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Javier Álvarez Mesa

 

EL MALVADO DEMÓCRITO

Nº 2

 

Otoño 2000

 
 
 

 

 

 

A los quince años maté a un hombre. Llevo pagando por ello toda una vida. Tenía que cubrir a Juan, él era el que iba a atracar. Yo sólo tenía que vigilar. El tipo se resistió, yo entré a defender a Juan y se me disparó la pistola.

 

Pasé veinte años en la cárcel, desde entonces otros cinco de trabajo en trabajo. Trabajos indignos de sueldo humillante. Sigues pagando cuando sales.

 

Desde hace poco trabajo de chatarrero, expoliador de contenedores y explorador de basuras varias. Un asesino metiendo la mano en la mierda de la sociedad. Clasificando la porquería que reciclarán y reciclarán... Ah, qué harto estoy.

 

De vez en cuando me da por comprarme un periódico y mirarme las ofertas de empleo, entrevista aquí, entrevista allá: demasiado viejo, demasiado calvo, sin experiencia, sin formación, sin carné de camión, sin lo que sea. Rindámonos a las "temporeras"[1], pero de nada sirve.

 

¿De verdad me merezco esto? ¿Esta vida por un error?

 

Quizá sí.

 

Lo peor es la pesadilla.

 

No sólo he decidido tener un empleo honrado, también intento ser justo y honrado como persona. Tal vez esto me redima, tal vez no; pero cada vez viene menos la pesadilla. Uno debe de hacer lo que ha de hacer, eso es todo.

 

Si logro estar en paz conmigo mismo a lo mejor llegué a estar en paz con el mundo.

 

Llaman a la puerta. Vivo en un pequeño piso de la calle Torremolinos.

 

Hola, Galileo.

 

Hola, Antonio.

 

Antonio es uno de mis colegas, especializado en la recogida de cartón.

 

¿Cuánto has conseguido hoy? —me pregunta.

 

Hoy poco, amigo. Poco, poco.

 

Pues yo casi llego a las cuatro.

 

¡La leche! ¿Cómo fue eso?

 

Encontré un filón. Una buena cosecha. Sí, los de la fábrica lo pagaron bien.

 

Eso es bueno, Antonio. Eso es bueno.

 

Vamos, te invito a una copa.

 

Vamos, pues.

 

Caminamos hacía la tasca, Antonio comentándome:

 

Manuel no está muy bien.

 

¿No ha ido al médico?

 

Es muy cabezota, le tiene manía a los hospitales. Dice que los médicos lo único que saben hacer es mandarte meter a una cama para que ahí te mueras.

 

Casi, casi.

 

¿Por qué no hablas con él?

 

Hablaré.

 

Se nos cruza el hijo de Antonio.

 

¿De dónde vienes? —le pregunta su padre.

 

De ahí, de estar con los amigos.

 

Anda ya, puñetero. A ver, enséñame los bolsillos.

 

El muchacho salió corriendo.

 

Ese lo que venía era de pillar, que lo sé yo. Mientras no pase de los porros... Este nene... Este nene...

 

Al llegar, la tasca está cerrada. Qué extraño. Llamamos a la puerta pero nadie contesta.

 

Estaba abierta antes, cuando pasé para tu casa.

 

Algo iba mal, no había que ser ningún genio para suponerlo. De repente se escuchó una voz dentro.

 

Es —me susurra Antonio— la voz del "Picotas".

 

El Picotas era un drogadicto medio loco con un pie en el otro barrio. En el barrio se comentaba que últimamente le había dado por el atraco en los jardines del Conde Vallellano. ¿Sería posible que estuviera tan "colgao" para delinquir en su propio barrio?

 

Tomo carrerilla y me tiro de hombro contra la puerta. Allí está José, camarero y amigo, brazos en alto, y el Bernardo y el Alfredo, dos abueletes la mar de simpáticos, uno asustado y el otro más calmo. En medio del lugar, el yonki del Picotas pistola en mano, semiagachado y convulso por los efectos del mono. Ni se da cuenta de que he entrado derribando la puerta.

 

Ey, Picotas —llamo.

 

Da un respingo y me apunta tembloroso con el arma.

 

Qui... quieto ahí —se atraganta—. ¿Quién eres? ¿Quién? —la última pregunta en un chillido nervioso.

 

Ey, Picotas —con voz más dulce—. Ey, chaval. Tranquilo. Soy yo, Demócrito. Tu colega —Camino lentamente hacía él.

 

Entonces... entonces dile a este tío —Señalando temblón con el arma a José— que me diga dónde están la caja fuerte y los millones. ¡Díselo!

 

Tranquilo, chaval —Me acerco—. ¿De qué hablas? Aquí no hay ninguna caja ni...

 

¿Tú también me tomas por tonto?

 

Y me dispara.

 

Es increíble, no me lo puedo creer. Me han disparado. Cuánta sangre. ¿Voy a morir? El muy canalla sigue disparando... al techo, al espejo, a... Se me va la cabeza.

 

Aún no, aún no; tengo que aguantar...

 

Deja de disparar, quedándose en quietud sacudida de espasmos. ¿Cuántos tiros ha dado? Más sangre. ¿Habrá vaciado el cargador? Debería despedirme de alguien, decir algo transcendental... ¿Qué hace ese niño entrando por la puerta?

 

¿Me puede hacer unos bocadillos para llevar?— le pregunta al Picotas, confundiéndolo con un camarero.

 

El Picotas sonríe.

 

Deja que se vaya el niño, deja que se vaya...

 

No puedo irme todavía. ¿Por qué no me duele la herida?

 

¡Dímelo o mato al niño!— le grita el Picotas a José.

 

Las cosas empiezan a ir a cámara lenta, de estar a punto de desmayarme paso a ver total nitidez y pensar con claridad.

 

Me levanto con mi último aliento y avanzo hacía el Picotas, que una vez fue Alejandro Cervera.

 

¡Quieto o me lo...!

 

Al agarrarle del brazo me llevo otro tiro, pero me da igual porque no se lo ha dado al chiquillo. Al apretarle suelta la pistola.

 

¡Suéltame, cabrón!

 

Le retuerzo el brazo, empujándole hacía abajo para que se arrodille. Me agacho a recoger la pistola sin soltar mi presa.

 

¡No, tío, no me mates!

 

Le coloco el cañón en la frente.

 

Así que ibas a matar a un niño por... por...

 

Llega la redención.

 

Alzo la vista, José me observa. Los abueletes también. Me giro y Antonio me sonríe.

 

Le echo la pistola.

 

Merece una oportunidad —digo, y caigo a la no-existencia.

 

 

 

[1] Empresas de trabajo temporal.

 


 

 

 
 

 

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