hasta de cien, y luego estaba el otro asunto, sabia que nunca debió traerlo, hasta podrían matarlo, pero ¿Cómo no tomarlo? Si seguramente era lo más valioso.

 

—Llegó con un cura, dijo que nos alistemos porque nos van a llevar a un asilo.

 

¿Como ocultar el paquete? Sin duda Hortensia se daría cuenta. Miró a su alrededor, la poca luz producida por la precaria cocina sólo le permitió comprobar lo evidente. En su hogar como ellos lo llamaban, sólo tenían el viejo colchón de paja donde estaba echado, unos tarros que usaban para cocinar y almacenar agua, algunos sacos de yute con los que se cubrían durante la noche, y durante el día los usaban para recolectar botellas que luego vendían, y las moscas, esas que nunca los abandonaban.

 

—Estás escuchando! ¡Nos quieren encerrar en un asilo!

 

—¡Si! —contestó malhumorado, sus pensamientos estaban muy distantes, sólo esperaba el amanecer para que Hortensia se fuera y lo dejara tranquilo.

 

—Ojalá pudiéramos juntar unos quinientos soles para mudarnos, la Rosaura dice que por ese precio nos podría vender parte de su terreno, lo suficiente para un cuarto y un sitio para cocinar.

 

—¡Cuál terreno! Si sólo es un pedazo de cerro que ni siquiera es suyo.

 

—Pero de aquí en cualquier momento nos botan.

 

—Ya, no jodas tanto y déjame dormir.

 

No tenía idea de la hora ni de donde estaba, se despertó sobresaltado, buscó con las manos desesperadamente su paquete, aún lo conservaba. Su mujer lo sacudía tratando de despertarlo.

 

—Levántate está empezando a llover, es necesario arreglar el techo o se mojará todo.

 

Como pudieron, doblaron y arrinconaron el viejo colchón, acomodaron los cartones y las latas del precario techo, tratando de alguna manera de protegerse de la lluvia, tuvieron que pasar el resto de la noche parados y arrinconados en la única esquina de su hogar. Ni bien amaneció, Hortensia inicio su diaria búsqueda de alimentos, se encaminó a un restaurante en el centro de la ciudad, donde si tenía suerte le regalarían las sobras del día anterior y luego ellos podrían comer algo decente. Se movía de prisa pero no avanzaba, los pasos que daba eran muy cortos y su encorvada figura se desplazaba lentamente, en una mano el bastón y en la otra sus bolsas de arpillera, eran varias horas de camino las que le aguardaban, caminaba con resignación y con el eterno dolor de estómago que nunca la abandonaba. Él la siguió con la mirada hasta que desapareció confundida entre nubes de moscas y la bruma que envolvía todo en esa mañana invernal.

 

El piso estaba hecho un lodazal, todas sus propiedades completamente mojadas. Arrastró el colchón fuera del cuartucho a ver si salía el sol y lo secaba. Durante la noche no quiso acurrucarse bajo las latas junto a su mujer, por miedo a que descubriera el paquete que tenia escondido entre las ropas.

 

Estaba totalmente mojado temblando de frío y el sol se demoraba tanto en salir, los accesos de tos sacudían violentamente su delgada figura. Buscó algo de comer, pero no encontró nada, ni siquiera algunos fósforos para encender un fuego y tratar de secar el paquete que ya empezaba a resumir un liquido lechoso, un fuego que pudiera calentar sus fatigados huesos.

 

Al anochecer cuando Hortensia regresó, lo encontró echado sobre el colchón que continuaba mojado, quitarle el paquete de entre los brazos fue muy difícil, el rígido cuerpo aun se aferraba furioso a su tesoro, tuvo que ayudarse con el bastón para abrirle los brazos y jalar muy fuerte. Cuando al fin pudo separarle los dedos y arrancarle el paquete, casi le da un infarto al descubrir los billetes, unos tres mil dólares, cuidadosamente los limpió del misterioso polvo blanco que los cubría y los guardó entre sus arrugados pechos. Escarbó y escarbó entre las brasas apagadas desde el día anterior, hasta encontrar una lata de galletas, la destapó y los depositó muy complacida en su interior, junto a los casi veinte mil, que afanosamente atesoraba para su vejez.

 

 

 


 

 

 

 
 

 

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